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Estanterías y más estanterías se extienden ocupando este lugar. Los libros, acumulando capas de polvo y antiguas telarañas, reposan sobre ellas. ¿Qué conocimientos se guardarán en la biblioteca de la posada? ¿Cuantos sabios habrán vertido su sabiduría sobre las amarillentas páginas de estos libros centenarios?


Carta desde el cementerio

Querido Mario:

Creo que te debo una explicación, ¿no?. O, al menos, le debo una explicación a alguien; sobre por qué desaparecí sin dejar rastro hace tres meses, sin decirle nada a nadie. Siento sobre todo haber provocado tanto revuelo: Programas de televisión, carteles..., incluso me parece que hubo una manifestación, porque creían que me habían secuestrado. De verdad que lo siento muchísimo, pero no he podido escribir ni mucho menos hablar con nadie durante todo este tiempo. Te explicaré:


Para que comprendas mejor lo que ha pasado, creo que lo primero es hablarte de cómo había sido mi vida hasta el momento de mi desaparición. Yo siempre había sido una niña callada, muy introvertida. Me pasaba el día -y, a veces, incluso la noche- leyendo. Me gustaban sobre todo los relatos de terror y misterio, y creo que me he leído todos los cuentos escritos por aquel gran escritor y eminente alcohólico, el señor Edgar Allan. También tenía predilección por los libros que hablaban de otras épocas y lugares. Con ellos viajaba con la imaginación, ya que no podía hacerlo de otro modo. Cuando tenía cinco años, me diagnosticaron una extraña enfermedad que me impidió asistir a la escuela: poiquilotermia. Recuerdo al doctor, un hombre bajito y calvo, que llevaba unas gafas de cristales enormes, tan grandes que le deformaban los ojos y, cuando le mirabas a la cara, creías estar frente a un hombre insecto. El buen hombre, cuando me dijo lo que tenía, me habló de esta manera: "Tienes sangre de reptil, pequeña. ¿Sabes? A Lovecraft le pasaba lo mismo". No era muy consolador, desde luego, sobre todo teniendo en cuanta que Lovecraft murió con cuarenta y siete años, y yo esperaba durar algo más.

Pasé mi niñez, como ya te he dicho, encerrada en mi habitación, que parecía el estudio de algún anciano profesor de barba blanca y larga, porque estaba repleta de estanterías, todas ellas llenas de libros. Mis padres, como no podía ir a la escuela a causa de mi enfermedad, contrataron a un maestro particular para que me diera clases en casa. El señor Buendía, Eusebio Buendía, se llamaba. Vale, ya sé que es un nombre que no inspira una imagen de sabiduría, pero puedo decirte que Buendía era una de las personas más cultas que he conocido, si no la que más. Con él podías discutir de cualquier tema, y nunca parecía indeciso respecto a nada. Tan sólo había una cosa de la que no entendía: el fútbol. Y como de todos modos a mí tampoco me ha apasionado nunca el deporte, y menos aún el fútbol en concreto, no había ningún problema.

Cuando crecí, la enfermedad que me había impedido salir de casa desapareció inexplicablemente, de un modo tan repentino como fue mi propia desaparición. Pero para hablar de ello ya habrá tiempo. Aún tengo mucho que contarte: Como decía, a la edad de quince años ya volvía a estar perfectamente sana, aunque mi larga reclusión había dejado su huella. Yo era entonces increíblemente pálida y delgada, tanto que recuerdo haber asustado a más de uno cuando me veían, sobre todo de noche, pues tenía todo el aspecto de un cadáver. Así de delgada estaba. Nunca, ni mis padres ni yo, nos planteamos que pudiera sufrir de anorexia, ya que, entre otras muchas razones, a mí no me importaba lo más mínimo mi aspecto exterior, y ya sabes que la anorexia es una enfermedad cuyo origen es básicamente psicológico.

