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Mártires populares

Testigos de Cristo en el Mundo de Hoy

La Iglesia propone el ejemplo de numerosos mártires, que han testimoniado y defendido su fe hasta dar su vida por ella.

Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio de fidelidad y seguimiento heroico a Jesucristo, y propone su veneración e imitación.

El martirio cristiano siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia. Pero no basta recordar a los mártires de ayer, sino que la Iglesia debe descubrir y reconocer los mártires de hoy.

El Papa Juan Pablo II subraya la fecundidad de significado universal y ecuménico de la sangre derramada por los cristianos en este último siglo, tan marcado por transformaciones profundas. La elocuencia del martirio y su fuerza evangelizadora son una riqueza que todavía se debe descubrir a la conciencia de las generaciones que se asoman a los umbrales del Tercer Milenio.

Hablar hoy de mártires supone remitirse a la experiencia martirial de la Iglesia y recordar lo que podríamos llamar la experiencia fundante del concepto: las persecuciones de los primeros siglos del cristianismo.

El martirio era fruto inmediato del seguimiento del Señor, comunión con Él en su pasión, resistencia frente a las idolatrías de este mundo, libertad frente a los poderes que se absolutizaban en sí mismos, testimonio del amor fraterno. Era mártir exclusivamente quien moría víctima del "odio a la fe".

Hoy se pone el acento más sobre el martirio "a causa de la caridad" que por "odio a la fe".

Considerando el nuevo contexto histórico y social, el nuevo concepto de martirio hace referencia, especialmente, a los totalitarismos que han causado víctimas a través de todo el siglo hasta hoy. Este contexto ha puesto en evidencia una transformación de las motivaciones que conducen al martirio. Baste recordar algunas naciones: Vietnam, Alemania, Austria, España, Ucrania, Rumania, Rusia, El Salvador... El martirio ha vuelto en nuestro siglo marcado de tal forma por la violencia, que se le puede llamar "el siglo de la violencia": dos guerras mundiales e innumerables guerras locales, el holocausto armenio a principio de siglo, el ucraniano en los años treinta, el de los judíos en el cuarenta...

Hoy son las modernas idolatrías del poder en sí mismo, de la riqueza, de las razones de Estado como absoluto final, las que legitiman prácticas autoritarias que llevan a sacrificar cruentamente a hombres y mujeres contra todo derecho establecido.

En la actualidad todavía hay cristianos que son asesinados por su fe, pero son casos especiales y en países donde impera el fanatismo o el fundamentalismo religioso. Sin embargo, son muchos más los que hoy mueren, en países de tradición cristiana o no cristiana, a causa de los compromisos que la fe implica en materia de derechos humanos.

Los cristianos se vuelven sospechosos, e incluso mueren asesinados por los compromisos asumidos desde la fe cristiana, pero que a veces son simplemente humanitarios, como dar de comer al hambriento sin mirar credos políticos, defender los derechos humanos, la promoción de la paz o la defensa de la vida. Son automáticamente mirados como opositores políticos por regímenes autoritarios, son denigrados públicamente, hostigados y perseguidos, y con relativa frecuencia asesinados.

En nuestra historia actual, plagada de guerras y conflictos sociales, los cristianos viven, como tantos otros habitantes de este mundo, en medio de la amenaza. Sin pretender hacer comparaciones, al igual que se puede hablar de "cristianos anónimos", deberíamos hablar también de auténticos "mártires anónimos" entre los cristianos. Lo cierto es que con frecuencia no sólo son abatidos y sacrificados por las furia de las guerras sino, muchas veces, por su propio testimonio.

El siglo que toca a su fin ha sido caracterizado por la gracia y el carisma del martirio.

Testigos de Cristo en América Latina

En América Latina los mártires son innumerables. Se pueden contar campesinos y campesinas asesinados por dar hospedaje, basados en su fe, a personas perseguidas y empobrecidas. Celebradores de la Palabra torturados y desaparecidos por el único delito de leer y comentar la Palabra de Dios. Mujeres que participaban en asociaciones comunales para el mejoramiento de sus barrios o aldeas, comprometidas desde su propia fe, violadas repetidas veces hasta alcanzar la muerte liberadora... Monjas, sacerdotes y obispos martirizados por querer establecer sobre la tierra ese mundo de valores que Jesús trajo desde su amor a todos y su relación con el Padre...

