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A Susana, donde quiera que estés y a Gustavo, por estar siempre
La obsesión de AlbertoAlberto preferiría haberse quedado en casa esa mañana para jugar a la Nintendo. ¡Menudo latazo! -pensaba. Esa mañana de domingo sus padres le habían obligado a irse con ellos de paseo. Y lo bien que hubiera estado en casa con el abuelo. Encima sus padres se habían empeñado en ir a un museo. Como si no hubiera nada mejor que hacer un domingo por la mañana que ir a un museo. En fin, ojalá fueran al de Ciencias Naturales. A Alberto le gustaban los esqueletos de dinosaurios una barbaridad. Pero su padre le dijo que iban a ir al Museo de Cera. Y Alberto no sabía lo que se podía encontrar allí, pero se figuraba que sería un rollo. Sus sospechas se confirmaron desde el primer momento. Durante todo el trayecto por el interior del museo se aburrió soberanamente, correspondiendo con bostezos las esforzadas explicaciones de su padre. Hasta que la vio. Estaba vestida de ensueño. Parecía una princesa de cuento. Y lo era. Se erguía bellísima en un atrio recubierto de terciopelo rojo Desde entonces había pasado mucho tiempo. Y las cosas habían cambiado. Había muerto su abuelo, sus padres se habían divorciado y Alberto se había comprado un ordenador. En todo ese tiempo Alberto nunca había vuelto al Museo de Cera. Ni a decir verdad, había ido a otro museo sin sus padres. Pero una de las veces que quedó con Mercedes fue en Colón. Mercedes era su novia, y gracias a la cita con ella se avivó en Alberto el recuerdo de aquella estatua. Se prometió a sí mismo volver al museo el fin de semana siguiente. No veía la hora de reencontrarse con aquella estatua que tanto le había impresionado cuando era niño y que gracias a citarse en Colón había reaparecido en ese recuerdo. Volvió y recorrió impaciente el museo con el deseo de contemplar otra vez la figura. Y allí estaba. Seguía estando en un atrio de terciopelo rojo. Seguía llevando su precioso vestido. Pero no había ningún letrero que indicara quién era. Y, además, a la estatua le faltaba la cabeza. Con cuarenta años, Alberto era agente de seguros. Se había casado con Mercedes y se habían ido a vivir a Andalucía. Jamás había vuelto a pisar Madrid desde su luna de miel. Tuvo que regresar a Madrid para realizar unas gestiones del trabajo y de paso para visitar a su madre, pues por esas fechas hacía tres años de la muerte del padre y, a pesar de su ya lejano divorcio, Alberto estaba seguro de que su madre estaría afectada. O al menos eso quería creer. Después de bajarse del avión en Barajas cogió el autobús que le dejó en Colón y al apearse volvió a su mente por segunda vez el recuerdo de aquella extraña estatua, ahora sin cabeza. Dejó las maletas en el hotel y tras darse una ducha se dirigió hacia el Museo. Pero esta vez no encontró siquiera el cuerpo de la estatua, sino la figura de un conocido deportista en el ya ajado atrio de terciopelo rojo. Aturdido por sus vivencias desde que era pequeño relacionadas con aquella misteriosa estatua, vagó por los pasillos del museo sin rumbo, y vio entonces a un conserje sentado en una silla. Le preguntó por la estatua y vio como los que pasaban a su lado se reían por lo bajo. Entonces se dio cuenta de que el conserje era otra estatua de cera. Estaba empezando a desquiciarse, obsesionado por el recuerdo de aquella estatua, y entonces vio la revista que el conserje de cera tenía en sus manos. Era un catálogo antiguo del museo y en él había una foto de aquella estatua tal como la recordaba Alberto en su primera visita al museo. Y al leer el pie de foto Alberto comprendió de golpe la terrible y triste historia de aquella estatua. Gracia Patricia Kelly, princesa de Mónaco (Filadelfia, 1928-Mónaco, 1982). Manuel Serrano Díaz
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