EXPERIENCIAS
REMEMBRANZA (1996)
Formando parte de la Comisión General de Enlace Internacional para el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo a celebrarse en los Aguascalientes zapatistas del 27 de julio al 3 de agosto de 1996, el día 20 de julio, seis integrantes de la Caravana Mexicana Para Todos Todo nos trasladamos de la ciudad de México a San Cristóbal de Las Casas, en el estado de Chiapas.
Hacía tres meses habíamos estado en esta misma ciudad, cuando una compañera, al igual que esta ocasión, fue invitada por el EZLN para colaborar en la Comisión Organizadora de este primer encuentro en su versión continental americana, motivo por el cual esta segunda vez nos trasladamos con ocho dias de anticipación a las instalaciones del Centro Don Bosco, para junto con los compañeros de otras organizaciones estar en posibilidad de acreditar a los casi 1,600 extranjeros procedentes de 40 países, quienes estaba confirmado, acudirían al evento.
Este viaje a diferencia de los anteriores -por lo regular viajamos en autobuses rentados-, lo realizamos en una camioneta Ichi-Van, propiedad de un compañero que colabora en una organización no gubernamental de derechos humanos en la ciudad de México y cuya hija viajaría con el grupo. La madrugada del sábado 20 de julio, una vez cargado el vehículo con mochilas, víveres y útiles de trabajo, partimos del rumbo de ciudad universitaria hacia tierra zapatista.
De no haber sido por las constantes revisiones a que son sometidos todo tipo de vehículos tanto en retenes militares como judiciales cada que atravesábamos un estado, o por la llanta que inexplicablemente estuvimos a punto de perder debido a que sus birlos se hallaban flojos (percance al cual no le dimos mayor importancia), se puede decir que nuestro viaje fue sin contratiempos, llegando a San Cristóbal de Las Casas, el domingo 21 de julio a las diez de la noche aproximadamente.
Era verano y San Cristóbal se encontraba repleto de turistas, buscando alojamiento recorrimos hoteles, casas de huéspedes y posadas, y éstas o se encontraban ocupadas o bien ya habían sido reservadas por la gente que participaría en el evento. Tras haber recorrido todo San Cristóbal, ya muy noche coincidimos con un compañero vecino de esa ciudad, quien a esas horas acompañado de su tio, andaba a la búsqueda de cigarrillos; al comentarles la situación en que nos hallábamos, éste último generosamente nos ofreció su casa.
Al día siguiente cuando nos presentamos en el Centro Don Bosco supimos que los otros compañeros de la Caravana, quienes habían salido una semana antes con varias toneladas de víveres, ya habían regresado a la ciudad de México; así mismo nos enteramos que el grupo de El Barzón acababa de celebrar su asamblea anual en el poblado de La Realidad y que en pláticas con el Subcomandante Marcos se habían logrado importantes acuerdos.
Esa tarde observé una lujosa y empolvada suburban que recién llegaba de la selva, al acercarme a platicar con uno de sus ocupantes, éste me comentó que les había sido impactante el encuentro con los zapatistas, dijo también que había acudido gente de todos los estratos sociales, grandes y pequeños propietarios deudores de la Banca, y que definitivamente este encuentro los había humanizado.
Y así, al paso de los dias empezaron a llegar las delegaciones internacionales, obsequiándonos algunas de ellas sendos posters zapatistas en griego, inglés, español e italiano. De igual manera dio comienzo el arribo de los invitados especiales entre los que figuraron la señora Danielle Miterrand, ex-primera dama de Francia; la señora Hebe de Bonafini, de Argentina; los señores Eduardo Galeano y Daniel Viglietti, del Uruguay; el señor James Petras, de Inglaterra; el sociólogo Alain Touraine, de Francia, etc., quienes junto con los anteriores visitantes, el escritor francés Regie Debray, el cineasta norteamericano Oliver Stone y el actor chicano Edward James Olmos, pasarían a formar parte de la larga lista de personalidades que en los últimos meses habían viajado al poblado de La Realidad para en ese sitio entrevistarse con el Subcomandante Marcos -la señora Miterrand y la señora de Bonafini ya lo habían hecho anteriormente-.
Cierto día una Delegación procedente del cono sur, integrada por 35 personas, no acompletaba el importe correspondiente a 20 acreditaciones -100 dólares por participante, mismos que cubrirían el transporte y la alimentación durante los días del evento-, situación por la cual los miembros de la Delegación francesa al enterarse de este hecho, sin más trámites cubrieron el importe restante. Por cierto, cuando realizábamos esta labor, se presentó en nuestro equipo de trabajo un hecho lamentable al haber sido sustraído por dos días consecutivos un sobre con el importe de 200 dólares, situación que a partir de ese momento me haría desconfiar de mis compañeros.
Conforme terminaba nuestra labor iniciaba la del apoyo logístico (transporte, seguridad, alimentación, etc.). El 27 de julio, día en que daría inicio el Encuentro, la calle principal del Don Bosco, así como su cancha de futbol estuvieron invadidas por casi 100 microbuses, mismos que transportarían a los más de 3,000 participantes, primero al Aguascalientes de Oventic para la inauguraciön del evento y después a los Aguascalientes en que estarían ubicadas las mesas de trabajo restantes: La Garrucha, Ejido Morelia, Roberto Barrios y por último La Realidad, lugar donde el día 3 de agosto se daría la clausura.
Ese día desde temprana hora comenzaron a llegar las delegaciones participantes; esparcidos por el Don Bosco se veían los grandes contingentes de Francia, Italia, Estados Unidos y Alemania, así como los de regular tamaño: Chile, Canadá, Argentina y Grecia; aunque también los hubo pequeños como Australia, Austria, Bélgica, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dinamarca, Ecuador, El Salvador, Filipinas, Guatemala, Haití, Holanda, Honduras, Irán, Irlanda, Japón, Kurdistán, Mauritania, Nicaragua, Noruega, Perú, Portugal, Reino Unido, Sudáfrica, Suecia, Suiza, Turquía, Uruguay y Venezuela. México estuvo representado por más de 1,500 delegados procedentes del Distrito Federal y del interior del país.
Debido a que el microbús en que nos trasladamos fue de los últimos en partir, únicamente logramos aproximarnos a las inmediaciones de Oventic, por lo que caminando tuvimos que superar la interminable hilera de microbuses estacionados a la orilla de la carretera, así como los automóviles usados por la prensa nacional e internacional, la cual estuvo representada por más de 300 corresponsales. Y así, como si nada ocurriera por estas tierras, la televisión mexicana nuevamente nada informó. Tal parece por como se maneja la información en México, es más importante para ésta, cubrir un mediocre campeonato nacional de futbol, que informar sobre este tipo de eventos, donde también se está “jugando” el futuro de por lo menos 10 millones de indígenas mexicanos, viviendo a punto de entrar a un nuevo siglo como desde hace 500 años lo vienen haciendo. ¿Será que acá no existe la televisión?.
Conforme entrábamos a Oventic éramos cateados por milicianos zapatistas, “cuestión de seguridad” -decían-, para luego amablemente ser conducidos a nuestros nuevos aposentos. Quedé sorprendido del trabajo, del enorme esfuerzo que desarrolló la comunidad tzotzil al haber construido este enorme Aguascalientes sin más herramientas que las propias para la labranza, largos galerones de madera y lámina para dar alojamiento a los miles de visitantes que estaban arrivando, ya sea para extender sus sacos de dormir, o bien para colgar sus hamacas.
Estas grandes construcciones edificadas a lo largo de un terreno que bien podría tener el tamaño de una cancha de futbol, estaban rematadas por un gran escenario, en el cual se llevaría a cabo la inauguración.
Como María Elena y yo llevábamos tienda de campaña, ubicamos un pequeño espacio entre las tantas ya instaladas. Una vez organizados nos dirigimos al comedor, observando al igual que en el Encuentro anterior, que las señoras cocineras se hallaban higiénicamente vestidas con el pelo y la boca cubiertas al estilo zapatista, pero no con paliacates y pasamontañas, esta vez su pelo lo cubría una mascada y su cara un cubreboca color azul. Nos formamos, María Elena pidió frijoles con tortillas recién hechas, mientras yo saboreaba un exquisito y reconfortante café.
Saludamos a la señora Ofelia Medina, incansable luchadora social, quien maneja un patronato para ayuda al niño indígena; a la diputada Rosario Ibarra, quien es a la vez representante de Eureka, organización de familiares de presos políticos desaparecidos -recuerdo de los años 70-.
Cuando terminábamos de cenar, comunicaron por los altavoces que pronto daría inicio la ceremonia de inauguración, por lo que tras escuchar este anuncio, después de habernos ido a abrigar, nos dirigimos al Aguascalientes donde ya se encontraban la mayoría de las delegaciones. A todos aquellos que pertenecíamos a alguna comisión se nos pidió que conformáramos una gran valla a lo largo del terreno. Subieron al estrado altos mandos del EZLN, entre quienes destacaban el Comandante David, la Comandante Hortensia y la Mayor Ana María. Después de haber dado lectura a los innumerables mensajes de solidaridad entre los que sobresalieron el enviado por el VI Foro de Sao Paulo -el cual se había celebrado recientemente en San Salvador-, así como el saludo solidario de Mario Bennedetti y Regis Debray quien habló sobre el seguimiento al Encuentro por miles de simpatizantes en el mundo; el Comandante David en nombre del EZLN propuso tejer una Red mundial contra el neoliberalismo, sin importar las diferencias. “Inclusive a lo mejor no hay necesidad de emplear las armas” comentó.
El Subcomandante Marcos en voz de la Mayor Ana María expresó: “Hermanos y hermanas de todo el mundo, bienvenidos a las montañas del sureste mexicano, bienvenidos a este rincón del mundo donde todos somos iguales porque somos diferentes, bienvenidos a la búsqueda de la vida y la lucha contra la muerte. Hermanos y hermanas, nosotros los hemos invitado a este encuentro para venir a buscar, a encontrarse y encontrarnos, todos ustedes han llegado hasta nuestro corazón, y deben ver que somos hombres y mujeres simples y ordinarios, deben ver que somos el espejo rebelde que quiere ser cristal y romperse”.
Refiriéndose a los pasamontañas dijo: “Detrás de nuestro rostro negro están los mismos hombres y mujeres simples y ordinarios que se repiten en todas las razas, se pintan en todos los colores, se hablan en todas las lenguas y se viven en todos los lugares, somos los mismos ustedes, detrás de nosotros están los ustedes”. También dijo: “para el poder, ese que hoy se viste mundialmente con el nombre de neoliberalismo; nosotros no contábamos, no producíamos, no comprábamos, no vendíamos. Eramos un número inútil para las cuentas del gran capital. Entonces nos fuimos a la montaña para ver si encontrábamos alivio para nuestro dolor de ser piedras y plantas olvidadas, nos habló la montaña, nos mazehualó. Por eso nos hicimos soldados, por eso seguimos siendo soldados, porque no queremos el olvido”.
El momento de mayor trascendencia después de estas palabras, fue cuando una vez apagadas las luces de Oventic pidieron a la concurrencia guardara silencio. Tras breves minutos escuchamos a la lejanía débiles cantos, los cuales fueron subiendo de intensidad, conforme se aproximaban a nosotros sus intérpretes, al estar más cercanos descubrimos que quienes cantaban traían en andas un inmenso fuego, una especie de “Fuego Nuevo”, el cual dejaron a la entrada del Aguascalientes, para después algunos de ellos dirigirse hacia donde nos encontrábamos y tocar en dirección a los cuatro puntos cardinales sus caracoles marinos.
Al encendido de las luces comenzó a desfilar ante nosotros la dignidad en su más pura expresión. Hablaba quien estaba al micrófono, de este pueblo tzotzil, de estos ancianos, de estas mujeres, de estos niños, bases de apoyo del EZLN. Seres humildes, pequeños e insignificantes por fuera, pero gigantes y heroicos por dentro. Seres que continúan resistiendo la brutal embestida por parte de quienes se supone estarían para protegerlos. Miserables mexicanos, carne de explotación, mano de obra barata, despojo de lo que alguna vez fueron. Gente que durante años guardó en lo más profundo de su ser, al lado de sus rencores, de su impotencia, de su dolor; lo que finalmente se ha convertido en esperanza. “Esperanza”, hermosa palabra que contagia y que hoy pareciera representada por ese inmenso fuego nuevo que frente a nosotros ardía. Indígenas tzotziles, quienes junto con otros indígenas también mayas, prepararon y esperaron por años el momento oportuno para gritar su “Ya Basta” del 1o. de enero, echando por tierra la supuesta imagen de un México moderno a punto de ingresar al primer mundo, cimbrando los cimientos de un gobierno “revolucionario”, el cual desde su existencia no ha hecho otra cosa que usarlos, en toda la extensión de la palabra, para después tirarlos al olvido. Un gobierno que a 32 meses de iniciado el conflicto (julio de 1996), ha pretendido resolver el problema cual cacique moderno, terminando “de golpe” con los últimos vestigios de honestidad que aún quedaban en estas tierras, haciéndolo de manera tan inhumana que hoy confianza y justicia se han transformado en sinónimo de candidez e inocencia. Y así con pena y con gloria desfiló ante nosotros el último de ellos.
Terminada esta parte del programa dio comienzo un festival cultural en el cual la comunidad tzotzil daría a conocer sus cantos y bellas tradiciones. Esta vez subieron al estrado grupos músico-religiosos procedentes de diversos pueblos, quienes acompañados de guitarra, violín y arpa entonaron bellos cantos, que más que cantos parecían angustiados lamentos. A un lado del escenario se veían otros grupos que con tambores y arpas, dormitando esperaban el momento de su participación.
