Dibujo de portada: Mateo Pablo.
MÁS VALE TARDE QUE NUNCA
© Benjamín Ortiz, Enero 2001
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DEDICATORIA
Si bien es cierto que el género humano está conformado por una diversidad de razas de tan diferente aspecto, también es cierto que en cada una de ellas existen seres idénticos en ideales y sentimientos; ejemplos vivos de valor, humanismo y sacrificio. Tal es el hecho que a partir del 1o. de enero de 1994, se ha venido corroborando en el efervescente estado de Chiapas.
A raíz del levantamiento indígena, este tipo de personas procedentes de todo el mundo, han coincidido en ese suroriental estado, para con su presencia servir de colchón humano, por así decirlo, inhibiendo el roce entre las comunidades indígenas zapatistas con el también indígena Ejército Federal. Hombres y mujeres que amén de venir de países tan lejanos llegan a malpasarla en comodidades y alimentación, viviendo bajo un clima de hostigamiento y de la naturaleza al que muchos de ellos no están acostumbrados, sufriendo las más de las veces los acosos y expulsiones de migración, las acusaciones falsas del Gobierno Federal y Estatal, o bien el fichaje fílmico y fotográfico por parte del Ejército mexicano.
Gente que ha hecho suyo el sufrimiento indígena, extranjeros y connacionales integrantes de una sociedad civil mundial solidaria, la cual no ha dejado de brindar su ayuda a quienes pacíficamente están luchando por cambiar de vida, mexicanos sensibles, muchos de ellos trabajando tan incansable y comprometidamente, que en caso de que el Gobierno se decidiera a impartir justicia por medio de la injusticia como lo sería el uso de las armas, correrían el grave riesgo de convertirse en modernos mártires; entendiéndose como mártir todo aquel que por ayudar al prójimo padece la tortura o da la vida...y es que la injusticia duele y el dolor contagia.
Va pues en esta página mi reconocimiento a todos aquellos encumbrados personajes, a los desconocidos y honestos, a los nacionales y extranjeros representantes de todas las razas, quienes con su presencia han colaborado a mantener una frágil paz en aquella olvidada región, esperando que su esfuerzo y dedicación sea la anhelada culminación de una paz verdadera con justicia y dignidad.
Benjamín Ortíz
 PENSAMIENTO
Chiapas, espejo de incongruencias, reflejo real del
indio americano, territorio de un país que se asusta
del racismo exterior, pero tolera el propio,
México, país donde indígena es sinónimo de
ignorancia, de limosna, de humildad,
país en donde suponemos ser todos iguales,
con las mismas oportunidades.
Chiapas, ¡Estado rico lleno de pobres!
¡Productor de energía eléctrica, con pueblos sin luz!
¡Con tanto ganado y tanta hambre!
¡Con tanta tierra tan mal repartida!
Chiapas, hermoso estado de contrastes, paraíso
inimaginable para quien no lo conoce, tierra maya
de cacao, de café, de petróleo,
¡Productor de variada artesanía!
Los Altos, lugar de elegantes mujeres indias,
donde sus casas parecen siempre de fiesta
al confundirse sus tendederos cargados de ropa
con adornos de papel de china.
Chiapas, gran tierra indígena de tzotziles,
tzeltales, tojolabales, zoques, choles, mames;
tierra del quetzal y del tucán, de grandes vestigios
prehispánicos que recuerdan nuevos tiempos,
tiempos de gloria y gran sabiduría.
Benjamín Ortiz
PRESENTACIÓN
Inmensas fortunas y enormes poderíos se han logrado acumular a base de grandes injusticias, no me refiero a las injusticias que a fuerza de estarlas viviendo han pasado a formar parte de nuestra naturaleza, hablo de las injusticias y guerras que se ha dado la humanidad a lo largo de la historia, injusticias que hoy salen a la luz pública de manera dramática en mi país; en la región del sureste mexicano para ser exacto.
Soy uno de tantos millones de pacíficos mexicanos y nunca hubiera elaborado el presente trabajo si estas injusticias no fueran de tan gran magnitud y en contra de quienes nada tienen y nunca nada han tenido, hablo de mis hermanos indígenas, de los indios mexicanos.
Al igual que muchos otros, de pacífico mexicano me he convertido en pacifista activo, llevándome esto a participar en todos los apoyos que la sociedad civil nacional e internacional está brindando a las comunidades indígenas de Chiapas, para que su problema se solucione -perdón que lo repita, pero quiero reiterarlo- de manera pacífica, justa y digna.
Es por esto que en el mes de marzo de 1995 volví a viajar de nueva cuenta a ese estado, llevando alimentos y medicina -en los años ochenta lo había hecho como empleado gubernamental-, o bien es que participé en los cinturones y campamentos civiles por la paz, pudiendo constatar la clase de vida de estos hermanos, tratados como seres de quinta en un país del tercer mundo.
