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HISTORIA

Esta historia llego por casualidad a
nuestras manos (o quizá no fue casual), ya que el cuaderno que
la contiene fue encontrado por unos niños que jugaban en el
río. El motivo de hacerla llegar a ustedes no es otro que, el
que conozcan la historia que relato este Hombre, del que nunca se
ha encontrado constancia de su existencia. No quiero discutir su
veracidad, ya que eso se lo dejo a ustedes, cada uno que saque
sus conclusiones. Solo quiero comentarles que desde el hallazgo
del cuaderno se están produciendo unos hechos inexplicables en
el río.
8 de Octubre de 1974
Y está escrito que
quien vea al dios no morirá,
dormirá junto al lecho del inmortal velando su sueño
y llorará y despertará cuando Él despierte,
cuando vuelva para arrastrarse sobre la superficie de la tierra
La historia que cuento en este viejo
cuaderno (que ya estaba en un penoso estado cuando lo encontré a
mi lado nada más despertar) puede no ser creída jamás por
nadie, o puede que quien la encuentre la deje, horrorizado, en el
mismo sitio donde la encontró. Tal vez este amasijo de hojas
amarillentas no será encontrado jamás por nadie (sí es que
queda alguien para poder hacerlo). Pero yo tengo que escribir
estas palabras... lo he de hacer porque es el único medio que se
me ocurre para purgar las culpas de mí atormentada consciencia:
No pude parar lo que sucedió en el pueblo y ahora solo me queda
intentar avisar a los demás de la maldad que allí impera.
Puedo jurar que he sido testigo de extrañísimos ritos, pero
jamás he visto ninguno que lo fuese tanto y tan terrorífico
como el que (por desgracia) presencié en Castellanos de
Sanabria.

El tren traqueteaba por entre el montañoso bosque plagado de
resistentes coníferas de un verdor vital (pese a que estábamos
en Otoño) y también de otro tipo de árboles que mostraban su
debilidad con el enfermizo color de las efímeras hojas que aún
no se había llevado el viento. La ventana del compartimento era
el único medio que me permitía huir de la incómoda situación
que se daba en mi vagón.
Todo parecía marchar bien con mis compañeros de viaje al
comienzo del trayecto, pero cuando pasamos de largo la última
estación, los pasajeros que ocupaban los demás asientos del
compartimento empezaron a mirarme con una escrutadora curiosidad
que me incomodaba bastante. Ahora sé porqué...
Aquellos viajeros: dos hombres y una mujer vestidos al estilo de
los labradores de final de siglo, iban al mismo sitio que yo. Lo
supe entonces porque a la salida del tren de Madrid habían
avisado que Puebla de Sanabria sería la ultima parada debido a
que el tren no podría continuar por la nieve (donde el tren
daría la vuelta hacía Madrid). Entonces me fijé en ellos, piel
curtida por los elementos (cosa que evidenciaba su trabajo en el
campo) pero cuyo tono de palidez, aderezado con la cualidad casi
transparente de la piel de su cuello (el cual parecía querer
mostrar al mundo el color de sus venas) te hacía inclinarte
hacia pensamientos de sospecha e intranquilidad. Además, era
increíble la oscuridad casi anormal de sus ojos y el parecido de
sus rasgos.
Al mirar sus rostros, que incluso podrían haber pasado por
afables si no fuese por aquellos crueles ojos que rompían
cualquier posibilidad de encanto, con su expresión casi
acusadora, recordé la mirada de reproche de mi padre cuando de
pequeño hacía alguna jugarreta. Pero no... la mirada de mis
fortuitos compañeros de viaje era mucho más seria... como si la
jugarreta hubiera dejado de serlo y se hubiese convertido en un
crimen. Aquella forma de mirar me obligó a volver de nuevo al
refugio que suponía la contemplación de esos pelados árboles
que surgían de la tierra como si se tratara de los postes
telefónicos de Madrid. El resto del viaje lo pasé mirando estas
cosas propias del paisaje al que yo estaba tan desacostumbrado
(ya que me fui para Madrid cuando tenía cinco años), y no moví
la cara de la ventana hasta que llegamos a la estación de Puebla
de Sanabria. Cuando se detuvo el tren fui más que rápido en
bajar. Salí del compartimento sin girar la cabeza para
despedirme de aquellos extraños, no quería tener que volver a
ver aquellos ojos. Y no lo haría (o al menos eso esperaba yo).