"Son mártires en el sentido popular, naturalmente. Yo no me estoy metiendo en el sentido canónico, donde ser mártir supone un proceso de la suprema autoridad de la Iglesia que lo proclame mártir ante la Iglesia Universal" Monseñor Romero

Hno. Benito de Jesús

Hno. Benito de Jesús  (Héctor Valdivielso) España  1934

 

 

Mártires de Turón

Mártires de Turón España, 1934

 

 

Beato Alfonso Mazurek

Beato Alfonso Mazurek
OCD, Zaire, 1996

 

 

Edith Stein

Edith Stein
Judía, filósofa, carmelita, mártir, Auschiwitz, 1942

 

 

Monseñor Angelelli

Monseñor Angelelli
Argentina, 1976

 

 

Monseñor Romero

Monseñor Romero
El Salvador, 1980

 

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Sor Agustina Rivas, rbp. Perú, 1990

 

Marcelino Ávila
Catequista
Guatemala, 1980

 

Sebastiana Mendoza
Indígena, catequista
Guatemala, 1981

 

Alfonso Acevedo
Agente pastoral
El Salvador, 1982

 

Rosario Teni
Catequista
Guatemala, 1984

 

Charlot Jacqueline
y compañeros
Haití, 1986

 

Hildegard Feldman
Religiosa
Ramón Rojas
Catequista
Colombia, 1990

 

LOS MÁRTIRES DE ASTURIAS

TESTIGOS DE CRISTO EN LA ESCUELA

La Iglesia ha elevado al honor de los altares a los nueve religiosos que fueron martirizados en el cementerio de Turón durante la Revolución de Asturias de 1934.

El Hermano Héctor y sus compañeros, miembros de la Comunidad de Turón vivieron y testimoniaron la fe, la fraternidad y el servicio educativo y evangelizador. En su Martirio fueron Testigos de la Escuela Cristiana, fueron testigos de una Comunidad Educativa comprometida con el ministerio de la educar cristianamente.

El Hermano Héctor y sus compañeros son testigos de la fe; son testigos del valor de la Escuela Cristiana; son testigos del amor a los pobres, dando sus vidas por la educación de los hijos de los trabajadores; son testigos del amor a los enemigos.

La situación político-social de España en 1934

El año 1934 fue turbulento para política española. La revolución rusa era un modelo para muchos movimientos políticos que deseaban apoderarse del poder. El socialismo y el comunismo se extendieron con rapidez y, abiertamente, en mitines y en publicaciones, se excitaba a las masas a lanzarse a la revolución, tomando venganza de todos "los opresores".

El odio y la lucha de clases eran avivados por muchos políticos y gobernantes de las llamadas izquierdas. Característica general de las proclamas era el ataque a la religión y a los símbolos religiosos.

En el ambiente se advertía que pronto habría un intento revolucionario para apoderarse del poder, y se adivinaba que habría un ataque contra los católicos, especialmente contra los sacerdotes y religiosos.

La Revolución de Asturias

La región de Asturias en el norte de España, era una zona predominantemente minera, con una población de inmigrantes, desarraigados de su tierra de procedencia. Fue un medio donde los grupos de izquierda se habían organizado con mucha fuerza.

El 5 de octubre se iniciaba en el ámbito nacional la huelga general, y en Asturias y Cataluña la "revolución"

En casi todos los lugares existieron desórdenes, pero fueron rápidamente dominados por las Fuerzas de Orden Público. En Cataluña el intento revolucionario duró muy poco, pero en Asturias, se prolongó por dos semanas, las masas obreras dominaron rápidamente las cuencas mineras y las áreas industriales, y se lanzaron a la conquista de la ciudad de Oviedo, capital de la Región.

Iniciaron la acción prevista: apoderarse de los cuarteles de las fuerzas del orden, confiscar las armas, tomar los edificios principales, asumir el mando de la población y del abastecimiento... y encarcelar a todas las personas peligrosas, entre los que se contaban sacerdotes, religiosos y católicos más representativos

Aunque, en general, los dirigentes de la revolución quisieron dominar la situación, fueron desbordados y en nombre de la misma se cometieron muchos desmanes y atropellos.

