|
La Cuarta EsposaCuando las huestes de Gen Harada devastaron el país de Tzand había en su capital una tropa de comerciantes del Sur, llegados al azar buscando el lago Dubei por el camino errado. Los de Haiko pasaron por el hacha a todos los Elementales de la ciudad -menos a los niños novicios- a las Tejedoras y a los primogénitos de la Casa del rey. Este había perecido una semana antes en pleno campo de batalla, aunque su ejército resistió el embate enemigo hasta que murió el último principiante; ahora los voluntarios caían sin remedio en las carretas o se podrían en los pozos de reclusión improvisados por todo el campo que rodeaba a Tseng-Thee. Los mercaderes, por su condición de extranjeros, fueron solamente retenidos aunque despojados de sus bienes. Harada, acampado fuera de la ciudad, recibió mensajes de sus lugartenientes con inquietudes acerca de lo que debían hacer con ellos a lo que contestó manifestando su voluntad de dejarles libres, siempre y cuando entregaran toda la mercancía que fuera en extremo útil para su reino e imposible de fabricar en él, el resto podían llevarlo consigo en la partida. Para ello era necesario realizar un exhaustivo inventario por parte de los tesoreros imperiales que vendrían de Taisung en unos tres meses. Algunos decidieron esperar -confiados en la benevolencia de Gen- pero la temerosa mayoría entregó todo, menos el dinero, e instaron a los soldados a despojar a los otros de lo suyo y expulsarles. Para evitar un amotinamiento los jefes accedieron no sin antes excusarse por tal resolución. Los comerciantes se retiraron furiosos en tanto los instigadores casi daban las gracias a sus captores por dejarles partir con las manos vacías. Dos días después Harada cruzó las murallas con un sobrio y numeroso séquito, los estandartes de oro se izaron en todas las torres de la ciudad, complacida en secreto de pertenecerle. Puesto al corriente de todo lo acaecido envió por su Primer Mariscal, ordenándole partir en pos de los expulsados para esclarecer el asunto de los bienes, además de cincuenta sacos de perlas sin curar del río Buki a manera de disculpa. Los mercaderes quedaron atónitos cuando Ken Kusai los abordó a mitad de camino con tan valiosa carga. Aquellos que fomentaron la expulsión se mordían los ruedos de las capas en señal de ira mientras los ofendidos cantaban bendiciones a Harada. Como muestra de buena fe renunciaron al reclamo de su mercancía además de ofrecer prioridades a los productos haiko en su lista de intercambios. Kusai les agradeció asignándoles una pequeña escolta para acompañarlos hasta los límites de los ahora dominios Harada en el continente. Entretanto Gen se enfrascaba en la nueva organización de la ciudad caída, tal y como hiciera en las anteriores, respetando los códigos y costumbres de la misma; basando el nuevo catálogo de leyes en los aspectos del viejo régimen más afines al suyo propio. Luego de cinco meses de interminables concilios y viajes entre estados decidió que al fin podía tomarse un breve respiro, todas las rebeliones sofocadas, los grupos locales desmembrados... decretó a sus soldados doce días de fiesta pero antes dividió su ejército en doce escuadrones grandes -uno por cada día- siendo el primero en descansar su propia guardia más cercana. Los jetori no, esos duermen sólo cuando han muertos. En la tarde, justo antes del baño, pidió para la noche una virgen. Las tropas revisaron cada casa o barrio alegre en vano; todas las doncellas del país, en acto de rechazo, habían dejado de serlo. Harada prometió matar él mismo a quien tocara una niña o alguna de las mujeres de la depuesta Familia Real. Las falanges mostraban impaciencia y -fuera por miedo o resignación- las mujeres galantes hallaron una virgen, Kusai en persona fue a verificarlo. Una hermosa casa situada en el centro de la