Cuando las nubes cubrieron la montaña, observamos que pasaba de la media noche, por lo que María Elena y yo nos retiramos a descansar ya que a la mañana siguiente partiríamos a La Garrucha. Noche de lluvia y reflexión.
Al día siguiente después del desayuno nos dirigimos al mercado artesanal que para esa ocasión habían instalado. Todos los pueblos de la región se hallaban ahí presentes con sus artesanías: faldas de lana, blusas y servilletas bordadas, gabanes, fajas, muñecos zapatistas, etc. Cuando llegamos al sitio donde se encontraban las señoras laborando en sus telares, observamos que nuestros anfitriones formaban una larga valla para despedir a quienes en esos momentos se marchaban. Mientras una persona por medio del micrófono agradecía su visita, ellos a manera de despedida les aplaudían.
Minutos más tarde avisaron que tocaba el turno de partir a quienes íbamos a La Garrucha; tras escuchar este anuncio fuimos por nuestras pertenencias y regresamos a la espera de abordar los autobuses. Cercana a nosotros se hallaba una joven extranjera trabajando en su computadora; al aproximarnos nos comentó que venía de una universidad de Estados Unidos y que colaboraba en un grupo donde por medio de internet apoyaban la lucha zapatista. Cuando regresábamos a nuestro lugar, entraba un vistoso contingente de lugareños, cantando y cargando con dos animales que recién habían cazado.
Al medio día abordamos los microbuses y partímos rumbo a La Garrucha, seguidos por los vehículos que se dirigirían a la comunidad de Roberto Barrios. Pronto dejamos Los Altos pasando por San Cristóbal de Las Casas, para después enfilar hacia Ocosingo. Cuando llegamos a las afueras de esta ciudad se separaron los vehículos que seguirían al municipio de Palenque, para nosotros continuar hacia la cañada de Patihuitz. Tras doce horas de incómodo viaje llegamos por fin a nuestro destino.
Después de haber sido cuidadosamente revisados, fuimos conducidos, en medio de un lodazal, a la zona de campamento. Esta vez aunque el comedor nos esperaba, pudo más nuestro cansancio que el hambre; armamos la tienda, dejamos afuera nuestras enlodadas botas y nos metimos a dormir. Al día siguiente despertamos ya tarde, después de habernos puesto unos zapatos que parecían piedras o unas piedras que parecían zapatos, nos encaminamos al comedor. Cuando desayunábamos nos enteramos que la persona encargada de la cocina era la señora María Luisa Tomasini. Meses antes, esta señora había solicitado al EZLN, fuera aceptada ser la “abuela” de los zapatistas, razón por la cual portaba orgullosamente dicho reconocimiento.
La Garrucha es una pequeña comunidad tzeltal enclavada entre pintorescos y selváticos cerros, su población no llega a los 1,000 habitantes; al problema del subdesarrollo, las enfermedades y el hambre habría que agregar el del acoso militar; de manera que toda belleza natural pierde su encanto al entrar a este pueblo y tener contacto con su gente. El Aguascalientes aunque de menor tamaño que el de Oventic, cuenta de igual manera con los servicios más indispensables: zona de regaderas, letrinas, comedor, dormitorios, salón para plenarias, etc.
Una tarde que escaseaba el trabajo en la cocina, tuvimos oportunidad de conocer a la abuela Tomasini, quien nos mostró el reconocimiento que el Subcomandante Marcos le había hecho llegar por medio de un periódico local y que a la letra decía:
A María Luisa Tomasini
Periódico Tiempo, San Cristóbal de Las Casas.
Abuela:
Recibimos su carta del 9 de junio de 1995. Por supuesto que ha sido aceptada como “abuelita” de todos nosotros. Agradecemos su apoyo. La edad no es impedimento para luchar por la democracia, la libertad y la justicia en el mundo. El único impedimento es la falta de vergüenza y de dignidad. Para estar con nosotros no se necesita ser joven, sino humano, así que no hay que apenarse por la edad (yo por ejemplo, tengo ochenta y seis años y ya ve usted, soy más joven que Fidel Velázquez). Después de todo, la edad no es más que un montón de calendarios guardados en la piel...pero no en el corazón.
Vale Abuela. Salud y que las lágrimas sean un día motivo de risa.
Desde las montañas del sureste mexicano
Subcomandante Insurgente Marcos.
Al comentarnos sus experiencias y hablarnos sobre este sitio, escuchamos nuevamente lo que tanto va a repetirse a lo largo de mis relatos. Que la situación va de mal en peor, que únicamente están comiendo maíz, que las mujeres están enfermas de tristeza. Que la gente trabajó con mucho empeño para recibirnos, que hubiéramos visto a los ancianitos como acarreaban arena en sus morrales para cubrir las veredas que conducían a las letrinas. Que era una lástima que hubiera llovido tanto y no haber podido valorar su trabajo. Y que luego tan mal comidos...Que ojalá tanto esfuerzo valiera la pena.
Por cierto, cuando por primera vez tuve necesidad de andar esas veredas, viví grata sorpresa al descubrir que en una caseta se encontraban personas de la comunidad obsequiándonos papel de estrasa con la forma de la letrina. “Días de placer y comodidad”. También nos enteró sobre los patrullajes diarios del Ejército Federal, pero al igual que en ocasiones anteriores cuando llegan demasiados observadores, estos desaparecieron de la noche a la mañana.
En este Aguascalientes bajo el nombre “En este mundo caben muchos mundos”, se desarrollaron los trabajos referentes a Cultura Indígena. El Comandante Hernán inauguró la sesión el lunes 29, ante una presencia de más de 200 participantes, entre quienes se encontraban representantes indígenas de México, Estados Unidos y Canadá. El señor Giulio Girardi “llamó a tomar conciencia sobre el momento histórico que los hermanos zapatistas nos han llamado a vivir: El anuncio de la nueva historia que apenas comenzamos”. En los días de trabajo el antropólogo canadiense Pierre Beaucage dio una conferencia organizada por la gente de la comunidad, sobre el tema ¿Qué es el neoliberalismo?, la cual como novedad fue traducida simultáneamente al tzeltal. Los trabajos se dividieron en diferentes temas: La realidad como barbarie; Nuevas y viejas identidades; Murallas dividen al planeta: emigración y exilio; Resistencia y solidaridad, de lo local a lo global.
Algo que pudimos observar es la situación de los niños de esta comunidad, quienes por sobradas razones y a diferencia de otras, no ríen, son niños serios. Jamás se acercaron a platicar con nosotros, siempre se mantuvieron a distancia, observándonos entre una especie de rencor y tristeza.
Niños frios, desconfiados,
pequeños niños desnutridos,
pequeños niños olvidados.
El último día que ahí permanecimos, se dio por fin el baile de bienvenida -que a la vez fue de despedida-, ya que éste se había ido posponiendo debido a las constantes lluvias que cayeron en la región. Tras Haber estado bailando dentro de un lodazal por un buen rato, a la media noche abordamos los microbuses que nos trasladarían a La Realidad.
Mientras hacíamos el viaje rememoré mis nuevas experiencias: Ver a tantos compañeros extranjeros viajando tan incómodamente durante tantas horas -hicimos más de 20 a La Realidad-. Saber que la única diversión por estos lugares es el baile, y que penosamente este se había dado en un mar de lodo. Niños que nunca se acercaron a nosotros; madres tristes por sus hijos tristes, pero también el deseo inmenso de cambiar su vida...Por unos momentos hice a un lado mi pesar y traje a mi memoria otros dias. Aquellos lejanos dias que también cambiaron la mía...
SOCIEDAD CIVIL (1994)
Un viernes de diciembre de 1994, en una foto publicada en la primera plana de un diario capitalino, aparecía un grupo de soldados del Ejército Federal fuertemente armados internándose en la Selva Lacandona; al pie de la foto se leía: el Ejército mexicano tiene cercados a los zapatistas y no permite el acceso a la prensa.
Reflexioné ante esto recordando dos sucesos anteriores, octubre del 68, cuando el Ejército de igual manera acordonó Tlatelolco y en una acción conjunta con el Batallón Olimpia masacraron a indefensos estudiantes; el otro, cuando la erupción del volcán Chichonal en Pichucalco, Chiapas. Por esos años trabajaba en la Comisión Nacional del Cacao en la ciudad de México y como ayuda llevamos por medio del sindicato al cual pertenecía, ropa y alimentos a los compañeros afectados que laboraban en los viveros de esa Comisión. Aquella fue la primera ocasión que tuve contacto con indígenas campesinos del estado de Chiapas, quienes brevemente y por ser representante sindical, me enteraron de sus problemas.
Recuerdo que en Pichucalco abordamos una avioneta para trasladarnos a un pueblo cercano a Chapultenango, el cual se ubicaba próximo a las faldas del volcán, ya que en tiempos de lluvia era imposible transitar por caminos y brechas de lodo, de tal manera que si un niño enfermaba de gravedad y sus padres no tenían para pagar el taxi aéreo, éste fallecía en su casa o bien al transportarlo sobre el lomo de alguna bestia, ya que estos pueblos no cuentan con clínicas u hospitales...¿Y cuando iban a tener dinero si los salarios para los trabajadores del campo -viveros-, eran una miseria? Y no se diga de la gente que trabajaba para las grandes fincas, donde muchas veces lo único que les llegaban a pagar era la comida y como me decían: ¿Y nuestra familia, qué ella no come? Nos va mejor cuando salimos a juntar leña y tenemos la suerte de matar un animalito de campo, así comemos todos -hablo de principios de los ochentas-.
Es muy fácil criticar o juzgar sin conocer el porqué uno ayuda a estos hermanos, como sucedió hace días con un compañero de trabajo, al decirme que otros compañeros agentes de seguros me tenían “tirria” por andar de “alborotador”, cuando mi ayuda es -o por lo menos lo era en esos momentos- absolutamente humanitaria.
¿Qué hago? ¿Me pongo ese caparazón de indiferencia que últimamente utilizan muchos mexicanos y le doy gracias a Dios por haber nacido menos indio? ¿O caigo en la ignorancia de otros muchos? ¿O me hago feligrés de los obispos Alamilla o Sandoval Iñiguez y practico su doctrina? ¡Claro que como ciudadano mi reclamo es al gobierno! él es quien administra este país, el que imparte justicia, el que oye nuestras demandas, el que debe comprender que su desempeño se reflejará en nuestra forma de vida; que sus gobernados trabajamos más para vivir mejor y resulta todo lo contrario; que como muchos mexicanos no soy priísta, ni panista, ni perredista; que lo único que busco es un gobierno justo conformado por gente de cualquier partido político, pero que entienda las necesidades del pueblo.
Un Gobierno que solucione este conflicto no como lo hizo con los jóvenes de Tlatelolco, al haber recurrido a los métodos más represivos impuestos por las dictaduras militares en América Latina, sino comprendiendo y entendiendo los problemas de su gente. Pues bien, regresemos a lo de la foto -continué reflexionando-, si ya los tiene rodeados y no dejan pasar reporteros, seguramente va a suceder algo parecido a Tlatelolco; esta vez desde el aire los van a bombardear y a ametrallar con helicópteros -como sucedió a principios de 1994-, van a entrar a rematar a los heridos, llegarán camiones del mismo Ejército a cargar con los muertos, y aquí no pasó nada. Al otro día la prensa controlada nos informará por medio de su tan desgastada frase “Que no había otra alternativa, que fue muy doloroso, pero que era necesario para que el país tomara nuevamente su cauce democrático y de justicia apegado a derecho”. Y seguí pensando: No sería justo que a esta gente que quiere vivir en paz y con dignidad, el Gobierno les vaya a responder como lo ha hecho en otras ocasiones y les vaya a dar el tipo de paz que se acostumbra en el estado de Guerrero, la paz de los sepulcros. Por esta razón es que me integré a los grupos de ciudadanos conformados en sociedad civil, para tratar que de manera pacífica y consciente por parte del Gobierno, se solucionen sus justas demandas. Tal vez aún haya quien piense que están pidiendo cosas imposibles de cumplir, soluciones a problemas de índole nacional, peticiones que deberían exigir los partidos políticos y no lo hacen, aunque sean peticiones justas -como lo sería una revisión al artículo 27 constitucional-, pero eso es precisamente un diálogo; un estira y afloja de pedimentos, de alternativas, de propuestas y acuerdos, de sacrificar unas cosas por otras, siempre y cuando haya voluntad y honestidad por parte de quien ejerce el poder en el momento.
Cuando llegué a estos grupos de la sociedad civil, descubrí por medio del trato continuo con quienes los integran, que muchos de nosotros -si no es por decir todos-, fuimos quienes en el terremoto de 1985 salimos a la calle a brindar auxilio a los hermanos caídos en desgracia; fuimos parte de ese gran pueblo que es la sociedad civil preocupada por sus semejantes, la que durante noches no durmió, la que sufrió al igual que los heridos o quienes habían perdido familiares. Ese pueblo al que muchas veces no le importó el arriesgar la vida con tal de salvar a quienes habían quedado atrapados en los escombros. Ese pueblo que dio una gran lección al mundo de hermandad y humanismo, hechos que serían reconocidos y ensalsados continuamente por el mismo Gobierno.
Una sociedad civil conformada por amas de casa, obreros, estudiantes, artistas, intelectuales, empleados, profesionistas, campesinos, músicos; gente de todos los estratos sociales, que así como en 1985 ayudaron desinteresadamente al necesitado, nuevamente lo harían, diez años después, esta vez con los indígenas, librando una lucha pacífica contra el Gobierno, para que de igual manera éste les solucione de manera honesta la explotación y miseria padecida durante toda la vida.
