Vivo en el ombligo del mundo desde 1964, año en el que naci
segun versión de mis padres. Pero ésta es una información
no contrastada personalmente.
Por mi parte no lo recuerdo, entonces era tan solo un bebé.
Pero me fío de mis viejos. Son buena gente, la prueba es que viví
de ellos durante toda mi infancia. También es cierto que yo no nací,
sino que me nacieron sin consultar. Pero son reproches que, por ahora,
prefiero pasar por alto. Ajustaré cuentas con ellos cuando los encierre
en el asilo.
Me etiquetaron Eugenio, varón. Aunque a mí nadie me engaña.
Sé perfectamente que soy Yo.
Tras el parto, percibí el mundo exterior y opiné el llanto.
Desgarrado, verdadero, insolente. Shakespeariano, porque desde entonces
todo está dicho.
Nunca más he practicado la sinceridad. Rinde más y mejor
acumular afecto mintiendo tiernas sonrisas estratégicamante distribuidas
en función del tiempo.
La maternidad dio sentido a la vida de mamá. Afirmaba sentirse
realizada. Me excita tanta incompetencia en la aplicación de los
mecanismos lógicos del lenguaje. Como cualquier recién nacido
sabe, lo único que se realiza durante la gestación es el
feto. Y esa excitación me impulsaba a succionar su pecho, espléndido
por los alimentos y placeres gratuitos que emana, donde la leche es sólo
la excusa para la carne. ¡Bonita forma de malcriarme!. Ya de adulto
aprendería que, para todas las mamas que pretendiera seducir, los
gastos de la cena correrían a mi cuenta.
Papá, al que oficialmente nunca he reconocido como tal, aceptó
que me beneficiara a su esposa mientras él se rompía los
cuernos trabajando. Sus ojos me observaban con turbidez, entre asesinos
y bobalicones, como quien desarrolla un complejo de Edipo inverso.
Abuelos, hermanos, tíos, de todos recibí dulces palabras
moduladas con una entonación infantiloide. Mi inicial carcajada
se tornaba en hilaridad desbordada hasta la lágrima, que los adultos
confundían con llanto. Nuevas muestras de perplejidad provocaban,
por efecto avalancha, llanto incontenible. Algunas noches me desternillaba
sólo con recordarlo, depertando el insomnio de mi confundida mamá.
Al articular las primeras palabras nunca olvidé los imprescindibles
teta, caca, culo, pis. Unas dosis de pueril escatología para tranquilizar
las divagaciones teóricas de la Psicología en edad infantil,
me ahorraron la impertinencia de los tests de superdotación.
A lo 4 años los acontecimientos se precipitaron. Cometí
la estupidez de mostrar vida inteligente. Mis padres se sentían
orgullosos de mí. Yo, de ellos, casi nada. Entusiasmados, me castigaron
alistándome en un parvulario donde aprender la ignorancia de nuestra
civilización. Tras 14 años más de amansamiento, el
sistema educativo logró convencerme de que había desarrollado
personalidad propia, y me declaró apto para asumir responsablemente
mi cuota de endeudamiento por adicción al consumo compulsivo de
lo inútil.
En la actualidad conspiro opiniones económicamente incorrectas.
Detesto el control de natalidad. Cuantos más críos mejor.
La experiencia demuestra que lo más fascinante en la vida sucede
durante el despertar. La madurez es prescindible.
La prueba eres tú, lector adulto, que sonríes los absurdos
sarcasmos de esta infantil boutade.