|
Muerte en vidaCamino solo por la noche. Es una noche oscura y fría. Oscura como nunca creí que pudiera ser una noche de verano. No se ve ni una sola estrella en el cielo y la luna no aparece por ningún lado. Apenas puedo ver la punta de mis zapatos y desde luego ver mas allá de mi nariz es una fantasía. Es curioso. No hace frío, pero estoy helado de la cabeza a los pies. Estoy sujetándome con los brazos como si quisiera aferrarme a la única esperanza de mantener un mínimo de calor, el necesario para dejar de temblar. No se oye absolutamente nada. Ni un solo ruido. Ni siquiera mis pisadas retumban en el silencio de la oscuridad. No oigo mi respiración. Es como si esta negrura se tragara absolutamente todo. Hasta el sonido de mi respiración. Tal silencio me aterra. Me encuentro aun más solo de lo que estoy porque ni siquiera me acompañan los latidos de mi corazón. Veo una luz en la lejanía. Es solo un punto anaranjado pero no se deja consumir por la oscuridad como lo hace todo lo que me rodea. Como si de la necesidad más primaria se tratara, corro hacia esa luz como si el demonio persiguiera mi alma. Corro, corro y sigo corriendo pese a que los músculos se me agarrotan de dolor y el sudor me ciega la vista. Ahora casi puedo oír mi corazón, puesto que parece a punto de salirse de mi pecho. Cuando llego a la fuente de luz, paro en seco y necesito doblarme sobre mi estomago para no vomitar por el esfuerzo. El frío casi ha desaparecido y puedo oír incluso mis jadeos. Intento seguir tragando aire como me es posible, porque mis pulmones aun están fatigados por el esfuerzo. Cuando vuelvo a abrir los ojos, el mundo parece derrumbarse a mi alrededor. Una rama. Una simple ramita con un extremo incandescente es lo que me ha llamado la atención desde lo que parecían kilómetros y kilómetros. Cojo esa pequeña rama para poder acercarla a mi cara con el único objeto de comprender su existencia cuando algo maravilloso ocurre. El color anaranjado del extremo incandescente empieza a cubrirla por completo. Toda la ramita es ahora una yesca encendida pero en vez de quemarme, me cura. Ese fuego interior cobra fuerza y cuando me hago consciente de la situación, de que me voy a quemar la mano, trato de soltarla, pero mi mano parece haber cobrado vida propia y se niega a soltar esa luz. El fuego comienza a subir por mi mano hasta llegar a mi brazo. Mi rostro refleja una mueca de terror pero no profiero ningún grito, ni siquiera siento miedo. En menos de un abrir y cerrar de ojos todo mi cuerpo esta en llamas, ardiendo con ese tono anaranjado, pero sin quemarse. Siento como si ese fuego fuera la vida. Una vida que nunca antes había conocido y que es la única vida posible. Una vida a la que me aferro y deseo que cada instante sea eterno. No comprendo como he podido estar tanto tiempo sin sentir esto, sin conocer esta llama, este calor. Miles de emociones y sensaciones diferentes recorren cada uno de los poros de mi cuerpo. Siento cosas de todo tipo. Desde la plena felicidad hasta la mas amarga tristeza, desde el amor verdadero hasta el mas profundo de los odios. Todas estas sensaciones parecen miles de hilos de un millón de colores tejiendo la tela de mi alma. Por un instante me siento completo y lleno de vida mientras miles de fuegos artificiales de colores surcan los cielos de mis neuronas y explotan en mi cerebro dejando tras de sí esas pequeñas estrellas de colores que le dan vida a las noches oscuras. Mi mente se desgarra ante la avalancha de sentimientos que se han despertado en mi, pero esta locura es mil veces mejor que el estado más sereno que pueda alcanzar ningún hombre. Jirones de recuerdos llenan mi mente mientras el todo parece tomar una consistencia que no conocía antes. De repente abro los ojos y noto como las sensaciones me abandonan y como esos hilos de colores se van de mi alma para volver a dejar mi alma hueca y vacía como estaba antes de esto. Mi cuerpo debería estar consumido por el fuego, pero estoy sano. Me miro las manos y están intactas y, por alguna razón, eso me entristece. Me hubiera gustado haber ardido junto con esa sensación, haberme evaporado y haber sido consumido por el olvido como ese fuego. Pero ese destino me ha sido negado por alguna entidad divina y no puedo hacer nada para revelarme. Me pregunto como voy a hacer ahora para seguir viviendo. Ahora que conozco ese fuego y ese calor. Esas luces de colores y esos fuegos artificiales. Esa llama que no puede arder en ningún otro lado. Dios mío... ¿como voy a seguir viviendo si sé que esto nunca se va a volver a repetir? Cuando comprendo lo que me ha pasado me llevo las manos al rostro para poder echarme a llorar con tranquilidad. Esta vez oigo mi llanto. Oigo mi respiración. Mi corazón. Todo vuelve a cobrar forma, mientras la oscuridad se disipa a mí alrededor y ahora soy yo el que es una negra sombra dentro de un espacio infinito totalmente en blanco. Ahora comprendo porque no podía oír ni sentir nada dentro de la oscuridad. Yo soy la oscuridad. Bueno, mas bien, es la oscuridad la que esta dentro de mi cabeza. Porque estoy viviendo un sueño eterno, esperando que algo me despierte y siento que ese algo ya no sucederá. Siento que seguiré dormido por el resto de la eternidad. Preferiría morir para ni siquiera enterarme de que estoy soñando. Para no ser consciente de que estoy atrapado. Para no sufrir mas por la posibilidad de no volver a sentir nada.
(si te gusta escribir relatos de fantasía o terror y quieres animarte ha
escribir uno para que lo publiquemos en esta página,
avísanos)
|