Porque cuando fui por primera vez a Chiapas -antes y después del conflicto-, descubrí que así como en 1985 hubo damnificados en el Distrito Federal, así los ha habido desde siempre en aquel estado. Y cuando platico esto con amigos, me dicen que no únicamente en Chiapas, que por la pobreza damnificados hay en todo México, y tienen razón. Pero quienes hemos viajado a Los Altos y a la Selva Lacandona, sabemos que sus habitantes están peor que en ningún otro sitio, porque aunado a todas sus carencias, está la presencia del Ejército Federal y de la Policía Judicial en sus comunidades, así como la presencia de grupos paramilitares y de guardias blancas protegiendo los intereses de los poderosos (léase USA) -lamentablemente esta situación se ha generalizado en todas las zonas indígenas del país-. Y hemos visto su miseria y hemos visto su hambre, su subdesarrollo, su desnutrición, su coraje, su impotencia y “nuestra impotencia” de no poder ayudarles de otra manera que no sea llevándoles alimentos, ropa y medicinas, o acompañándoles en sus comunidades en los campamentos civiles por la paz, pidiéndole a Dios que les tiente el corazón a quienes gobiernan este país; que comprendan que no es nada del otro mundo lo que están pidiendo; que como mexicanos tienen derecho a vivir como mexicanos en tiempos modernos y no como desde hace siglos lo vienen haciendo.
Pero también estamos conscientes de que el Ejército mexicano está para obedecer órdenes, que esa es su razón de ser, que existe un Comandante Supremo y que en él está darle una solución pacífica a tanta miseria, actuando de manera justa y patriótica con el pueblo y no quedando bien con intereses externos o con pequeños grupos de terratenientes explotadores que no comprenden que el mundo vive nuevos tiempos y que no podemos quedarnos rezagados con sus ideas arcaicas de abuso y explotación que tanta riqueza les han proporcionado.
Porque para quienes vivimos en las ciudades, cosas tan comunes como son abrir una llave y tener agua fría o caliente, apretar un interruptor y tener luz, o un buen médico, o una escuela; para los indígenas sencillamente esto no existe, así como tampoco existe un medio de transporte decente, ni hospitales, ni un hogar digno por no hablar de otras cosas menos importantes que ni imaginan su existencia, como lo sucedido durante el Primer Encuentro por la Paz celebrado en San Andrés de Los Pobres, cuando cierta marca de refrescos llegó a pintar los estanquillos con su publicidad y a instalar refrigeradores para sus productos, cosa que aún no terminaban, cuando descubro a un grupo de jóvenes indígenas observando esos refrigeradores que en su vida habían visto; así como tampoco habían visto tanto soldado, ni aviones, ni helicópteros, ni tanquetas en sus comunidades. Y quien lea esto dirá que es lógico, que es en respuesta a una declaración de guerra; pero resulta que también esta declaración de guerra fue una respuesta; fue en defensa a una guerra no declarada formalmente, pero que el finquero-ganadero-terrateniente -gobernadores muchos de ellos-, han librado desde siempre contra el indígena, apropiándose de sus tierras, asesinándolos, explotándolos en el trabajo, por medio del alcohol, de las tiendas de raya, de su ignorancia; con salarios de miseria.
Pienso que esta desproporcionada guerra fue una forma de decirnos ¡Aquí estamos! ¡Sepan de nosotros! ¡De otra manera no hubiéramos sido escuchados! ¡Ayúdenos! y así lo estamos haciendo, sin más armas que las que da la lógica de la justicia y la razón.
Y me pregunto, que tan equivocado estaré al imaginarme a alguien de la ciudad conviviendo con esta gente, malcomiendo, aprendiendo sus costumbres, su lengua, su cultura; viviendo sus injusticias, su explotación. Viendo como mueren los niños por enfermedades curables; o que llega gente desplazada por practicar una religión en la que no se bebe alcohol, no conviniendo esto a los intereses del cacique por ser mal ejemplo para quienes sí lo consumen y lo adquieren con él; o que llegó un terrateniente e invadió sus tierras, o que mataron a fulano por defenderlas, o que van a la Secretaría de la Reforma Agraria a pedir extensión de ellas o a regularizarlas y sus viajes son en balde, y que ese alguien vea que esto sucede día con día, mes tras mes, año tras año, ¿Cómo cree usted que ese alguien hubiera reaccionado? Porque pienso que toda esta gente que los está ayudando de una manera más comprometida -ya sea que algunos hayan pertenecido a grupos guerrilleros pre-existentes-, es gente honesta, idealista, enemiga de las injusticias. Gente que hubiera sido calificada de comunista si éste continuara en su apogeo, gente que siempre será etiquetada de alborotadora, que bien podría vivir de su profesión, y sin embargo, por ayudar al desposeído están arriesgando lo mejor de la vida que es su propia vida o su libertad, como Marcos, el moderno defensor de indígenas, o el señor Jorge Santiago Santiago, teólogo y sociólogo acusado de presunto zapatista, cuando toda su vida la ha dedicado a ayudar al prójimo; o el mismo obispo don Samuel Ruiz, quien ha sido calumniado y ofendido infinidad de veces, llegando al extremo de haber sido apedreada su catedral por los habitantes de San Cristobal autollamados coletos a quienes están afectando sus intereses.
Pero así como hay auténticos coletos, también hay quien reconoce en don Samuel su labor pastoral. Porque así como hay obispos y cardenales que viven bien, acostumbrados a tomar “el coñaquito” o “el cafecito” con los poderosos o a casar a los hijos de estos en suntuosas bodas o a hacer declaraciones mal intencionadas desde sus pomposas oficinas, así también hay sacerdotes comprometidos con los más pobres entre los pobres, como los padres Pablo Romo y Joel Padrón -quien estuvo preso en 1992-, o como los sacerdotes extranjeros Rodolfo Izal Elors, Loren Riebe y Jorge Alberto Barón, quienes fueran injustamente expulsados de nuestro país, o tantas monjas amedrentadas que con el ejemplo predican la palabra de Cristo.
Y aquí quiero citar una carta de los indígenas, en apoyo y agradecimiento al obispo don Samuel Ruiz, la cual fue publicada en la revista La Guillotina No. 30, correspondiente a los meses de marzo y abril de 1995.
“Apoyamos al doctor Samuel Ruiz García para que se le otorgue el Premio Nobel de la Paz, quien sufre el valor de la justicia, de la verdad y del amor a nuestros semejantes, en su voz está la voz de un pueblo oprimido, que sufre el racismo, la humillación, la explotación y el aislamiento, en su voz está siempre el aliento, la esperanza, en su enseña está Cristo vivo, ésta es la respuesta de un pueblo, ésta es la respuesta de un pueblo que lo quiere, que lo sigue, que lo escucha, éstos son los hombres y mujeres que apoyan a Don Samuel nuestro tatic.
Esta es la palabra que va por veredas, por cañadas, montes, valles, montañas y selvas, esta palabra anda en pies descalzos, su piel es morena, habla tzotzil, tzeltal, chol, tojolabal, mam, zoque, español, ésta es la palabra que lleva un mensaje, la paz que se opone a la injusticia, al hambre y a la muerte, estas formas son las respuestas de amor y esperanza de un pueblo a quien tatic jamás ha olvidado, el único amor que ha viajado a través de nuestro estado, en morral, en cuero, en bordado, en nylon, en costal al hombro, sobre el maíz, la caña, el frijol y el hambre, pueblo por pueblo, comunidad por comunidad, ejido por ejido, paraje por paraje, hombre por hombre, por donde no hay caminos reales, no hay puentes, no hay hospitales, no hay escuelas, no hay luz, no hay agua potable, donde no hay justicia, rincón digno de la patria, donde los hombres y mujeres verdaderos caminan con la frente en alto y en larga espera de la paz, con libertad, justicia y dignidad, nosotros queremos al hombre que ha dado su vida por nosotros, su corazón y espíritu por los más necesitados, pensando siempre en el prójimo sin importar que podría perder, jugándose el todo por el todo, por los que solamente tenemos el consuelo de Cristo, nuestro señor, gracias tatic por tu amor, la coherencia entre tus palabras, la coherencia entre tus palabras y tus actos son nuestra mejor enseñanza, no necesitamos que te den el Premio Nobel otras personas, nosotros te lo dimos desde siempre, para nosotros el obispo Samuel Ruiz ya ganó el Premio Nobel de la Paz, muchas gracias”.
El apoyo que la sociedad civil ha brindado a estos hermanos, me ha llevado a tener grandes experiencias y satisfacciones, primero con los del Angel de la Paz, después con la Caravana Mexicana para Todos Todo; desde ver llegar a un humilde señor a uno de los tantos acopios que se hicieron en el Angel de la Independencia, abrir su mochila de trabajo y entregarme 100 gramos de azúcar, o bien flamantes autos con costales llenos de grano; desde participar en mítines y manifestaciones por la paz; en peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, o visitar en marzo de 1995, cuando estuvieron presos, a los señores Jorge Santiago y Jorge Javier Elorriaga en la cárcel de Cerro Hueco en Tuxtla Gutiérrez, Chis.; desde ver a dos humildes compañeras cargando una olla de barro hasta San Andrés de Los Pobres para poner frijol y darles de comer a estos hermanos; o bien mexicanos de origen extranjero o extranjeros mismos viviendo en comunidades cercadas por el Ejército Federal en campamentos civiles por la paz, picados por toda clase de insectos, durmiendo en hamacas o en el suelo; todos juntos en comunión esperando la anhelada paz.
En el emotivo ayuno y no cena de Navidad que a invitación de Los del Angel y en especial de la señora Ofelia Medina realizó la sociedad civil el 24 de diciembre de 1994 en el monumento a la Independencia, para de alguna manera compartir el hambre y ayuno forzoso de estos hermanos, nuevamente viví la realidad.
Eran aproximadamente las 12 de la noche cuando mi esposa y yo tuvimos necesidad de ir a un restaurante que se ubica enfrente, quedé afuera viendo pasar a un elegante Santa Claus, cuando descubro a una humilde “María” sentada sobre la banqueta; cubierta con su rebozo, pidiendo limosna con una alcancía, ignorada por todo mundo y a su lado su par de hijitos durmiendo, tapados con una cobija, sin cenar, sin comer, bajo el helado frío del invierno, cuando en ese momento todo México celebraba el nacimiento de Cristo con grandes cenas y regalos; no, para esta gente no existe esto, para esta gente no existe nada a no ser su infinita miseria.
A continuación presento parte de un artículo del señor Enrique Maza, publicado en el semanario Proceso No. 900 del 13 de enero de 1994, donde el padre Arturo Lona, obispo de Tehuantepec (a quien alguna vez trataron de asesinar), cuenta la siguiente historia:
“Hay un zapoteca de la sierra que va acumplir 50 años de catequista: En una reunión que tuvimos ante ese panorama de hambre y miseria, que parece no tener salida, se levanta un sacerdote joven, angustiado, frustrado, desesperado, y dice: “Aquí no hay nada más que hacer, estamos ante un bloque monolítico que no podemos superar”; Entonces toma la palabra el zapoteca y le dice: “Siéntate y cállate padre, y no hables así. Tú siquiera comes tres veces al día, nosotros a veces ni una vez al día y, sin embargo, yo tengo esperanza de que esto va a cambiar. Cuando no tengas una palabra de ánimo, mejor cállate y siéntate”.
Este viejo lleva las arrugas de su frente como surcos de calvario, y le dice: “Si no tienes una palabra de aliento para nosotros que no hemos comido mejor callate”; “La montaña es sabia. Y el indígena vive en la montaña”; El indígena es sabio. Cuando yo he tenido problemas, agarro la camioneta y me voy por las brechas en busca de un catequista viejo que ande sembrando. Le digo: “Ven acá, quiero platicar contigo”. Si tú fueras obispo, ¿cómo resolverías este problema que ya no aguanto?; Yse ríen de mí: “Si yo fuera obispo, resolvería así y así”; Y tienen lúcida razón.
Luego dicen: “Ahora tú imagínate que eres campesino y tienes que resolver mi problema: mi mujer está enferma, no tengo para medicina, ni siquiera para una pinche píldora de esas que llaman aspirina; mis hijos tienen hambre, dos días hace que no comen, mira apenas ando sembrando”. Y saca del morral un radio de transistores todo viejo y enmohecido de los alambres. Y me dice: “Yo por aquí escucho que hay botellas de vino que valen miles de pesos (viejos pesos), y tú a ellos no les dices nada. En cambio si me vez a mi tomando una copita de mezcal porque quiero tener valor para llegar a mi casa, a mí me regañas y a ellos no les dices nada”...Y pienso ¿para qué vine yo aquí? Es terrible vivir en Tehuantepec y es milagro de Dios no caer en la desesperación”.
Y si indagamos más sobre su vida, veremos que siempre ha sido lo mismo y que por esta vez no podemos cerrar los ojos a tanta desgracia, como tampoco lo hicimos en septiembre de 1985.
Olvidaba mencionar que así como hace diez años fue reconocida nuestra labor por parte del gobierno, esta vez aunque nuestro trabajo es el mismo, ha sido todo lo contrario: Fichajes fílmicos y fotográficos por agentes de Gobernación durante manifestaciones, mitines y peregrinaciones en la ciudad de México. La anotación excesiva de las consignas que ahí se gritan. Fichajes fílmicos y fotográficos por parte del Ejército mexicano cada que viajamos a Chiapas. Fotografías a nuestros domicilios y propiedades (vehículos). Fichaje fotográfico por parte de la policía en nuestras mesas de información y consulta. Llamadas telefónicas amenazantes. Intimidaciones personales. Robo de vehículos y dinero en efectivo. Espionaje telefónico. Supuestos asaltos a las oficinas de nuestras organizaciones con la extracción de computadoras y diskettes. Amenazas de muerte. Detenciones arbitrarias. Persecución, vigilancia y violaciones.
