|
AMIGOS DE AMONA
HISTORIA
La actividad del hombre en la Mona comenzó hace mil años, con la llegada de los indios araucas que vinieron del este, y se instalaron en las cuevas, donde aún quedan vestigios de su presencia. Llamaron a laf isla Amona. Se alimentaban de pescado, tortugas, crustáceos, cangrejos, iguanas, lagartijas, y pájaros. En añadidura, cultivaban el casabe y la batata en los llanos costaneros y posiblemente en la parte de la meseta donde la tierra es más profunda. Rayaban el casabe y lo cocían para hacer una especie de pan al que llamaban casabí.
El agua la obtenían de pozos poco profundos y de los charcos que se formaban naturalmente en las rocas. Sus cacharros los hacían de la arcilla que encontraba a la mano. Hilaban el algodón silvestre para tejer sus vestidos y sus hamacas. Parece que la Mona llegó a ser un lugar de escala para los araucas que viajaban de Boriquén (Puerto Rico) a Quisqueya (La Española o Santo Domingo).
El 24 de septiembre de 1424, los araucas de la Mona vieron por primera vez una vela en el horizonte occidental. El barco, que remontaba desde Quisqueya, ancló finalmente en la Mona, y desembarcaron varios españoles. Su capitán era Cristóbal Colón. Permanecieron con los araucas varios días, haciendo provisión de agua de sabí antes de partir rumbo al este. No obstante, el barco regresó antes de perderse de vista, debido a que su capitán había enfermado. Poco después siguió hacia Santo Domingo.
Los españoles no volvieron a la Mona por muchos años, pero los indios recibieron pronto malas noticias de Santo Domingo. Los españoles habían esclavizado a muchos de sus herma- nos, los jigueyanos, obligándolos a extraer el oro de aquellas tierras. Estos se rebelaron muy pronto y hacían frecuentes incursiones en las colonias españolas. Algunos indios de la Mona en busca de la pesca del carey se pasaban a Santo Domingo para ayudar en lucha contra los españoles. Otros, que habian escapado de la esclavitud en Santo Domingo se refugiaban en la Mona.
En 1508, apareció otra vela en el horizonte por el oeste de la isla. Era la carabela de don Juan Ponce de León quién, con cincuenta hombres, había sido enviado desde Salvaleón del Jiguey, en Santo Domingo, a colonizar a San Juan Bautista (Puerto Rico). El barco permaneció durante varios días en la Mona, aprovisionándose de grandes cantidades de casabí.
En este mismo año, una carabela, al mando de Juan XIL Calderón, teniente de Juan Ponce de León, vino a la Mona desde San Juan en busca de más casabí y batata. Poce de León, encontró en la isla una fuente tan valiosa de alimentos para su nueva colonía que, en lugar de los indios como esclavos a San Juan, los dejó en la Mona para que cultivasen la tierra. Los indios hacían también hamacas y camisas para la cocina. La isla pasó a ser un punto de escala de los barcos que viajaban entre San Juan y Santo Domingo.
El 16 de junio de 1511, el decreto Real de Fernando V, puso el gobierno de la Mona bajo Diego Colón, Gobernador de Santo Domingo. Diego lo traspasó a su tío Bartolomé, hermano de Cristobal Colón, y le entregó los indios en calidad de esclavos para que cultivaran alimentos allí. Ese mismo año, un huracán destruyó las plantaciones de la Mona y mató muchos indios. Al morir Bartolomé en 1514, la isla volvió a manos de la corona. En 1520, le fue otorgada a Francisco de Barrionuevo, quien por más de diez años produjo alimentos para Puerto Rico con el trabajo de indios esclavos. Entre otros productos, se cosechaban excelentes naranjas. Para ese tiempo, acaso se introdujeron en la Mona el sésame y el manguey.
El agotamiento de los filones de oro más accesibles, causó pronto un descenso en al actividad minera y en la población de Puerto Rico, y redujo la demanda de alimentos de la Mona. En consecuencia, disminuyó la población indígena de esta isla. Casi desierta hacia 1534, la utilizaban como lugar de reunión los refugiados que huían de Puerto Rico en pos de las recién descubiertas minas de oro del Perú. Carlos I rechazó una proposición de Puerto Rico par la fortificación y la defensa de la Isla.