Quise entrar en un instituto, no por relacionarme con otras personas -yo estaba demasiado a gusto con mis libros como para desear la compañía de otras personas, que podían quitarme tiempo para leer-, sino por comparar mi nivel de conocimientos con la media. Hice un examen de admisión, y los resultados fueron, por decirlo de alguna manera, asombrosos. Se ve que, como no había hecho nada más en toda mi vida aparte de leer y estudiar, mi nivel de cultura general sobrepasaba con mucho a la media, tanto que, sin asistir a una sola clase, me hice a los quince años con un título universitario: Resulta que era una experta en literatura romántica, y yo sin enterarme. No romántica del modo que se entiende ahora -y que se puede comprobar todos los días, hacia las tres o las cuatro de la tarde, en las telenovelas y telefilmes-, sino del periodo comprendido básicamente en la primera mitad del siglo pasado, aunque con algunas excepciones tardías, como Becquer o Rosalía de Castro. Con todo, seguí con mis estudios autodidactas, y me hice asídua de bibliotecas y de las llamadas "librerías de viejo", ya sabes, librerías especializadas en libros antiguos y raros. Leí y leí, y mis gustos se fueron haciendo cada vez más lúgubres.

Un día, como por casualidad, encontré un libro. Su título era "El caso de Charles Dexter Ward", de H.P. Lovecraft. Recordé las palabras que mi médico me dijo cuando tenía cinco años, y no pude por menos que leerlo. Después de ese irían muchos otros títulos del mismo autor, pues me había vuelto una adicta a aquel modo de escribir, aquel estilo pomposo y recargado, tan lleno de adjetivos, tan descriptivo. Y, sobre todo, aquella Nueva Inglaterra de la que hablaba, un pueblo lleno de pasado, sobre todo en comparación con el resto de Estados Unidos. Me enamoré de aquella tierra, y pocos años después me vine a vivir aquí, a Providence. Me instalé en una vieja casa abandonada, al lado del cementerio. Supe de las leyendas y supersticiones que corrían en torno a la vivienda y, como soy de naturaleza morbosa, ello me animó aún más para elegir precisamente aquella. Tras instalarme, el encanto tenebroso y romántico que tenía aquella mansión llena de polvo y telarañas se perdió en su mayor parte, aunque la gente seguía cuchicheando, y nuevos rumores se iban sumando a los antiguos con el paso del tiempo, a cada luz que se encendía, a cada ruido oido.

Decidí, más por pasar el tiempo que por otra cosa, matricularme en la universidad de Miskatonic, en la especialidad de literatura inglesa y norteamericana. Fue en una de las clases donde te conocí, Mario, y donde comenzó nuestra amistad. Sin embargo, ahora comprendo que no supe, por culpa de mi largo aislamiento y mi pobre, casi nula, capacidad para comprender a otros seres humanos, que tú habrías querido que nuestra amistad hubiese ido a más. Tal vez, si te hubiese entendido y hubiese aceptado, no habría sucedido aquello que forzó mi desaparición. Pero el pasado es el pasado, y no se puede cambiar.

Aunque tenía en tí un buen amigo, la mayor parte de mi tiempo lo seguía pasando sola, encerrada con mis lecturas. A veces, incluso se me olvidaba comer; así de enfrascada estaba. Sin embargo, no solía leer en casa. Prefería el ambiente de los cementerios, que encajaba perfectamente con los temas con que me regocijaba tan a menudo. Si hubiese elegido otro lugar, si mi "sala de lecturas" hubiera sido otra, seguramente seguiría contigo, Mario, aunque me temo que aún no me habría dado cuenta de todo lo que has significado para mí.

Y ahora que te he puesto en antecedentes, he de relatarte el suceso que precedió a mi desaparición, el suceso que cambió mi vida por completo. Fue una noche en que me dirigía al cementerio, equipada con una linterna, para leer a Ambrose Bierce. Entré en aquel lugar salvando el muro, como siempre, y encaminé mis pasos hacia mi lápida favorita para sentarme allí. Imagínate mi sorpresa y mi horror cuando llegué y vi aquello. Su anatomía era vagamente humana, pero recordaba más a un perro, o un lobo, al que se le hubiera arrancado el pelo y matado varios días atrás. Su carne grisácea emitía un nauseabundo olor de descomposición, pero no había moscas a su alrededor, tal vez porque temieran acercarse a aquello. La primera vez que lo vi estaba de espaldas, agazapado sobre algo. Venciendo la natural repulsión, no pude evitar escudriñar, interesada en saber lo que estaría haciendo aquella criatura. No sé por qué no huí. Tal vez, pienso, pueda deberse a que he leído tanto sobre criaturas como aquella, incluso mucho más temibles, que llegué a verlo como algo natural. Sea cual sea la causa, me mantuve allí parada, sin llegar a sentir miedo, ni a pensar que hubiera razón alguna para tener miedo. A pesar de su repugnante aspecto, la criatura me parecía extráñamente afable. A los pocos segundos de mi llegada, carraspeé, cansada de que la abominación me ignorase. Entonces, se dió la vuelta.

