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Estanterías y más estanterías se extienden ocupando este lugar. Los libros, acumulando capas de polvo y antiguas telarañas, reposan sobre ellas. ¿Qué conocimientos se guardarán en la biblioteca de la posada? ¿Cuantos sabios habrán vertido su sabiduría sobre las amarillentas páginas de estos libros centenarios?


El visitante

I

Llegaba de lejanas tierras, había estado vagando durante días por aquellos extraños caminos. Cuando conseguí respuestas de alguna de las personas que me encontré, me miraban de forma extraña y me respondían que desconocían los sitios a los que me refería. Mi oro era mirado con desconfianza.

Era escrutado en todo pueblo al que llegaba, y en los parajes desiertos me sentía más acompañado que en los mismos pueblos. Desde hacia un tiempo, la sensación de unos ojos sobre mi nuca me preocupaba.

En mi cuarto día de cabalgata llegué a una ciudad amurallada. Se encontraba al abrazo de un río, y arropado por las laderas de un gran risco. Sobre aquel enorme risco se levantaba una impresionante fortaleza.

Desde la colina en la que me encontraba, dominaba la vista de toda la ciudad, poseía una forma circular, y se notaba claramente que se encontraba dominada por un par de calles centrales.

Decidí acercarme a la ciudad.

Que insensato fuí, si lo hubiera sabido; aunque si hubiese sido así no sé que hubiese podido hacer, teniendo en cuenta los hechos que más tarde se desarrollaron.

Descendí por la colina en dirección a la ciudad. Fuí observando el paisaje nada tranquilizador que me obsequiaba la privilegiada posición que ostentaba en esos momentos, la imagen de la ciudad iba cambiando por momentos; seguía manteniendo ese halo de misterio que admiraba desde la elevación, pero se volvía cada vez más y más oscura, un sentimiento de pesadumbre me envolvió, y se aferro a mí de la misma manera que el animal descuidado del bosque intenta escapar de la trampa en la que ingenuamente ha caído, antes de que los lobos le den su inevitable final.

Me sentía atrapado; podía volver atrás, deshacer mis pasos, pero a donde me conducirían. La sensación de opresión la tenia desde el día en el que me perdí, pero era ahora cuando se había hecho más intensa y no podía quitármela de la cabeza.

A las afueras de la ciudad unas cuantas casas se alineaban a ambos lados del camino; casas bajas como mucho de dos pisos, con un aspecto deplorable, debían de ser de las gentes más humildes y pobres, aquellas que no podían permitirse el lujo de vivir entre los "protectores muros de la ciudad".

Protectores muros, pense. Al llegar a los muros no podía quitarme de la cabeza un pensamiento: ¿estarían de verdad los muros para evitar la entrada de gentes no deseadas?, ¿o tenían algún otro fin distinto?.

Como venía siendo habitual en estas zonas, me encontré con la típica guardia de la puerta.

Esta estaba aquí en mi opinión, únicamente para robar de una manera legal a los extraños, una buena política de recaudación. Después de discutir de manera inútil con los guardias de la puerta, decidí que lo mejor seria pagar pese a que me quedase poco dinero. También le pregunte al guardia si existía algún buen sitio donde pasar la noche, y el todo sonriente me respondió que me dirigiese al final de al ciudad a la vieja posada. Por último pregunte el nombre de la ciudad; se llamaba Skald... ¡Skald!, jamas oí hablar de ella, y eso no era bueno, nada bueno, porque de alguna manera me había desviado demasiado de mi ruta. Pero lo más preocupante era el desconocimiento de toda esta zona y era inmensa...

Los portones de la ciudad se abrieron a una señal del guardia. Un fuerte rechinar de metal alborotó la calma del atardecer, mientras avanzaba para cruzar las puertas, el olor del aceite de las puertas me embriagó, y cerrando los ojos por un momento, me transporto a mi querida ciudad, ese rechinar, aquel olor, era como si nunca hubiese salido de mi hogar, pero no era así.

II

Tras cruzar las puertas de la cuidad me encaminé por una de las dos calles principales. Era larga y bastante ancha; los edificios se extendían a ambos lados de ella como si fuesen una extensión natural de la misma, eran todo casas de unos tres o cuatro pisos, con fachadas recargadas y una gran sobriedad; no se parecían en nada a las alegres casas de mi hogar, con sus tejados de colores rojos y azules y aquellos grandes ventanales, no como estas pequeñas ventanas, que lo único que permiten pasar son los pequeños rayos de sol que despistadamente consiguen introducirse de una manera casi ilícita.