Abandonada e indefensa, la Mona cayó en manos de los piratas que, encontrando en ella un sitio ideal para la repa- ración, aprovisionamiento y agua para sus barcos, le man- tuvieron bajo su dominio por casi tres siglos. Los corsarios franceses que saquearon y quemaron a San Germán, Puerto Rico, en el año 1528, se refugiaron en la Mona con sus dos buques y allí apresaron a dos españoles quienes estaban a cargo de los indios. Después de esperar inútilmente por ocho días la llegada de barcos españoles para apresarlos, se marcharon.
En 1541, un barco francés de Saint John, con 35 hombres de tripulación atacó una carabela y hundió otra cerca de la Mona. Los bucaneros desembarcaron, saquearon la isla y cap- turaron cuatro indios. Dos años después de haber saqueado las costas de Guayama, San Germán y Cabo Rojo, fueron atacados en el Pasaje por barcos españoles procedentes de Santo Domingo. La nave capitana de los piratas fue apresada y los españoles procedentes de Santo Domingo. La nave capitana de los piratas fue apresada y los españoles ahorcaron unos cuarenta hombres. No obstante, los piratas franceses retuvieron el dominio de la Mona hasta 1576, y en dos ocasiones más por lo menos atacaron a San Germán.
Los piratas le hicieron la vida imposible a los indios en la Mona, y hacia 1561, éstos habían desaparecido. Allá por el 1590, Sir Walter Raleigh, quien hacía cinco meses que había salido de Inglaterra rumbo a América del Norte con tres bu- ques y 105 hombres, se detuvo en la Mona para hacer agua. Mataron dos cerdos salvajes y una iguana. Uno de los miembros de la expedición murió allí. John White, un inglés armado, en curso, arribó a la Mona el 13 de marzo de ese mismo año. El 11 de abril de 1591 Christopher Newport otro marino inglés, desembarcó en la mona y se encontró con 19 personas que vivían del cultivo de tubérculos y de la cría de cerdos.
En 1593 el Exchange, uno de los barcos de Sir Francis Drake y Sir John Hawkins, se perdió en el Pasaje de la Mona durante un mal tiempo. El palo mayor, el bauprés y el triquete fueron rotos por la furia del viento. La tripulación se salvó mila- grosamente del casco que se hundía después de reventar el cabo con que intentaron remolcarlos. En noviembre de ese mismo año Sir James Lancaster llegó a la Mona en el Edward Bonaventura. Encontró viviviendo en la isla a un viejo indio con sus tres hijos. Mientras Sir James estaba en tierra con 19 miembros de su tripulación, una turbonada rompió las amarras del barco, el cual se perdió con cinco hombres y un muchacho a bordo. Los marinos que se habían quedado en tierra fueron rescatados 29 días después por un barco francés.
Durante los siglos 17 y 18, las cabras y posiblemente los cerdos que se habían vuelto salvajes parecían ser los únicos supervivientes de la colonización anterior.
En 1699, nada menos que el célebre Capitán William Kidd, estuvo perdido por algún tiempo en la Mona, al regresar de una incursión en la que saqueó los barcos en aguas de Puerto Rico. En 1804 los piratas franceces de Haití armaron una fragata y cuatro pequeños veleros, se ocultaron en las inmediaciones de la Mona y atacaron y abordaron los barcos ingleses y españoles. En un ataque por sorpresa lanzando poco después por las autoridades de Puerto Rico, estuvo a punto de caer prisionero el Pirata Cofresí. Su barco fue apresado con cuatro tripulantes, pero él se ocultó en una caverna y huyó después a Santo Domingo en un pequeño velero. La muerte de Almeida (El Portugés) en el Morro que, de acuerdo con los datos oficiales, tuvo lugar en 1832 ante un pelotón de fusilamiento, parece señalar el final de la piratería en la Mona. En 1858, no había rastros de habitantes en la isla.