Todo a base de estarlo repitiendo se vuelve costumbre, hábito, estos hábitos de igual manera, a fuerza de estarlos viviendo durante años, han pasado a formar parte de nuestra cultura, la cual nos ha llevado -ejemplo del sistema implantado durante estos 70 años de gobierno priísta-, a abusar siempre de los que están abajo o de quienes lo permiten. Ya es parte de una gran mayoría el tratar de obtener ingresos de más en proporción al trabajo que se desarrolla (corrupción, extorsión, abuso de confianza, abuso de autoridad, etc.), presentándose esto en todos los niveles de la población, desde el hombre más poderoso de la nación, hasta la persona más humilde.
Esta situación aunada a una constante y creciente pérdida de valores, nos ha hecho cada vez más fríos, más insensibles, más inhumanos, el pensamiento actual de muchos mexicanos es ¡Primero yo y mi familia y los demás que le hagan como puedan!, y si a esto le agregamos la desinformación y manipulación de que somos víctimas por parte de los medios de comunicación, da por resultado la alarmante indiferencia de un importante sector de la población ante el angustiante problema de estos hermanos, de quienes únicamente nos acordamos cuando se trata de mostrarle al mundo nuestras enormes raíces prehispánicas, “en esos momentos sí estamos orgullosos de nuestra sangre india”.
Por favor, veamos que no son civilización muerta, que existen todavía y a pesar de todo con su enorme riqueza cultural, que ya han sido más de 500 años de tenerlos relegados, viviendo en el olvido, abusando de ellos; que si a la fecha no se han extinguido es gracias a lo que bien han aprendido al paso de los años, que es el resistir, y que lo que piden únicamente es vivir con dignidad. Se dice que a los indígenas nunca les hizo justicia la revolución, ni se las hemos hecho nosotros. Es preciso que esto cambie.
Espero pues que el presente trabajo sirva de mucho y ayude a tentarle el corazón a los lectores y por qué no, que nos una en la ayuda como en el terremoto de 1985, para lograr así un México más justo.
Benjamín Ortíz
LA CAUSA
Humillaciones, asesinatos, vejaciones, despojo de tierras y burla, son algunos de los términos en que se puede resumir el infame pasado y presente que han padecido los primeros habitantes de estas tierras así como sus descendientes, quienes por azares del destino o porque por necesidad así lo decidieron, se aislaron en lo más profundo de sus hábitats, no participando de lleno en el mestizaje y unión cultural con los conquistadores, lo cual dio origen a la existencia de nuestra raza, de la que según parece estamos muy orgullosos.
Estos hermanos en las diferentes épocas de su vida, no han sabido de otra cosa que no sea hambre, sufrimiento y explotación, una repetición infinita de siempre lo mismo, del vivir por vivir, de la necesidad de comer y no tener qué.
Cuerpos que han perdido estatura debido a su mala alimentación, pies descalzos, manos callosas, estómagos vacíos; niños muertos por enfermedades curables; casas de madera, pisos de tierra, sin agua, sin luz. Comunidades sin clínicas, sin escuelas, sin maestros, sin libros; en fin, otro México, un México injusto, olvidado.
Un México donde sus habitantes no piden ni aspiran a acumular riquezas o a tener cosas banales, ni nada que los enajene. Una población que quiere seguir viviendo en su entorno, trabajar sus tierras y tener los servicios más elementales, con salarios justos cuando presten sus servicios. Hermanos que sí aspiran a tener gobernantes dignos que respeten su cultura, sus organizaciones, su comercio, su educación, su vida. En fin, nada del otro mundo, nada que no sea justo, nada que no merezcan.
Comunidades organizadas que deberíamos tratar de imitar, valores que en ellos siguen vigentes y que al paso del tiempo hemos perdido; su verdadera democracia, su educación, su impartición de justicia, su respeto a la naturaleza. ¡Habría que aprender tanto!
A diferencia de otros tiempos, cuando a excepción de Fray Bartolomé de Las Casas, no había quien los protegiera de sus explotadores -aunque hoy habría que ver quien protege a quien-, en la actualidad sucede lo contrario, aparte de los personajes conocidos por todo el mundo, alguien más con mucho peso que cada día crece y se fortalece, está participando de manera activa. Ese “alguien” es la sociedad civil, “el pueblo organizado”. Unos con armas, otros con su amor a Dios y otros más con fe en la justicia, estamos luchando desde nuestras trincheras para que de manera pacífica y de una vez por todas, termine la clase de vida que conquistadores, patrones, finqueros y gobernantes -todos en su momento-, se han encargado de dar a estos hermanos.
Una sociedad civil consciente e informada de la gran injusticia que se está cometiendo en Chiapas, donde pese al amedrentamiento que hacen por medio de sus cuerpos de seguridad, tanto el Gobierno Federal como el Gobierno Estatal al filmar y fotografiar a quienes van a ese estado, pero a la vez conscientes de que no se está cayendo en ningún hecho delictivo, a menos que delito sea llevar ayuda humanitaria (ropa, víveres y medicina), o bien participar en los campamentos y cinturones civiles por la paz, cada día es mayor la participación de ésta, porque lo que hoy estamos testificando en Chiapas, no es, sino la realidad cotidiana que han vivido los pueblos indios a lo largo de la historia, situación que siempre habíamos ignorado.