Encontraba más gente en las calles que en las otras ciudades, y lo que más me llamaba la atención era su carácter más desenfadado, todas gustaban de cantar o de silbar, era un carácter muy diferente.

Quién sabe, quizás pudiese encontraba ayuda en esta ciudad.

Mientras paseaba por las calles, encontré un gran edificio de proporciones más grandes, un par de torres a cada lado, su tejado estaba rematado en punta y con un campanario en el centro, todo el edificio inspiraba un gran respeto, además lo más llamativo era una grande e impresiónate vidriera de múltiple colores, que mostraba unos serafines volando sobre lo que parecían unos lobos. Supuse que aquello debería de ser la iglesia, pero esa vidriera no representaba ninguna escena conocida.

La gente entraba a la iglesia, y decidí entrar a curar mi espíritu después de tantos días de camino. Desmonte del caballo, lo ate, y me sumergí en la oscuridad del templo.

La gente se agolpaba en los bancos, la homilía debía de haber comenzado hacia tiempo. Entonaban desconocidos pero armoniosos salmos y aquella música trajo momentáneamente la paz a mi alma.

Pero lo peor estaba por llegar. El sacerdote se levanto de su silla y entonces le pude ver con claridad, vestía unos atuendos de colores azules y con bordados de oro, que representaban unos instrumentos musicales. Entonces el sacerdote fue a dar gracias a Dios y un nombre desconocido por mí salió de sus labios. Un tal Mihil. Una sensación de traición me sobrecogió, estuve apunto de desenvainar el arma y dar muerte a aquel ser profano, que era capaz de dar a aquella gentes unas enseñanzas perversas que no eran las de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero algo me detuvo, estaba en tierras desconocidas, teóricamente debería estar dentro de las tierras de mi Señor el Emperador, pero no lo parecían, pese a que el idioma era el mismo.

Decidí salir de inmediato de aquel lugar profano, y con una solemne promesa de no volver a aquel impío lugar si no era para dar cuenta de él.

Cogí las cinchas de mi caballo y comencé a caminar pensando en el espectáculo deplorable que había contemplado. Casi sin darme cuenta, el abrigo de la noche estaba apunto cubrirme, y había llegado hasta el puerto del río.

Volví a preguntar a una de las pocas personas que todavía se encontraban en las calles, y me indico la dirección de la posada.

Seguí por una calle que iba paralela al curso del río, hasta que llegue a un puente de madera. Un puente de negra madera que parecía extenderse hasta el infinito, pues estaba cubierto por las nieblas producidas por una gran cascada.

Me sumergí en las nieblas, y en breves momentos estaba envuelto por aquella frías nieblas. Las maderas sonaban a cada paso que daba. El puente parecía inmenso pero al cabo de un rato, por fin, llegue al otro lado.

Un enorme edificio de cuatro plantas con una torre se erguía frente a mí. Jamás un edificio me había sobrecogido con la sola mirada a su estructura.

La entrada de la posada estaba iluminada por un pequeño candil de aceite, que se movía al ritmo que marcaba la brisa de la noche. Oscilaba de izquierda a derecha, mostrandocada vez solo una de las partes de la entrada.

El tiempo empeoraba. Una figura se me acercaba entre la oscuridad. Agarre con fuerza el estoque y espere hasta que se hubo acercado. Cuando se acerco a la luz de la noche vi que se trataba de un muchacho, debía de venir de un edificio anexo que serían las cuadras. Le di una moneda, con la indicación de que tratase bien al caballo. Recogí las alforjas y me dirigí a la entrada.

Por alguna razón que no comprendo, me paré frente a ella y estuve ahí parado hasta que fuí capaz de reunir el valor necesario para cruzar aquel umbral.

Agarre el tirador de la puerta y lo empuje. Mientras entreabría la puerta el ruido de las gentes divirtiéndose, el de los manjares, y el del alcohol, me golpeo en la cara casi dejándome sin sentido. Hacia mucho tiempo, que no oía las risas y la cálida sensación de gente feliz. Aquellos momentos me recordaron a la corte.

