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ArgesI(9/7/00)¡Por todos los dioses!, que dolor de cabeza. No podía sentir mi cuerpo totalmente entumecido, no sabía si me dolían todos los huesos o es que ni siquiera estaban ahí. Lo único que podía distinguir era el profundo mareo que sentía, la cabeza me daba vueltas y me palpitaban las sienes. Poco a poco intenté volver en mí, cuando quise abrir los ojos vi lo mismo que con ellos cerrados: una total oscuridad. Quise esperar para que mis ojos se acostumbraran a ella, además de que porque aún no tenía fuerzas para levantarme. Los minutos pasaban uno tras otro, pero nada, seguía sin ver nada. Empezaba a recuperar fuerzas así que tanteé el suelo de fría piedra e intenté dirigirme a la pared, una vez la encontré me puse de pie con un esfuerzo titánico. Al parecer las paredes no estaban construidas con el mismo material que el suelo, éstas eran más resbaladizas y... mientras mis pensamientos iban de un lado a otro, un trozo de pared cedió dando paso al sonido que tantas veces había oído en mi vida, tan sólo mis reflejos que, gracias a los dioses, seguían intactos, me dieron la velocidad suficiente para lanzarme al suelo al mismo tiempo que el característico ¡clic! Al tiempo que caía al suelo una onda de calor recorrió mi espalda cuando una gigantesca llama surcó el aire. Me levanté aún más dolorido que antes, pero, mirándolo por el lado bueno, ya tenía luz, además de que un cierto calorcillo me recorría el cuerpo. Desde luego debía de estar en un sitio importante para haber tales trampas. La llama aún candente en una esquina de la pared me mostraba la sala: era una sala de pequeñas dimensiones y totalmente empedrada, era una piedra que en su época debió ser lustrosa y cara , pero ahora apenas era un montón de piedras amontonadas. En el centro había una tumba sobre un pedestal que ocupaba un tercio de la habitación. Cuando me acerqué un poco más vi que era una verdadera obra de arte: ¡tanto el pedestal como la tumba estaban labrados en la misma piedra desde el suelo! Por lo visto no era el primero, la tumba estaba ligeramente abierta por uno de sus lados. Quién se me hubiese adelantado tenía unos gustos que no compartía, la tumba estaba vacía. Abrí un poco más la tumba y encontré rastros de sangre, lo toqué y ... ¡mierda!, un virote salió despedido hacia mí, me aparté pero demasiado tarde, apenas me rozó, sin embargo me dolió como si me hubiese desgarrado el brazo. Cuando me recobré me juré que no volvería a tocar nada sin que alguien no lo hubiese hecho antes, bueno ya sabía el por qué de la sangre. La pregunta ahora era: ¿Cómo salía de allí? Recorrí toda la habitación con la mirada y encontré la solución, unas marcas recorrían un tramo de la pared en forma de puerta y, a su lado había una preciosa palanca... ¡je!, ¿quién era el nene bonito que iba a tocarla? Me preparé, comprobé que iba hacia abajo e hice acopio de fuerzas... La bajé y con toda la rapidez de que fui capaz me lancé al suelo... nada, no ocurría nada. Me levanté y un ruido empezó a sonar, poco a poco la pared se elevó. Por fin algo salía bien. Avancé decidido y la luz dio en mi cara, cegándome por un tiempo. Cuando los abrí un grandísimo prado se abría ante mis ojos con un camino empedrado, ya cubierto por la maleza, atravesándolo. No, no era todo maleza, entre ésta había restos de una batalla, montones de espadas, escudos, alabardas, y todo tipo de armas totalmente oxidadas cubrían el prado. Madre mía que había ocurrido aquí. Con miles de pensamientos cruzando mi cabeza a toda velocidad, empecé a caminar, de repente tropecé con una espada y caí al suelo. ¡Es que no me iba a pasar nada bueno! Al levantarme vi un arma en el suelo, esa espada, esa espada... yo la conozco. La recogí y la examiné, en ese momento millones de imágenes cruzaron mi cabeza raudas como el viento: Estaba en medio de una batalla y, y, en este prado, el sudor recorría mi frente y cada vez éramos menos, mientras que cada vez más y más hombres uniformados se unían a sus compañeros. Yo