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De capillas y monstruosTodo empezó una mañana, al abrir el correo y encontrar una carta de un amigo, compañero de profesión, llamado Andrew Jones. Era un novelista americano, seguidor de Lovecraft y continuador, como otros, de su panteón de monstruosidades. En busca de inspiración, había viajado a Robledos del Río, un pequeño pueblo de Castilla la Vieja, a contagiarse de las historias y leyendas de la zona. No sé ni cómo ni por qué se le ocurrió visitar precisamente ese pueblo, pero aquella maldita elección iba a marcar fuertemente mi vida... y a acabar con la suya. En aquella carta me comentaba que había hecho algunas averiguaciones sobre la historia del lugar, y había descubierto varias cosas que juzgaba interesantes, e imploraba mi presencia allí cuanto antes. Mis planes para el futuro próximo consistían en devanarme los sesos en busca de un tema para mi próxima novela, y pensé que la paz de la vida rural podría ayudarme. Jamás he cometido un error mayor. Hice maletas, cancelé un par de citas y al día siguiente estaba en el tren, camino de Robledos. La estación más cercana al pueblo distaba aún unos diez kilómetros de él, así que recorrí un buen trecho andando, cargado con mi escaso equipaje. Al llegar al pueblo me asaltó un sentimiento de desolación: Estaba prácticamente desierto. No había nadie fuera de las casas, porque no se podía decir que en aquella caótica agrupación de hogares hubiera algo merecedor del nombre de calle. No me costó mucho encontrar la posada del pueblo, y al llegar allí me llevé mi primera sorpresa: Andrew no estaba allí. Pregunté por él al dueño del local, y me comentó que un hombre con acento extranjero -sin duda debía ser mi amigo- había alquilado una habitación haría cosa de dos semanas, y había estado hospedado en ella hasta hace un par de días, en que no volvió. Todavía tenía sus pertenencias en la habitación. Yo le pedí, intrigado, que me dejase observarlas, y que me diera la misma habitación que había ocupado él antes. El posadero no se negó, y examiné el equipaje de mi amigo, buscando algo que me pudiera ayudar a conocer su paradero. Lo único que encontré fue una carta que se supone estaría a punto de enviar a su editor en Estados Unidos. En ella le contaba que estaba ya preparando un nuevo relato, y que para él se había inspirado en el castillo de un pequeño pueblo español, sobre el cual se contaban terribles leyendas. Intrigado, asomé la cabeza por la única ventana de mi habitación y, en efecto, coronando una pequeña colina, había un pequeño castillo semiderruido en el que no me había fijado a mi llegada. Decidí visitar ese castillo al día siguiente, tras descansar del viaje en tren que me había dejado completamente fatigado. El resto del día lo pasé en el piso de abajo de la posada, que servía de bar al pueblo. Un pueblo que no por su apariencia descuidada estaba vacío de vida, como me había parecido en un principio. Las casas blancas, tan típicas en estos parajes, tenían sus paredes desconchadas, y parecían desconocerse los términos de alcantarillado y asfaltado. El agua se obtenía por bombas que elevaban la existente en un manantial subterráneo, situado justo bajo la población, y la electricidad procedía de generadores individuales, en las casas que disponían de ella. El pueblo vivía gracias al cultivo de vid y trigo, y yo no habría tenido un lugar donde hospedarme si los hijos del posadero no hubieran emigrado a Madrid hace años, quedándose el hombre con habitaciones de sobra. De todo esto me enteré atendiendo a las conversaciones que mantenían los lugareños mientras jugaban a las cartas o al dominó, ayudándome de algunas preguntas prudentemente realizadas sobre ciertos detalles. Sentado en la mesa de aquel bar me enteré también de la leyenda que rodeaba al castillo que había divisado tras mi ventana: Su último dueño, hace más de seis siglos, había sido un noble más temido que respetado, de quien se decía que practicaba oscuras artes, ofreciendo algunas veces sacrificios a sus malignos dioses en forma de campesinos que desaparecían en la noche y ya no se les volvía a ver. Una de aquellas noches, el señor del castillo estaba supuestamente realizando alguna invocación en la sacrílega capilla que tenía construida pared con pared al castillo, y algo debió salirle mal porque, de pronto, el claro cielo nocturno se llenó de nubes en cuestión de segundos y descargó un único rayo, que acertó en el castillo y lo dejó en el estado en que se encuentra ahora. Al día siguiente, los aldeanos se