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Capítulos 9 y 10
 Capítulo Nueve
Salió del hotel tratando de no molestar a Yoko. Deseaba salir a despejar su mente.Salió a caminar por la ciudad. Ya había dejado de llover y el sol resplandecía de manera especial, en el cielo claro y despejado, haciendo que los restos de la lluvia pasada resplandecieran, acentuando la sensación de una mañana fresca.
Caminaba solo por andar, hasta que se topó con su reflejo en un charquillo que se había formado en la banqueta, miró entonces a su alrededor y descubrió un pequeño parque al otro lado de la calle. Cruzó y entró en él.
En el extremo opuesto un par de niños se columpiaban alegramente en los juegos metálicos, otros más brincaban en los charcos, hasta empaparse. Hitomi sonrió y siguió examinando el lugar: a su derecha había bancas en las que seguramente los adultos se sentaban a leer el diario o a cuidar de sus hijos, pero en su mayoría estaban vacías "Este sitio me resulta familiar" pensó. Vino entonces a ella el recuerdo de su sueño, el sueño del niño que hablaba con su abuela "Este … este es el lugar, etoy segura" Se apresuro a revisar el lugar con la vista, y descubrió a un hombre que leía el periódico.
Era un hombre de tez blanca, bronceada por el sol, vestía un abrigo ligero casi del mismo color café de su cabello. Hitomi creyó haberlo visto antes en algún lado, pero su rostro quedaba oculto por su lectura.
El hombre debe haber sentido su fija mirada, ya que bajó el diario para verla, pero en ese momento un horrible estrépito captó la atención de ambos hacia la calle, donde acababa de ocurrir un apratoso accidente automovilístico. Cuanod Hitomi reaccionó, el hombre se alejaba caminando, dandole la espalda. Ella decidió regresar al hotel, antes de que Yoko llamara al FBI.
Después de la presentación en la librería, buscaría al señor Ferrat.
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 Hitomi, Qué bueno que llegas! ¡Empezaba a preocuparme por tí!, primero pensé que habrías bajado a pedir algo o al vestíbulo, o que se yo, pero cuando te busqué y no estabas en ningún lado y un hombre me dijo que habías salido pense: ¡Por Dios, si ella no conoce esta ciudad! ¿Y si le pasa algo? ¿Qué le diré a su madre? "Señora, lo siento tanto… pero su hija tuvo la culpa, por no avisarme para acompañarla"…
 Yoko, lo siento, tan sólo quería estirarme un poco… y bien ¿Cuáles son los planes para hoy?
 Bueno, si, verás, ha habido un "pequeño" cambio de planes… cosas de la librería, tu sabes: excéntricos millonarios que creen que tienen el destino del mundo en su mano derecha y la vida de las personas en la izquierda ¿No te parece una injusticia?… como sea, te digo, ha habido cambio en la agenda… pero es un cambio de lo más interesante, han decididio que tu presentación oficial sea en una cena de gala, por la noche ¿No es emocionante? - Hitomi estuvo a punto de decir algo, pero Yoko no se lo permitió - Incluso han mandado a la boutique del hotel, que es muuy cara, que nos permita elegir un vestido para cada una, ¡A cuenta de la librería! ¿No te parece increíble?
Por fin hacía una pausa. Hitomi no podía creer lo que oía, de hecho le preocupaba más que emocionarle
 ¿No te parece algo extraño, Yoko? Digo, no se trata de un premio Nobel, o de un best seller o algo parecido… no puedo creer que se tomen tantas molestias por una "principiante".
 ¿Y qué más da Hitomi?… ¿Ya desayunaste? Tengo reservaciones para un lugar perfecto, así que no importa, de cualquier forma me acompañarás, aunque sólo sea para tomar un jugo de naranja; y de ahí podemos ir a la boutique para que escojas algo muy elegante que te haga lucir como una estrella de cine, porque después de todo, tú serás la estrella esta noche.
Yoko hablaba demasiado aprisa, sin hacer pausas. Hitomi se preguntaba cómo se las ingeniaba para hablar y respirar al mismo tiempo. Yoko era una mujer de unos 35 años, de baja estatura, muy delgada, que siempre parecía tener prisa por decirlo todo; era sin embargo, una persona muy eficiente y cuidaba muy bien de Hitomi, e incluso de vez en cuando, llegaba a contagiarla de su ímpetu.
