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Galería de J.R.R. Tolkien |
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A una milla quizá de Parth Galen, en un pequeño claro no lejos del lago, encontró a Boromir. Estaba sentado de espaldas contra un árbol grande y parecía descansar. Pero Aragorn vio que estaba atravesado por muchas flechas empenachadas de negro; sostenía aún la espada en la mano, aunque se le había roto cerca de la empuñadura. En el suelo y alrededor yacían muchos orcos. La partida de Boromir
El Señor de los Anillos II, Libro III, Cap 1 |
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Habían marchado muchas horas sin tomarse un descanso. Iban lentamente ahora, y Gimli se inclinaba hacia adelante. Los Enanos son duros como piedras para el trabajo o los viajes, pero esta cacería interminable comenzaba a abrumarlo, más aún porque ya no alimentaba ninguna esperanza. Aragorn abría la marcha, ceñudo y silencioso, agachándose de cuando en cuando a observar una marca o señal en el suelo. Sólo Legolas caminaba con la ligereza de siempre apoyándose apenas en la hierba no dejando ninguna huella detrás. Los Jinetes de Rohan
El Señor de los Anillos II, Libro IV, Cap 2 |
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Un pico y una isla de roca, negra y rutilante: cuatro poderosos pilares de piedra facetada se fundían en uno, que apuntaba al cielo, pero cerca de la cima se abrían y se separaban como cuernos, de pináculos agudos como puntas de lanza, afilados como puñales. El camino de Insengard
El Señor de los Anillos II, Libro III, Cap 8 |
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Seguir adelante era imposible, y no les quedaba otro recurso que cambiar de rumbo, hacia el oeste o hacia el este. Pero la marcha hacia el este sería lenta y trabajosa, y los llevaría de vuelta al corazón de las montañas; y por el oeste solo podían llegar hasta el precipicio. Sméagol domado
El Señor de los Anillos II, Libro IV, Cap 1 |
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Cada vez que hablaba el segundo pensamiento, la larga mano de Gollum se arrastraba lentamente, acercándose a Frodo, para apartarse luego de súbito, con un sobresalto, cuando volvía a hablar Sméagol. Finalmente los dos brazos, con los largos dedos flexionados y crispados, se acercaron a la garganta de Frodo. A través de las ciénagas
El Señor de los Anillos II, Libro IV, Cap 2 |
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Asombrado y aterrorizado, pero con una felicidad que nunca olvidaría, Sam vio una mole enorme que irrumpía por entre los árboles y se precipitaba como una tromba pendiente abajo. Grande como una casa, mucho más grande que una casa le pareció, una montaña gris en movimiento. El miedo y el asombro quizá la agrandaban a los ojos del hobbit, pero el Mûmak de Harad era una verdadera bestia de vastas proporciones [...] Sobre la grupa bamboleante llevaba las ruinas de lo que parecía ser una verdadera torre de guerra, destrozada en furiosa carrera a través de los bosques; y en lo alto, aferrado aún desesperadamente al pescuezo de la bestia, una figura diminuta, el cuerpo de un poderoso guerrero, un gigante entre los endrinos. Hierbas aromáticas y guiso de conejo
El Señor de los Anillos II, libro IV, Cap 4 |
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Sam no perdió el tiempo en preguntarse qué convenia hacer, o si lo que sentía era corage, o lealtad, o furia. Se abalanzó con un grito y recogió con la mano izquierda la espada de Frodo. Luego atacó. Jamás se vio ataque más feroz en el mundo salvaje de las bestias... Las decisiones de Maese Samsagaz
El Señor de los Anillos II, Libro IV, Cap 10 |