Cuando dejé atrás las escaleras de hierro que bajaban desde el
piso de madera del tren estaba bastante alterado. Pero mientras
iba hacia el departamento postal (donde había quedado con mi
primo Juan Antonio) la preocupación fue diminuyendo hasta que
llegué a pensar que lo que yo advertía como un comportamiento
extraño y casi hostil no había sido más que una repentina
paranoia mía. Cuando llegué a la puerta de la Estación ya casi
me había olvidado de todo aquello. Dejé mi equipaje en el suelo
y traté de encontrar a mi primo entre la gente. Me sorprendió
ver tanta gente en la pequeña estación de aquél pueblo.
Mientras yo esperaba, el tren se puso en marcha, lleno de gente
que haría el viaje de vuelta, pasando por las estaciones que yo
había dejado atrás. Ojalá hubiera estado yo subido entonces en
aquél tren...
Entonces vi, corriendo entre el resto de la gente que había
quedado en la estación y que ahora miraban el tren repleto de la
gente a la que habían ido a despedir.
- ¡José! - me llamó Juan Antonio al tiempo que esquivaba a una
persona cargada de cajas y maletas. Sonreí y levanté los brazos
para que se diera cuenta de que ya lo había visto. Entonces me
acordé (como hago ahora) de nuestra infancia y de cómo nos
habíamos ido separando todos a lo largo de los años, para
vernos sólo de vez en cuando en algún acto señalado (como en
el funeral de la abuela).
Tras el reencuentro, cogiendo una maleta cada uno tomamos el
camino hacia Castellanos hacia la zona denominada Barrio Bajo,
que era donde vivían mi tía y sus hijos. La casa estaba un poco
alejada del resto del pueblo ya que esta se había construido
hace pocos años y mis tíos prefirieron vivir en una casa más
grande y con parcela, por lo que no la pudieron hacer donde
vivían antiguamente (donde yo me crié hasta los cinco años).
Mientras nos alejábamos de la estación miraba las casas viejas
colindantes con la carretera y estas me recordaron de pronto de
los tres labradores que me habían acompañado durante parte del
trayecto. Entonces, un presentimiento se introdujo en mi cabeza.
Me volví a mirar hacia la estación... Allí estaban los tres,
de pie, con sus vestimentas inmóviles (pese a que el viento
soplaba con cierta fuerza y el frescor típico de la montaña por
esas fechas), permanecían mirando como nos alejábamos... y su
mirada me recordó de momento ciertas pesadillas de mi infancia,
porque aquellos ojos que antes eran fríos e inquietantes ahora
estaban teñidos con un tono de maligna crueldad.
El sudor frío característico del miedo incontrolable me
acompañó todo el camino hasta la casa de Juan Antonio.
La cena de aquella noche en casa de mi tía me tranquilizó
bastante, pero no pude quitarme de la cabeza el recuerdo de
aquella mirada. No es que sea supersticioso (al menos no lo
era... antes) pero los hechos sucesivos que constituyeron aquél
día de viaje me afectaron de manera que no podía dejar de
tener, sino miedo, si una cierta sensación de inquietud.
Pese a la alegría de mi familia, era consciente de que algún
tipo de sombra se cernía sobre aquél pueblo, y tal vez sobre
mí también. Pero la última cosa que yo quería hacer era
preocupar a mi tía con problemas que parecían ser malas pasadas
de la mente, y sobretodo cuando el motivo de mi visita era la
todavía reciente muerte de mi tío Antonio.