Salieron juntas del hotel, caminando, al parecer el restaurante no quedaba lejos. La ciudad comenzaba a bullir con la actividad de su habitantes, inundándolo todo con el sonido de los autos y de las gentes que caminaban, al igual que ellas. Irían caminando, por la húmeda acerca de concreto que despedía olor a cemento fresco.
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La iluminación era casi nula, sin embargo el brillo de sus ojos dejaba entrever el interés que tenía en lo que el soldado frente a él trataba de explicarle.
 Así que Schezar logró escapar… ¿gracias a una mujer dices?
Dijo lo último con cierta incredulidad.
 Así es, ella.. no sabemos de quien se trate…
 Necesito que lo averigüen ¿Quién más estaba con él?
 La princesa Eries, de Asturia, su guardia, y el rey de Fanelia también con su guardia
"Idiota" pensó "En verdad creen que ese muchacho es el rey de Fanelia" - ¿La princesa Eries dices? - Un brillo en sus ojos reveló la presencia de una idea que comenzaba a formarse en su mente - Muy bien, no se preocupen ni pierdan el tiempo buscándolo. Yo mismo les diré dónde se encuentra… Pero hoy no, tengo un asunto importante que atender. "Cuando no se teme a la derrota, no hay prisa" agregó para sí.
 Hess… los hombres necesitan… quieren saber cuando a a pagarles..
El joven hombre habló con temor, no, habló más bien con la verguenza de quien mendiga y no lo ha hecho antes.
 Dinero - Resopló Hess - Siempre el dinero: esa es la causa de todo. Dilés que en cuanto cumplan con su parte… ni siquieran han cumplido con la tarea más sencilla y ya comienzan a preocuparse. Supongo que desean el pago en oro ¿Me equivoco? … Sí, así debe ser, aquí y allá el oro deslumbra y enloquece de igual manera.
El joven soldado comenzaba a sentirse incómodo, disgustado por la forma en que Hess dejaba ver lo humillante que era pedir… pero en el fondo aquel homre le inspiraba respeto.
 Muy bien Hess, les daré su mensaje.
Diciendo esto se retiró del lugar, observando todo a su alrededor mientras marchaba hacia la salidad, al final de un largo y oscuro pasillo. Era como despertar lentamente de un sueño, como haber estado inconsciente. No le gustaba lo que hacía, pero era su forma de vida.
Al llegar a la salida, tardó un poco en acostumbrarse a la luz del sol. Observó al fin a su alrededor y sólo así obtuvo la respuesta a la duda que lo asaltaba cada vez que se encontraba con Hess. Lo que veía eran familias. Familias que debían todo a ese hombre. Familias que lo habían perdido todo. Familias que antes de la guerra tenían muy poco, y al acabar la guerra no tenían ya nada. Hombres y mujeres sin patria, porque la suya había sido destruída, porque simplemente las ciudades robaron la atención de sus gobernantes, dejando olvidadas las lejanas villas y pueblos que fueron consumidos entre las llamas.
Cassiel supo entonces que lo que hacía tenía un por qué. Hess no reclamaba un trono, una corona, ni gobernaba sobre ellos. Simplemente les ayudaba, y ellos… ellos incluso recibían un pago por la ayuda que le prestaban a él.
Dejó de pensar y se dirigió a los brazos de su joven esposa. No quería seguir pensando. Acarició a su hijo, que ahora abrazaba su pierna. Si seguía pensando se arrepentiría y no podía hacerlo, no tenía por qué hacerlo. El hombre de la luna fantasma hacía mucho por ellos.
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Podía ver su reflejo frente a ella, en el amplio espejo con marco de fina madera. Era una bella imagen. El vestido que escogió dejaba ver sus hombros desnudos y su delgado cuello, descendiendo ajustada, pero libremente por su figura esbelta hasta que una pequeña cascada daba con el piso. Pero ella no veía eso. No veía nada, no quería ver nada.
Yoko entró y comenzó su parloteo acerca de lo bella que lucía y lo bien que el color sentaba a su piel y otro montón de cosas que Hitomi no quizo prestar atención. Ya era hora de irse.
Aún no resolvía nada. Le parecía estúpido estar ahí en ese momento, envuelta en un bello vestido, de camino a un lugar lleno de gente que no le importaba. Le parecía absurdo no poder luchar… saber y no poder hacer nada. Ver el futuro, tener visiones… ¡Valiente ayuda que resultaba! Deseaba con todas sus fuerzas volver a Gaea, pero simplemente no sucedía, algo la detenía aquí… tal vez que no tenía el pendiente consigo…. O tal vez algo más fuerte.