RUMBO A CHIAPAS (1995)
Tras haber estado recolectando ropa, víveres y medicamentos todos los fines de semana durante un mes en los diferentes lugares públicos de nuestra colonia, finalmente el 24 de marzo de 1995 viajaría de nueva cuenta y por vez primera después del conflicto, en una Caravana Internacional al estado de Chiapas; mi trabajo como comisionista me permitía hacer este viaje, no así a mi esposa, que como secretaria debía esperar el tiempo de vacaciones. Esta Caravana se juntaría en el puerto de Veracruz con la Caravana de Pastores por la Paz procedente de los Estados Unidos, para después juntos acompañarnos en el viaje.
El motivo principal de la Caravana, además de repartir en diversas comunidades las 150 toneladas de víveres recolectadas, era el efectuar un diálogo de la sociedad civil en el Aguascalientes de Guadalupe Tepeyac, aunque a mí, como ya lo dije anteriormente, por aquellos dias con respecto a Chiapas me movía más el lado humanitario.
Cabe señalar que hacía apenas un mes, el 9 de febrero, en un desconcertante hecho pasado por encima de la Ley, el señor Ernesto Zedillo había anunciado a través de la televisión y a nivel nacional, la supuesta identidad de los dirigentes del EZLN, habiendo girado órdenes de aprehensión en contra de con quienes en esos momentos se dialogaba -el señor Rafael Sebastián Guillén, acusado de ser el Subcomandante Marcos, el señor Jorge Santiago Santiago, Jorge Javier Elorriaga y Gloria Benavides, entre otros-; por lo que las comunidades indígenas al enterarse de este hecho y recordando lo que al inicio del conflicto había sucedido en el ejido Morelia, cuando el Ejército mexicano había llegado a detener y a torturar a sus pobladores -habiendo sido asesinados tres indígenas-; la mayoría de ellos por temor huyeron a la montaña
Es en esos momentos cuando me entero por medio del periódico La Jornada que la señora Ofelia Medina estaba sirviendo de escudo humano a los habitantes de La Realidad, para con su presencia evitar que les fuera a suceder lo que hacía apenas un año les había sucedido a los habitantes del ejido Morelia. Recuerdo muy bien como en ese diario se nos narró la situación de los indígenas en la montaña, de como cargaron con sus ancianos, con sus enfermos, de como corrían a esconderse de los helicópteros, de como los niños agarrados a las faldas de sus madres angustiados preguntaban si los iban a matar. De la falta de alimento.
De igual manera, fue por esos dias cuando escuché en el programa radiofónico del señor Francisco Huerta, a un médico que acababa de regresar del lugar donde se hallaba la señora Ofelia Medina, quien angustiada solicitaba la presencia de la sociedad civil en las comunidades.
Esta alarmante situación es la que me hizo viajar a Chiapas, si en 1985 cuando el terremoto de la ciudad de México había acudido al llamado del señor Plácido Domingo en Tlatelolco, ¿por qué esta vez no lo iba a hacer al llamado de la señora Ofelia Medina? Por esta razón cuando se me presentó la oportunidad de estar con los habitantes de La Realidad, fui el primero en apuntarme, para estar con ellos, para manifestarles el dolor y la preocupación que me causaba su situación.
Esta Caravana, la cual estuvo integrada por un numeroso contingente, partió ya pasada la media noche del centro de la ciudad de México, el viernes 24 de marzo de 1995. Ese día desde temprana hora se llevó a cabo en la explanada del zócalo, un maratónico concierto, en donde bajo un ambiente de fiesta se estuvieron recolectando las donaciones hechas por la sociedad civil, de manera que conforme se iban llenando los camiones de carga, estos se iban yendo; para que más o menos, debido a su lentitud, coincidiéramos en la llegada a Chiapas. A mí me tocó viajar junto con los participantes internacionales en el autobús número uno. Por su número este autobús sería el que encabezaría la Caravana.
Resulta que a la hora en que salimos del Distrito Federal, precisamente a esa misma hora debiamos haber estado en el zócalo de la ciudad de Puebla, lugar donde desde temprana hora nos esperaban los grupos solidarios con su acopio y cuyos algunos de sus integrantes se unirían al grupo. Cuando después de las dos de la madrugada por fin llegamos a ese sitio, con sorpresa vimos, que a pesar del enorme frío y de lo avanzado de la noche, mucha gente nos esperaba aún para brindarnos su apoyo y ofrecernos de cenar.
Al día siguiente llegamos al puerto de Veracruz, donde a lo largo del muelle se llevó a cabo una gran marcha así como un mitin con los grupos solidarios de ese estado. Ese día conocí al señor Tom Hansen y a la gente de Pastores por la Paz quienes ya nos esperaban en la plaza donde se llevaría a cabo el mitin. Al terminar este evento cargamos el acopio veracruzano y nos dirigimos a San Andrés Tuxtla.
Una vez que estuvimos en esa ciudad, tras haber participado en un concurrido mitin, muchos indígenas tan humildes como los de Chiapas, nos entregaron unos pocos de víveres para sus hermanos de otras latitudes.
Por la noche llegamos al estado de Tabasco, donde, por la gran cantidad de personas que éramos, pasamos la noche en unas bodegas. En este sitio al igual que en Puebla, los grupos de solidaridad nos ofrecieron los alimentos. Cuando llegamos a Comalcalco fuimos recibidos por una gran multitud, que con tambores y ¡Vivas! nos dio la bienvenida. Sin ser esta una Caravana partidista, a este encuentro acudió el señor Manuel López Obrador -defraudado candidato del PRD a la gobernatura de Tabasco-.
Por la tarde entramos vía Palenque, al estado de Chiapas. Cuando nos dirigíamos a San Cristöbal de Las Casas, fuimos interceptados por una patrulla de la Policía Federal de Caminos, cuyo conductor nos hizo el alto para preguntarnos por la ruta que seguiríamos. Tras un largo recorrido y cuando por la noche estábamos próximos a San Cristóbal, cuatro de nuestros autobuses fueron asaltados por supuestos zapatistas, quienes al grito de “esta no es su guerra” y “el Ejército mexicano no se va a ir de Chiapas”, se dedicaron a quitarles su dinero y pertenencias a los compañeros, hiriendo de un rozón de bala a un joven en la cabeza.
Esa noche llegamos al Centro Don Bosco y pernoctamos ahí, para al día siguiente enterarnos que durante el trayecto se habían recolectado 30 toneladas más de víveres.
Ese día cuando nos encontrábamos descargando el acopio, para después, una vez clasificado, pasarlo a camionetas más pequeñas que pudieran entrar con él a la selva, se presentaron dos empleados de Televisa a filmar nuestro trabajo, por lo que al descubrirlos se les franqueó el paso y aunque algunos compañeros tuvieron una fricción con ellos, a cámara abierta hicieron lo que quisieron.
Finalmente el martes 28 partimos a eso del medio día, unas 500 personas en once autobuses hacia el Aguascalientes ubicado a las afueras del poblado de Guadalupe Tepeyac. Debido a que hacía apenas un mes todo este espacio había sido zona franca, el camino se encontraba lleno de grandes zanjas, las cuales constantemente tuvimos que bajar a tapar. Este camino al igual que la mayoría de los caminos indígenas está hecho a base de terracería, por lo que todo el tiempo viajamos entre grandes nubes de polvo.
Cuando a la media noche agotados llegamos a nuestro destino, armamos nuestras tiendas de campaña y nos metimos a dormir.
Al otro día tras haber caminado por este abandonado pueblo (sus moradores aún continuaban escondidos en la montaña), logramos constatar los destrozos que aquel histórico 9 de febrero el Ejército mexicano también efectuó aquí: mangueras cortadas, ropa desgarrada, ollas rotas, molinos destrozados, granos esparcidos en el suelo, etc.
Una vez desayunados, los organizadores del diálogo nos entregaron sillas y con una enorme bandera al frente, entonando el Himno Nacional, nos encaminamos hacia el Aguascalientes -o más bien a lo que quedaba de él-, alambrados de púas y letreros de “zona minada”, nos impedían el paso. A pesar de que una delegación de diputados perredistas que viajaba con el grupo se entrevistó con los jefes militares para pedirles se nos permitiera el paso, nada se consiguió; así como llegamos nos fuimos, no sin antes haberles lanzado una serie de consignas a los soldados que en sus vehículos verde olivo filmándonos se veían dentro del Aguascalientes.
Por cierto, a este lugar llegó la prensa internacional, y de nueva cuenta el reportero de Televisa; aunque esta vez, con letrero de protesta en mano no nos despegamos de la lente del camarógrafo
Cuando regresábamos al poblado, nos dimos cuenta, a la vez que un helicóptero sobrevolaba el camino, que soldados escondidos tras el follaje filmaban nuestro caminar.
Finalmente el evento para el cual se nos había convocado se efectuó en la cancha de basquetbol de Guadalupe Tepeyac. Después de haber estado escuchando varios testimonios, uno de ellos por medio de un audiocassette, en el cual los habitantes del poblado nos comentaron de cuando el Ejército mexicano invadió con helicópteros su comunidad y de como por el miedo se tuvieron que refugiar en la montaña, se llevó a cabo el diálogo de la sociedad civil, el cual se prolongó hasta cerca del amanecer.
Al día siguiente se dividió la Caravana para ir a la entrega de los víveres, yo, como ya lo dije en un principio, partí con otros compañeros al cercano poblado de La Realidad.
Cuando llegamos a ese sitio ya se encontraba ahí una pequeña delegación de Pastores por la Paz entregando las herramientas y víveres que habían llevado (esta caravana continuaría su viaje a Centroamérica), apesumbrados escuchamos a la población narrarnos su reciente experiencia en la montaña ya que hacía apenas unos días habían vuelto a su comunidad. Una vez que hicimos entrega de los víveres, nos invitaron a bañarnos en su río, invitación que aceptamos con agrado ya que debido a tanto polvo parecíamos polvorones. Después de haber estado platicando con ellos por largo rato habiéndoles manifestado nuestra preocupación y solidaridad, partimos para alcanzar al resto de la Caravana la cual ya iba de regreso.
Cuando lo hicimos, ésta se hallaba en la bella comunidad de San José del Río, donde la población con música de marimba les acababa de dar la bienvenida. Después de haberles entregado el acopio, mientras las compañeras cargaban a los bebés y jugaban con los niños, los doctores que viajaban con el grupo ayudaron a clasificar los medicamentos. Un helicóptero sobrevolaba el poblado. Tras haber celebrado una sencilla misa con el sacerdote que viajaba en la Caravana, partimos, dejando atrás las caritas sonrientes de los niños, quienes corriendo al lado de los autobuses a gritos nos decían adiós.
Ya más tranquilo, instalado en mi empolvado asiento y gracias a que era de día, pude observar el paisaje de la Selva Lacandona, así como la infinidad de miserables casuchas cuyos habitantes, niños en su mayoría, salían a pedirnos alimentos y a despedirnos. Conforme nos alejábamos de esa zona, el paisaje se fue haciendo boscoso y el clima frío, llegando por la noche a San Cristóbal de Las Casas.
Al día siguiente, después de haber realizado un mitin frente a la Presidencia Municipal, partimos hacia la capital del estado, para en la cárcel de Cerro Hueco visitar a los presuntos zapatistas que hacía más de un mes estaban detenidos.
Esa ocasión, junto con otros compañeros, tuve la oportunidad de platicar con el señor Jorge Santiago y Jorge Javier Elorriaga, quienes nos comentaron sobre su detención así como de los cargos que había en su contra. Entrevista que no pudimos realizar con Sebastián Etzin -joven indígena acusado de los mismos delitos-, ya que éste se encontraba en otra sección y al parecer no hablaba español. Al ver que el resto de la Caravana no llegaba -después nos enteraríamos que se les había impedido el paso-, finalmente abordamos nuestro autobús, y dejando una parte de nosotros en aquel estado, apenados regresamos a la capital.
SAN ANDRÉS (1995)
Me fue impactante llegar a San Andrés Sacam´chen de los Pobres la madrugada del jueves 20 de abril de 1995, para participar en el cinturón de paz que con motivo del primer encuentro entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional con representantes del Gobierno Federal integraría la sociedad civil, y descubrir ante la mirada atónita de mis compañeros, miles de indígenas durmiendo en las calles aledañas a donde también descansaba la delegación zapatista.
Huaraches, sombreros y morrales eran el complemento a las miserables cobijas conque esta gente trataba de engañar al cuerpo del helado viento que por esos lugares hace a esas horas de la madrugada.
En esa mi primera noche en San Andrés de los Pobres descubriría otro México, el México injusto del que hablo al principio de esta página y entraría a uno desconocido, a un México mágico y miserable.
Habiendo partido del zócalo de la ciudad de México y tras 20 horas de viaje en dos autobuses rentados, llegamos a San Cristóbal de Las Casas, el miércoles 19 de abril de 1995 a las siete de la noche aproximadamente.
Mientras los organizadores del viaje -pertenecientes a la Convención Nacional Democrática-, tramitaban las acreditaciones correspondientes ante Conpaz (Coordinación de Organismos no Gubernamentales para la Paz), nos dispusimos a recorrer la plaza central de esta bella ciudad colonial, cosa que aún no hacíamos, cuando ya nos esperaba abajo de los autobuses, un grupo de mujeres indígenas ofreciéndonos su variada artesanía: collares multicolores, aretes, cintas tejidas, muñecos zapatistas de lana, cinturones, etc.
