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Antes del amanecerIVarios relámpagos consecutivos y cercanos iluminaron el arribo de los fugitivos al castillo. La lluvia caía con fuerza y amenazaba con convertirse en una granizada, por lo que la joven dama y su escolta de cuatro hombres cruzaron al galope el puente levadizo fijándose apenas en el aspecto ruinoso de la construcción. Una vez en el patio de la fortaleza, fue fácil ubicar los antiguos establos que, milagrosamente, conservaban el techo casi intacto. Los cinco desmontaron y desensillaron los caballos, que se lanzaron voraces sobre el pienso servido por sus amos.
El hombre mencionado por la dama hizo una reverencia y corrió a través del amplio patio empedrado hacia la puerta del edificio principal, cuya torre, casi intacta, se elevaba sobre el resto de la construcción. Los cuatro se quedaron mirando al soldado mientras movía las pesadas puertas de roble claveteadas. Uno de los hombres restantes se dejó caer al piso con gesto de dolor. Los demás le dirigieron toda su atención. La dama fue la primera en arrodillarse junto a él.
El soldado estaba de pie en el vano de la enorme puerta, haciendo señales con una antorcha.
Lord Kordar se apresuró a alcanzar las tres figuras que avanzaban penosamente hacia la entrada del castillo y reemplazó a su señora para ayudar a caminar al debilitado Kaldani. Al trasponer la puerta se encontraron en una enorme sala de piedra oscura sostenida por altos arcos ojivales. En cada esquina, en los frisos y en los capiteles se veían horrendas figuras semihumanas sonriendo con colmilludo anhelo. Parecían fijar la mirada de los ojos bestiales en los no invitados huéspedes. Los relámpagos y la lluvia arreciaron en ese momento como protestando por la intromisión. Lady Theri no pudo evitar un estremecimiento cuando uno de los rayos puso en evidencia una gran estatua semioculta por una columna. Era la representación de un hombre muy alto y fornido, vestido con un manto negro cuya capucha estaba echada hacia atrás, descubriendo una cabeza de nobles proporciones que hubiera podido considerarse hermosa, salvo por la maligna expresión de sus ojos y la aviesa sonrisa de depredador. La estatua era tan perfecta, que por momentos parecía a punto de moverse. Con precaución, la dama intentó tocar el rostro de piedra. Estaba frío, pero la textura era aterradoramente familiar y suave.
Al comenzar el ascenso de la majestuosa y sombría escalera en caracol, Lady Theri no pudo evitar una última mirada a la estatua. Otro relámpago la iluminó en ese instante, creando la impresión de que se había movido para mirar a su vez a la joven dama. Las habitaciones del piso superior eran aceptablemente confortables, si se prescindía del polvo y las telarañas. Todas estaban dotadas de una gran chimenea, que fue rápidamente aprovechada en la mayor de las recámaras.
Haciendo una profunda reverencia, Lord Kordar partió. Al descender las escaleras, no advirtió que la extraña estatua que tanto había atemorizado a su ama había desaparecido. IIThouren tenía aspecto de sumo cansancio, pero eso no disminuyó el fervor con que hincó la rodilla ante su princesa.
Lady Theri se incorporó y entregó a Thouren las provisiones que había preparado aprovechando el fuego de la chimenea.
El soldado salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Cuando se fue, Lady Theri volvió su atención a Kaldani, que tenía fiebre y deliraba.
Kaldani perdió el conocimiento. D'Joura miró con preocupación a Lady Theri. Ella le devolvió la mirada con expresión de desesperanza. La herida estaba infectada. Quizá el dardo de ballesta que había rozado a Kaldani estaba infectado, o quizá durante la emboscada en medio de la floresta el herido se había apoyado en alguna hierba maligna... Siete hombres habían muerto entonces. Había sido casi un milagro que lograran escapar con Kaldani herido y Lord Kordar y los demás en perfectas condiciones. No por primera vez durante su huida, Lady Theri deseó no haber partido nunca de su reino. Pero era necesario. Unos pasos sonaron en el corredor. D'Joura tomó la espada - que reposaba desenvainada cerca del guerrero - y Lady Theri despertó por completo. Los pasos se detuvieron junto a la puerta de la habitación. Hubo tres toques quedos y parsimoniosos.
Tres fuertes golpes sacudieron la puerta.