Ya iban en el coche, de camino a… no prestó atención, no le importaba pues seguramente no era a Fanelia. Miraba hacia afuera sin prestar atención, sentía que su alma flotaba, sin rumbo… "al menos, estando en Gaea, entonces pude hacer algo… pude ayudarlo entonces ¿Cómo hacerlo ahora?… no es tan fácil como correr para prevenirlo, o como decirle donde se encontraba el enemigo… no. necesito algo más… necesito encontrarlo" La ciudad parecía triste. Ese día no había llovido, pero los restos de la lluvia aún eran visibles en el triste color del cielo "Mentira" pensó "Yo soy quien lleva la tristeza en la mirada".
Hitomi bajó del automovil y fue sorprendida por un par de fotógrafos. Un hombre la acompañó hasta la entrada y le dio la bienvenida. Hitomi le sonrió. Llego a un vestíulo, a la entrada del salón, donde al parecer un par de personas la estaban esperando. Se presentaron, y ella les dirigio la misma sonrisa de cortesía. Se sorprendía de poder sonreír. Tenía que ser amable, su estancia aquí dependía de ello, y ahí encontraria sin duda al Señor Ferrat ese, tan interesado en la Atlántida.
Por fin entró al salón, acompañada de un par de hombres regordetes de pequeños ojos brillantes y grandes narices redondas, hombres ricos al fin y al cabo que sabían - Según ellos- de arte.
El salón no era muy grande y estaba alfombrado de color vino, al fondo se encontraba un pequeño podio y a la derecha de este una banda de músicos, que tocaban una suave melodía. A la izquierda, cruzando una gran entrada sin puertas, se encontraba un enorme comedor.
El lugar estaba lleno de gente, la mayoría abordaba a Hitomi para decirle que "Era un honor conocerla" y otras cosas más. Ella se preguntaba si alguien en verdad habría leido un libro suyo. Sólo tenía tres y el último apenas saldría a la venta en este país. Seguía otorgando a tdos sus sonrisa de cortesía, su aún más cortés "oh, gracias" y una vez más la sonrisa.
Podía sentir que las miradaas se posaban en ella, en sus hombros, en el cabello recogido, en el naranja del vestido, en su pronunciación del idioma extraño. No le importaba en realidad, no estaba ahí del todo. Yoko en su consevador vestido gris, se aproximó a ella para decirle algo, pero no le prestó atención. Ahí venía oto elegante caballero en dirección a ella.
 Señorita Kanzaki, es un placer tenerla con nosotros - El hombre la miraba de manera extraña, como si estuviese sorprendido, como si quisiera reír por algún motivo, pero Hitomi no se percató de esta mirada, ni de la expresión en el rostro del desconocido - Es usted muy bella, además de virtuosa.
Hitomi lo miró a los ojos, preparándose para soltar su "oh, gracias", seguido de la sonrisa, pero, al ver los ojos que la miraban a ella, su corazón dio un vuelco "¡Esos ojos!" Ojos de un rojo oscuro, en un rostro bronceado por el sol. Nunca había visto ojos parecidos "nunca, excepto en ¡Van!" Hubiera llorado, pero estaba frente al hombre de los ojos rojos, con su mano extendida hacia él, quien se inclinó un poco para besarla. Esta vez ni siquiera pudo decir "gracias" se había quedado muda… Sintió que se le secaba la boca y al ver a un mesero con bebidas, cogió una copa.
 Pérmitame presentarme . Prosiguió él, ignorando la extraña actitud de ella - mi nombre es William Hess Ferrat, y estoy a sus órdenes… Oh, disculpe, con su permiso, Debo dar un pequeño discurso.
Sin dar tiempo a que ella reaccionara, William se alejó en dirección al podio. Hitomi lo siquió con la mirada.
"¡Es él! El es el hombre al que busco… ¿Aquí?… pero…" no acertaba a pronunciar palabra, sólo bebió otra copa. La impresión se apoderó de ella.
 ¡Hitomi, no puedo creer que te comportaras así! ¡Con él! ¿No me escuchaste? ¡Por Dios! Hitomi, ese es el hombre que pagó el vestido que llevas puesto y tú… te comportas como una quinceañera … ¡Qué verguenza!
Hitomi reaccionó - ¿Qué dices Yoko? - Yoko no daba credito a sus oidos y levantando los ojos en una actitud de serio disgusto le contestó al fin
 ¡Que el señor Ferrat, es el dueño de la librería!