Después de haberles tenido que comprar algunos recuerdos, ya que a buenas vendedoras nadie les gana, nos dirigimos a una tienda cercana para adquirir víveres y agua embotellada, ya que según nos habían dicho ésta escaseaba por aquella región. De regreso al autobús, los compañeros de la C.N.D. nos informaron que nuestro cinturón lo iniciaríamos a las dos de la mañana, que San Andrés se encontraba cerca de ahí, por lo que partiríamos 40 minutos antes de esa hora; tiempo que aprovechamos para darnos un regaderazo en una casa de huéspedes con baño comunal.
Ya listos, esperamos en el jardín la hora de partir -para fortuna nuestra y por el escaso dinero que llevábamos, ya no había vendedoras a esa hora-; observé el kiosko, la catedral, los portales; imaginé la ocupación de este lugar el 1o. de enero de 1994, por personas que para lograr ser vistas y escuchadas, tuvieron que cubrirse el rostro y tomar las armas, indígenas que por defender sus derechos están haciendo historia.
Llegamos a las orillas de San Andrés, un pueblo desolado con un cielo resplandeciente de estrellas y rematado por una gran luna -el mismo cielo que dejamos de ver hace años en el Distrito Federal, pensé-. Abrigados descendimos de los autobuses y caminamos dos calles cuesta arriba, pudiendo observar más autobuses de la sociedad civil procedentes de otros sitios. Y cual sería mi sorpresa que al llegar al centro de este pueblo, toda la gente que imaginaba encontraría abajo, se hallaba aquí, acostada, durmiendo en el suelo. Miles de indígenas cubiertos miserablemente esperando el inicio de su guardia; había tal cantidad de ellos, que tuvimos que caminar con mucho cuidado para no pisarlos.
Impresionados nos formamos para recibir el chaleco distintivo que debía portar la sociedad civil que ingresaba al cinturón e iniciamos el relevo, quedando nuestro grupo detrás de jóvenes indígenas, ¡tantos!, que mientras nosotros estábamos ubicados cada tres metros aproximadamente, ellos estaban codo con codo, espalda con espalda.
Estos jóvenes vestían camisas sueltas de manta que al amarrárselas a la cintura parecían faldas cortas, muy cortas para el frío de esa noche, calzaban huaraches aunque la mayoría íban descalzos, llevaban sombreros donde se leían ¡Vivas! a Zapata, a la Comandante Ramona, al Subcomandante Marcos, al EZLN, jóvenes que no pararon de reír un momento, donde su diversión era hacerle nudos a una enorme cuerda que sostenían y recorrerla hasta lograr que éstos le dieran la vuelta a la plaza -terapia inconsciente para entrar en calor, digo yo-, y creálo amigo lector, este hecho fue motivo suficiente para carcajearse hasta el cansancio.
Esto y lo que narraré más adelante me hicieron descubrir que es gente noble, no maleada; rostros morenos iguales a los nuestros, piernas musculosas a fuerza de tanto caminar, manos recias de campesinos; miradas dulces llenas de esperanza, desvelándose, soportando el frío, el hambre. Mujeres en cinturón que a esa hora amamantaban a sus hijos, jóvenes tapadas únicamente con rebozo, avispadas unas, dormitando otras. Ancianos que no quieren partir al descanso eterno sin antes dejar otro tipo de vida para sus hijos, para sus nietos. Hombres que con esposa e hijos habían caminado días enteros con la esperanza de que “ahora sí”, después de meses de incertidumbre el gobierno les solucionara sus ancestrales problemas.
Mientras esto sucedía otros dormían esperando su turno -se hablaba de 10 mil personas-. Bultos con vida cubiertos raquíticamente. Pequeñas toses y estornudos delataban la presencia de bebés durmiendo al lado de sus padres. Gente tapada con periódicos y cartón a falta de cobijas y muchos otros a los que el frío no dejó dormir porque ni carton encontraron. Y así llegó la claridad del nuevo día y con ésta una nueva experiencia. Bultos que al descubrirse tomaban forma humana, gente espabilándose, desentumiéndose. Cobijas y huaraches desgastados, pies descalzos, sombreros roídos, costales hechos maletas, bebés que lloraban, madres que amamantaban, fogatas tostando tortillas, manos sucias preparando pozol, en fin, la miseria de otros países, aquí en el nuestro, en todo su esplendor.
A las seis de la mañana llegaron a reemplazarnos nuevos compañeros, les entregamos los chalecos y nos dirigimos al autobús para bajar las tiendas de campaña y las bolsas de dormir; fuimos al mercado que aún no funcionaba, el cual habían habilitado como refugio, pero ya no cabía una alma; después de buscar donde instalarnos, por fin lo hicimos a las afueras de la pequeña escuela.
Organizado el campamento busqué donde comer algo, haciéndolo en el estanquillo, donde comento vi a los indígenas que impávidos observaban el refrigerador; sacié mi apetito y me recosté, ya que el relevo lo reiniciaríamos a las dos de la tarde.
Inicialmente fueron tres cinturones los cuales estuvieron conformados por Cruz Roja, indígenas y sociedad civil, todos en ese orden, éstos los componían cientos de personas sujetando tres enormes cuerdas que rodeaban un pequeño mercado con su kiosko y una gran manzana donde aparte de una bodega y varios hogares, se encontraba la casa del pueblo -lugar de descanso y dormitorio de la delegación zapatista-, así como la cancha de basquetbol, sitio donde el gobierno construyó el salón donde se llevaría a cabo el diálogo; al tercer día ya que se habían retirado los indígenas no acreditados, se instaló la policía militar, quedando esta en cuarto sitio -en los diálogos siguientes se reduciría el área protegida-.
En un principio nuestro cinturón lo hicimos con relevos de cuatro horas de guardia por ocho de descanso, después fue de cuatro por cuatro, ya que muchos compañeros tuvieron que regresar a sus lugares de origen, de tal manera que las dos últimas noches las pasamos en vela.
Recordemos que el inicio del diálogo tuvo un retraso de dos días, debido a que los representantes gubernamentales exigieron el retiro de los indígenas no acreditados, pretextando que “la presencia de éstos era un hecho que violentaba los acuerdos suscritos en San Miguel, al convertir el escenario de las pláticas en un acto propagandistico del EZLN”; aunque aquí valdría reflexionar y recordar que el mismo Gobierno nunca aceptó que el diálogo se diera en la ciudad de México en los lugares propuestos por el Ejército Zapatista y que al hacerse en este sitio, lógico que habría miles de indígenas simpatizantes con el movimiento, así como en el Distrito Federal hubiera habido miles de capitalinos.
Recuerdo fue muy doloroso para quienes estuvimos presentes aquella noche, ver como después del mensaje que dieron los delegados zapatistas en sus diferentes lenguas, explicándole a su gente que “no podrían permanecer ahí”, que por favor se retiraran, ya que de no hacerlo, los señores del gobierno no se presentarían para iniciar el diálogo, que ellos -los delegados-, esperarían el tiempo necesario; que si ya habían esperado 500 años, tendrían la paciencia de esperar a que los representantes gubernamentales cumplieran su palabra. Pues, bien, toda esta gente de la que hablé anteriormente, juntó sus cosas, tomó a sus niños, se echó sus costales al hombro y bajo una persistente lluvia, en medio de una densa neblina, partieron de San Andrés; humillados, hambrientos, empapados, caminando primero a la orilla de la carretera y después por las brechas que los conducirían a sus comunidades, sin más luz, y como testigo, que la de la misma luna que nos alumbra a todos.
Ya para el sábado, cuando únicamente quedaron los indígenas acreditados, bajó la Policía Militar que acampaba cerca de ahí y entre agentes de Gobernación y Seguridad Nacional dispersos en el poblado, iniciaron las pláticas; contrastando enormemente la manera en como partieron los indígenas y como llegaron los representantes gubernamentales.
Por lo regular en los días de diálogo, los periódicos llegaban a San Andrés a las cuatro de la tarde; si teníamos suerte de alcanzar alguno que valiera la pena, cuando nos disponíamos a leerlo, éramos rodeados inmediatamente por jóvenes indígenas interesados sobre la situación. Como veían muy atentos las fotografías, comprendimos que no sabían leer; por lo que a partir de ese día se nos hizo costumbre, que al leerlo, lo teníamos que hacer en voz alta para tambien enterarlos -nuestra lectura era traducida por ellos mismos a quienes no hablaban español-.
Descubrí la elegancia de las mujeres de esta zona, donde casi todas visten exactamente igual: falda obscura hasta el tobillo, faja roja y blusa blanca de manta con bordados también rojos en la parte superior, variando el tono bordado de la blusa según la comunidad a la que pertenecen. Hombres vestidos con ropa tradicional, como los de Zinacantán, Oventic, Tenejapa, Chenalhó, etc. Unos con faldas y blusas blancas de manta, otros con turbantes, unos con una especie de jorongo corto -llamado cotón-, con exquisitos bordados en tonos rojizos; prendas en lana cruda, sombreros con listones multicolores; en fin, bellas vestimentas que contrastaban con sus demacrados rostros.
Vi con pena que mientras yo tomaba refresco, ellos no llevaban agua, que si nosotros comíamos alimentos enlatados, ellos comían únicamente tortillas y pozol, que si dormíamos en sleepings dentro de una tienda, ellos lo hacían en el suelo a la intemperie...y acabamos dándoles nuestra comida y convidándoles nuestra agua, y hubo compañeras que al fin mujeres, consiguieron una olla prestada y les cocieron frijol -en el segundo diálogo compraron una olla más grande en San Cristóbal de Las Casas y la encargaron aquí en una casa-.
Y platicamos y nos contaron sus penas, su sufrimiento. Hombres acostumbrados a engañar al cuerpo del frío y al estómago del hambre, gente que las veces que estuve ahí no comió otra cosa que lo dicho anteriormente. Indios que no quieren seguir engañándose a si mismos ni a su familia, porque cada vez comen menos, y digo esto porque lo vi.
Cierto día observé a un matrimonio indígena que se encontraba en cinturón, ella tenía a su bebé en rebozo a la espalda y a dos pequeños más sentados en el suelo, acalorados, cubriéndose del sol bajo la escasa sombra que proyectaban sus padres, después de estar por muchas horas en esa posición, llegó la hora de comer, vi como se sentó ella al lado de sus hijos, sacó una bandeja de plástico y de un recipiente mugroso vació su preciado líquido: agua, a la que agregó dos tortillas duras partidas en pedazos; ¡tortillas mojadas! ¡sin frijol! ¡sin sal! ¡sin chile!...¿Por qué?...¿Por qué esta clase de vida para estos mexicanos? ¿Por qué la mayoría de los medios informativos nunca hablaron de esto? ¿Por qué la televisión se encargó de falsear sustancialmente los hechos y si la información que dieron fue “su verdad” por qué no nos informaron de algo tan triste como lo es el hambre? ¿Por qué si entre tantos miles de indígenas habían dos que usaban lentes oscuros, por qué precisamente enfocaron a ellos? ¿Por qué habiendo mantas y letreros con ¡Vivas! y protestas y con enormes faltas de ortografía, únicamente le prestaron atención a las escritas correctamente? ¿Por qué nos hablaron de botas de hule y no de pies descalzos? ¿Por qué de radios de comunicación y no de su miseria? -esto lo menciono porque como de costumbre, Televisa desvirtuó las noticias a tal grado, que los periodistas nacionales y extranjeros que cubrían este evento, publicaron en el periódico La Jornada (23 de abril de 95), una protesta por la forma en que se falseó la información-.
Estos indígenas no son como los que conocemos o estamos acostumbrados a ver y que viven a los alrededores de las grandes ciudades, los cuales con el tiempo se han hecho a la manera de uno; no, la gente de acá, aunque en el tipo se parezca, es completamente diferente. Para empezar son indígenas mayas, tienen otra cultura, otra organización, sus festejos religiosos son diferentes, hablan lenguas autóctonas, usan ropa tradicional y la mayoría nunca ha salido de su región, ¿Cómo iban a exponer a sus esposas e hijos a una masacre? ¿Cómo iban a faltar a su palabra? Tal vez fueron a proteger a sus comandantes, que son también sus voces, sus defensores, sus representantes, no dudo que muchos hayan sido milicianos zapatistas, pero de una cosa estoy seguro, esta gente no nació zapatista, su desesperación y hambre los obligó a actuar así.
Una noche estando nuestro grupo en cinturón, vinieron a verme dos compañeras para decirme que donde hacían su guardia, había un anciano indígena habitante de este poblado emborrachándose en plena calle y tronando cuetones -cuetes que estallan en las alturas-, por lo que ellas y las demás compañeras se hallaban muy asustadas, ya que temían fuera un provocador. Les dije que tuvieran cuidado, que se protegieran y si lo consideraban conveniente, le pidieran a la gente de Conpaz las cambiaran de lugar. Los cuetones siguieron tronando. Como a las once de la noche volvieron para decirme que habían llegado más indígenas, que éstos habían desnudado “al borracho” y que lo habían bañado en plena calle a la vista de todos para luego vestirlo elegantemente y que ahí continuaban, por lo que les dije pidieran su cambio lo antes posible. Momentos después -señalo mi ignorancia-, sería testigo de una bella tradición indígena-religiosa, llevada a cabo según supe, desde tiempos inmemoriales.
Este grupo aproximadamente de diez ancianos, acompañados de guitarra y tambor; con bastones, vestidos de manta, cubiertos con unos gruesos gabanes negros en lana cruda llamados chuj; con turbantes blancos y sombreros adornados con borlas, espejos y multicolores listones; llegaron en procesión a la iglesia, la cual se encontraba cerrada -yo hacía mi guardia enfrente-. Después de estar platicando por largo rato, todos, a excepción del cuetero, se hincaron ante las puertas del templo, y cual musulmanes frente a la mezquita, comenzaron a rezar a gritos en su lengua, a la vez que elevaban los brazos al cielo, implorando y haciendo reverencias.