Así que me fui a dormir temprano, acompañado por mi primo...
- Procura pasar buena noche ¿De acuerdo'?
- Descuida. Buenas noches.
El sonido de la puerta de madera... Me pareció como si viniera
de afuera de la habitación... de la parte exterior de la ventana
que por el día dejaba entrar la luz a la estancia pero que por
la noche se convertía en un cuadro de la más detallada negrura
que existe en el mundo. Las paredes de la habitación de
invitados estaban muy bien empapeladas, con un decorativo motivo
a rallas blancas y granates que seguramente hacía mucho tiempo
le daba al lugar un cierto tono de distinción, pero que ahora
ofrecía una sensación de vejez y solemnidad remarcada por las
grietas añadidas por la humedad.

Me puse a pensar en lo viejo que debía ser el pueblo... al fin y
al cabo la casa de tíos fue una de las ultimas en construirse...
Entonces, ¿Cuántas grietas deberían haber en las paredes de
yeso y fango de las casas antiguas de Castellanos?. Con aquél
desalentador pensamiento me decidí a meterme en la cama, cuando
de repente creí sentir un fuerte (si bien corto) resplandor que
venía de afuera. En lugar de ir apresuradamente hacia la
ventana, decidí apagar la luz (una pequeña lámpara de aceite
que me dejó mi primo) y sentarme frente al cristal, que, pese a
ser transparente parecía negro como el tizón. La segunda vez
que la luz atravesó el cristal, rompiendo la oscura paz del
interior de la habitación, no me lo pensé dos veces. Abrí la
ventana con más bien poca delicadeza y saqué medio cuerpo al
frío de la noche: con la pierna derecha tratando de aferrarme al
piso de la estancia y con el pie izquierdo tanteando la pared en
busca de cualquier grieta que me permitiera afianzarme para
comenzar a bajar por la cañería. Aunque ésta estaba algo vieja
y pese a lo fría que estaba (tanto que las manos comenzaron a
dolerme) conseguí aferrarme a ella con seguridad y bajar hasta
el suelo.
Sombras... todo lo que alcanzaba a ver eran sombras: sombras de
árboles, la inminente sombra de la casa, sombras de piedras en
el camino... Pero destacando por su antinatural oscuridad entre
aquellos débiles reflejos de luz, había una figura en pie, en
medio de ningún camino de ningún sitio, pero que saturaba mi
atención. Sin saber muy bien porqué me dirigí hacia donde
estaba aquella figura, y ésta empezó a moverse hacia un sitio
que yo no podía intuir, pero sin saber cómo me dediqué a
seguirla. Más tarde me di cuenta de que la sombra no era más
que un efecto de mi imaginación (una falsa proyección emitida
en mi cerebro y que me había engañado a mí mismo) y recordé
las leyendas sobre la Santa Compaña Pero una sensación de
seguridad muy fuerte sustituyó a la sombra en el papel de guía,
y entonces me di cuenta de que había algo (o alguien) que
quería que yo llegase hasta un sitio hasta el que ansiaba (sin
saberlo) llegar.
Como una mancha gris en medio de un cuadro negro pasé
atravesando el camino. Mis pies hacían crujir las pequeñas
ramas, y mis nervios aumentaban según me iba acercando a mi
destino. Allí, a la pálida luz de la luna llena, que se asomaba
tímidamente entre las nubes que cubrían el cielo, estaba en la
zona en la que se amontonaban las casas viejas del pueblo....