" ¿Qué significa esto? ¿Es una coincidencia?… Ese hombre busca la Atlántida… por eso es que yo quería encontrarlo… y resulta ser él mismo quien me ha dado los medios para hacerlo" sus dudas crecieron más aún "Tendrá todo esto siquiera que ver con mis libros… o solo será un pretexto… ¿Pero para qué?… Debo hablar con él"
Escuchó su nomre seguido de aplausos. Le pedían que subiera al podio a hablar. Se sonrojó un poco mientras hacía su camino hasta ahí. No tardó mucho. Estaba ocupada buscando a William con la mirada "pensé que sería un poco mayor, pero en vivo es mucho más joven" Esperó no haber dicho eso en voz alta. Oyó los aplausos y dio las gracias " ¿Es que no sé decir otra palabra?"
Durante la cena tuvo la oportunidad de intercambiar algunas palabras con William, pero la gente no cesaba de dirigirse a ella, haciendo preguntas acerca de Tokio, de sus estudios e infinidad de otras cosas más. La cena terminó y volvieron todos al salón a disfrutar de la música y algunos comenzaron a bailar.
William apareció de la nada y le pidió que bailara con él. Hitomi aceptó, necesitaba aprovechar cualquier oportunidad. "Unos treinta años cuando mucho" pensó ella, al verlo tan cerca, "mucho más alto que yo, incluso con estas zapatillas… humm, ¿Qué interés puede tener en Atlantis?"
William la tomo resueltamente por la cintura, con su mano derecha. La mano izquiera de Hitomi en su hombro y las dos que les quedaban libres, se entrelazaron. Hitomi pudo sentir algo, nada en concreto, pero sintió tristeza en el corazón de él. Al sentirlo, levantó el rostro para ver el de William. El sonrió "tristemente" pensó ella, quien de inmediato bajó la mirada, sonrojándose de nuevo.
"Es realmente muy hermosa" pensó William, mientras con gran delicadeza la guiaba a través del salón, al compás de la música que llenaba el ambiente.
 Señor Ferrat - Al fin tomó valor
 William. Me gusta más… a menos de que prefiera llamarme Hess, aunque Aquí nadie lo hace. Muy poca gente en este país tiene dos nombres, así que debo sentirme afortunado ¿No lo cree?
 Ahh, supongo que sí - sonrió, recordando que en Gaea era algo muy usual - Puede llamarrme Hitomi entonces.
 Muy bien.. me parece un bello nombre ¿significa algo?
Ignoró la pregunta - Yo quisiera saber William… ¿es verdad que busca la Atlántida?
William rió secamente. Era una pena que sacara a flote el tema, tan pronto "es muy suspicaz" pensó - Así es, me gusta saber más sobre el pasado del hombre Hitomi, eso es todo.
 Pero ¿Puedo preguntarle porqué en le Océano Pacífico?
 ¿Por qué no? Nadie había intentado buscarlo ahí… ¿Pero por qué? ¿A caso le interesa mucho?
Asintió con la cabeza ¿Qué responder? Maldijo el momento, maldijo el lugar, maldijo la última copa. Así no averigüaría nada.
 Disculpe - musitó al fin, separándose de él, quien sólo la vio alejarse, con una media sonrisa dibujada en el rostro; su mano izquierda en el bolsillo de su pantalón. Vestía un elegante traje negro. Era un hombre apuesto. Se dió la vuelta, como siempre, no tenía prisa.
Hitomi dio con una terraza, se acercó al barandal y se sostuvo en él con ambas manos. Sentía que se derrumbaría, pero se prometió no llorar ¿Qué le sucedía? Contempló el paisaje a la luz de la luna llena , que iluminaba todo con un tono amarillento.
 Hace falta algo, en el cielo ¿No?
Hitomi se dio la vuelta "Ese hombre" pensó. Entonces entendió qué la perturbaba: tenía miedo de él, de esos ojos que la observaban a consciencia, abierta y descaradamente, ese hombre la perturbaba, porque ella sentía que algo comenzaba a revelársele , pero él parecía darse cuenta y evitarlo deliberadamente, evitar que se formara una visión. Él no le permitía ver más allá de si.
 ¿Qué podría faltar? - Tuvo miedo de la respuesta, tuvo miedo de que supiera qué es lo que faltaba en el paisaje.
 ¿La "luna fantasma" tal vez?
Hitomi palideció, no supo contestar, pero él prosiguió - De la que habla en su libro ¿No es ese el nombre?