Así estuvieron por un buen tiempo -mientras la otra persona continuaba tronando cuetes-. Sus rezos eran tan apasionados y con tanto fervor, que en mis adentros blasfemé “Que olvidados los tienes Dios mío, cuando te aman de tal manera, porque por la forma en que te rezan, es imposible que nunca los hayas escuchado”.
Al otro día en mis horas de descanso, me dirigí a la casa del indígena que había estado tomando y llegué, para mi fortuna, cuando iniciaba otra ceremonia. Encontré a los mismos ancianos hablando con la Policia Militar para que les permitieran llevar a cabo ésta, ya que la casa se ubicaba precisamente dentro del espacio protegido por los cinturones.
Una vez obtenido el permiso, bajo vigilancia militar y bajo las lentes de los corresponsales extranjeros que cubrían el diálogo, dio comienzo su ceremonia. Se ubicaron los indígenas frente a la casa formando un medio círculo, tres de ellos sostenían en sus manos igual número de banderas en colores azul y blanco; entre ellos y la casa instalaron una mesa de madera en la que se hallaba sobre un mantel una especie de rosario y un crucifijo sobre hierbas. Se comenzaba a escuchar el sonido de una guitarra, cuando en eso salió el anciano que había estado bebiendo, acompañado de dos personas, quienes se hincaron ante la mesita quemando copal e iniciando su rezo, uniéndose a la melodía que producía la guitarra, el sonido de un pequeño tambor. De vez en cuando se acercaba de más algún corresponsal, pero amablemente era invitado por otros indígenas a conservar su distancia. Terminando el rezo sujetaron las tres banderas sobre la horqueta de un árbol (“Y” formada por la unión de las ramas), a la que con hierbas y una cuerda le habían hecho anteriormente una especie de descanso; recogieron el altar y pasaron a la casa, donde continuaron su fiesta al ritmo de la música y del alcohol.
Más tarde me enteraría que esta ceremonia maya, llevada a cabo por indígenas tzotziles (hombres murciélago), era el inicio de la Gran Fiesta de la Cruz de Mayo, mes en que da comienzo el ciclo de las lluvias y del maíz: El indígena que había estado bebiendo era el nakan banej (asesor espiritual), y los indígenas restantes eran los alferes y los mayordomos; también supe que todas sus ceremonias religiosas giran alrededor del alcohol (posh o chicha) y que los bastones que llevaban, eran los bastones de mando.
Por todo esto, por preservar sus tradiciones, porque al contrario de otros países, el nuestro es enormemente rico en cultura indígena; porque somos descendientes de los primeros habitantes de estas tierras y no colonizadores; porque estos vivan en libertad como nosotros y no en reservaciones; porque tengan nuestros mismos derechos; porque vivan en paz y con dignidad es que los estamos apoyando, es que no podemos dejarlos solos, indígenas que alguna vez fueron amos y señores de estas tierras y que a partir de la Conquista pasaron a ser mexicanos de segunda, con un futuro incierto, como albañiles, como limosneros, o desprotegidos campesinos si bien les va.
Y al vivir y experimentar lo antes narrado, quienes viajamos a San Andrés tratamos de no dejarlos solos, de estar siempre con ellos sintiendo nuestra presencia, nuestro apoyo; desafortunadamente no siempre pudimos hacerlo, la mayoría éramos personas que viviamos al día, descuidando el trabajo, la casa o los estudios y cuando esto sucedió, dolió -y nos dolió- nuestra ausencia, tal y como ocurrió en el séptimo diálogo celebrado en noviembre de 1995, y que el Sr. Hermann Bellinghausen nos narra en su artículo titulado “El cinturón indígena con más dificultades que nunca”, el cual fue publicado en el periódico La Jornada el viernes 17 de noviembre de 1995.
Un cinturón en problemas
Gerónimo termina su turno y camina hacia el mercado: dos kilómetros de bajada. Tirita de frío, siente hambre. Sus otros compañeros (“somos 10”) también. Proceden de Simojovel. De un pueblo de ahí. Ellos encarnan, como todos los demás, la crisis del cinturón que en esta oportunidad ha tenido más dificultades y carencias que nunca.
Desde el sábado están aquí. Gerónimo y sus acompañantes han venido nueve veces al diálogo, pero es la primera vez que no alcanza la comida. Los barrios de San Cristóbal de Las Casas y otras localidades de Los Altos de Chiapas, que proveen tortillas y frijol para los componentes del cinturón de paz, esta vez han tenido poco, muy poco, para dar. La escasez se extiende.
A la sociedad civil urbana se les hizo dificil venir. ¿Hubiera podido apoyar materialmente a los campesinos que si vinieron? Los del cinturón indígena no son menos, un chingo igual que otras veces, pero los estómagos sumamente vacíos. Para ser exacto, son mil 200 los estómagos que forman el cinturón civil.
En el campamento la versión de Gerónimo se confirma. Las grandes cubetas hierben agua. Solamente en una hay frijol a medio cocer. Un centenar de personas rondan impacientes, aunque no lo demuestran, esperan su taco.
Sobre una mesa de cocina, dos mujeres limpian frijoles. Son tan escasos que uno diría que los están contando.
Otra mujer con un cubreboca azul, pide apoyo a los hombres que vienen llegando después de participar en el cinturón. “¿Quién ayuda a escoger frijolitos? A donde miran. Si no miran no pueden. Los que pueden, den su apoyo a las compañeras mientras no viene la noche y ya no miran el frijol”, dice.
Justamente son Gerónimo y sus compañeros quienes se ofrecen. “Nosotros si miramos”, asegura Gerónimo, venciendo el temblor del cuerpo bajo su camisa azul. Dice que por ahí tiene una chamarra, pero no va por ella. Los hombres que no aceptaron la invitación de limpiar frijol muestran las maneras de la risa. Es un gesto de agradecida amistad.
El cinturón indígena ha pasado hambre; es gente que dejó casa, animalitos, campo, parte de la familia: Y aunque le duele el estómago, como dice Gerónimo, la próxima vez van a volver.
LA REALIDAD (1995)
Llegamos mi esposa y yo a San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, el viernes 22 de diciembre de 1995. Tras haber dejado nuestro equipaje en un pequeño hotel, nos dirigimos al Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, con el fin de localizar algún compañero de la Caravana Mexicana Para Todos Todo, la cual había salido una semana antes con 20 toneladas de víveres para ser repartidas en diversas comunidades; ahï nos informaron que tal vez encontraríamos a una compañera en el Centro Don Bosco.
Al día siguiente nos presentamos en ese Centro, no encontrando a ningún compañero, sin embargo, para tranquilidad nuestra nos informaron que ya habían sido autorizadas nuestras acreditaciones.
Más tarde contactamos a la persona encargada de los Campamentos Civiles por la Paz ubicados en el municipio de Las Margaritas, quien nos informó que estaban por salir al poblado de La Realidad, lugar al que deseábamos ir. También nos comunicó que la cabina de la camioneta en que nos trasladaríamos ya iba ocupada, que si no tendríamos inconveniente de viajar en la parte posterior, a lo que contestamos que no -los camiones de pasajeros que van a ese lugar son camiones de carga, así que daba lo mismo-,
Partimos de San Cristóbal de Las Casas a las tres de la tarde; dentro de la cabina viajaban cuatro personas: la joven mujer encargada de los campamentos, su hermana, una fotógrafa del Distrito Federal, conocida nuestra, y un joven italiano. Este viaje al igual que el de cualquier persona que va a esa zona fue muy pesado, ya que en vez de seis horas hicimos ocho, con un frío que nos calaba hasta los huesos.
En la localidad de Gabino Vázquez nos paró el retén de Migración; viendo que dentro del grupo viajaba un extranjero lo invitaron a bajar pidiéndole sus documentos. Cuando revisaron éstos, le preguntaron que si su visa era de turista qué andaba haciendo en esa zona -de conflicto-, extrañado ante esta interrogativa el italiano les contestó que nunca se le informó que en México estuviera restringido el libre tránsito y que no estaba de acuerdo en que otras personas decidieran por él con respecto a los lugares que debía visitar y qué hacer en ellos.
Después de estar discutiendo por más de una hora pidiéndole que les firmara unos papeles, a lo que el se oponía, le dieron un plazo de cinco días para presentarse en las oficinas de Migración en San Cristóbal de Las Casas y firmar un nuevo formato. Arrancó la camioneta prosiguiendo nuestro viaje.
A esas alturas el camino se había hecho de terracería; agregándole al frío y al brincoteo que nos acompañó durante todo el trayecto, una copiosa lluvia que nos dejó como para exprimirnos. Después de una parada técnica para medio comer y con casi seis horas de viaje llegamos al poblado de San José del Río.
En una pequeña choza se hallaba apretujada la gente del Campamento Civil por la Paz cubriéndose de la lluvia que nunca dejó de caer; al vernos corrieron a descargar la camioneta la cual llegaba con los comestibles que habían encargado -jóvenes connacionales y extranjeros que llevaban hasta un mes viviendo ahí-, gente que mucho ayuda con su presencia como lo narraré más adelante.
Recuerdo que había tal lodazal en ese sitio, que fue como si todo el lodo que presentaban en un comercial televisivo del programa Solidaridad -en el cual aparecía un padre de familia con sus dos hijos rumbo a la escuela-, lo hubieran traído aquí; un lodo chicloso que salpicaba hasta las rodillas.
Cinco jóvenes extranjeros recién llegados se acercaron con la compañera encargada de los campamentos, preguntándole si podrían trasladarse al poblado de La Realidad porque ahí ya no cabían, a lo que ella accedió; de manera que al marcharnos lo hicimos junto con un camión de redilas, el cual transportaría a estos jóvenes suizos y griegos.
A casi dos horas de haber salido de San José del Río, después de haber atravesado el aún abandonado y triste poblado de Guadalupe Tepeyac, llegamos por fin a La Realidad; comunidad tojolabal compuesta por aproximadamente 800 habitantes, de los cuales más de la mitad son niños. De la penumbra salió a nuestro encuentro la autoridad del pueblo pidiéndonos las acreditaciones -en esta comunidad no hay luz-.
Una vez que nos despedimos de nuestros compañeros de viaje, ya que dos de ellos regresarían a San Cristóbal a la mañana siguiente, nos condujeron a la casa ejidal con los compañeros de la Caravana en la cual viviríamos los siguientes diez días; era tarde, la gente dormía; prendimos nuestras linternas, extendimos las bolsas de dormir, nos pusimos ropa seca e hicimos lo mismo.
Al día siguiente antes del amanecer nos despertó el sonido de un cuerno -ésta es la manera en que la comunidad llama a asamblea-. Más tarde, conforme fuimos despertando nos fuimos presentando -había gente nueva-. Se acercó la compañera que iba al frente del grupo explicándonos que en total habían llegado a Chiapas 53 caravaneros, que en La Realidad se encontraban 17 y que los demás se hallaban dispersos en otras comunidades; también nos informó que en la Caravana viajaban una pintora escocesa, una chica japonesa, una sueca y un joven francés. Nos habló de las obligaciones del grupo: juntar leña, asear el dormitorio, lavar las letrinas, hacer la comida, limpiar la cocina, etc., para bañarnos tendríamos disponible una parte del río con horarios diferentes para hombres y mujeres.
Pues bien, el primer día después de su asamblea, los hombres, con una organización asombrosa llegaron con tablas, troncos, lazos, y en un abrir y cerrar de ojos, bajo una lona recién instalada, improvisaron dos largas mesas. Un compañero me comentó que el día anterior habían matado dos marranos (cuchis), para elaborar tamales y así festejar la Navidad. Al medio día llegaron las mujeres con una bola de masa cada una y formaron grupos, comenzando a hacer diferentes tareas: cocer la carne, preparar el chile, la masa, las hojas, etc.
Las mujeres que viven en esta zona a diferencia de las que habitan en Los Altos, visten coloridas blusas en tela brillosa con unos listones cosidos transversalmente a la altura del pecho, sus faldas son como cualquier otras. Las jóvenes usan un gran moño y unos broches sujetando el pelo; con unos largos aretes que casi les llegan a los hombros. Los varones visten ropa común y corriente; pantalones de dril por lo regular con camisa o camiseta.
Conocimos a sus habitantes, gente amable que al principio nos veía con recelo; gente acostumbrada a saludar a toda hora; mujeres que agradecían la visita de la sociedad civil obsequiándonos una sonrisa; pequeñas y platicadoras niñas cargando a sus hermanitos, niños en edad de aprender todo.
Con tristeza observé más sociedad civil extranjera que mexicana -sobre todo europea-, gente que bien pudo haber ido a vacacionar a Cancún o Acapulco, en vez de malpasarla en este sitio. Quedamos maravillados de sus paisajes, de su clima, de su cielo, de su río. Me comentaron sus habitantes, que el recorrido se había acortado enormemente debido al mantenimiento que reciben los más de 100 kilómetros de camino para facilitar la circulación de los vehículos militares, dejando de ser transitable solo en época de lluvias. También me enteraron que el día 28 de diciembre se presentaría en el Aguascalientes, una Caravana Artística nacional e internacional en apoyo al EZLN organizada por el Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA).
También supe que días antes migración había citado en San Cristóbal de Las Casas a dos argentinos por las mismas causas que quería regresar al italiano; y a esto me pregunto, qué, la gente extranjera que venga a ayudar a estos mexicanos ¿tendrá que sacar visa de altruísta en vez de turista? ¿se las darán? ¿se les permitirá reingresar al país? En esto estábamos cuando nos avisan que se aproximaba el convoy del Ejército Federal; toda la sociedad civil, tanto nacional como internacional dejó lo que estaba haciendo y con cámara fotográfica en mano fue a pararse a lo largo del camino que atraviesa el poblado, y en efecto 10 o 15 minutos después vimos como entraba la columna de vehículos militares artillados, realizando el patrullaje que diariamente efectúan.
