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Espada y brujeríaCormac abrió los ojos. No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente, ni dónde se encontraba. Lo único de lo que estaba realmente seguro era de que le dolía terriblemente la cabeza. Se levantó y estudió detalladamente el lugar donde estaba: las paredes de piedra sólida le indicaban que se encontraba en algún castillo, o quizás una mazmorra. Avanzó lentamente, observando el extraño mobiliario que adornaba las distintas estancias (sin duda aquello era un castillo, y su propietario tal vez fuera un mago o brujo, por la rareza de la decoración), hasta que encontró algo que le infundió un poco de valor: eran dos espadas, una larga y una corta, al estilo oriental; sus hojas eran negras, con un brillo metálico en los bordes. Para probar las armas, descargó un golpe con el filo más largo sobre una de las extrañas sillas, y comprobó con satisfacción cómo esta se partía en dos partes, cuyas superficies lisas daban testimonio de un corte perfecto. Una vez armado, y ya más tranquilo, Cormac continuó avanzando, intentando encontrar una salida o, quizá, al dueño del lugar. No tardó mucho en llegar a los aposentos de quien gobernaba todo aquello, que no era ni más ni menos que una mujer de deslumbrante belleza, de pelo negro y brillante, que dormitaba sobre una enorme y lujosa cama, en una habitación cuya decoración seguía los extraños dictámenes que dominaban el resto de la casa. Su cuerpo desnudo estaba cubierto por una fina sábana que conseguía apenas cubrir las finas líneas que contorneaban una delicada figura. A los pocos instantes de entrar Cormac, la mujer despertó y, al verlo, se irguió sobre la cama, desembarazándose de la sábana y dedicándole una lasciva sonrisa. Cormac quedó inmóvil, contemplando el espectáculo que se le presentaba: unos ojos grandes, azules y profundos como el Océano; unos pechos pequeños, redondos y firmes, coronados por unos pezones de un tono rojo oscuro, erguidos como mástiles; las piernas, que se deslizaban sinuosas por la superficie de seda de la cama, incitándolo a acercarse. Sintió un deseo irresistible de unirse a aquella mujer de fascinante belleza en un baile de pasión, al tiempo que podía notar cómo su sangre comenzaba a fluir por ciertas arterias y venas con una dedicación inusitada; sin embargo, poco después se dio cuenta de la verdad: aquella mujer, de ser lo que aparentaba, esto es, la dueña del lugar, le había encerrado allí contra su voluntad, y ni siquiera podía recordar cómo lo había hecho; sin duda, aquella mujer era una hechicera, una encantadora que quería aprovecharse de él para quién sabe qué oscuros propósitos. En cuanto reparó en eso, Cormac no volvió a vacilar: encomendándose a su dios, que había protegido durante siglos a su gente, enseñándoles el secreto del acero y los artes de la guerra, blandió la espada negra y cargó contra la hechicera, cuya expresión de placer se transformó súbitamente en otra que reflejaba una emoción completamente distinta: el horror. Cormac descargó un golpe con un movimiento circular que abrió una profunda herida transversalmente en el torso desnudo de la encantadora para, cuando se encontró de espaldas a ella, lanzar una estocada hacia atrás que hizo que la hoja se hundiera profundamente en el vientre de su enemiga, asomando ligeramente por su espalda. La bruja no tuvo tiempo ni siquiera para gritar. Con la bruja muerta, Cormac volvió a buscar una salida de aquel encierro. Encontró una ventana grande, lo suficientemente grande como para permitirle pasar a su través, y no lo pensó más. Tomó carrerilla y saltó a través de la ventana, cortándose la cara y el cuerpo con esquirlas de cristal. Al caer al suelo, dos pisos más abajo, pudo sentir cómo se rompían varios de los huesos de su brazo izquierdo. Sin embargo, eso no pudo nada contra el valor y coraje del bárbaro. Cormac siguió su camino, espada en mano, hasta que un nuevo imprevisto le detuvo: un grupo numeroso de enanos se dirigía hacia él, corriendo, sin duda para acabar con su vida. ¡Los pictos no mueren solos!, gritó Cormac, y cargó contra aquella horda, cuyos miembros caían uno tras otro bajo su poderoso brazo, manchándolo con su impía sangre. Oyó los gritos de una arpía que, según parecía, iba acompañando a los enanos, y decidió correr antes de caer bajo el hechizo del horrible grito de esta criatura. Tras varios minutos de carrera, observó cómo un nuevo monstruo acorazado se dirigía hacia él. Sus ojos rojos, que sobresalían por la espalda del monstruo, brillaban amenazadoramente, y sus rugidos eran más estridentes y agudos de lo que una garganta creada por la Naturaleza puede originar. Del interior del monstruo salieron dos hombres. A juzgar por la vestimenta oscura, y la insignia dorada que ostentaban, se trataba de magos. Esta sospecha quedó refutada al sacar los hechiceros sus varitas mágicas y apuntarle con ellas. Comenzaron a pronunciar a viva voz las palabras mágicas para activar la varitas, y Cormac se lanzó contra el más cercano, dispuesto a separar su cabeza del cuerpo antes de darle tiempo a pronunciar ningún hechizo, pero no bien hubo despegado los pies del suelo cuando la varita del mago rugió, y sintió un fuego cálido en su costado. Otro rugido, y otro más, y Cormac cayó al suelo, en medio de un charco de sangre. Las últimas palabras de Cormac fueron una plegaria a su dios de la guerra. Los medios de comunicación informarían aquel día del suceso que mantuvo en vilo a la población durante toda la jornada: un hombre, preso de un inexplicable ataque de locura, tras matar a su mujer acabó con la vida de veinte niños que se encontraban de visita en un museo de la ciudad. Al encontrarse con la policía, ignoró el alto y los atacó, obligando a los agentes a abatirlo. Tres disparos acabaron con el terror que había asolado el lugar. El Bibliotecario
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