Hitomi volvió a darle la espalda. Sintió que él se acercaba cada vez más a ella, cómo la contemplaba. Oía incluso su respiración calmada, rítmica, acompañada de sus pasos firmes. No había nadie más ahí cerca. Él se colocó a su lado, apoyando una mano en el barandal y la otra en la espalda de ella.
 ¿Qué es lo que sucede, no le agrada mi compañía Hitomi?
 No, no es eso, es sólo que quiero saber…- Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo, pero antes de dejarla terminar William deslizó con rapidez la mano en que se había apoyado hasta la mejilla de Hitomi, acariciándola con suavidad y, sin saber ella cómo, de pronto los labios de él se encontraban en los suyos. Un beso. Un momento que le pareció una eternidad. Al final, no reaccionó, tuvo el valor de mirarlo a los ojos por menos de un segundo y entonces, asustada, se alejó de él.
William se volvió hacia la luna. Sentía la alegría infantil de haber cometido una travesura. Pero en el fondo, aún cuando él mismo lo ignoraba, tenía tanto miedo como ella.
Para Hitomi fue un alivio el estar de vuelta en el hotel. Le temblaban las piernas… no, toda ella temblaba, y esta vez no pudo, ni quizo contener el llanto. Además, pensó que Yoko estaba demasiado cansada y el cuarto demasiado oscuro. Pero sus lágrimas resplandecían a las luces que se filtraban por entre las cortinas. Yoko se dio cuenta, pero no dijo una palabra. Pudo sentir que Hitomi no deseaba oírla. Hitomi nunca estaba triste. Hitomi nunca lloraba. Debía tratarse de una pena demasiado grande.
Capítulo Diez
Hitomi se encontraba profundamente dormida. Sus mejillas mostraban los zurcos que las lágrimas habían formado al rodar por ellas, y de sus pestañas aún pendían algunas, que no habían alcanzado a ser derramadas, pues el cansancio la había vencido. Pero aún en sus sueños lloraba, en una inmensa oscuridad. Tan inmersa en sí mima se encontraba, que no se percató de los cambios que ocurrían a su alrededor, de la brisa salada y el arrullo de las olas del mar, hasta que una voz le habló.
 ¡Hitomi!- Ella abrió los ojos y se encontró flotando, sobre la inmensidad del mar. La voz que le llamaba, a sus espaldas, le provocó un espasmo más de llanto, al tiempo que se daba la vuelta para verlo
 ¡Van!
Van sintió la tristeza de ella, como si fuera la suya… se acercó y con su mano secó sus lágrimas.
 Van, yo… yo sólo quería... yo…
 Lo sé Hitomi, puedo sentirlo - Van desvió su mirada, y apretó con fuerza sus puños, pero pronto la atrajo hacia sí, abrazándola protectoramente, rogando a quien quiera que fuese el responsable del guiñol en que sus vidas se habían convertido, les permitiera permanecer así. Hitomi levantó el rostro hacia el suyo, acariciándolo con la mirada, ojos ávidos de su rostro.
 Van… yo… no quiero despertar de este sueño y perderte de nuevo porque ya no…
 Hitomi, no…- La miró a los ojos. Esos ojos verdes que robaron su mirada desde hacía tanto tiempo, ahora llenos de lágrimas. Odiaba verla sufrir, odiaba ser él la causa de su sufrimiento, porque lo sabía bien: él era la causa. - Yo estaré bien… no se qué es lo que realmente me trajo a la luna fantasma, pero hay una razón…
Hitomi sintió un poco de alivio al saber que por lo menos, ambos compartían el mismo cielo… pero la tierra es un lugar muy grande
 ¿Dónde Van? ¿Dónde estás, por qué?
Una luz enceguecedora comenzo envolverlo y la imagen de Van comenzó a desvanecerse
-¡Hitomi, yo…! - ambos extendieron sus manos, pero fue inútil, Van desapareció, dejándola sola
 Lo sé Van, lo sé…
Pronto la luz la envolvió también a ella. Hitomi abrió los ojos con gran dificultad, debido a las lágrimas secas. Se quedó sumida en la almohada, con la luz del sol cubriéndole el rostro. Se sentía más tranquila, aunque sabía que había sido sólo un sueño.
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¡Gracias!
El delgaducho jovencito de lentes se alejó, sosteniendo el pequeño libro entre sus manos como si fuese un tesoro, abriéndose paso entre la fila de personas que esperaban su turno, con un ejemplar parecido en la mano también. El lugar era el sueño de cualquier aficionado a la lectura, pues la librería ocupaba no dos, sino tres pisos del inmueble… además, no todos los días se contaba con autores extranjeros para autografiar las obras.