Abrí del todo la puerta y crucé el umbral. Al hacerlo algo murió en mi interior, y me sentí más cansado que nunca.

III

El hall de la entrada estaba iluminado por una tenue luz de color carmesí, que emitía un pequeño farolillo colocado sobre el dintel de la entrada. Su luz se proyectaba sobre la pequeña habitación como una garra que intentase aferrarse a todo y todos.

Mientras avanzaba con paso distraído observando la decoración del hall, una figura se coloco detrás mía, sin que yo llegase a darme cuenta.

Algo que en un principio pensé que era una garra, me puso la mano sobre el hombro. Un escalofrío de sudor frío me recorrió en un instante; procuré serenarme y no sobresaltarme, y enseguida me dí la vuelta, para comprobar con alivio que se trataba de uno de los trabajadores de la posada. Había salido de una pequeña puerta parapetada tras una cortina.

El personaje de la posada, me preguntaba que si quería alguna habitación.

Mi único deseo era el comer algo caliente y poder descansar, esto lo necesitaba más que el hecho de saber donde me encontraba.

Avancé por el hall hasta llegar a la sala principal de la posada; era un gran salón, bastante luminoso, embellecido con ricos pero sobrios tapices, un buen número de sofás y sillas se encontraban en la estancia. Según entre en la sala, una joven de pelo largo y negro, con un vestido de color cereza y un corpiño azulado que resaltaba sus atributos, salió tras unas grandes puertas que hasta ese preciso momento estaban cerradas; alzó las manos he hizo sonar un pequeño triángulo por dos veces.

Las gentes que hasta el momento estaban sentadas se levantaron, e inmediatamente se encaminaron a cruzar el umbral de la nueva puerta que se acababa de abrir frente a ellos. Parecía que había llegado en el preciso momento de la cena.

Me encaminé hacia la puerta para poder saciar mi hambre; la joven que acababa de anunciar la cena, se dirigió a mi preguntándome con su melodiosa y armónica voz si deseaba cenar. Yo educadamente le respondí, y me indico el camino de la mesa que debía de ocupar, diciéndome que en breves momentos la camarera me traería una carta para elegir.

Su voz me había dejado embelesado, casi hipnotizado, y lo único que conseguía hacer era gesticular y aseverar con la cabeza. Se despidió sonriéndome, pero estaba seguro que existía algo más en aquella sonrisa, una necesidad de deseo...

Estaba seguro que la volvería a ver.

Cuando me trajeron carta, elegí rápidamente aquello que más me podía llenar, hacia varias semanas que no comía bien y en aquel lugar estaba seguro de que la comida seria buena. Afortunadamente me quedaba bastante dinero, y podía permitirme durante una buena temporada casi cualquier exceso. Después de todo el trabajo de mensajero secreto de Su Majestad, estaba muy bien pagado.

Llene el estomago casi hasta reventar, lo bañé con un buen vino de la región, que me aseguraron era uno de los mejores de todo Kartakass; el nombre del vino era casi impronunciable, algo así como melikog, o algo parecido. La verdad es que era excelente, tenia un buque muy fuerte pero era prodigioso, estaba acostumbrado a beber vino de gran calidad, pero aquel era maravilloso, podría haber sido digno de cualquier gran señor, o incluso de un rey.

Tras comer y beber hasta la saciedad, decidí que lo mejor de todo era dormir hasta el día siguiente, y entonces empezarse ha hacer preguntas. Solicite una de las habitaciones, el hombre de la puerta me dio una de las llaves que tenia colgadas en la pared tras el mostrador de la entrada que no había llegado a ver cuando entre. Me indicó el segundo piso y la puerta número trece.

Subí las escaleras hasta el segundo piso y me encamine hacia las puertas buscando el número de mi habitación. Número diez, once, doce, trece... era esta.

Metí la llave en la cerradura, y la gire hasta que escuche el clic de la cerradura.

La habitación era bastante amplia, se componía de una cama, grande y con dosel, una mesilla en la cual había una vela que estaba ya encendida, unas cuantas sillas dispersadas por la habitación, un sofá de dos plazas en la pared opuesta a la de la cama, y un robusto armario de doble hoja, hecho en roble.