ciudad. Allí una cortesana de gratas maneras le obsequió sus servicios y llevándolo aparte le mostró un pequeño corredor que conducía al techo, donde en una pequeña pieza una muchacha tejía sin cesar. Le explicó que había venido con los comerciantes y otra chica, ambas eran mucamas en su país natal y seguían la caravana con la intención de hacer fortuna pescando ostras en el Dubei. Para ello contaban con la dote de esta, constituida por numerosos rollos de encajes finísimos que ella sabía hacer. La otra al parecer huyó con el dinero ganado por su amiga y parte del ajuar de la misma. La cortesana se había compadecido de ella acogiéndola en su casa, brindándole protección, sustento y compañía a cambio de que tejiera encajes para ella y sus pupilas. Kusai no la dejó terminar -aún tenía un despacho pendiente con enviados de Rusel- e hizo prender a la muchacha, que no dejó de tejer, entre la agitación de los guardias y sollozos floridos. Al caer el sol Harada recibió la noticia de que sus deseos estaban cumplidos, la joven fue revisada y había pasado la prueba. Entró a su recámara para cambiar su ropa. Estaba muy contento, a pesar de la inquietud que le atacó al saber la noticia. Por primera vez probó unos sorbos antes de salir. La noche entraba limpia a las terrazas altas, todas las ventanas abiertas, los jetori apostados en cada vía de acceso al último escalón. Esperaba verla tendida bajo los brocados, temblando y sudorosa de miedo... su espíritu tranquilo requería esos trances de graciosa torpeza, de una fuerte ansiedad vestida de temor. Pero ella no estaba allí sino sentada de espaldas bajo una antorcha, sumida en una labor que él no supo descifrar. Su olor le recordó fulgores idos, temblores ocultos en miles de insomnios, cuando se acercó y le rozó los cabellos supo que cada hebra quedaría en sus yemas como un corte de fuego. Ahora estaba de pie tejiendo s in agujas una burda, aunque hermosa, faja ancha de encaje con hilos arrancados a la escasa camisa que la cubría. Fascinado, Gen descorrió los bordes e hizo caer la tela, más por verla tejer que por descubrirla. Alimentó las brasas y perdió el aliento frente a esa piel de frutas -no de flores- que nunca había visto; ámbar clarísimo extendido en los hombros, ojos enormes como la lluvia en Ina. No le hicieron saber que era extranjera y el asombro fue tal que estuvo inmóvil hasta que las estrellas pasaron el arco de la terraza sur; y él torcido, doblado con los hilos por las manos estrechas en su faena de nieve. Batieron en su cráneo olas tremendas, crispando el horizonte de su pecho con truenos inminentes. Quiso extender los brazos, cerrarlos sobre ella, mas la sintió tan fresca que se dejó arrastrar por su quietud como una hoja seca quemándose en el aire. Entonces habló. De los pasos latentes en las grutas del cuerpo, de las llamas secretas que encendían adentro sus aromas recientes. El Rey de la Prudencia hizo versos del cielo y la noche divina, le contó de miembros develados, flancos torpes, crines húmedas... ella no levantó el rostro para verle, él bebía enfebrecido la imagen de lo que se le antojó modestia y siguió hablando. Las frases nacían con una fluidez que jamás reconoció, el corazón entero en cada oración, dictada desde el fondo. La muchacha alzó la vista, Gen creyó que entendía y sonrió. Ella ofreció el encaje que fue rechazado suave pero resueltamente, estaba decidido a cederle el sereno discurso de su alma con toda honestidad, qué podía importar su ofrenda cuando era él quien lo entregaba todo. Su autoridad celeste le obligaba a imponer cualquier emoción sin recibir réplicas. El no debe escuchar, sólo decir y dejar al resto a merced del instante. Los dedos insisten en ofrecer la tela, mas de una vez dejan caer la suave banda sobre la frente imperial; la última llegan a posarse sobre los