Hitomi sonreía amablemente a los entusiastas aficionados, y rápidamente firmaba en el lugar señalado por el dueño, a veces dedicando unas líneas, algunas otras cumpliendo caprichos: utilizando el japonés en alguna elaborada dedicatoria, para el abuelo enfermo que gozaba con sus historias… pronto esto terminaría y ella tendría que volar de regreso a casa, pero antes…
Terminó con el anciano de cabellos plateados, y levantó el rostro para atender al siguiente. Al ver de quien se trataba, bajó el rostro y fríamente preguntó
 ¿Qué debo escribir?
 Lo dejo a su criterio Hitomi.
Las puertas de la librería habían sido cerradas, no había ya clientes ahí. Yoko se acercó a Hitomi, pero antes de dejarla hablar, William se adelantó
 Beg, atiende a la señora Utsuki y muéstrale las instalaciones
 ¡Pero si ya recorrí todo! - Yoko trató de protestar, pero habilmente, Beg la condujo, tomándola del brazo y rápidamente iniciaron conversación.
Hitomi permanecía sentada.
 ¿Puedo pedirle que me acompañe?
 ¿Acompañarlo? ¿tengo otra opción?
 Lamento causarle tanta desconfianza, pero si me permite, trataré de explicarle todo en mi oficina.
 ¿En su oficina? ¿Porque no habla de una vez, aquí si no hay nadie ya?
 Porque ahí guardo algo que seguramente le interesará.
Hitomi sabía perfectamente que no tenía alternativa. Tenía miedo, pero accedio a acompañarlo. William la tomó con suavidad del brazo, lo cual la hizo sentir aún más como una prisionera, no podía evitar repetirse a sí misma, que había caido en la trampa. Subieron al elevador, y al ver la puerta cerrarse, pensó "La trampa se ha cerrado…"
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Los guardias Fanelianos y los de la guardia de la princesa habían muerto, o se encontraban gravemente heridos. Allen no se encontraba herido de gravedad, y Celena dormía profundamente, por primera vez en mucho tiempo: como si hubiese satisfecho una necesidad imperiosa.
Allen la vigilaba, introspectivo. Habían pasado ya cinco años y aún no sabía cómo manejar la situación ¿Cómo decirle todo a Celena? No, eso no. La verdad era difícil, era demasiado cruel… y volvía nuevamente al punto de inicio… ¿qué hacer? Se maldecía a sí mismo por no poder protegerla de todo y de todos, de no poder protegerla de sí misma.
Era tan frágil, tan bella e inocente. Él llevaba horas sin dormir, estaba herido, pero no la dejaría sola. Hubiera deseado poder abrazarla y ahí, mantenerla segura, para siempre entre sus brazos. Acarició su mejilla pero… ¿tal vez su estado?… el rostro que vió no fue el de su dulce hermana, sino el rostro marcado de Dillandau, y su expresión siniestra, aún estando dormido. Rápidamente se aparto, de un salto, sólo para darse cuenta de que su imaginación le había jugado una broma cruel.
Fue tal su impresión, que no se percató de la presencia de Eries, quien lo contemplaba con gran tristeza. Cuando al fin la vio, sólo intercambiaron miradas, ella salió de la habitación tan callada y discretamente como había entrado en ella, para luego sumergirse en la oscuridad del estrecho corredor, que la conduciría con el resto de los pasajeros.
Merle se desplazaba de aquí a allá, atendiendo a los heridos.
 ¡Je! ¡ Kio, que buena suerte por ser tan malo luchando eh!
 ¡Ah, la próxima vez yo me dejaré herir gustoso si una chica tan linda viene a curarme jejeje!
 ¡Eh! ¡A callar o los echaré a la fuerza! - Merle los amenazó burlonamente.
 ¡Ja, será mejor que obedezcas a la dama! ¿no has visto como defendió al chico?
Merle rió socarronamente, regocijándose con su triunfo sobre Sahu, quien sentado a la orilla de un camastro improvisado, daba la espalda al resto del grupo.
 ¡Hey Kio, será mejor que te calles, el "caballero" parece estar molesto!
Todos tronaron en risa, pero pronto callaron al ver a Merle en pose amenazadora, con la mano en la cintura, y cara de pocos amigos.
 ¡Gracias! - Dijo, cuando al fin callaron. Tomó asiento junto a Sahu.
 Supongo que ahora quieres que te de las gracias ¿no?