Los tres guardaron un temeroso silencio. En ese momento habló Kaldani, presa de la fiebre.
La fogata estaba apagándose. D'Joura corrió a avivarla en tanto Theri y Kordar se inclinaban sobre el herido.
Lady Theri se estremeció con violencia al recordar el paso por las escalofriantes Tierras de los Muertos. Aldeas arrasadas hacía muchos siglos que humeaban como si un ejército acabara de pasar. Y la sangre. Rastros de sangre que provenían de todas partes y que llevaban a todas partes. Y las tumbas. Todas abiertas, desde adentro. Sólo debieron internarse en Sossakja un par de kilómetros pero fue suficiente. Al final prefirieron regresar al bosque de Sattai... donde un ejército de Bakum les aguardaba. Pero el recuerdo que más les aterrorizaba había sido advertir, la noche antes de la emboscada, un grupo de caminantes que los seguía desde Sossakja. Avanzaban con dificultad, arrastrando los pies. En una ocasión lograron acercarse lo suficiente como para que Lady Theri viera los rostros carcomidos. Thouran había disparado una flecha al que iba adelante, que cayó atravesado por la saeta. Los demás se le arrojaron encima y empezaron a devorarlo.
La lluvia, afuera del castillo, había arreciado. En lugar del monótono repiqueteo, un coro de aullidos llenaba el silencio nocturno. De nuevo sonaron pasos en el corredor. Esta vez apresurados y asustados. Lady Theri se dirigió a la puerta para abrirla, pero Lord Kordar se interpuso en su camino.
El sonido de botas pasó la puerta de largo seguido por una ráfaga fría que inundó la habitación haciendo estremecer a sus ocupantes. En el extremo más alejado del corredor se escuchó otra puerta que se abría, una espada al ser desenvainada, una lucha frenética y un largo grito de terrorífica agonía. Luego, nada. Lord Kordar y Lady Theri no hablaron. Aguardaban. La dama pensaba en su cometido - una misión que no sería cumplida. Su reino estaba perdido, a merced del poderoso ejército de Bakum con sus dragones y demonios. Lord Kordar se limitaba a aguardar. A que algo pasara o que amaneciera... Las horas transcurrieron y ambos dormitaron... Lord Kordar despertó sobresaltado y con la mano fuertemente apretada sobre la espada. Lady Theri dormía tranquila y la preocupación se había disipado de su rostro adorado, tal vez más de lo que Lord Kordar debería permitirse adorarlo. Lo sorprendió la oscuridad y notó que en la chimenea sólo quedaban unos rescoldos. Pero una débil franja de luz atravesaba las rendijas de la alta ventana. Estaba a punto de amanecer. Lord Kordar sintió que la opresión de la noche se había desvanecido y se sintió tranquilo... prefirió ignorar el enterrado sentimiento de alarma que lo embargaba apagado como una vieja herida. Despertó a Lady Theri.
La bella dama, somnolienta, asintió sin hablar, pero mirando fijamente a Kordar. En su mirada había algo que inquietaba al veterano guerrero... pero estaba a punto de amanecer y el peligro había pasado, así que desterró el inquietante pensamiento y se dirigió a la puerta. Cuando abandonó la habitación no se había dado cuenta de la ausencia del cadáver de Kaldani. Lady Theri había despertado completamente y se quedó sentada con una ballesta cargada en la mano. La princesa sabía manejar bien el arma y eso tranquilizó a Kordar. Una de las puertas del corredor estaba entreabierta, y sobre el piso había manchas oscuras. Kordar oró a sus dioses para que acogieran al valiente D'Joura. Aunque la habitación era más pequeña que la que ocupaba Lady Theri no carecía de una hermosa chimenea donde aún había varios leños. Kordar se demoró un momento encendiendo una antorcha. No le preocupó su protegida, al fin y al cabo estaba a punto de amanecer y las fuerzas oscuras descansarían entonces. El pensamiento del amanecer se estaba convirtiendo en una obsesión. Sonrió confiado mientras se dirigía al corredor con la antorcha en una mano y un haz de leños bajo el brazo. El sonido de la madera contra el piso de piedra casi opacó el angustioso grito de Lady Theri. Conservando la antorcha en una mano, Kordar desenvainó la espada y acometió la figura que se había interpuesto en su camino, y que la luz del fuego identificó