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El perroLa calle está prácticamente desierta, a excepción de una figura solitaria que camina, sin ninguna prisa, con las manos en los bolsillos. Aquella había sido una buena noche para él: Después de una semana de estudios en aquella universidad, en una carrera que él no eligió, había llegado por fin el viernes. Salió a las seis de la tarde, con unos amigos, hacia Argüelles. Allí habían estado vagabundeando hasta entrar en un local, donde conocieron a un grupo de chicas. Hablaron durante un tiempo y gastaron algunas bromas, y al final consiguió lo que deseaba: el telefono de una de ellas. Rubia, de ojos verdes y piel blanca. Llevaba una camiseta ceñida que dejaba al descubierto su ombligo, en el que lucía un pequeño piercing: Una cadenita de plata, con un corazón al final. Desde que entraron en aquella discoteca la vio destacar entre el resto de la gente, y la marcó como un gran felino hace con su presa. Y, como estos animales, la consiguió. Ahora sólo quedaba llegar a su modesto apartamento, dormir hasta mediodía y probar aquel número por la tarde. Iba pensando en lo que haría la noche siguiente y disfrutando del silencio que le proporcionaban el horario y la calle, cuando oyó algo. Era como una respiración, que se producía unos pasos detrás suyo. Volvió la cabeza, pero no vio nada. De nuevo oyó la respiración, esta vez seguida de unos pasos como de patas. Esta vez, al girarse, vio un perro. No parecía un perro callejero, desde luego. Su pelo blanco y negro se veía limpio y suave, como recién lavado. Los oidos, rectos y erguidos, sobresalían del resto de su cráneo. Su hocico se abría y cerraba ligeramente, acompañando a su respiración, y sus ojos extrañamente azules lo miraban con una expresión de inteligencia rara en un animal. Juan -Jhonny, como le llamaban sus amigos- sonrió y siguió su camino. Menudo susto -pensó-. Es sólo un perro. Al apartar la vista del animal, dejó de oirlo. Minutos más tarde, al doblar una esquina, lo volvió a ver. Esta vez se encontraba frente a él, mirándole a la cara, y sus ojos emitían un ligero brillo, como el de una bombilla de árbol de navidad. Juan lo evitó, casi se podría decir que lo esquivó, mientras seguía andando. No podía evitar volver la mirada de vez en cuando y, cada vez que lo hacía, veía al perro en el mismo sitio, observándole. Cuando vio que el animal comenzaba a avanzar hacia él, aceleró inconscientemente su paso. El perro cada vez iba más rápido, al igual que Juan, hasta que, en un momento, como si hombre y animal se hubiesen puesto de acuerdo, comenzaron a correr a la vez. Juan con miedo, el perro con una expresión que casi se podría calificar como de diversión. Llegó hasta la parada de metro que solía utilizar para regresar a su casa, buscando allí un refugio: Cerrada por obras. Se pregunta cómo podía ser eso, pues la había visto en perfecto funcionamiento aquella misma tarde, que le parecía tan lejana. Mientras tanto, la respiración jadeante del perro se acercaba más y más. Intentó romper el candado, abrir las rejas que le impedían el paso a la seguridad y cada vez, a cada intento que hacía, oía aquella respiración, casi podía sentirla. Siguió forcejeando, hasta notar un vaho cálido en su nuca. Se volvió, pensando que ya no podía evitar nada, pero cuando miró hacia arriba no vio absolutamente nada. Sólo el cielo y las estrellas. Siguió escudriñando todos los lugares a los que alcanzaba con la vista, pero no vio nada. Aguzó el oido, pero ya no se oía nada más que el atropellado latir de su propio corazón y el paso de algún que otro coche. Subió lentamente las escaleras de la parada y, cuando llegó a la calle de nuevo, allí estaba. Parado en la esquina, observando con unos ojos que ya parecían luces de neón azules. Siguió corriendo todo lo que le permitían sus piernas, intentando escapar de aquel perro. Llegó hasta un puente que cruzaba una gran calle por encima. Subió la rampa de cemento y hormigón, mientras veía a su perseguidor hacer lo mismo. Ya sobre el puente, volvió por última vez la vista. El pelo del perro emitía un extra o fulgor azulado que le dejó estupefacto. De pronto, en un fatídico momento, creyó ver al perro cambiar, brillar cada vez más y más hasta transformarse por fin en una forma insustancial, luminosa, de un enfermizo color blanco azulado. No importa si aquella visión fue cierta o no, había cumplido su función. Juan quedó tan aterrorizado al ver aquel horrible espectáculo que no se fijó en que el puente tenía un final. El perro paró en seco en cuanto Juan se precipitaba por la barandilla hacia el asfalto, y su piel y sus ojos dejaron de brillar. Al día siguiente. -¡Mamá, mamá! ¡Mira esto! La madre del niño desvió su mirada por un instante del periódico. Estaba leyendo una noticia local que hablaba sobre el suicidio de un joven que se arrojó por un puente a pocos metros de donde vivían ella y su familia. Según el informe de la policía, el suicida vivía en un pequeño apartamento en la otra punta de la ciudad, y tenía el calzado gastado hasta el extremo de que la suela había desaparecido en algunas zonas. Apartó la vista de aquella lectura y miró a su hijo. Su cara estaba sonriente, como si alguien le hubiera regalado un juguete nuevo. Señalaba hacia un lugar detrás suyo, y miró hacia aquel lugar. Allí había un perro blanco y negro, como los que usan para tirar de trineos. -Me ha venido siguiendo desde el cole. ¿Puedo quedármelo? Por favor... La madre lo pensó durante un momento. Vivían en un piso pequeño, y su situación económica no era muy buena. Además, ya tenían un gato, un enorme gato naranja y gordo -Como Garfield, solía decir su hijo-, y un perro era lo último que necesitaban. Parecía de raza, y eso suponía otro impedimento más: Un perro así no se cría en la calle. Seguro que tenía dueño, y que estaba buscándole. Estaba ya decidida a negarle aquel capricho a su hijo cuando su mirada se cruzó con la del perro. Le pareció ver cómo esos ojos azules brillaban durante un instante, aunque pensó que se trataba tan sólo de una equivocación. Lo que no le extrañó, quizá porque ni siquiera se dio cuenta de ello, fue su cambio de opinión tras ese cruce de miradas. De pronto sólo pensaba en lo bonito que es el perro. También pensaba que su aspecto no era el de uno de aquellos animales que no paraban de dar problemas, como aquel horrible gato que tanto le gustaba a su hijo. Pero con este perro todo iba a ser mejor. Casi inconscientemente, respondió a su hijo: -Claro. ¿Por qué no? Los ojos del perro brillaron levemente. El Bibliotecario
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