Varios de estos vehículos traían cámaras fotográficas y de video, que cual fusiles sin balas siempre nos apuntaron a los ahí presentes, filmándonos y fotografiándonos lentamente, jóvenes soldados fuertemente armados, indígenas también dispuestos a dar la vida por defender la Patria. Patria, palabra cuyo significado comprendí hace tiempo, pero ahora lo he olvidado, porque ¿qué es Patria? ¿es el pueblo todo? ¿son nuestros gobernantes? ¿el presidente en turno? ¿los veintitantos nuevos multimillonarios? ¿el territorio nacional?, ¿será todo en su conjunto?, ¿habrá Patria fuera de México?
Esto último lo menciono porque recién me entero por medio de unos compañeros que acaban de volver de Chiapas (febrero del 96), que cuando salían de este mismo poblado se cruzaron con un convoy militar, el cual también los filmó, logrando ver que en el interior de uno de los vehículos viajaba un asesor militar extranjero; y es que este tipo de asesoramientos ya sean norteamericanos o argentinos, pudieron haber sido válidos para el gobierno mexicano en un principio -para como acostumbra cuidar sus intereses el capitalismo-, cuando aún se desconocían las causas reales de este movimiento; pero ahora a más de dos años de haberse iniciado y cuando todo mundo sabe que es una lucha indígena, librada por humildes mexicanos deseosos de paz y de mejorar su nivel de vida, no es justo recurrir a asesoramientos extranjeros que nos vengan a decir que hacer con nosotros mismos.
A partir de este momento y hasta mi partida viviría una serie de penosas situaciones; situaciones que se dan en todas las comunidades indígenas del país, hechos injustos y cotidianos que me afectaron enormemente. Pues bien, cuando regresamos a donde los tamales ya estaban preparadas las hojas de plátano en que serían envueltos.
Jamás vï que esta gente suspendiera sus labores para comer o preparar sus alimentos -se han de estar esperando para cenar los tamales, pensé-. Siempre permanecieron en sus respectivos grupos las mismas ancianas, las mismas señoras, las mismas jóvenes. Más tarde supe que los tamales no serían para la cena de Nochebuena, que la costumbre por acá es comerlos al otro día en la Navidad.
Desde que llegamos estuvimos rodeados de pequeños niños, niños que nos estudiaban sin quitarnos la vista de encima, sentados a nuestro lado reían, nos daban sus manos, se hablaban entre ellos. Momentos después seríamos grandes amigos preguntándonos infinidad de cosas.
Mientras sus madres preparaban los tamales, María Elena fue con varios de ellos al tendajón -el único-, para comprarles galletas; cuando regresaban se le arremolinaron otros niños, regresó a la tienda por más, éstas volaron, llegó el doble de niños, fue al campamento por dinero para comprar más; cuando las repartía se le acercó una compañera pidiéndole un paquete para las señoras “que tenían hambre”, pero era demasiado tarde, las galletas habían desaparecido, tanto de sus paquetes como del tendajón, se habían acabado.
Conforme fue atardeciendo, comenzaron a llegar vecinos de otras comunidades para pasar aquí la Nochebuena la cual se festejaría con un baile a ritmo de marimba; gente que había caminado hasta ocho horas con los estómagos vacíos. Recuerdo que se acercó un anciano a pedirme un par de zapatos que yo no llevaba, comentó que era de Guadalupe Tepeyac pero ya tenía casi un año viviendo de arrimado en San José del Río, que lo único que comían era tortillas y su famoso pozol. Me preguntó que como veía la situación , que si pronto tendría arreglo. Le contesté que lo ignoraba, que la Cocopa había cambiado enormemente para bien, y que iba a ser muy positivo el Foro Nacional Indígena convocado por el EZLN, el cual comenzaría el 3 de enero en San Cristóbal de Las Casas.
Pero también le dije que no comprendía al gobierno; por un lado dialogaba y por el otro continuaba con su guerra de baja intensidad, amedrentando, permitiendo las guardias blancas, aceptando la creación de nuevos grupos de choque, solapando violaciones, asesinatos, deportando extranjeros. También le dije que de nada servía que las fuerzas armadas estuvieran en tregua si se permitía todo esto; iluso de mí. Me escuchó, al final le di de nuestra despensa, junto con otros compañeros, dos bolsas de frijol, tortillas y algunas latas, las cuales metió en su pequeño morral, dio las gracias y descalzo se marchó.
Mientras tanto, un compañero de la Caravana confeccionaba una gran estrella de cartón forrada en papel oro; hacía coronas e ideaba bigotes y barbas para los jóvenes que actuarían en la pastorela que había montado la maestra de la sociedad civil que vivía aquí. Llegó la noche, después de haber rezado en su pequeña iglesia inició la obra, saliendo a escena todos los personajes del nacimiento de Jesús; desde la móvil estrella de Belén alumbrada por la potente lámpara de un compañero, hasta los pastores; donde los niños caminando a gatas, hicieron de ovejas. Terminando ésta dio inicio una gran procesión que recorrió parte del pueblo, cantando letanías, alumbrada con las luces de bengala que habíamos llevado. Momentos después sacaron la marimba y bajo la tenue luz que proporcionaba una pequeña planta de gasolina, dio inicio la fiesta con una rítmica música que se baila “de a brinquito”. Al ver los jóvenes que también bailaban las mujeres extranjeras, ni tardos ni perezosos fueron a invitarlas; pasando una gran velada, sin consumo de alcohol, ni de refrescos, ni de cena, ni de nada; una Nochebuena de estómagos vacios que jamás olvidaré.
Al otro día al levantarme observé a los invitados de las comunidades vecinas que inquietos esperaban su tamal, los cuales se sirvieron cerca del medio día, tamales únicamente de masa, ya que no rindió la carne.
Una vez comidos éstos, los niños se sentaron en unas bancas acomadadas alrededor de lo que la noche anterior había sido la pista de baile -como había llovido todo era un lodazal-; esperaban que un compañero mexicano radicado en el extranjero, les entregara los regalos que les había llevado. Esta persona según me comentaron, días antes junto con la joven sueca habían hecho un acto circense, donde él, tocando su viola acompañó a esta joven malabarista.
Pues bien, todos los niños esperaban ansiosos que hiciera aparición su amigo, cuando de repente, caminando misteriosamente vestido de arlequín, con una caja llena de bolsas con dulces y galletas, llegó hasta ellos. Al ver éstas ¡no hubo un niño que se quedara en su lugar! ¡todo mundo corrió tratando de arrebatarle alguna! ¡él les decía que no se levantaran! ¡que para todos había! ¡las señoras le hacían señas para que también les repartiera a sus bebés que traían a la espalda! ¡y daba y daba y los niños pedían!, al darse cuenta que éstas se acababan; sin más remedio comenzó a aventar las bolsas haber quien las ganaba; ¡los niños se empujaron! ¡se atropellaron! ¡pasaron por encima de los más pequeños!, estos al verse en el suelo comenzaron a llorar, no tanto por los golpes o por estar metidos en el lodo; afligidos no le quitaban la vista a quien había hecho el reparto.
Se hizo un gran silencio; todos los ahí presentes apesumbrados vimos que muchos niños no alcanzaron regalo, su pequeño regalo de dulces y galletas. Así estuvimos, hasta que alguien de la comunidad, para terminar con ese cuadro, pidió al arlequín que por favor ya no hiciera eso, que los niños iban a tener pesadillas y no iban a poder dormir.
Apenado este amable joven que había ido cargando sus regalos y su instrumento fue a quitarse su disfraz. Ese día aprendimos: o les llevas regalos a todos los niños o mejor no le llevas a nadie, aunque que triste sería lo segundo. Cuando volvimos a la ciudad de México María Elena hizo un gran acopio de dulces y en marzo de 1996 regresamos a entregárselos.
Tras dos días de celebraciones religiosas y baile, volvió la normalidad al poblado -si lo normal es estar vigilados por el ejército-; los vecinos poco a poco partieron, ya para el martes quedamos únicamente la población residente y la sociedad civil. Ese día, martes 26, después de haber terminado nuestras labores, entramos por primera vez al Aguascalientes; enorme y rústico foro con cupo para 2,000 personas, construido de manera rudimentaria con troncos y láminas; el cual, a la altura de las circunstancias, cuenta con los servicios más indispensables para recibir a la sociedad civil: letrinas, regaderas, cocina y dormitorios. Entre las bancas y el escenario se hallaba un espacio descubierto, el cual sería utilizado como pista de baile.
Al ver que muchos habitantes del poblado trabajaban apurados en los últimos detalles, los compañeros de la Caravana y algunos extranjeros nos ofrecimos a ayudar. Mientras unos uníamos e instalábamos la lona sobre la pista de baile, otros tendían el cableado eléctrico. De igual manera, otras personas recién llegadas, rotulaban y pintaban mantas.
Cierta mañana llegó a nuestro dormitorio un habitante del poblado para informarnos que ya había llevado “nuestro regalito” a la cocina; más tarde cuando un compañero nos avisó que ya estaba listo el desayuno nos trasladamos a ésta, descubriendo nuestro regalo: una cubeta llena de frescas y jugosas limas.
Al paso de los dias fui conociendo a este amable señor, quien después sería mi amigo; se llama Abelardo, en su escaso español dijo tener cuarenta y tantos años, que vivía solo, que no tenía padres y nunca se caso; que en su casa tenía un árbol de limas y que en una pequeña parcela sembraba maíz, por eso pienso, que cuando todas las señoras se turnaban para obsequiarnos riquísimas tortillas, él, al no tener mujer que las hiciera, siempre estuvo al pendiente que no nos faltara de su fruta.
Una tarde lo vi venir, caminando despacio con su imperceptible cojera, tras saludarme se sentó a mi lado, empezamos a platicar hablándome de su pena, que no tienen qué comer, que pura tortilla es la que se llevan al estómago, que el poco frijol que llegan a cosechar se acaba pronto, que el apoyo alimenticio que les brindaba la sociedad civil había bajado enormemente. Bueno, le dije, se han de ayudar con la fruta que tienen; me dijo que ya no que ya les hace daño, que tanta han comido que ya no la soporta el estómago; que su único gusto es poder comer una de vez en cuando, pero vivir de ella ya no, muchos años lo han hecho.
Al ver que constantemente se quejaba de su pierna le pregunté qué tenía; me dijo que se había hecho una herida hacía tiempo y no cicatrizaba, que la acababa de curar quemándola con una brasa al rojo vivo y vendándola; situación que me preocupó mucho, temiendo fuera lepra de montaña, más tarde me enteraría que está enfermo de tuberculosis.
Otro día después de haberle correspondido con unos “regalitos” me preguntó si era muy caro un reloj; le contesté que no, que había de muchos precios; extrañado le dije que por qué la pregunta, a lo que me contestó que él núnca había tenido uno, que sus compañeros sí; que si me podría encargar uno barato para cuando volviera, ¡claro!, le contesté, no se cuando regrese pero ten la seguridad que cuando vuelva así lo haré; prosiguió su camino. Más tarde cuando comenté con María Elena que le regalaría el mio, lo llamé para darle la noticia y entregárselo, ¡no lo podía creer! ¡salió a florecer la nobleza y transparencia de esta gente! ¡parecía niño de ciudad en seis de enero!, se lo puso, se lo quitó, se lo volvió a poner; no se cansaba de mirarlo; todavía cuando cayó la noche lo vi solitario en una banca, alumbrándolo con su linterna -este reloj lo acababa de comprar, ya que el mío hacía apenas un mes que a punta de pistola me lo habían robado junto con mi auto-, al día siguiente al encontrarlo, le pregunté como se sentía con su regalo y al enseñarmelo descubrí que no sabía la hora; ¡tanto lo había estado viendo! que seguramente le apretó el botón para ponerlo a tiempo y ahora únicamente tintineaba el segundero, pero eso a él no le importaba. Le dije que no apretara tanto los botones porque se iba a acabar la pila, que se concretara a ver los números programados, sino cuando me marchara qué iba a hacer.
Por cierto, en otro viaje que realizamos María Elena y yo a La Realidad, llegamos con una nueva sorpresa para Abelardo.
Habiendo cometido la imprudencia de informarle antes de tiempo que le llevábamos de regalo la grabadora con la cual siempre había soñado, noticia que lo subió hasta las nubes, procedímos, como es reglamentario, a pedir permiso a las autoridades del poblado para entregarsela lo antes posible, tal urgencia en respuesta al enorme interes mostrado de tenerla entre sus manos y cual sería nuestra sorpresa y más aún para Abelardo al informarle que la comandancia del EZLN nos la estaba solicitando como instrumento de trabajo. Después de haber comprendido la necesidad que tenían de ella, aceptó, sumándole a sus tristezas otra causa, probablemente no tan grave como las que ya estába viviendo, insignificante tal vez, pero que si pudo haber servido para alegrarle un poco la vida. Tristeza que le duró no más de tres meses ya que después recibió la suya.
Todos los días amanecíamos con gente nueva, extranjeros en su mayoría, quienes viajaban de noche para evitar ser detectados por Migración; personas que llegaban de todas partes del mundo a convivir con estos hermanos. Hubo gente de Italia, Francia, España, Suiza, Grecia, Escocia, Alemania, Japón,
Gente que dejó la comodidad de sus países de primer mundo para entrar a otro alejado de la “civilización”. Un mundo tan diferente al de ellos y al nuestro; un mundo con olor a tierra húmeda, a leña quemada, a incertidumbre, a miedo. Pero también con olor a nuestros antepasados, a dignidad, a patria y a esperanza.