Al fijarme, vi luz en el interior de una de aquellas casuchas
rodeadas de pútridos huertos de salud un tanto dudosa. Al
acercarme me arrastré sobre la húmeda tierra de una de aquellas
zonas de cultivo (que, curiosamente, no parecía haber sido
trabajada desde hacía años) y conseguí llegar junto a la
ventana de donde venía la temblorosa luz, arropado por las
inescrutables sombras del huerto. Se escuchó el quejoso gemido
de una puerta vieja abriéndose en la casa. Una débil luz
amarillenta y más bien tenue invadió parte del patio trasero
(donde yo me encontraba entre las plantas) llegando a lamer la
leprosa superficie de las hojas más cercanas a la casa. Lo que
me obligó retroceder hasta donde las sombras me permitían pasar
inadvertido. Entonces, un grupo de gente, vestidos de labradores,
pasaron frente a mi escondite arrastrando los pies. Cuando el
primero de ellos se acercó lo suficiente lo escuché: un
murmullo callado en sus labios, una canción entonada en voz baja
que no había sido inventada ni entonada jamás por ningún ser
humano corriente, una canción antigua como las estrellas que te
hacía rememorar la oscuridad y la más muerta quietud que se
puedan imaginar. Los demás también entonaban aquél son, con
los ojos muertos y perdidos; con los rostros impasibles, como si
no existiera nada de interés en lo que los rodeaba. Entonces
pensé que tal vez no hacía falta esconderse, que tal vez ni
siquiera mirarían... pero el miedo que me estrujaba el corazón
no me dejó ni la opción de plantearme comprobarlo.
Aquella tétrica procesión caminó entre árboles grises que a
la luz de la luna parecían muertos, entre grises piedras, entre
arbustos grises... Siempre entonando su canción (que sin embargo
nunca era la misma). A medida que nos acercábamos a nuestro
objetivo ésta era cantada con mayor fuerza y convicción por los
componentes de la marcha. Llegó un momento en que mis piernas
temblorosas casi no podían caminar, ojalá me hubiese detenido y
hubiera perdido de vista a aquél estrafalario grupo.
Pero seguí, continué persiguiendo la pequeña luz por la que se
orientaban (aunque ahora dudo de si realmente necesitaban
orientarse) hasta percatarme del sitio adonde se dirigían los
pasos del guía del grupo. Me hice consciente de pronto del
impresionante olor a humedad y de la leprosa putrefacción que
invadía el bosque cuando pasábamos, una putrefacción reflejo
de la esencia oscura y enfermiza de los "hombres" que
iban delante de mí. Súbitamente, como por la existencia de una
acantilado inexistente, el imaginario camino que seguían los
miembros de la procesión se cortó. Y todos los enlutados
habitantes de Castellanos se detuvieron en el linde mismo del
bosque, justo en el lugar donde el suelo eran en su mayoría
piedras... en la orilla de oscuro río de Castellanos.
Me di cuenta en ese preciso momento de que los hombres y mujeres
que había seguido estaban casi totalmente rígidos, cosa que no
me sorprendió demasiado porque me había fijado en su forma de
caminar, con pasos arrastrados y evidenciando una
descoordinación que, fuera del tétrico contexto de su
alrededor, habría parecido incluso cómica. Pero su estática
posición me ponía nervioso, y entonces pensé cuan estúpido
había sido saliendo de la casa sin avisar a nadie (y más siendo
mi objetivo seguir a estos pueblerinos en su paseo por el
bosque). Las figuras que más cerca estaban de la orilla, lamida
por el agua, sacaron algo de entre sus ropas para después
lanzarlo lo más cerca posible del centro del río (la zona más
profunda).
En aquella zona del río nunca había habido mucha pesca (que yo
supiera), pero en aquellos momentos el agua hervía como si
hubieran miles de truchas alborotando su superficie. Las
repentinas olas que se alzaban a más de medio metro de altura
desde el centro del río me hicieron sentir un miedo y una
sensación de monumental antigüedad... el río negro en el lecho
del valle y la luna blanca en lo alto, redonda, hoy como hace
miles de años, al comienzo de la tierra...
Cuando la última mujer se disponía a lanzar el correspondiente
(sacrificio) objeto al lecho del río creí ver algo a la luz
pálida del satélite lunar: una advertencia que la reina de la
noche me dedicaba para que no me acercase más a aquella gente ni
a su pueblo... En el momento en que la mujer alzó su mano
aferrando aquello, un reguero de sangre ennegrecida bajó por su
pálido antebrazo descubierto, perdiéndose bajo la manga derecha
de su vestido.