Retiré un poco las sabanas da la cama, empece a desnudarme para meterme en la cama y ponerme el traje de dormir. Antes de acostarme aseguré que la ventana estuviese bien cerrada, y comprobé que la puerta lo estuviese también. Como no conocía estas tierras y desconocía las gentes, deje la llave puesta por el interior, por si acaso alguien intentaba entrar. Aposté mi arma en la cabecera de la cama, y la daga que me regaló aquella dama de Hamburgo debajo de la almohada. Entonces por fin me introduje en la cama, y me arropé.

Me quede mirando de forma hipnótica las oscilaciones de la llama. Con cada movimiento de la llama mis párpados se cerraban más, hasta que el peso de los mismos fue irresistible, y entonces me sumergí en los cálidos brazos de Morfeo.

Abrí los ojos, y volví a encontrarme con las sinuosas oscilaciones de la llama, pero ahora la vela se encontraba casi a la mitad. Entonces me dí cuenta de lo que me había despertado. Un leve golpeteo en la puerta era lo que me había puesto en guardia. Procuré levantarme de la cama haciendo el menor ruido posible, y con el mismo sigilo extraje la larga hoja de su funda para defenderme de los posibles inconvenientes de esta visita nocturna.

Me acerqué con los pies descalzos, pisando el frío suelo hasta estar delante de la puerta. En ese momento agarre con decisión la llave y comencé a girarla, muy despacio, muy despacio, hasta que de nuevo escuche el mismo ruido que cuando abrí por primera vez la puerta. La puerta estaba abierta.

IV

A medida que la puerta se abría, la luz de una vela proveniente del exterior se iba filtrando en la estancia.

La puerta se fue tornando muy lentamente; apenas causaba ruido, al contrario que mi excitado corazón. Tenía bien agarrado el estoque, y estaba listo para asestar un golpe mortal si llegase el caso. Pero eso no fue necesario.

La puerta terminó de abrirse. Una figura femenina se mostraba delante de mí y sostenía una pequeña vela. Estaba embozada en una capa de color negro, que permitía entrever por sus pliegues un largo camisón de tonos pastel; tras él, se dibujaba la sinuosa y arrebatadora figura de su cuerpo.

Rápidamente posó uno de sus dedos sobre mis labios, indicándome que guardara silencio.

Retrocedí ante su paso decidido y ella penetró en la habitación. Alargó la mano detrás de la puerta y la cerró rápidamente sin realizar ningún ruido. Depositó la pequeña luz sobre una de las mesillas de la entrada. Deshizo el lazo que anudaba la capa que la envolvía, y esta cayó de sus hombros como el agua de la cascada.

Ella siguió con paso decidido hacia delante; ¿quién era yo en ese momento para no resistirme a sus encantos?

Bajo la capa, la visión que se presentaba era aun más maravillosa y deslumbrante de lo que se podía imaginar. Seguí retrocediendo hasta que topé con la cama. Entonces ella me empujó, yo me deje caer lentamente sobre la cama. En ese momento el estoque se desprendió de mi mano y cayó al suelo.


Yo, yacía rendido a sus encantos sobre el lecho. Ella se colocó delante de mí, entonces muy lentamente pasó su mano por sus cabellos, descendió hasta la altura de sus hombros y empezó a acariciarse el cuello. Su mano prosiguió su camino descendente y entonces se encontró con los cordones de seda que anudaban las delicadas ataduras del camisón. Eran un pequeño lazo de color rosado. Con una de sus delicadas manos cogió uno de esos excitantes lazos, y empezó a tirar de él. Muy lentamente el pequeño lazo comenzó a deshacerse; a medida que estiraba, el camisón resbalaba sobre sus hombros revelando su voluptuoso cuerpo.

El camisón terminó de caer muy lentamente. Entonces ella se acercó aun más y se puso sobre mí.

Comenzó a besarme el cuello y a acariciarme todo el cuerpo. Me abandoné a la pasión...


Un leve temblor en la cama me puso alerta; me había quedado dormido junto a mi amante. Sentía el calor de su cuerpo, no me hacía falta abrir los ojos para saber que la tenía junto a mí. Los movimientos se convertían en convulsiones; parecía que estaba teniendo algún mal sueño. Para ayudarla a calmarse, decidí abrazarla. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo no debía de ir muy bien. Sentía el mismo calor y la misma sensación que cuando la abrace al comienzo de la noche. Pero ahora me parecía distinta. Sé seguía convulsionando, y parecía que su tamaño estaba aumentando.