Las venganzas y los saqueos se multiplicaban. Desde el primer momento llamó la atención la agresividad manifestada por los revolucionarios contra los sacerdotes y religiosos. Muchos de ellos fueron detenidos y encerrados en improvisadas cárceles sin explicación alguna. Otros fueron confinados en sus propias casas, como aconteció a la mayor parte de los Hermanos que estaban en las zonas mineras de Asturias. Fueron asesinados en Asturias 33 sacerdotes y religiosos: 10 sacerdotes seculares, 6 seminaristas, 8 Hermanos de las Escuelas Cristianas, 3 Pasionistas, 3 Paúles, 2 Jesuitas y un Carmelita. La mayor parte de las muertes se realizaron de forma premeditada e increíblemente crueles en algunos casos. También fueron destruidas 17 iglesias.

El martirio de los Hermanos

Los Hermanos de Turón

En Turón, pequeño pueblo minero junto a la cuenca del Aller, a unos 20km de Oviedo, capital de la Región, se vivía el espíritu de San Juan Bautista De La Salle. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas tenían escuelas gratuitas en doce localidades de la zona, algunas muy cercanas a Turón, como Mieres, Ujo y Bustiello, desde hacía bastantes años. En 1934 en Turón había 8 Hermanos. Cuatro tenían menos de 26 años. El Director, el de más edad, tenía 46. Seis de ellos llevaban en Turón un año, uno seis meses, y otro sólo veinte

Las fuerzas socialistas y comunistas de la zona, así como la logia masónica de la localidad, se habían enfrentado varias veces al colegio, por la labor apostólica y de formación religiosa que desarrollaban los Hermanos con los niños y jóvenes.

Encarcelamiento de los Hermanos

El estallido revolucionario aconteció en la noche del 4 al 5 de octubre. A las cinco de la mañana ya habían detenido al Director y otros responsables de la empresa Hulleras de Turón. A las seis detuvieron a los tres sacerdotes del pueblo. Poco después a otras personas de reconocidas creencias católicas.

Los Hermanos habían terminado ya la oración de la mañana. Estaba con ellos el Padre Inocencio, Pasionista de Mieres, que el día anterior había acudido a confesar a los alumnos. La cuñada de uno de los sacerdotes detenidos pasó por la casa de los Hermanos para avisarles que había estallado la revolución y aconsejarles que se escondieran para no ser ellos también apresados.

Pensaron que nada conducía abandonar el Colegio, decidieron celebrar inmediatamente la Santa Misa, y luego tomarían precauciones. Estaban en el ofertorio, cuando oyeron violentas voces y golpes en la puerta. Era un grupo de revolucionarios, armados con escopetas. Ante la situación el sacerdote propuso consumir entre todos la reserva eucarística.

Los asaltantes invadieron la casa, realizando una minuciosa inspección, con el pretexto de buscar armas escondidas allí. Nada encontraron, aunque mucho rompieron y deterioraron.

Detuvieron a los religiosos, sin permitirles tomar nada. Fueron encarcelados en la llamada "Casa del Pueblo", donde ya estaban las personas detenidas anteriormente.

Cuatro días permanecieron los Hermanos bajo la amenazadora mirada de sus guardianes. Su resignación fue admirable y su ayuda inmensa para los otros prisioneros, quienes después recordarían emocionados su valor y su impresionante serenidad. El tiempo lo dedicaban a la oración personal y comunitaria.

Los Hermanos, desde el principio, intuyeron que los iban a matar, aunque en algunos momentos abrigaban la esperanza de que los dejarían libres.

El martirio

La última noche parecía que iba a resultar como las anteriores. Los Hermanos se acomodaron en el suelo para dormir.

A la una de la madrugada del 9 de Octubre dos dirigentes entraron en la habitación y les ordenaron salir para llevarlos al frente. El jefe revolucionario preguntó si sabían dónde iban. Un Hermano respondió: "Dónde ustedes quieran. Estamos preparados para todo". "Pues van a morir", respondió el jefe. Parece que las víctimas no se inmutaron. Obedecieron la orden de ponerse de a dos y comenzaron la marcha hacia el cementerio. Allí estaba preparada una zanja de unos nueve metros. Se les colocó ante ella. Frente a sus ojos, a unos 300 metros, se alzaba el edificio del Colegio. Fue lo último que contemplaron los mártires.

Se dio la orden de fuego. Con dos descargas los acribillaron. Algunos, que habían quedado con señales de vida, recibieron un disparo de pistola. Echados los cuerpos en la fosa, el enterrador recibió la orden de echar tierra sobre los cuerpos... Era la madrugada del 9 de Octubre de 1934.

  Carta del Hno. Valdivielso con fecha 8/4/1933