Un mundo infantil de desnutrición, de parásitos, de hambre, de enfermedades. Un mundo donde no existen los Reyes Magos; donde se juega con piedras y palos a falta de juguetes, donde las niñas no conocen las muñecas porque desde pequeñas traen pegada a una de verdad a sus espaldas; donde no hay regalo del ratón, ni fiesta de cumpleaños ¿qué celebran?; donde sus pies comienzan a formar costras y callos cual suela natural a falta de zapatos; donde sus camisas y pantalones traen parches sobre parches; donde no hay lápices ni cuadernos para hacer la tarea, donde el tema de sus dibujos es sobre soldados, tanques, aviones y helicópteros.
Un mundo lleno de niños, niños que tuvieron la mala o buena fortuna de nacer indios, indios que lograron llegar a viejos, viejos que siempre vivieron en la miseria, pero hoy peor que nunca.
Gente que con un grito desesperado pide ayuda a la sociedad civil nacional e internacional; la cual desde que pudo estar a su lado así lo ha hecho; llevándoles ayuda humanitaria -aunque por mucha que se les lleve siempre será nada para tantas comunidades-, conviviendo con ellos en los Campamentos Civiles por la Paz como ya lo he dicho; ayudándolos a ser nuevamente autosuficientes, pero de una manera digna.
Cierto día pasaba con mi esposa por el tendajón, cuando vimos a un grupo de personas pidiendo un refresco para calmar su sed.; con el pretexto de comprar algo nos detuvimos disimuladamente a observarlos. Eran seis hombres, seís ancianos, venían descalzos, asoleados, con sus ropas desgastadas, sus rostros reflejaban cansancio, sus miradas esa tristeza propia de quien ha sufrido desde siempre.
Cuando vimos que el refresco que habían pedido sería para todos, sentimos como si nos hubieran echado un balde de agua fría. ¡Un refresco tamaño mediano, al tiempo, para apagar la sed de seis personas! ¡De a trago les iba a tocar! Habrá quien piense que ni modo, que así es la vida; que muchos otros están en la misma situación, ¡Sí!, pero esos otros no han hecho nada para remediarlo y esta gente es por lo que está luchando, ¡por cambiar de vida!, una vida que si no les da para darse un pequeño gusto, mucho menos para comer, como si no trabajaran. ¡Claro que trabajan!, ¡y en un trabajo muchas veces más pesado que el nuestro!
Con gusto les invitamos sus refrescos, refrescos viejos con sabor a corcholata oxidada. Mientras los bebían nos platicaron que eran de Nuevo Guadalupe -expobladores de Guadalupe Tepeyac-, y que estaban ayudando en la construcción del Aguascalientes. Lo que contaron con respecto a su hambre no lo repito, el lector está enterado.
Con el paso de los dias fuimos detectando a los infiltrados de Gobernación -continuamente viajan con nosotros-, y aunque como lo digo al principio, nuestra labor es totalmente transparente, por lo regular tenemos cuidado de no convivir con ellos.
El 27 de diciembre el Ejército Federal suspendió sus patrullajes terrestres -nunca supe si fue por intervención de la Cocopa, o por la enorme cantidad de extranjeros llegados-. Este hecho trajo gran tranquilidad a la comunidad toda, pero más a los niños, que como de costumbre, son los seres más afectados en este tipo de situaciones -corrijo-, abusos.
Al enterarnos que las mujeres de la comunidad para hacerse llegar algún dinero pondrían un pequeño comedor frente a la casa ejidal, varios compañeros optamos por hacernos sus clientes, situación que nos dio la oportunidad de platicar diariamente con muchas de ellas.
Oímos de sus noches intranquilas, de sus amaneceres inciertos, de su vivir de miedo; de la preocupación por sus hijos, por sus esposos, por sus padres, por su futuro. También nos enteramos de su pesado quehacer doméstico; de su diaria y dura labor -trabajan entre 16 y 18 horas diarias-. Su día comienza de madrugada al ir por la leña y cortarla, prender el fogón, amamantar y cuidar a los niños, acarrear el agua, desgranar, preparar el nixtamal (maíz), molerlo, hacer las tortillas, la comida -cuando hay que comer-, e igualmente ayudar al marido en la siembra; desde preparar la tierra hasta la cosecha, aunque esto último lo han suspendido por temor a los patrullajes del Ejército Federal.
También supimos por las bonitas y risueñas jóvenes que es costumbre en esta región, que la mujer se case a los 17 años, pero conscientes de los problemas que esto implica, nos platicaron que ellas preferían esperar más tiempo. Estas jóvenes me conmovieron enormemente; señoritas quinceañeras comiendo únicamente maíz.
La mañana del día 28 cuando observaba a la pintora escocesa junto con los niños de la comunidad pintar un enorme lienzo, donde mientras los niños mayores echaban a volar su “traumada” imaginación, los pequeños dejaban impresas las palmas de sus manos; fuimos llamados a una reunión urgente en la cual se nos comunicó que corría el rumor de que el Gobierno prohibía la construcción de los Aguascalientes y que al igual que el construido en el poblado de Guadalupe Tepeyac en agosto de 1994, éstos serían destruidos por el Ejército Federal.
Como la gente de la comunidad ya había acordado en una junta anterior que ellos para tratar de evitar esto se concentrarían en el foro; la sociedad civil haría lo mismo cubriendo los accesos a la comunidad. Se formaron ocho grupos de cinco personas, cada grupo llevaría una cámara fotográfica o de video con el fin de dejar testimonio de lo que pudiera suceder; hablábamos de como llegaría el Ejército, si bajarían caminando del cerro, si nos detendría la policía, etc. En esto estábamos cuando vemos dos camiones de redilas repletos con la gente de la Caravana Artística que llegaba para entretener a la población elevándose al doble la presencia de la sociedad civil; con ellos seríamos unos 100 testigos aproximadamente.
Y así, compartiendo la misma incertidumbre a la que no se acostumbran los habitantes de estas comunidades, transcurrió “sin novedad” el día; ya para la noche una vez que el Comandante Tacho -tojolabal también- tras emotivas palabras hiciera entrega a la sociedad civil del Aguascalientes, dio inicio el acostumbrado baile de bienvenida. Cada quien tomó a su pareja y al son de la marimba nos dejamos llevar por esos frágiles momentos de tranquilidad. Las jóvenes, al igual que en la Nochebuena, se pusieron sus coloridos vestidos de fiesta, disfrutando de la única diversión a la que están acostumbradas.
El día 29 coincidimos con un matrimonio español recién llegado; al platicarles sobre nuestra emotiva vivencia navideña, nos comentaron que ellos por el contrarío, habían pasado la Navidad más amarga de su vida. Que habían estado con la gente de la comunidad Albores de Zapata, quienes a su vez les contaron que el 12 de diciembre -día de la Virgen de Guadalupe-, habían llegado el Ejército Federal, la Policía Judicial y un grupo de guardias blancas a echarlos de esas tierras que estaban ocupando desde marzo de 1994; que en el operativo había perdido la vida una mujer y cuatro niños habían desaparecido; mismos que aparecieron con vida dos días después en el lugar en que se hallaban actualmente: Ranchería Palo Gordo, perteneciente al municipio de La Trinitaria.
También nos explicaron que aproximadamente son 100 las personas que no tienen que comer ni que abrigarse y que al igual que en La Realidad, más de la mitad son niños, gente que llevaba 15 dias viviendo a la intemperie, quienes habían tratado de regresar por sus pertenencias y seguridad pública se los había impedido y por si esto fuera poco, cada tres días les quemaban una casa.
Cuando escribía esto, me enteré por medio de un diario capitalino, que migración había deportado a los dos argentinos que mencioné anteriormente, también supe que había cancelado el permiso de 90 dias a varios extranjeros que se encontraban en Chiapas, dándoles como plazo cinco dias para abandonar el país.
¿Por qué esto? ¿Por qué querer aislarlos? Por qué si lo primero que ha hecho el gobierno en tiempos de crisis es pedir ayuda al extranjero ¿Por qué no permite la ayuda extranjera a estos hermanos? ¿Será por todo lo que se está viendo? ¿De qué otra artimaña se valdrá para dejarlos solos? ¿Acaso cuando el terremoto de 1985 hicieron lo mismo con el señor Plácido Domingo cuando éste desempeñó actividades diferentes a las que le otorgaba su visa?, aunque tal vez el señor Domingo sea también ciudadano mexicano.
Cuando el comedor instalado frente a la casa ejidal fue trasladado al recién inaugurado Aguascalientes, un grupo de mujeres italianas mandó traer de San Cristóbal de Las Casas lo necesario para elaborar pizzas. Cuando llegó la camioneta cargada con costales de harina, latas de champiñones, de atún y sardina; queso, salsa catsup, etc., formaron a las cocineras, enseñándolas a preparar auténticas pizzas italianas, las cuales como eran fritas, más que pizzas italianas, parecían buñuelos mexicanos.
Todo el gasto efectuado fue donación de las italianas para que con la venta de las pizzas tuviera más ingresos la comunidad.
Los siguientes días fueron de baile, diversión y entretenimiento; cuatro días en los que hubo de todo: payasos, declamadores, músicos, actores, cantantes, etc. De los squetches que se presentaron recuerdo uno donde un actor disfrazado de calavera cada que se acercaba a los niños, éstos salían huyendo en desbandada.
Ya en la noche inició el baile amenizado por el grupo que llegó con la Caravana Artística, el cual interpretó música afroantillana moderna. El primer día los habitantes de La Realidad se concretaron a ser simples espectadores, tratando de entender “ese baile” para ellos desconocido; cuando tocó su turno a la marimba, la situación cambió; los jóvenes de la comunidad, hombres y mujeres junto con los integrantes de la sociedad civil, formaron parejas y bailaron hasta pasada la media noche. Fue una agradable experiencia ver a tantas rubias extranjeras bailando con los jóvenes de aquí por varias horas, y aunque muchas de ellas se encontraban exhaustas, jamás negaron una pieza.
El segundo día, cuando tocaba nuevamente el grupo de la Caravana, los jóvenes de la sociedad civil formaron una hilera y agarrados de la cintura, comenzaron a bailar por todo el terreno, situación que gustó mucho a los niños, quienes de inmediato se unieron a la fila -después nadie los pararía-. Los jóvenes poco a poco se fueron animando, y haciendo a un lado su pena, al rato se les vio brincoteando y aplaudiendo al ritmo de “La Paloma”, que al igual que “La del Moño Colorado”, hizo furor por acá.
Tantos días de diversión nos alejaron de La Realidad, una realidad que ojalá nunca hubiera existido; una realidad que bien pudo haber sido todo lo contrario si México hubiese sido un país más justo con estos mexicanos. Mexicanos olvidados por quienes en las campañas presidenciales se llegaron a vestir de indígenas, mexicanos olvidados por la avaricia y el deseo de poder y riqueza; mexicanos olvidados en el olvido, ignorados en la ignorancia; librando una lucha pacífica en la que no deberá haber vencedores ni vencidos, ni genocidas ni masacrados; una lucha en la cual deberá triunfar la justicia más no los intereses externos, en fin, que deberá ganar la paz.
Y así se fueron los días y con éstos la diversión. La madrugada del día 1o. de enero de 1996 -segundo aniversario del levantamiento zapatista-, saldríamos rumbo a la capital.
Ese día al ver que se hacía tarde fui con María Elena a empacar nuestras pertenencias; parte de la ropa que llevábamos, junto con la despensa sobrante de la Caravana, se donó a la comunidad. Buscamos a las señoras para entregarles algunos pequeños regalos y despedirnos de ellas. Como agradecimiento nos obsequiaron café en grano el cual tuvimos que aceptar debido a su insistencia; nos despedimos de los niños, de los señores, de los marimberos, de nuestros nuevos amigos extranjeros, de la maestra y la doctora -jóvenes de la sociedad civil, quienes ya llevan meses viviendo aquí-.
Pero nos faltaba alguien, alguien en especial; Abelardo, a quien hacía rato no veíamos: De pronto llegó a nosotros con su lento caminar; por unos momentos se nos quedó mirando hasta que soltó el llanto como si fuera niño, nos dijo que estaba triste su corazón porque nos íbamos, y llorando le contestamos que el nuestro también. Le dijimos que siempre nos acordaríamos de él y de La Realidad, que apenas y pudiéramos volveríamos a visitarlos; nos encargó que los ayudáramos, que le pidiéramos a “Diosito” por ellos y le contestamos que así lo haríamos. Después de un fuerte y prolongado abrazo nos entregó nuevamente su regalo, una pequeña bolsa con fruta fresca para el viaje.
Más tarde el Comandante Tacho después de habernos platicado sobre los vuelos rasantes efectuados esa noche y sobre el acercamiento de la Policía Judicial a la comunidad -razón por la cual no estuvo presente el Subcomandante Marcos-, clausuró el festival llevado a cabo. A las dos de la mañana abordamos los camiones de redilas que nos regresarían a San Cristóbal de Las Casas.
Al salir de la comunidad descubrimos a Abelardo que agitado llegaba a despedirnos. Y así, en un abrir y cerrar de ojos; en medio de una desproporcionada batalla entre estrellas y luciérnagas para ver quien alumbraba mejor nuestro camino, dejamos La Realidad, una comunidad habitada por gente buena, por gente que como lo dijo el jesuita Ricardo Robles debió haber sido amasada con miel cuando los hizo Dios, porque así son; educados, gentiles, humildes.
Montreal, Quebec, Canadá, enero de 2000
hecho por / fait par aceqc
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