estaba con un reducido grupo, armado penosamente y tan sólo algunos llevaban armadura. Pero ¿por qué?, que hacía yo allí. ¡El templo!, estábamos defendiendo el templo. Al fin sabía algo, pero ¿por qué defendíamos el templo? ¿Quién estaba enterrado en él? ¿Y con quién estaba yo? Tal vez en el próximo pueblo consiga más información. Eché a andar de nuevo con la espada al cinto, mí espada. II(25/7/00)Bueno, quizá no fuese tan fácil encontrar un pueblo. Después de dejar el camino, el paisaje se tornó abrupto y difícil, tras lo que también empezó a desaparecer todo vestigio de vegetación. Finalmente todo alrededor mío fueron montañas, montañas de dura piedra sin siquiera un matojo de hierba. Habían pasado dos días desde que empecé a caminar hacia un poblado y el hambre y la sed empezaban a volver lento y pesaroso mi paso. Al principio del viaje encontré algunas fuentes naturales, pero éstas también desaparecieron con la hierba y el camino llano. Por si fuera poco el sol calentaba cada vez más y tenía que pararme a cada nuevo tramo para descansar de lo que ya se había convertido en una escalada, en vez del paseo inicial. Un pie más, un par de rocas, descanso, otro paso y... como por arte de magia apareció ante mí un poblado rodeado totalmente por montañas, en el fondo del valle. No parecían más que un montón de casuchas mal construidas, pero era un pueblo y en los pueblos hay comida, es decir, de momento, el mayor paraíso del mundo. Bajé tan rápido como pude, rodando montaña abajo en algunos tramos. Cuando llegué me dirigí hacia la casa más cercana, donde una mujer trabajaba y le pregunté por la taberna más próxima, la mujer, algo azorada, me señaló una dirección, y hacia allí fui. Desconozco que hora sería, pero dado que no había nadie por las calles, deduje que sería mediodía. Al llegar, me encontré con una casa no muy grande para ser la posada, tan sólo se distinguía de las demás por el cartel, no obstante parecía acogedora. Una vez dentro crucé un pequeño pasillo que llevaba a la barra y a una pequeña sala con mesas, pedí comida al tabernero y me senté. Mientras esperaba me fijé en los inquilinos, apenas un par de borrachos muy madrugadores o todo lo contrario. Frente a la barra un hombre envuelto en una capa bebía parsimoniosamente y, en un momento dado en que se giro, apenas un ademán, le vi la cara. Los recuerdos revolotearon por mi cabeza de nuevo, esto empezaba a cansarme, de nuevo a las puertas del templo tan sólo una decena de hombres nos retirábamos hacia el interior de éste para resistir el continuo ataque, pero nuestros atacantes no cejaban en su empeño y, poco a poco se introdujeron en él. Seguí luchando sacando fuerzas de flaqueza, cuando casi no podía ni sostener mi espada. Llegados a ese punto y sin previo aviso, sentí un fuerte golpe en la cabeza, que empezó a darme vueltas y caí al suelo. Lo último que vi antes de perder la conciencia fue a un tipo sonriente que me miraba... el mismo tipo que tenía enfrente. Al volver de mis pensamientos vi que el misterioso hombre me estaba mirando fijamente. Me levanté y fui hacia él mientras pagaba y se iba presuroso hacia la puerta. Aceleré el paso cuando salió. Al abrir la puerta lo vi en la distancia corriendo, si no sabía quién era al menos sabía que era culpable de algo, lo perseguí casi desfallecido, pero el no era precisamente un corredor nato, y tras recorrer numerosas calles del pueblo lo atrapé lanzándome sobre él. Lo levanté del suelo y lo zarandeé: ¡¿quién eres? ¿por qué corrías? Más vale que empieces a contestar, me pongo de muy mal humor cuando hago ejercicio. Mientras lo sujetaba empezó a moverse entre estertores, la mandíbula le temblaba y su cuerpo se retorcía. Hasta que su cabeza calló hacia delante ¡sin vida! Lo solté y lo dejé en el suelo mientras lo registraba y buscaba algún tipo de herida, un cuchillo clavado, una uña agrietada, ¡algo!, pero nada. Me alejé dejándolo allí y fui en busca de comida, de momento no se me ocurría nada mejor. ¡Pero como demonios puede morir alguien así! Ni siquiera parecía