Sacrificio...
Sacrificio...
Entonces me di cuenta del cruel hecho que antes no había querido
ver, ahora tomaba consciencia de que aquellas personas no iban al
bosque para recoger setas... y yo estaba en medio de aquel rito,
tal vez satánico, que osaban realizar en el pueblo desde Dios
sabía cuando. Pasada la locura inicial (fruto de no sé qué
posible influencia mental) decidí volver a casa de mi Primo. Un
sentimiento de miedo añadido al nerviosismo que me causó
percatarme de mi situación me dominó. Ya decidido a marchar
dirección hacia el pueblo, miré durante un ínfimo instante al
río. Ya se había calmado y estaba libre de todo tipo de olas o
irregularidades en su superficie, que ahora permanecía casi
estática, solo el habitual movimiento de las corrientes del
río. La sensación que invadió mi mente destruyó de pronto
toda la coherencia empírica que antes de aquella noche me
caracterizaba: la certeza de mi infinitamente minúscula
importancia frente al enorme océano que representaba el mar
interminable del tiempo. La sensación de ser observado por la
antigua luna, que ya estaba allí arriba mucho antes de que el
hombre caminase completamente erguido, incluso antes que los
dinosaurios caminasen por donde ahora se alzan ciudades como
París o Madrid.
Pero en aquel momento, mientras yo miraba aquel ancestral río,
sentí un ruido similar al que haría alguien arrastrando los
pies detrás de mí .....
Después de perder completamente la consciencia caí en un sueño
intranquilo, con una sensación de vértigo que aún hoy,
mientras escribo en este amarillento papel, persiste en mi
cabeza. Era como si me viese cayendo en el remolino incesante del
tiempo, recorriendo con mi inconsciencia el pasado: tratando de
llegar a un momento y a unos recuerdos tan impactantes que
luchaban en el Todo por ser comunicados.
Temblaba. Aquella noche hacía frío. Sabía que era de noche
porque la luz del sol no se reflejaba en las piedras del fondo
del río. Pero yo ya no miraba nunca al lecho de arena y piedras
redondas, yo, y los compañeros que nadaban conmigo, tan sólo
teníamos ojos para mirar hacia delante, hacia aquel destino tan
incierto (pero que tan fuertemente nos atraía). Un destino para
llegar al cual remontábamos el río saltando, y luchando contra
la fuerte corriente... corriente que procedía del lugar que
nosotros ansiábamos alcanzar. Algunos de los que nadaban a mi
lado al comienzo del viaje ya habían muerto de cansancio, pero
eran muy pocos y ya los habíamos dejado atrás, ya no eran más
que un nebuloso recuerdo ya no importaban. No recuerdo demasiado
bien esta parte del sueño, pero me sorprendió mucho el hecho de
que no podía comprender la realidad como un ser humano, sino que
simplemente tenía en la cabeza un almacén de imágenes, de
recuerdos aislados y distanciados por una oscura bruma... Sólo
importaba nadar, nadar hacia delante, hacia arriba y siempre
contra corriente.
La corriente, que cada vez era más débil, me resultaba bastante
agradable... Nadar contra corriente era el ejercicio que ansiaba
realizar, parecía como si hubiese nacido y crecido para hacerlo
bien en aquel momento de mi vida... Lo que no me planteaba
mientras recorría el río dulce y vivo que constituía mi camino
era la posibilidad de no tener adonde ir después de haber
alcanzado mi meta.
El agua del río era clara, totalmente clara y cada vez más
fría... pero al pasar determinada ensenada sentí una afluencia
diferente, más cálida pero con un sabor de estancamiento que me
desagradó al momento, si bien a pesar de que el agua que
provenía de aquél sitio donde el suelo sería tan insalubre me
repelía bastante, traté de encontrar el origen de la corriente:
el pútrido afluente que traía esa agua a mi río.