Ella se dio la vuelta, y se puso otra vez en actitud cariñosa. Sentía sus caricias, pero ya no eran como las de antes. Su respiración estaba muy alterada. Se coloco de nuevo sobre mí. Empezó a acariciarme el pecho, y a recorrer mi cuerpo con sus manos. Me encontraba bastante nervioso. No sabía lo que ocurría, pero aquella situación no era de mi agrado.

Decidí proseguir la situación, y no alterarla de ninguna manera. Pasé mis manos por su cuerpo, para sentir con gran desagrado una piel callosa y que empezaba a estar llena de pelo.

No sabía si esto era una pesadilla o era realidad, pero me acorde de aquella dama de la corte y de su regalo, e introduje mi mano debajo de la almohada, y agarre el instrumento de muerte con gran fuerza.


Mi corazón estaba apunto de delatarme. Latía al ritmo de un tambor de batalla.

Gire un momento la cabeza mientras ella me besaba en el cuello, y contemplé que, a través del cristal de la ventana, empezaba a filtrarse los primeros rayos de la luna, tras la tormenta de la noche.

Uno de esos rayos fue a estrellarse directamente sobre el rostro de mi amante, y en aquel momento nuestras miradas se cruzaron.


La visión que me había revelado la luna fue sobrecogedora.

V

Un inmenso monstruo de oscuro pelaje, mirada lobuna, hocico alargado con descomunales garras y dientes, estaba sobre mí.

Allí donde debía de estar ella, solo había un enorme ser de facciones monstruosas, que me observaba mientras se iba relamiendo. El terror me dejo paralizado. El peso de su cuerpo impedía cualquiera de mis movimientos. Tenia las manos libres, pero sabía que cualquier acción que no fuese definitiva, conllevaría mi inmediato fin. Con una de sus enormes y asquerosas pezuñas empezó a acariciarme el pecho.

Era un animal que jugaba con la comida antes de empezar su festín.

Un brillo de inmensa maldad e inteligencia, destellaba en aquellos ojos claros pero inyectados en sangre. Su boca reclamaba un bocado inmediatamente, pero quería jugar un poco más con su presa. Me hacía pequeños cortes con sus garras y bebía mi sangre de entre sus manos. Saboreaba mi sangre como aquellos estúpidos de la corte, que perdían el tiempo saboreando el vino de una forma especial, como les gustaba decir a ellos.

El fin estaba cerca, sentía que cada vez tenia más deseo de comenzar su festín; pero el terror me impedía reaccionar. Se inclinó muy lentamente sobre mí. Creí que se disponía a acabar conmigo, he intente evitarlo con los brazos. Fue un intento inútil. Con rapidez felina, atrapo mis manos en las entre sus garras, clavando sus amarillentas uñas en mis carnes y aplastándolas sobre la almohada.

Recorrió mi cuello con su lengua hasta llegar a mi oído. Entonces me dijo: vas a morir. Mi corazón estaba apunto de estallar, latía tan fuerte que lo debía de escuchar la bestia, y estoy seguro que le gustaba. Olía mi miedo, mi sufrimiento, disfrutaba torturándome, lo veía en su cara.

Liberó mis manos. Se preparaba para el golpe final, sabia que seria un golpe fatal pero que tardaría en morir.

Cerré los ojos y me preparé para morir. Agarre fuertemente la almohada para soportar el final, y note algo duro debajo de ella. Entonces comencé a rezar para que la daga siguiese debajo de la almohada, como estaba antes de que la pasión se convirtiera en pesadilla. Extendí mi mano diestra debajo de la almohada, y empecé a buscar lentamente para que la bestia no se diese cuenta. Mis dedos se toparon con algo frío y alargado. Entonces me aferre a al daga, y un fugaz pensamiento me evocó al instante en el que me la regalo aquella dama, y como se lo agradecía por tener al menos una oportunidad de intentar salvarme.

Era el momento. Agarre con fuerza la daga y me dispuse a pelear por mi vida. Abrí los ojos muy lentamente, como si esperase que la bestia no fuese a estar allí al abrirlos. Por desgracia para mí todavía seguía ahí. Lo que ocurrió a continuación transcurrió en pocos instantes.