locos labios, sellándolos de golpe con un leve roce. El manto rojo flotó ante las cejas de Gen, sus uñas en el espacio dibujado en los hilos, largos como la aurora, cayendo en hebras rotas alrededor. Harada se retiró dolido y sin calma. Se iría con el sol a curar su amargura. Regresará a la Sede para dormir con ellas, las tres esposas solícitas que ahora descubre ajenas. La primera; campo de flores, hermana en saltos violentos y caprichos de nube. La segunda; arbusto verde y sapiente, eco de salmos rimados en días luminosos. La tercera; gruta blanda y dorada que le acogió sin temor en el primer Reconocimiento en la vida de ambos. Una para cada estación primordial de la vida: " el alma pura, sin velo; el pensamiento blanco e infinito, el cuerpo sigiloso y dormido mar de lava... pero la Cuarta es la Esencia. Después de ella vendrán sólo concubinas. Cuida bien de encontrarla vivo - había dicho el Oyente - o nunca te hallarás. Ella es el corazón; la unión de todas y TODO en una sola, perfecta como el Universo". Gen Harada reniega lo aprendido, no será el primero ni el último que viva sin la Cuarta. No sentirá sus manos arrullándole en sueños. Es tan grande su poder que sólo con tocarle verá el esposo todo lo que ella mire, hablará como propia la lengua que ella hable... pero la extranjera no escuchó. No quiso oírlo aún cuando vertía el cauce de su alma en palabras extrañas. Harada se detiene de golpe. El hablaba en su voz, veía su miedo, mas no sintió el eco de su rezo en ella. Los truenos iniciáticos le rompieron las sienes. Ella escuchó el discurso desde su pecho mismo. Gen no puede moverse, su fuerza es una bestia acuosa que se parece al miedo. Su mente le devolvió las púas que guarda para otros. Corre a los pisos altos con las manos prendidas al cuello de su esperanza, con tanta presión que esta desfallece y finalmente muere en el umbral de la estancia. La doncella es hermosa sobre la mancha oscura. Aún palpita la carne deshecha a puro diente, la frágil brecha abierta al final de las manos, justo por donde brota con más intensidad el acre río. Pudo haber sido un agudo crepitar a través de los huesos, o tibios borbotones del torrente en su boca, o el desconsuelo feroz de las criaturas sagradas. Los labios descansaban sobre la piel del brazo. Harada sabe exactamente lo que eso significa. Una razón vencida y desplomada, el hueco donde nunca flotarán copos blancos. El emperador de Haiko no tuvo primaveras. Sus pocas estaciones se cubrieron de hielo, el cuerpo esbelto y largo enmoheció de golpe. Inició su dinastía con modestos crespones que luego acompañaron el resto de su vida. Nadie pudo entender su empecinado duelo y la extraña negación a sembrar vástagos. En los círculos reales se prometió la muerte a todo aquel que hiciera alguna alusión al Texto de las Esposas. Ken Kusai, mariscal, favorito e hijo natural del Reino fue unido en matrimonio a la primera infanta de la sangre de Tzand. Harada les obsequió el apellido imperial y la sucesión al trono para el primer heredero, a condición de que celebrara sus bodas también con princesas tzande. Luego se volvió Tzeng-Thee. Gen Harada murió el día en que su Príncipe solicitó la bienaventuranza para unirse a su recién hallada Cuarta Esposa. Sólo alcanzó a pedir que le llevaran pronto a sus antiguas cámaras en el viejo palacio. Conforme a sus deseos fue quemado en su totalidad. Ardió por espacio de tres noches con sus días. Finalmente, y según la costumbre, procedieron los sabios a rescatar su corazón de las cenizas; todavía era joven al morir y su aura flotaría en las hordas si estaba a buen recaudo en la Gruta de los Justos. No pudieron hallarlo. Para Sergio
Septiembre 2001
(si te gusta escribir relatos de fantasía o terror y quieres animarte ha
escribir uno para que lo publiquemos en esta página,
avísanos)
|