El nuevo psiquiatra Edward Birdek, un chico recién graduado, que había entrado a trabajar en el manicomio de
Wood Birmand estaba en una sesión de psicoanálisis con Francis Burman, un hombre de unos 26 años que
llevaba más de 10 años en el manicomio. Francis comenzó su relato.
Francis tras unos segundos que parecieron minutos, prosiguió.
-Yo estaba en el instituto, no era un chico popular pero tampoco era el pardillo con quien todo el mundo se metía.
Recibí en mi taquilla una extraña carta, estaba escrita en papel muy antiguo, un truco muy bueno pensé yo
sin duda, ingenuo de mí, la invitación decía algo así En la noche de brujas, en la mansión de los
Korten, una fiesta. Me alegré de que me invitaran a una fiesta, y no le di importancia a que fuera en esa
mansión, una mansión donde había vivido la familia Korten hasta hacia unos 8 años cuando su hijo Mike
se suicidó.
Al día siguiente la fatídica noche de brujas, me encaminé hacia la mansión, esta estaba situada en
una colina casi sin vegetación, solo algunas hierbas silvestres y cardos, tenía un camino de tierra para
llegar hasta su cima donde estaba situada la siniestra casa. El tiempo era tormentoso, aunque que se puede esperar de una noche de
octubre... llegué a la mansión la cual tenía un descuidado jardín, donde hace un tiempo habían
crecido rosales y grandes árboles ahora solo quedaban malas hierbas y pequeños arboles enfermizos y retorcidos,
que ayudaban a crear un ambiente más tenebroso si cabe, pues la fachada estaba en un estado deprimente, llena de humedades,
muchas de las ventanas estaban rotas, y el tejado tenía varios agujeros y lleno de nidos de cuervos. Llegué a la
puerta principal, una vieja y sólida puerta de roble, trate de abrirla pero estaba cerrada, llamé pero nadie me
abrió, esperé un poco y cuando me di la vuelta para irme, la puerta se abrió sola. Pensé que solo era una
broma así que entré queriendo seguirla. El interior de la casa era aun más deprimente si cabe, muebles
carcomidos, un suelo de piedra agrietado y un olor a humedad sofocante, ni siquiera había luz . Entré completamente,
y de repente un montón de viejas velas se encendieron al unísono. Otro truco, me dije.
Di una vuelta inspeccionando el pequeño hall, cuando una música de un piano desafinado llamó mi
atención desde el piso de arriba, subí por las escaleras con cuidado pues había varios agujeros en
los peldaños y estas crujían a cada paso que yo daba, como si de un momento a otro fueran a romperse y hacerme caer.
Llegué al piso de arriba y seguí la música hasta una habitación pensando que ahí
acabaría la broma pero, que equivocado estaba, abrí la puerta y en ese momento se me heló la sangre, ante
el piano había una figura translúcida que me miro con una cara, una cara que nunca olvidaré, sus ojos casi
desorbitados me miraban de una manera demente y con una voz más demente si cabe que la expresión de su cara, me
dijo: Bienvenido a mi pequeña fiesta, siento que este un poco muerta.
Y comenzó a reir, a reir, por un momento me quedé helado, acto seguido me puse a correr, ignorando el peligro
de la escalera y después corrí y corrí hasta mi casa, pero esa risa me perseguía y aun me persigue.
Francis hizo otra pausa de varios segundos como buscando aire.
Cuando el psiquiatra se quedó solo comenzó a oír el sonido de un piano desafinado que provenía de una
habitación abandonada del manicomio.