constipado. III(31/7/00)Habían pasado varios días desde que muriese aquel extraño hombre y empezaba a sentirme mal, quizá el hombre no podía correr y eso lo mató. Su cadáver fue encontrado aquella misma noche, no sé que harían con el cuerpo. Yo pasaba los días en la posada con el poco dinero que, de nuevo tenía que agradecérselo a los dioses, seguía ahí. El tiempo transcurría apaciblemente mientras yo interrogaba a las gentes de aquel pueblo con pésimos resultados. Absolutamente nadie en todo el pueblo parecía recordar haberme visto jamás, a pesar de que, si yo caí en aquel templo tuve que atravesar este pueblo ya que era el único en cientos de kilómetros a la redonda. Y, bueno, sé que soy resistente, pero no creo que cruzase tanto terreno de cabeza a una confrontación, sin antes avasallar a alguna linda señorita después de tantos días de viaje. Y, no, por mucho camino que cruzase mis orientaciones carnales no variarían. Una cosa es estar deprimido y otra muy diferente no tener freno. Empiezo a desvariar, pero lo cierto es que estar sólo en un lugar lejano siempre acaba trastornando. Como ya casi había hablado con todo el pueblo, empecé a realizar pequeñas salidas alrededor del perímetro del pueblo. Precisamente me encontraba en una de estos pequeños escarceos cuando ya era prácticamente de noche. No eran precisamente unos lindos paseos por una preciosa zona arbolada, mas tendría que conformarme con lo que tenía. Mientras mis pensamientos seguían divagando di, lo cierto es que casi tropecé, con una monumental torre que se levantaba una gran distancia del suelo. Lo cierto es que tenía una preciosa puerta que fácilmente hubiese podido tirar abajo, pero como dice la máxima 4.321 de todo buen aventurero, no te adentres en una misteriosa torre en medio de ninguna parte, al menos no en mitad de la noche. Así que, mañana sería otro día. Di media vuelta y regresé al pueblo. A la mañana siguiente, tras levantarme y comer algo, me preparé todo lo necesario: algo de comida, una mochila, un palo envuelto con unos trapos que impregné para usar a modo de antorcha, yesca y pedernal, un poco de agua, me ceñí la espada al nuevo cinto que compré y me lancé a la aventura. Cuando por fin llegué, una vez pasado más de medio día, me maravilló lo esplendoroso de la construcción, algo que la noche no me permitió admirar. Había sido construida de tal modo que parecía una sola pieza toda ella, no se veía marca alguna entre piedras. El material parecía ser la propia montaña, confundiéndose la torre con el paisaje. Alrededor de la puerta había numerosos grabados que parecían formar frases, pero que para mí eran ilegibles. En la puerta sobresalía una aldaba con forma de cara con la lengua hacia fuera de donde colgaba el llamador, y como lo mío es la cortesía... ¡pum, pum, pum! ¿Hay alguien en casa? Nadie respondió así que intenté abrir, pero nada. Me disponía a utilizar el sutil método de la patada... cuando se me ocurrió una brillante idea: ¿y si fuese hacia fuera? Pero no, no lo era, por lo que: ¡Brooooooom! con gran estrépito la puerta cedió gentilmente ante mi pie. IV(1/9/00)¡¡Aghh!!, que asco, ¿por qué todos los sitios misteriosos están llenos de telarañas? ¿Es para darles más interés? ¿O es que un dios con nada mejor que hacer se está dedicando a putear a todos los pobres visitantes de tales lugares? Nada más entrar encendí mi rudimentaria antorcha y exploré el lugar: era la torre la propia torre en sí, producía una gran desazón con solo estar observándola, el aire que la llenaba rezumaba un gas que se hacia irrespirable, que no pertenecía a la Tierra, pero que era demasiado impuro para pertenecer al Cielo. Las paredes daban un,... una... sensación de estar a punto de abalanzarse sobre cualquiera que la invadiera. Cada piedra, cada sombra, cada forma, proporcionaban un desasosiego tal que empecé a tomarme en serio la posibilidad de dar media vuelta, pero finalmente me armé de valor y decidí mirar más objetivamente. La sala no era de grandes dimensiones y el único adorno eran unas escaleras que