acercaron al lugar en busca del señor, o al menos de su cadáver, pero no encontraron nada. Desde entonces, nadie se ha acercado a las ruinas por temor a lo que allí pudiera encontrar, con la excepción, según me comentaron, de mi amigo Andrew. Entonces mis deseos de explorar aquella fortaleza caída en desgracia aumentaron, al tener más indicios de poder encontrar allí algún rastro de Andrew. Esa noche dormí poco y mal. Durante mi vigilia, me parecía oír voces que provenían de fuera de la habitación, probablemente del castillo, e incluso más de una vez creí ver luces en su interior. Cuando conseguí conciliar el sueño, deseé no haberlo hecho, porque me asaltó la más terrible pesadilla que haya tenido nunca. Estaba en pie, con una linterna en la mano, caminando por lo que parecía ser un sótano antiguo. Las paredes estaban decoradas con extraños símbolos, que quizá constituyeran algún tipo de alfabeto arcano, escritos en rojo. Oía sonidos que parecían provenir de todas partes y de ninguna a la vez, que pronunciaban plegarias a algún oscuro dios. Parecía que me encontraba en medio de una de las novelas de mi amigo, pero lo más espantoso fue que era consciente de estar soñando, ¡y no poder despertar!. Los rezos cada vez se oían más alto, más cercanos, hasta parecerme que los cantaban justo enfrente mío. Entonces, comencé a sentir una presencia ominosa que habría acudido al oírse llamada por aquellos cánticos, que cesaron de repente. Mi linterna se apagó, y quedé sumido en la oscuridad. Aun en aquella negrura, notaba la mirada del ser que se encontraba ahora en esa misma habitación, y sentí la necesidad de escapar. Sabía que, de permanecer allí, no seguiría vivo, y busqué desesperadamente una salida, tanteando a ciegas las paredes con el terror incrustado en mi corazón, que latía a un ritmo frenético, como los tambores de los antiguos chamanes africanos. Le notaba detrás mío, su fétido aliento en mi nuca, sus correosos tentáculos aferrando mis miembros, impidiendo que me moviera. Dejé de luchar, derrotado antes de comenzar, y me preparé para el final. Un relámpago iluminó la estancia durante un instante, por un pequeño ventanuco con barrotes, y entonces le vi. Vi su rostro, un rostro que no era humano, y que recordaba vagamente al de algunas estatuillas encontradas en excavaciones, que representaban horrores mitológicos. Vi también una garra, que se dirigía implacablemente hacia mí... Desperté con un salto, en medio de un charco de sudor. Debía ir a ese maldito castillo de una vez, para así sacármelo de la cabeza. Al asomarme por la ventana vi que estaba casi amaneciendo, así que decidí no posponerlo más. Me lavé y, al cambiarme de ropa, descubrí que la camiseta con la que había dormido estaba hecha jirones, rasgada por todas partes. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y harto de todo aquello me dirigí por fin a aquel castillo, cerrando mi habitación con un portazo. De día aquel castillo no presentaba un aspecto nada amenazador. Tan sólo los dos primeros pisos de la torre y parte de los muros se mantenían en pie, aparte de lo que parecía una capilla. Todo lo demás era tan sólo un amasijo de rocas, ruinas sin el menor valor. Observé los restos de aquel edificio románico, iguales a tantos otros, como los que abundaban en la zona. Lo que parecía haber sido la torre del homenaje se encontraba en el mismo lamentable estado que los muros: parcialmente derruida, únicamente se mantenían en pie la planta baja y el segundo piso, aunque con el techo derrumbado sobre él. Lo único que parecía desentonar en aquel paisaje era una estatua de piedra que coronaba el dintel de la puerta de la torre, que representaba una gárgola de aquellas que proliferarían después en tantas mansiones y catedrales góticas. Tras una primera observación no hallé nada de valor, y me dirigí hacia la capilla, desanimado. Desde luego, aquel lugar no merecía las leyendas que corrían sobre él, y que habían hecho a Andrew viajar desde Estados Unidos. Pero aquella opinión se desvanecería al abrir los pesados portones de la capilla: Lo primero que me atacó al abrir las puertas fue un olor nauseabundo, a carne quemada y putrefacción. Después, observé el interior del lugar: Desde luego, si aquel había sido un lugar de culto, este no era hacia el dios cristiano. Había habido muebles de madera, pero estaban destrozados, como si una enorme bestia rabiosa los hubiera arrojado contra las paredes. En el centro había un enorme círculo trazado en color rojo sanguíneo, pero no con líneas: El círculo estaba formado por