como Thouran. Pero un Thouran de sonrisa maligna, ojos resplandecientes y la garganta abierta. En un chispazo de ironía, Lord Kordar lamentó que la muerte no hubiera quitado a su antiguo subordinado la habilidad con la espada. De las sombras del corredor surgió otra figura que se unió a la de Thouran en la lucha. Maniobrando con habilidad, Kordar empezó a retroceder hacia la habitación de Lady Theri manteniendo a raya a duras penas a sus adversarios. El hecho de que estuvieran muertos no lo inquietaba en lo más mínimo: dentro de poco tiempo amanecería. Lady Theri volvió a gritar y la angustia atenazó la garganta de Kordar con pinzas de hielo. Thouran -lo que había sido Thouran- se distrajo con el grito y su cabeza se alejó rebotando por el corredor en tanto su cuerpo dudaba entre desplomarse y quedarse tal y como estaba. Finalmente decidió caer sobre D'Joura, que no lo rechazó con suficiente rapidez y perdió la cabeza por la torpeza del cadáver de su amigo. Kordar entró corriendo a la habitación. Lady Theri estaba mortalmente pálida apuntando a la puerta con la ballesta cargada. Kordar avanzó despacio dejando caer la espada. En el piso estaba Kaldani con los brazos extendidos hacia Lady Theri y la cabeza traspasada por un dardo. La princesa temblaba y tenía los ojos opacos, pero se fueron aclarando a medida que reconocía la alta figura de Kordar que se le aproximaba. Soltó la ballesta y se dejó caer en los brazos de su escolta, que la abrazó con fuerza.
...que se trocó en frío terror cuando percibió un par de ojos malignos que miraban desde la ventana abierta a la oscuridad de la noche. Un largo manto ondeaba tras esos ojos en medio de las tinieblas. La capucha, echada hacia atrás. dejaba ver el rostro de la flotante figura: un rostro masculino que hubiera podido ser tachado de hermoso, a no ser por esa mirada y la aviesa sonrisa de depredador...
Kordar trató de desasirse pero Lady Theri ya había atravesado la piel de su cuello con afilados colmillos. IIIAunque el sol brillaba, un ominoso frente de nubes oscuras amenazaba desde el horizonte cuando la tropa avistó la torre arruinada. Los veinte hombres, exhaustos por una larga cabalgata, no hicieron ascos a la idea de pasar la noche bajo techo. Además de la tormenta que se aproximaba, y de la cual ya escuchaban algunos truenos lejanos, habían percibido la presencia de lobos a su alrededor, aunque nadie había visto aún ninguna de las bestias. Y el puente del viejo castillo parecía estar en condiciones de ser levantado. Dejaron los caballos en el establo y un piquete de cuatro arqueros subió a las murallas. Aunque el ejército del poderoso Bakum ya había arrasado todo en kilómetros a la redonda, era posible que aún existieran pequeñas tropas rebeldes. El capitán del grupo pensó en las noticias que daría a Bakum de sus espías en el sur: La fugitiva Lady Theri jamás había llegado a ninguna de las poderosas ciudades estado, que permanecían tranquilas y desprotegidas ante el indetenible avance del poderoso Rey Oscuro. La enorme sala de piedra oscura sostenida por columnas ojivales había llamado la atención de todos los guerreros, que nunca habían visto ese tipo de arquitectura, a pesar de la gran cantidad de ciudades que habían saqueado. Un pequeño grupo estaba reunido alrededor de tres estatuas en el centro de la sala. La central correspondía a un hombre muy alto y fornido vestido con una amplio manto cuya capucha, echada hacia atrás, dejaba ver una cabeza noble pero de mirada estremecedora. Otra era la de un guerrero, de alto rango pero bastante joven, con cuya espada desenvainada parecía proteger la tercera imagen, que tenía embelesados a los soldados. Era una mujer joven y extraordinariamente hermosa, cuya mirada seductora parecía prometer muchas cosas... la muerte incluida. El capitán sacudió su cabeza para zafarse las ideas inútiles y ordenó a los hombres que se prepararan para la noche; partirían antes del amanecer. Cuando se alejaba, no pudo evitar la tentación de volver a mirar la estatua de la mujer, que parecía haberse movido para mirarlo a su vez. Mornatur Telgarat
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