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El bebé
Miguel se tumbó nuevamente en el sillón de su psiquiatra y, encendiendo un nuevo cigarro, volvió a repasar lo que le había sucedido. Todo empezó hace cuatro meses. Era martes y yo acababa de llegar del trabajo y me puse a jugar con Miguelín; él cogía el teléfono y me lo daba, yo respondía y colgaba. Recuerdo que cuando su madre entró en la habitación con la cena del niño, él la miró y dijo por primera vez mamá. Ella estaba tan entusiasmada que casi se echó a llorar. Miguelín tenía un año y dos meses y no salía del gu, del ta y de esas cosas que dicen los bebés, pero esta vez había dicho claramente mamá. Mamá... Mi pobre Julia. Aquella misma noche enfermó. Comenzó a toser y a escupir sangre y murió en menos de una semana sin que los médicos pudieran hacer nada o por lo menos averiguar la causa de la muerte. Yo, destrozado por su pérdida me volqué en mi trabajo y viaje durante meses mientras mi hijo aprendía a decir tate, tata, yaya o belo y todos y cada uno de ellos morían a la semana siguiente de que el niño aprendiera sus nombres; primero mi hermano y luego la hermana de Julia y sus padres. Yo mismo estaba en casa con Mercedes, la mujer de mi difunto hermano, cuando esa criatura infernal dijo por su boquita de ángel: Meche. Una semana después la estabamos enterrando.
Una semana después Miguel sonreía aliviado con Miguelito en sus brazos en el funeral que se oficiaba por el vecino de enfrente.
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