símbolos, que guardaban parecido con letras griegas, o con los signos del zodíaco. En el interior de aquel círculo se había trazado una estrella de cinco puntas, con los mismos caracteres, y en el mismo centro de aquella estrella, símbolo que, según tenía entendido por lo que me contaba mi amigo, era usado con frecuencia por magos y brujos en sus invocaciones para protegerse de aquello a lo que llamaban, se levantaba un altar de piedra. De nuevo esos símbolos recorrían toda la superficie del altar, excepto la parte superior, lisa en su totalidad y con cuatro argollas de hierro clavadas en ella, lo que hacía suponer su terrible finalidad. Al ver todo aquello no me extrañó que los lugareños no se acercasen al castillo, pues seguramente sus leyenda tenían bastante de realidad. Me acerqué hacia el altar, movido por algún extraño magnetismo, y entonces lo vi: Allí estaba mi amigo, muerto, con un enorme corte en el cuello. Su cara estaba en una horrible mueca que no parecía producida por el dolor. En la mano izquierda sostenía un cuaderno, que habría usado para tomar notas, y en la derecha un gran cuchillo de hoja curva, con un mango dorado lleno de inscripciones en el mismo extraño lenguaje que invadía el resto de la capilla, manchado de sangre. ¿Se había suicidado Andrew? ¿Qué le habría inducido a hacerlo? Entonces vi el resto de su cuerpo. Su piel estaba horriblemente quemada, aunque sus ropas no. Además, tenía grandes heridas por todo el cuerpo, como de garras y dientes, pero producidas por una bestia demasiado grande como para existir en el paraje. Cogí el cuaderno de su mano y pasé las hojas, intentando descubrir las causas que habían dejado a Andrew en ese estado. El cuaderno era un diario, un bloc de notas en el que Andrew apuntaba todo cuanto considerara interesante, para plasmarlo después en alguno de sus relatos. Cuenta la impresión que le produjo la capilla cuando la vio por primera vez, y algunas de las historias de los aldeanos sobre el lugar. Cuenta que había encontrado un antiguo tomo bajo unos escombros, y que lo había llevado a su habitación. En ese momento volví la cabeza, con la impresión de que tenía detrás a alguien observándome, pero no había nadie. Cerré el cuaderno, lo guardé en uno de mis bolsillos y me dirigí de nuevo al pueblo, para avisar a las autoridades de la muerte de mi amigo. Una vez en la posada, tomé la decisión de coger mis cosas y marcharme, pero me asaltó una duda: En el diario de Andrew, dice que había conseguido un libro pero, ¿dónde estaba? Busqué por toda la habitación sin éxito, pero al final lo encontré en su misma maleta, oculto bajo un doble fondo. Lo abrí y descubrí que estaba escrito con los mismos extraños caracteres de la capilla, lo cual me intrigó aún más si cabe. Lo guardé en mi equipaje, me despedí del dueño del bar y fui a la estación de tren. Durante la mayor parte del camino de vuelta a Madrid estuve leyendo el diario, siempre con la impresión de que había alguien observándome. Voy a relatar aquí sus palabras, tal y como él las escribió: He llegado al pueblo y visitado por primera vez las ruinas del castillo. Una vez aquí, no parecen justificadas las leyendas que me contaron, las que me hicieron venir aquí. El perfecto comienzo para un relato de los Mitos: Un malvado señor feudal que intenta hacer tratos con el Diablo, y es castigado por la ira divina en forma de rayo. Tenía pensado hacer que el Diablo fuera en realidad Nyarlathotep, y que hubiese invocado por error a alguna otra criatura, un Vampiro Estelar quizás, o incluso un shoggoth, que le hubiera devorado. Sin embargo, no hay nada de particular en este montón de ruinas, nada que me pueda servir de inspiración. Retiro lo que escribí antes: He encontrado un libro bajo algunos escombros, y parece interesante. Está escrito en griego antiguo, creo, pero quizás me equivoque: hay signos que no pertenecen a ese alfabeto, y yo tampoco estoy muy versado en ese idioma. Quizás sea aklo, un lenguaje bastante utilizado en algunos cultos malvados. Lo he tomado y pienso traducirlo, tal vez con ayuda de algún experto. He entrado en la capilla, y lo que he visto no me lo creo: Todas las paredes están llenas de extraños grabados, en el mismo idioma en que está escrito el libro. Hay un círculo de invocación, e incluso un altar para sacrificios humanos. Es increíble que en cientos de años nadie haya estado aquí por miedo a las leyendas, a ese monstruo que dicen ronda por aquí. Mañana volveré, porque he dejado allí el cuchillo ceremonial que encontré: Sus inscripciones resultan interesantes. El