Todo parece indicar que no hay pruebas de que en la Mona se encontrara o se ocultara alguna vez un tesoro de piratas. Varios esqueletos enterrados en la Sardinera y en Playa de Pájaro, que se dice son de europeos y no de indios, puede que sean de víctimas de los piratas. En 1874, el Gobernador de Puerto Rico envió una partida para buscar el tesoro de los piratas, pero la empresa se abandonó después de diez días cuando se suicidó uno de los trabajadores.
La disolución del calcio y acaso, y también las excresiones de los murciélagos que se han ido acumulando, dejaron un depósito en el suelo de las cavernas cuyo espesor varía de algunas pulgadas a varios pies. Contiene de un 3 a un 25 por ciento de fosfato y es un buen fertilizante. Quizás se usó para los cultivos en la isla durante el siglo 16. Tanto su abundandancia como su valor eran bien conocidos ya en 1790. Después de 1850, desaparecida la amenaza de los piratas comenzó a embarcarse el fosfato de la isla, primero en poco cantidad y en pequeñas embarcaciones. En 1858 se hizo un estudio oficial de los depósitos y se llevaron 30 toneladas a Cádiz y a Londres para analizarlas.
La primera concesión para la explotación exclusiva del fosfato de la isla de la Mona hecha por el Gobierno de Puerto Rico parece haber sido la que se otorgó a Manuel Homedes y Cabrera en 1874. Dos años después esta franquicia se tras- pasó a Miguel Porrata Doria, de Fajardo y Juan Contreras, de Madrid. La sociedad Porrata Doria, de Fajardo y Juan Contreras de Madrid, llevó a cabo la primera extracción organizada. Entre 1877, treintidós barcos llevaron 7,830 toneladas métricas de fosfato de la Mona a diversas partes del mundo incluso a Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Hubo una época durante 1883 en que se sacaban 40 toneladas diarias de Playa Pájaro, tarea que realizaban 76 obreros traídos de la Guadalupe. El fosfato se extraía de las siguientes cuevas: Mayagüez, Caigo o No Caigo, Los Ingleses, Escrita, Agua, Lirio, Puente Alemana, Capitán, Canadá, Pájaro y Este. En 1887, un funcionario del Gobierno de Puerto Rico se situó en la Mona, parece que para inspeccionar el trabajo de las minas. Sin embargo, esta actividad decayó pronto. Hacia 1888 no había colonia permanente en la isla, aún cuando los pescadores la utillizaban por temporadas.
En 1881, John C. Miller, un ingeniero inglés de St. John hizo planes detallados para la explotación en gran escala de los depósitos de la Mona. Sin embargo, no hay constancia de que se expidiera una franquicia a su nombre. Cuatro años después, mientras viajaba en una pequeña embarcación de la Mona a Mayagüez, se perdió en el mar.
El período de la mayor actividad minera comenzó en 1890, cuando se subarrendó la conseción a Anton Mobins, un alemán, quien estableció allí una colonia de unos doscientos mineros. Fue entonces cuando se construyeron los caminos, y se explotaron todas las cuevas de la isla, salvo las más remotas en el norte. Durante esta temporada, los fosfatos de la Mona se embarcaron a Francia, Noruega, Inglaterra, Dinamarca y Alemania. No menos de cincuenta barcos se car- garon de este producto entre 1890 y 1892. En 1894, doce barcos se llevaron unas 4,500 toneladas métricas. La explotación de la compañia alemana sin embargo, se suspendió súbitamente en 1896 debido a que la competencia de los depósitos de fosfatos en Perú, Curazao y Florida destruyeron el mercado en Estados Unidos y a la baja de la demanda en Alemania gracias al descubrimiento de sustitutos más baratos. La cantidad total que se extrajo no pasó de 50,000 toneladas. Hacia 1898, la población de la isla se había reducido a 6 personas.