Al principio de esta sección hablaba de nuestro mestizaje y decía “del que parece estamos muy orgullosos”, lo cual no dudo, aunque los hechos demuestren lo contrario; dice el señor Fernando Benítez en su libro Los Indios de México (Ediciones Era, S. A., 1972):
“Le hemos conferido al arte indígena el papel de embajador y reconocemos que ese embajador ha realizado con su trabajo normal, de ganarnos a millones de simpatizantes”, “Si los europeos sedujeron a los indios con espejos, cuentas de vidrio y birretes colorados, ahora somos nosotros los que revestidos de joyas indias, seducimos a los europeos. El arte siempre ha sido un buen alcahuete de los pueblos débiles y aún de los fuertes, pero el problema visto desde el interior, no radica ahí. Los indios nos están ayudando -nos ayudaron a ser hombres deslomándose durante siglos- y nosotros no los ayudamos a ellos. El hecho de que hayamos reconstruido Teotihuacán o que el padre Garibay se esfuerce en traducir los poemas aztecas, no se traduce en beneficio alguno para los indios, no les aumenta una tortilla a su comida. Nos ataviamos con sus joyas, excavamos la tierra para descubrir piezas antiguas y nos empeñamos en ignorar sus harapos, en proteger a los ladrones de sus tierras, en no castigar a sus explotadores”.
Desde que se consumó la Independencia hasta nuestros días, a pesar de que siempre participaron en las constantes defensas del país, que nos han entregado lo mejor de si mismos, nosotros nada hemos hecho por mejorar su nivel de vida. El Gobierno los tiene o los quiere como el remanente de una cultura muerta y únicamente se acuerda y enorgullece de ellos cuando elabora un documental sobre su vida, cuando se aproxima la feria regional de algún estado, o como lo digo al principio, cuando se apropia y hace alarde a nivel mundial de su arqueología, folklore, artesanía -como ejemplo basta el museo del Templo Mayor-. Habría que asomarnos a la obra del señor Fernando Benítez para darnos cuenta de lo que implica el nacer indígena en un país mestizo-indígena como lo es México:
“Dentro de la ley los indios son mexicanos y tienen los derechos de un mexicano. Empero, basta salir de nuestras ciudades para darse cuenta de que la discriminación existe. Una vieja en el mercado de San Cristóbal puede golpear a un indio atlético sin que él haga nada para defenderse; un comprador de sombreros de Tlaxiaco roba a un tejedor y encima lo veja impunemente; un mestizo de la Tarahumara emplea a un niño como pastor durante siete meses y en pago de su trabajo le da una estampa de la virgen -una estampita milagrosa- me dijo el niño precisando la naturaleza del pago”.
Y si continuamos buscando en esa obra o en tantas otras escritas sobre el mundo indígena, veremos que siempre ha sido lo mismo, que en 500 años casi nada ha cambiado. Es cierto, mucha culpa de su situación es nuestra por habernos acostumbrado a tanta injusticia, pero también es cierto que la mayor de las culpas recae en los gobiernos centrales de todos los años por hacerse de la vista gorda -valga la expresión-, por convenir así a sus intereses. Hay constancias varias que antes del movimiento armado del 1o. de enero de 1994, esta gente trató de solucionar su problema de manera pacífica, como lo fue el Primer Congreso Indígena celebrado en San Cristóbal de Las Casas en 1974, o bien la marcha Xi´Nich, que en 1992 realizaran de Palenque a la ciudad de México, cuando después de haber caminado más de 1,000 kilómetros, fueran al igual que tantos otros, completamente ignorados.
¿Cuántos años más debían haber pasado para que el Gobierno volviera su vista a ellos?, si nuevamente como hace 20 años hubieran dado a conocer su queja de manera pacífica ¿habrían sido escuchados? yo en lo personal lo dudo.
EL PERDÓN
¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros camimos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo de que se tenga memoria? ¿De haber mostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos? ¿De habernos preparado bien y a conciencia antes de iniciar? ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas? ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo? ¿De ser mexicanos todos? ¿De llamar al pueblo mexicano todo a luchar, de todas las formas posibles, por lo que les pertenece? ¿De luchar por libertad, democracia y justicia? ¿De no seguir los patrones de las guerrillas anteriores? ¿De no rendirnos? ¿De no vendernos? ¿De no traicionarnos?
¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que durante años y años se sentaron a una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra, que acabamos por dejar de tenerle miedo? ¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas? ¿Los muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte “natural”, es decir de sarampión, de tosferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos, pulmonía, paludismo, y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares? ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros, se iban así nomás sin que nadie dijera, por fin, el “¡YA BASTA!” que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley que ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave “delito” de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?
¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿El presidente de la República? ¿Los secretarios de Estado? ¿Los senadores? ¿Los presidentes municipales? ¿Los policías? ¿El ejército federal? ¿Los grandes señores de la banca, la industria, el comercio y la tierra? ¿Los partidos políticos? ¿Los intelectuales,? ¿Los maestros? ¿Los colonos? ¿Los obreros? ¿Los campesinos? ¿Los indígenas? ¿Los muertos de muerte inútil?, ¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?
Subcomandante Insurgente Marcos
Enero de 1994
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