subían hacia el piso superior. Así que... Una vez arriba me rodeó una sala no muy diferente a la anterior: su mayor característica era estar vacía. Apenas una mesa con un pequeña sill... ¡iiiaagghhhuuuuu! Con un estridente grito, más bien un chillido, una rápida sombra saltó sobre mí con las manos en alto sosteniendo una gigantesca hacha. En décimas de segundos me eché a un lado desenvainando mi espada al mismo tiempo, apenas con la rapidez suficiente para detener la siguiente acometida de mi misterioso agresor. Con un rápido movimiento me desplacé hacia un lado mientras intentaba golpearle al mismo tiempo. A lo que mi contrincante respondió con una furiosa carga, que apunto estuvo de costarme la cabeza. Recomponiéndome y tomándome esto más en serio desarme al ser con un par de golpes rápidos, pero éste en lugar de rendirse se tiró sobre mí con un potente salto. Con el estilo conseguidos tras miles de batallas lo dejé pasar por un lado y con gran elegancia le rebané la cabeza de una veloz estocada. Mi contrincante no era más que un simple humano envuelto en pieles, ¡pero qué pieles! Jamás en mi vida había visto tal tipo de pieles y mucho menos al tipo de animal que las hubiese llevado. Bueno, yo a lo mí me acerqué a la mesa y registré sus cajones. El superior estaba cerrado así que lo golpee con la empuñadura de mi espada y cedió. Dentro no había más que un extraño colgante y un anillo que tenían aspecto de ser caros por lo que me los puse, en caso de necesidad podría venderlos además, me daban un aspecto especial, por no mencionar que brillaban. Bueeno, nuevas escaleras: nuevo piso, subí. Esta vez con espada en mano y sigilosamente me acerqué al final de las escaleras y, al llegar, vi a otro de esos seres agazapado en una esquina observándome. ¿Qué¿ ¿mpezamos?- le dije. Me atacó sin pensar y con una gran fuerza en su arremetida. Estaba desamado así que simplemente tuve que sostener con fuerza la espada colocándola frente a él para que se ensartara. Uno menos. Este piso era el último y, para variar estaba vacío, ni mesa, ni silla, ni siquiera escaleras a otro piso. Ya nada me retenía allí así que me fui. Al salir hubo algo que realmente me extrañó: los pisos parecían de insignificante tamaño comparados con la torre. Por supuesto aquello no iba a quedar así, pues dudo mucho que esa especie de bichejo fuese capaz de cerrar las puertas por dentro. Además, no tengo ninguna diversión mejor. Y, como dijo una sabía persona, ni la conozco ni sé si sería sabia, pero hizo una buena frase, una aventura es todo el placer que se necesita en la vida para quien tiene corazón aventurero. V(1/10/00)Maldito camino, maldito y eterno camino. ¡Malditas montañas, y maldita mi suerte! Las cosas podrían haber ido bien por una vez, pero nooo, ¿para qué, para qué perder la costumbre? ¿Es que no merezco un poco de suerte de vez en cuando? Bah, de que servía quejarse, nada cambiaría por alzar el puño al cielo, todo seguiría igual cuando se quedase sin fuerzas para gritar. Pero al menos así me siento mejor. ¡Maldito sea todo! Aquí estoy yo, en medio de la nada, nos sé por qué tuvo que pasar la maldita idea de irme por mi cabeza: tras no conseguir nada en el maldito pueblo, decidí marcharme a algún sitio, a pesar de las advertencias de todo al que pregunté debido a la lejanía de cualquier otro sitio. Decidí conseguir un caballo a toda costa pero, aunque hubiese tenido el dinero no me habría servido de nada ya que lo máximo que podría haber conseguido era un burro. Sin embargo la gente hablaba de la existencia de extrañas criaturas en una llanura no muy lejana. Unas criaturas veloces como el viento que caminaban sobre cuatro musculosas patas, con brillantes ojos y poderosas mandíbulas, así que deduje que debido a la visión de sus "veloces" asnos y la deformación de las historias de boca en boca en un pequeño pueblo, esa era la descripción que más se acercaba a un caballo. Tras gastar todo el dinero que poseía en los aparejos necesarios para un caballo, adaptados a la medida, dado que eran de burro, y en