Las tierras de la Mona produjeron parte de los alimentos de los mineros. En 1887 ya se cultivaba una pequeña extensión, pero la primera concesión oficial para esos fines durante el período fue la real órden del 9 de agosto de 1888, que otorgaba al llano costanero entre Cabo Julia y Cabo Caigo o No Caigo (de la Sardinera a Playa Uvero) desde las rocas hasta el mar, a Carlos Miguel Iglesias y Mons. La franquicia le exigía a Iglesias que desmontara los árboles y mejorara los pastos. Iglesias limpió cerca de 200 cuerdas, algunas de las cuales dijo que antes habían estado cubiertas de bosques vírgenes. Vendió el carbón vegetal a los mineros y cavó una cisterna para obtener agua. Sus gestiones, que comprendían una inversión de 10,000 pesos, terminaron en 1898, y la franquicia le fue retirada en 1904. Fue probablemente durante la época de Iglesias que se introdujeron en la Mona la palma de coco, la yerba de guinea y el malojillo.
En 1895, se propuso oficialmente la construcción del faro de la Mona. Por fin en 1898, se construyó la base para esta obra sobre la meseta que domina a Playa de Pájaros. En este punto, sin embargo, no se colocó nunca una farola debido a que la visibilidad era poca desde el norte. En 1903, se levantó un faro más al norte ( en su actual situación), cerca de Cabo del Este, y se segregaron 244 cuerdas para su servicio.
A principios del siglo XX comenzó un tercer período de la extracción organizada del fosfato. Exploraciones hechas en 1901 indicaron que quedaban 460,000 toneladas en 22 de las cuevas. Una franquicia minera concedida a Percy Saint comenzó a trabajar con parte del equipo abandonado por la compañía alemana. La producción era menor que antes, y disminuyó aún más después de la primera guerrra mundial. En 1924, al caducar la franquicia, los depósitos más accesibles habían sido explotados. Sin embargo los comprobantes de las regalías pagadas indican que durante este período se exportaron no más de de 36,000 toneladas. En 1924, sólo había en la isla seis familias (46 personas).
Después de la época de Iglesias se ha cultivado sólo una pequeña extensión. Una familia de apellido Rodríguez (Doña Geña), se trasladó a la Mona en 1910 y vivió en las cuevas hasta 1943. Se sostenía del producto de la agricultura, la caza y la pesca. Por varios años fueron los únicos habitantes de la isla, excepción hecha del torrero. Las cosechas obtenidas en años recientes comprenden maíz, calabaza, sandía, gandules, habichuelas, cebollas, batatas, maní, tabaco, algodón, caña de azúcar, cocos y lechoza. También se ha criado ganado. Evidentemente fue durante este tiempo que se talaron los bosques costaneros restantes, tal vez para proporcionar leña a los mineros.
Después de la primera guerra mundial los contrabandistas usaron la Mona como escondite. En 1923 se encontró en las cuevas un alijo de licor, perfumes y drogas valorado en más de 75,000 dólares. Se dice que este contrabando venía de las islas francesas de Martinica y San Martín para Puerto Rico.
La Mona pasó a ser reserva forestal del Gobierno de Puerto Rico en 1919. Para esa fecha se habían talado los mejores bosques y los más accesibles a fin de limpiar el suelo para el cultivo o para hacer carbón, y se habían exportado cientos de toneladas de madera de guayacán. Mediante un permiso expedido en 1929, se desmontaron parcialmente unas 2,500 cuerdas en el sur de la meseta. De 1930 a 1937, se cortaron cerca de mil cuerdas de madera para postes y carbón. Un campamento de 200 jóvenes del Cuerpo de Conservación Civil que trabajó en la Sardinera hasta el faro, mejoró las veredas y sembró 430 cuerdas de caobas y casuarinas en el llano costanero. De 1938 a 1942 se sacaron 4,370 sacos de carbón y 8,000 postes éstos últimos principalmente de las plan- taciones forestales. Muchos de los bosques de la Meseta permanecen en pie, pero las cabras que se cuentan por miles a pasar de la caza los han desmirriado ramoneándolos. Quedan también puercos cimarrones, aunque son menos que las cabras, y no dañan tanto la vegetación.
Después de 1941 la isla se ha utilizado durante breves plazos para campamentos juveniles. Se informó que en 1942, la costa sur fue cañoneada por un submarino alemán.
|