Merle dejó escapar un leve ronroneo - Será mejor que te calles y me dejes curar esa herida, si no quieres tirar a la basura el esfuerzo que hice por salvar tu inútil pellejo.
 No es nada serio - Merle sonrió maliciosa al escuchar el comentario
 ¡Claro que no es nada serio! Todo lo que yo hago sale bien, de no haber sido por tí, ambos habríamos salido ilesos, así que ya que arruinaste eso, por lo menos déjame evitar que esa pequeña herida se convierta en algo serio por tu culpa…
 ¡Como si te importara!
Sahu se alejó, visiblemente molesto.
 ¡Uh!, ¡El chico está furioso Jaja ja!
 ¡Hey muchacho, deberías agradecer a esta dulzura que te trate con respeto!
 ¡Ahhhh! ¿Quien me ha llamado dulzura?- Merle sacó a relucir sus bien afiladas uñas, de la mano izquierda.
 ¡Woah! ¡Cuidado jaja!
De pronto todos callaron, Merle volteó para ver la causa, y se topo frente a frente con Eries.
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Las puertas del elevador se abrieron con un campanillazo. Hitomi tardó en salir, dudando entre seguirlo o echarse a correr
-Pase Hitomi.
Tal vez se hubiera sentido impresionada, de no haber visto lo que a sus quince años vivio, al encontrarse en una oficina de las magnitudes de esta. Los muebles de fina madera y elegante línea, y el sombrío paisaje de gran ciudad que se asomaba por las enormes vidrieras, frente a las cuales se encontraba un escritorio. Un librero descomunal de pared a pared se encontraba al lado izquierdo, y al lado derecho, cuirosamente, no había nada, a excepción de una planta en la esquina, y en el techo, en esa sección, un tragaluz polarizado "Para que servirá un tragaluz si no se quiere que entre el sol?"
 William, ayer le hice una pregunta, y usted no me contesto… Necesito saber
- Por eso estamos aquí: para aclarar lo que sucede Hitomi…- William hablaba con la voz cansada, con un timbre de tristeza que la hacía sentir confundida, como si ella fuera quien tuviera que dar las explicaciones, como si ella tuviera la culpa de eso que le causaba tristeza. William caminó hacia la ventana, y echó un vistazo hacia abajo, el codo izquierdo sobre su brazo derecho, cubriéndose la boca, en expresión pensativa, acariciando su barbilla… parecía no encontrar las palabras - Es demasiado impulsiva Hitomi.
 Sólo dígame qué es lo que busca en realidad… Sé que esto va más allá de simple curiosidad arqueológica, lo sé, puedo sentirlo… lo que no se es qué es lo que quiere…
William exhaló un largo suspiro, y caminó con lentitud hasta llegar al librero, de donde extrajo la caja con forma de libro. Observo las tapas desgastadas, y acaricándolas, la abrió, extrayendo la joya que se encontraba dentro. Hitomi abrió aún más los ojos ante la sorpresa, William no dio lugar a la obvia pregunta. Dejando a un lado la caja, comenzo a hablar, pausada pero fuertemente con un tono que hizo a Hitomi enmudecer.
 La gente que habita esta tierra, ha vivido siempre creyendo en la ciencia, en lo que aquellos que escriben los libros deciden escribir. Lo creen Hitomi, y no solo eso, sino que piensan que lo saben. Usted y yo, sabemos que no todo es como ellos dicen.
Hitomi: al principio, la tierra era una sola, una vasta extensión de tierra unida en una sola, sin fronteras: Era el paraíso; y su centro era Atlantis. Sin embargo, poco a poco y conforme las personas fueron enfermando de ambición, este paraiso comenzó a dividirse… un proceso lento hasta la destrucción absoluta. Sin embargo, quienes decidieron vivir en Atlantis, descubrieron el poder de transformar sus sueños, sus ideales en una realidad, obtuvieron sus alas y el poder para predecir el futuro… pero eso no tengo que decírselo, usted conoce la historia de sobra.
Lo que usted tal vez desconozca, es que no todos los Ryuujins Hitomi, huyeron a Gaea. Hubo quienes, amando como amaban a esta tierra, aceptaron ocultar sus alas y vivir entre el resto de las personas, a cuidar de este mundo, a evitar lo inevitable: La destrucción completa.
Hitomi recordaba lo vivido, recordaba las imágenes de la destrucción de Atlantis, y mientras William hablaba, pudo al fin ver lo que había escondido la noche anterior, el porqué de su tristeza: Pudo ver la destrucción de ciudades, el sufrimiento de las personas… el fuego que consumía campos, mares y vidas entre sus llamas. Veía a la gente enferma, hambrienta que rogaba por un trozo de pan que llevarse a la boca. El caos de las guerras desatadas por la ley del más fuerte, buscando la sobrevivencia. Los ancianos, los niños y los jovenes… todos, nada quedaría… nada.