todas las provisiones con las que me pude hacer, además de unos cuantos metros de cuerda. Me dirigí a la llanura, de noche, esperando que durmiesen, con la única ayuda de la cuerda y... mucho valor, poco, pero menos da una piedra. Poco a poco se fue abriendo ante mí una gran llanura, la primera que veía en mucho tiempo. Observaba el paisaje que me rodeaba cuando empecé a oír un lejano ruido, como el rugir de una tormenta en sus inicios, cuando se está formando, preparándose para caer sobre el sorprendido viajero. Pero este sonido se acercaba muy rápido, demasiado rápido. Era todo un batir de tambores sobre el blando suelo, que al unísono llegaba hasta mí haciendo que la tierra bajo mis pies saltase rítmicamente, como intentando desplazarme de mi lugar. Por lo que, sabiamente, decidí esconderme tras un cercano promontorio. El lejano retumbar se fue acercando hasta casi alcanzar mi posición, momento en el que se detuvo por completo. Tras respirar varias veces profundamente asomé la cabeza por encima de mi posición para otear qué demonios era lo que lo había producido. Al levantar la vista no pude quedar más sorprendido: ante mí tan solo se mostraban un montón de caballos, de hermosa factura sí, pero caballos al fin y al cabo. Con la poca luz que había apenas pude distinguir si realmente eran todos negros o simplemente eran todos de colores oscuros. Era cierto que poseían poderosas patas, mucho más que cualquier caballo que pudiese haber visto jamás, unos fuertes pulmones se adivinaban bajo unos potentes músculos en movimiento. Así fui observando poco a poco a uno de esos ejemplares hasta que me percaté de que el también me observaba, por un breve instantes nos miramos directamente el uno al otro y, algo pasó, no lo puedo explicar, pero algo sucedió en ese instante. Algo que me hizo saber que ese caballo tenía que ser mío. Como en respuesta a mis pensamientos un extraño brillo rojo recorrió sus ojos, antes de lanzarse a la carrera. Me incorporé rápidamente y me fui tras él a toda prisa, le tiré el lazo y... milagro, acerté, lo había conseguido. Al menos hasta que él siguió de frente haciendo caso omiso a la cuerda que se cerraba entorno a su cuello para arrastrarme tras él con una impetuosa fuerza, pero iba a ser mi caballo, ¡vaya que si lo iba a ser! Me llevó por los suelos más tiempo del que puedo recordar antes de empezar a perder la fuerza suficiente como para que pudiese dominarlo. Me levanté del suelo, no sin gran esfuerzo, y me acerqué al animal. Respiraba con fuerza y me miraba con curiosidad, pero no se inmutó cuando le toqué. Parecía haberse rendido a su destino, declarándome ganador a mí. Decidí probar suerte y monté en él, ni siquiera se molestó en resoplar, simplemente me dejó hacer. Subí y como si hubiésemos estado juntos toda la vida cabalgamos juntos con total soltura y naturalidad. Tras un pequeño paseo volví al pueblo y, viendo que mi nuevo compañero no necesitaba doma alguna, le puse los aparejos y me encaminé hacia donde me llevara el camino. Y así llegué a esta situación, en la que no me queda apenas agua ni comida, y sin apenas esperanzas de encontrar nada. Bueno, lo cierto es que, hasta que llegase mi hora, no tenía nada mejor que hacer, por lo que seguí adelante. Cuál sería mi sorpresa al encontrar ante mí, con sólo avanzar unos pasos, una especie de pequeño templo, más bien una capilla. Y estaba ahí, en medio de la nada, por supuesto avancé hacia ella. No tenía ninguna clase de puerta, pero sí una entrada donde debería estar ésta. La crucé y, al avanzar fue abriéndose ante mí una pequeña sala constituida por cuatro paredes bastante destrozadas por el paso de los años. No había signo alguno del paso de ninguna criatura humana o no, ya que el suelo estaba totalmente cubierto de polvo y el techo de enormes telarañas. Mientras inspeccionaba el edificio que me rodeaba se abrió ante mí una columna circular de poca altura sobre la que descansaba una extraña botella de grandes dimensiones... Continuará...
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