último párrafo me heló la sangre: Está escrito con una letra temblorosa, como más apresuradamente, y su contenido me convenció de que tenía que traducir aquel tomo arcano que traía conmigo: Me he encerrado en la capilla. Me está persiguiendo, aquel monstruo terrorífico es real. Le he visto quemar cosas con el pensamiento, sin fuego alguno. Ya le siento golpeando las puertas. Veo cómo se comban a cada golpe de esa aberración. Sin duda la debió invocar el antiguo dueño del castillo, porque ese ser no puede pertenecer a este mundo. La puerta está cediendo. He cogido el puñal. No para defenderme, porque sé que ya estoy condenado. Si lo que leí en el tomo es cierto, lo necesitaré para acabar conmigo mismo, para terminar con el terrible dolor que recorrerá mi cuerpo. Escribo esto por si alguien encuentra mi cuerpo, para advertir a la humanidad de lo que guarda la negrura. Ya está aquí. Ha llegado mi h Aquí acaba el diario. Decidido a saber qué era exactamente lo que había matado a Andrew, intenté encontrar a alguien capaz de traducir aquel grimorio, y al final lo hice. La traducción del libro, o al menos de parte de ella, la conseguí gracias a Conrado Reino, un estudioso de lo arcano que había publicado ya varios escritos sobre antiguos ritos mágicos. Se mostró emocionado al ver el tomo, e incluso me pidió que le permitiese traducirlo a él. Así lo hice, y durante varios meses estuvimos trabajando juntos, todos los días y a veces incluso las noches, leyendo pasajes, traduciéndolos y encontrándoles sentido, porque algunos estaban escritos en tono de metáfora. Durante todo ese tiempo sentí la misma presencia que en el tren, como si me observaran, y de vez en cuando oía extrañas vibraciones en el aire, como el batir de dos gigantescas alas. Al fin acabamos aquel trabajo. Al principio teníamos pensado publicarlo, pero tras ver lo que contenían aquellos escritos decidimos que no debían ponerse en manos equivocadas; no podían estar al alcance de cualquiera que pudiera pronunciar las palabras, realizar las ceremonias, y traer aquí algunas de esas monstruosidades extraterrenas. De todos modos, ambos conservamos una copia de la traducción, y yo guardé el original bajo llave, para mayor seguridad, porque el señor Reino parecía demasiado interesado en aquel tema, y en algunos momentos llegué a temer por su salud mental. Le oía susurrar nombres impronunciables, pronunciar frases en idiomas olvidados, todo tras comenzar el trabajo de traducción. Parecía que todo se había aclarado por fin, pero yo seguía sintiéndome espiado. Ahora incluso me parecía ver sombras que me espiaban y se ocultaban al mirarlas. Volví a recurrir al libro para encontrar alguna explicación, y leí un pasaje que antes había pasado por alto. Contenía la solución a la muerte de Andrew y, si alguien encuentra estas palabras, a la mía: Todos estos conjuros son muy peligrosos, y no deben ser usados por personas inexpertas. Por eso, y para protegerme a mí mismo, he creado un familiar, que perseguirá a aquel que profane mi obra, o que ose robarme cualquier cosa, incluido este libro. Le he dado el poder de corromper la carne viva, y la fuerza que sólo un ser del lugar de donde procede puede poseer. Lo he encerrado en la estatua que corona la puerta de mi Torre del Homenaje, y despertará al descubrir intrusos. Entonces volví a oír aquel horrible sonido, aquel aleteo, y al girar la cabeza vi, a través de los cristales de la ventana, una sombra. La sombra tomó forma y en un principio creí estar ante el ser, la presencia que soñé aquella vez, en el pueblo, antes de descubrir el cadáver de mi amigo. Corrí y grité como un loco, y cuando por fin pude recuperar un poco del control que tenía antes sobre mi cuerpo, lo primero que hice fue correr las cortinas, para evitarme aquella visión. Después me dirigí a mi habitación, y me encerré en ella, apilando muebles contra la puerta y la ventana, porque había recordado dónde había visto antes aquella figura: era la gárgola que guardaba el dintel del castillo. Sé que ha llegado mi hora, y estoy terriblemente asustado. He tomado papel y lápiz y he comenzado a escribir este relato, para que aquel que lo encuentra sepa de qué guardarse. Tengo calor. Los muebles con que he asegurado la puerta están empezando a echar humo, y se tambalean con cada golpe que da el monstruo. He cogido el abrecartas. La cama, que había apoyado contra la pared, se ha partido en dos. La cosa va a entrar. Voy a acabar con mi vida de un modo misericordioso. El Bibliotecario
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