La bestia se había erguido y estirado los brazos al cielo; de su garganta brotó un terrible y estremecedor aullido, que consiguió helarme la sangre y casi estuvo apunto de hacerme vacilar. Pero el precio de aquella duda podía haber supuesto mi vida.

La bestia se preparaba para darme el golpe final, estaba levantando el brazo para descargarlo sobre mi cuerpo. En el segundo antes de que descargase el brazo, clavé la daga por encima de su esternón, como me había enseñado mi maestro de armas.

Un apagado alarido de sufrimiento surgió de la bestia, casi podía haber sentido lastima de aquel ser.

Con sus últimas energías descargo su brazo sobre mí; sus garras arrancaron parte de mi piel, pero el golpe mortal que le acababa de asestar, mermó casi todas sus fuerzas, y permitió que saliera vivo de su ataque.

La criatura se desplomó sobre mí. Me desembaracé rápidamente de su cuerpo y corrí hasta ponerme a salvo al otro lado de la habitación. Apoye mi espalda sobre la pared, sin dejar un momento de contemplar el cuerpo del ser que se encontraba tendido sobre la cama en un charco de sangre.

Atónito, contemplé como el cuerpo de aquella bestia se transformaba en el de la cálida y hermosa doncella, con la que había compartido la noche.

Mi cuerpo apoyado sobre la pared, empezó a resbalar hasta caer al suelo. En ningún momento aparte la vista del cadaver. Ahora que estaba muerta, había recuperado su mirada angelical, y la belleza de su piel había vuelto otra vez a ella.

Una gran duda me embargó en aquel momento. No podía haber sido todo un sueño; una terrible pesadilla, que me habría hecho cometer una gran atrocidad.

Decidí que debía de examinar el cuerpo para estar más seguro. Lentamente me fui acercando al cuerpo sin vida de la mujer. No obstante, agarraba fuertemente en mi mano derecha aquella daga que me regalaron.

Me encontraba delante del cuerpo. Este estaba en una posición un poco extraña. Con la mano izquierda le di un empujón al cadaver, y este rodó sobre la cama hasta revelarse el cuerpo entero. Estaba apunto de poner mi mano sobre su cuello para saber si todavía le latía el corazón, pero entonces me fijé claramente en la herida mortal del pecho. No había fallos, me entrenaron para ello, estaba muerta.

Cómo podía haber sido esta preciosidad un monstruo, era imposible. Cada vez estaba más convencido de que todo fueron imaginaciones mías, y que una inocente había muerto por mis pesadillas.

No podía soportarlo; estallé a llorar sobre el cuerpo. No pensaba en lo que podía ocurrir a partir de ahora, sino en la vida que acababa de sesgar en un momento de locura. Mi desesperación me llevo a gritar, a levantar la mirada al cielo, para pedirle a Dios que la curase. Pero no ocurrió nada.

Sin embargo mientras levantaba la mirada al cielo; Dios no respondió, o a lo mejor si lo hizo. Me vi reflejado en el espejo del otro lado de la habitación. Lentamente me acerque al espejo. Pase la mano sobre su cristal a la altura de mi pecho, y entonces me percate de todo.

Tenía el pecho cruzado por una garras. Cinco uñas, cruzaban de un lado a sobre mis costillas.

Seguí observando la herida a través del espejo durante un tiempo. Pensando que entonces aquello no podía haber sido todo un ensueño, sino que había sido realidad, que la mujer se convirtió en un ser horrible e intentó matarme. Que todo aquel pánico que había pasado era cierto.

No recuerdo exactamente cuanto tiempo estuve mirándome en el espejo, pero debió de ser bastante. Me había quedado embelesado con mi reflejo. Pero los primeros rayos de luz empezaban a asomar sobre al ventana.


Recobré el sentido del tiempo tras un rato, y sin retirar la vista del espejo, centré la vista sobre el cuerpo de la mujer. Pero que grande fue mi sorpresa al no encontrar nada sobre la cama.

Rápidamente me giré. Era imposible, no podía ser. No había ningún cuerpo sobre la cama. Tampoco estaban las sabanas manchadas de sangre, ni existía ningún rastro de lucha. Pero en mi pecho estaban las marcas del monstruo. Todo aquello era inexplicable para mí, y apestaba a brujería.