 ¡No, eso… eso es un mentira! ¡eso no puede pasar… eso!
 Ellos no pudieron evitarlo y nosotros tampoco podremos, esto es lo que las personas han hecho de su destino, cada una en cada acto de su vida, ha ido cimentando la desgracia colectiva… ya no resta nada por hacer en este mundo Hitomi… Pero Gaea
 ¿Gaea? ¿qué quiere decir, qué es lo que pretende, qué tengo yo que ver en todo esto?
 Ellos no pudieron controlar ese poder Hitomi ¿Porqué? Porque todos lo tenían, porque poco a poco la ambición invadió sus corazones también… los pocos que decidieron quedarse, poco a poco se dieron cuenta de su error, se dieron cuenta de que nada valían sus esfuerzos por lograr que la gente entendiera… no supieron utilizar el poder… Tampoco yo fui capaz de evitarlo. - William parecía estar al borde del llanto, y sin embargo, su voz era tan firme como al principio, grave, oscura…
 Eso no puede ser… Todo puede cambiar, el destino no está escrito ¡cada quien puede construir el suyo!
 Y las personas de este mundo han construido su desgracia… ¿Y sabe que es lo peor de esto? ¡Que no les importa! estan enfermos de ambición y apatía, no les interesa matarse los unos a los otros de hambre si esto significa algún beneficio para ellos… Pero Gaea es joven, y no podemos permitir que esta misma historia se repita ahí… El error de nuestros antepasados Hitomi, fue el de no haber sabido controlar a las personas y el poder de cada una… ¡Pero nosotros podremos hacerlo! No permitiremos que la historia se repita y que la ambición destruya el último refugio de nuestra raza…
 ¿Nuestra raza? ¿De qué habla? ¿Y qué pasará con la gente que habita este mundo? ¡No puede hablar así, como si se tratara de un error que basta con borrar del cuaderno! - Se encontraba exhaltada y llena de rabia y miedo que bloqueaban sus pensamientos y no le permitían comprender del todo sus palabras, sólo deseaba gritarle que estaba equivocado que nada de eso llegaría a suceder…
 No debemos preocuparnos por ellos, ellos lo han decidido así, tuvieron las opciones buenas y las malas y escogieron las suyas. Sólo les resta arrepentirse y pedir misericordia divina… Pero en Gaea será diferente, porque nosotros la controlaremos para evitarlo…
 ¿Controlar Gaea! ¿Controlarla? ¡Eso no puede ser! ¡Eso no es lo que Atlantis quería! ¡Sería manipular el destino de un mundo! ¿Acaso no cree que lucharán en su contra? No puede hacerlo… Volvería a empezar todo de nuevo… una guerra más…
 Siempre hay sacrificios que hacer para lograr la perfección. Además, todo está previsto… no será necesario llegar a una guerra si seguimos la estrategia..
 ¿Estrategia?- Los pensamientos de Hitomi se dispararon inmediatamente al recordar las palabras de Van… "no se qué es lo que realmente me trajo a la luna fantasma, pero hay una razón"
 Ya lo sabrá Hitomi… no es de sabios contar los planes a una mujer, mucho menos si parece no estar de acuerdo- El tono de William había cambiado, ahora su expresión demostraba una tranquilidad casi alegre, burlona, como si hubiese llegado a un punto tal en su tristeza, que el único paso adelante, fuera descender hasta una falsa alegría, hacia esa máscara de normalidad tras la que siempre se ocultaba.
 No pienso permitir que logre lo que quiere - William se aproximo a ella y acaricio su cabeza, en un gesto de ternura, casi paternal.
 No puedes evitarlo. - La atrajo hacia sí y levantó la mano, con el pendiente en ella; Pronto ambos se elevaron del suelo, y desaparecieron envueltos en una luz enceguecedora. Hitomi cerró los ojos. Sabía a donde se dirigían y sólo pudo pensar que ahora se encontraba más lejos de Van.
La oficina quedó en completo silencio. Afuera, los automoviles continuaban su camino al igual que la gente, que caminaba sin mirar a su alrededor: preocupada con sus propios asuntos, sin darse cuenta de la manera en que la tarde se convertía en un pálido manto de estrellas, casi invisibles en el cielo citadino.
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