Entonces, tras un dique de cañas y madera (que dejé atrás con
un potente salto, arriesgándome incluso a caer fuera del margen
fluvial) encontré una zona donde el agua estaba estancada y me
hundí como una piedra tras mi corto vuelo. El agua allí estaba
teñida de un ligero tono mostaza, y numerosas partículas de
algas muertas invadían el volumen líquido (mortífero para mis
branquias). Comencé a sentirme muy mal, las piernas no hacían
caso de lo que mandaba mi cerebro y noté cómo mi piel perdía
consistencia e iba despegándose del resto de mi cuerpo... de los
tendones y de los músculos, dejándome progresivamente
"desnudo" entre las aguas pútridas que me rodeaban.
Dejé de nadar, solamente podía dejarme llevar por las
caprichosas corrientes, tan leves como caricias empalagosas...
como las caricias de la muerte.
Durante mi vagar entre restos de algas, y sobre las muertas
plantas amarillentas que tenían aquél tono enfermizo tan
característico del clímax del río, seguí notando la
precipitada degradación de mi ser. La verdad es que no dolía,
como si hubiese nacido para tener un final similar a aquél, pero
estaba perdiendo la vida demasiado rápido, y algo en mi instinto
interior me decía que eso no era normal... Mis ojos se abrían
cada vez más a pesar de no ver casi nada, me quedaba ciego, pero
mi soñada enfermedad no me iba a librar de ver, entre las
deformaciones de una ¿niebla? antinatural, la horripilante
figura de aquel ser.
Aquello estaba rodeado por una especie de tinte de color mostaza
apagado, como si de ese cuerpo muerto que alguna vez
"caminó" sobre la tierra se desprendiese toda la peste
y putrefacción que correspondía a ese ser: este, pese a estar
muerto, no lo estaba y que aunque estuviese ahogado siempre
respiraría.
La indescriptible figura de aquél ente era completamente
horrible. Recorriendo la "bruma" amarillenta (sin
quererlo, pero sin poder evitarlo) descubrí detalles de eso,
detalles que jamás ningún ser humano podría representar en
palabras, porque no hay palabras para narrar lo indefinible, no
para aquello que no debiera existir en ningún lugar de nuestro
cosmos. Y admiré, con notable repugnancia, miedo y humildad, a
la figura muerta del lecho del río. Cuando, de pronto, en el
lugar más insospechado, se abrió un negro ojo sin color ni
luz...
Me desperté aquí, en la habitación donde ahora estoy recostado
contra la pared, una pared vieja, gris y repleta de manchas
verdes de humedad. Aquí tomé consciencia de que no estaba
muerto y de que todo aquello había pasado (incluido el sueño,
que no era tal, sino que eran recuerdos de alguien o algo pero
que ahora formaban parte de mí de igual modo que mi infancia y
todos mis restantes recuerdos).
Ahora miro por la ventana de esta habitación y reconozco (aunque
con cierta dificultad) el lugar donde me encuentro: el mismo
sitio que siempre fue y siempre será Castellanos de Sanabria.
Ahora no queda apenas huertos, ni gente. Incluso han desaparecido
las montañas. Y todo lo que ahora puedo ver desde la ventana es
una serie de colinas arenosas donde antes habían rocas y
afilados picos.... Un desierto (seguramente milenario) coronado
por un sol frío, violáceo, que no tardará demasiado en
extinguirse. Pero en medio de la escena que contemplo desde este
vano sin cristal que antes formaba parte de una vivienda humana
está el río de Castellanos, en el fondo del cual aún hoy vive
en muerte la entidad que duerme soñando el día en que volverá
a caminar de nuevo...
Ahora tengo frío y supongo que lo que ahora veo son
alucinaciones, productos de mi locura... Pero aunque sé que digo
la verdad al decir que nadie vive ya en estos parajes (ni en
ningún lugar de la tierra) aún espero que alguien encuentre lo
escrito en este viejo, podrido y húmedo cuaderno...