Sobrecogido por lo inusual de la desaparición, comencé a registrar todo la habitación. Empecé por debajo de la cama, también revisé el suelo en busca de manchas de sangre. Me acerque a la ventana para comprobar si había sido forzada o si encontraba algún tipo de fibra en el alféizar.

Toc, Toc. Alguien llamo a la puerta...

El corazón se me sobresaltó.

Alguien llamaba a la puerta. ¿Acaso alguien me había descubierto?. Pero nadie sabía lo ocurrido en la habitación. Nadie salvo aquel o aquello que se hubiese llevado el cuerpo.

Toc, toc...

Volvieron a llamar, esta vez con más insistencia. Tres golpes secos, con unos intervalos entre uno y otro cada vez menores.Estaba paralizado, casi hipnotizado mirando la puerta, y esperando que no se llegase a abrir y no hubiese una marabunta de gente esperando a lincharme.

Me armé de valor y me dirigí a la puerta. En ningún momento solté la daga, la seguía agarrando con fuerza. Me coloque frente a la puerta. Agarré el pomo y lo giré rápidamente. No había porque esperar, que fuese lo que Dios quisiera.

Estaba preparado para todo tipo de atrocidades, listo para vender cara mi piel. Me había autoconvencido de que detrás habría una jauría de hombres lobo; o la negra figura de la muerte esperándome con su calavérica sonrisa, invitándome a morir en sus brazos. La verdad, estaba listo para todo salvo para lo que me aconteció.

La puerta se acabó de abrir. Agarré aun más fuerte la daga, y escondí mi mano armada a la espalda.

El corazón empezó a latir de nuevo. Era una mujer.

No, no era exactamente una mujer, sino otro ángel. Era extremadamente bella, de tez pálida, y sonrisa deslumbrante. Sus cabellos, rubios y largos, estaban recogidos en una gran trenza, que se apoyada sobre sus hombros y se descolgaba jugetonamente.

Por un momento volví a verla. Estaba allí, frente a mí, era ella, era su cara; ¿cómo podía estar viva?. Sentí un gran calor que me embargaba. La vista se me nubló, y las piernas me empezaron a fallar.

Mi mano se abrió. Dejó caer la daga, y un gran estruendo retumbó en mis oídos. Esto fue lo último que recordé.


Intenté abrir los ojos. Los párpados me pesaban como un gran lastre. Volví a intentar abrir los ojos.

El dolor era muy intenso. Conseguí entreabrirlos. Mientras parpadeaba y se me aclaraba la vista, lo único que conseguía ver era una especie de luz. Una llama que se contoneaba delante de mí.

Desistí, el dolor era demasiado intenso. Decidí que era muy pronto para intentar abrir los ojos; debía de centrarme en saber que había pasado, donde estaba, que había sucedido con la mujer.

Abrí la boca para intentar articular alguna palabra. Estaba totalmente reseca, debía de llevar un tiempo sin beber. Mi lengua estaba hinchada por la falta de liquido, y me era imposible hablar. Volví a sentir que me desvanecía.


Abrí los ojos. Parpadeé hasta que la imagen se hizo clara. Tenía delante una mesilla en la estaba apoyada una vela. La vela, se encontraba casi consumida y oscilaba al ritmo que marcaba un cansino viento que también golpeaba mi cara, pero no sabía de donde provenía.

Estaba en una cama. Me encontraba arropado por una suaves y sedosas sabanas. Mire a mi alrededor. No era la habitación en la que me había hospedado.


Una voz me sobresaltó, una voz fuerte y fría. Rápidamente, intenté incorporarme de la cama para poder ver de donde salía esa voz. Quien fuese se debía de encontrar oculto por la penumbra de la habitación.

Su voz volvió a sonar, esta vez era un poco menos fuerte, debía de haberse dado cuenta de que su tono profundo me perturbaba. Aquella voz me intentaba tranquilizar. Además se presento.

Estaros tranquilo amigo. No intentéis levantaros, estáis demasiado débil para poder hacer nada. Pero permitidme que me presente, soy el dueño de la posada. Mi nombre es Harkon Lukas.

Continuará...


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