En ese momento pude ver qué había estado haciendo la criatura: en sus manos sostenía lo que alguna vez fue una pierna humana, completamente podrida, destrozada. Su hocico perruno estaba rojo por la sangre, y entre sus dientes amarillos había restos de carne pútrida. Aquel ser estaba devorando el cadáver que descansaba en la tumba que tantas veces había usado como asiento. Sin embargo, ni siquiera entonces sentí el menor atisbo de miedo; en su lugar, me limité a mirar a los ojos de aquella criatura hasta que comenzó a hablar.

-Hola -dijo, escupiendo pedazos de carne al hablar-. te hemos estado esperando.

-¿Esperando? -respondí, si bien no asustada, sorprendida- ¿Quienes?

-Vamos, vamos. ¿No me vas a decir que no sabes qué soy? Échale un poco de imaginación: Cara perruna, olor a descomposición, en un cementerio devorando un cadáver...

-¿Un gul? ¿Eres un gul? -supongo que sabes lo que es un gul, ¿no, Mario? Ya sabes, esas criaturas de Lovecraft, en la que se convierte Pickman; los que ayudan a Radolph Carter en En busca de la ciudad del sol poniente.

-Exacto, nena. Te hemos estado observando, y queremos que te unas a nosotros. No voy a pedírtelo, porque no tienes elección. Supongo que te habrás dado cuenta de los pequeños cambios que has estado experimentando, ¿o no? -me miré las manos, y tan sólo noté que estaba algo más pálida que de costumbre. Sin embargo, lamenté no tener un espejo a mano-. Te estás convirtiendo en una de nosotros, pequeña. Y si aun así rehúsas -dijo, mirándome con un brillo en los ojos amarillos que no me gustó nada-, me gustaría que recordaras una cosa: los de nuestra raza nos alimentamos de carne de cadáveres, pero no hay ningún problema en que los cuerpos sean recientes... -un escalofrío recorrió mi espalda al ver cómo aquel ser se relamía los dientes. No pensé mi respuesta; como ya había dicho mi interlocutor, no tenía otra elección posible.

-De acuerdo -dije, casi en un susurro, y el gul sonrió.

-Muy bien; acompáñame. Por cierto, puedes llamarme Grak.

Grak levantó una pesada lápida de mármol que debía pesar varios cientos de kilos sin esfuerzo aparente, y me indicó con una seña que me introdujera en la tumba. Así lo hice, y Grak fue detrás mío, cerrando la lápida al entrar. Me condujo por todo un entramado de túneles que, según me comentó, había construido su raza, y que se venía ampliando cada vez más día a día, hasta llegar a una especie de gran sala subterránea. Allí pude ver que no estábamos solos Grak y yo: Había al menos otros cien gules en aquel lugar, hablando entre sí una lengua que parecía estar compuesta únicamente por consonantes guturales. En ese momento, y por primera vez en mi vida que recuerde, me desmayé.


Han pasado ya tres meses desde que entrara en la lápida con Grak, y ahora ya soy un gul por completo. El sabor de la carne humana no es tan malo, y al final acabas acostumbrándote a la repugnancia, de tal forma que ésta pasa a formar parte de ti. Además, ser un gul tiene sus compensaciones. Pasear por la tierra de los sueños es estupendo, y de vez en cuando algún gato no huye de ti y puedes hablar con él. No te imaginas las cosas que sabe un gato de este lugar. Y luego está la fuerza física... la sensación producida tras correr durante horas por las galerías bajo el cementerio es algo indescriptible, así que no me tengas lástima, porque ya ves que lo paso bien aquí.


Y ya concluyo esta carta. Era una obligación que tenía que cumplir -aunque aún tengo que acostumbrarme a escribir con estas garras-, y lo he hecho. Ahora ya estás al corriente de lo que me ha pasado, y que transformarse en un gul no es ninguna tragedia, más bien es todo un honor. Me gustaría que tuvieses eso en cuenta... cuando vayamos a por ti.

El Bibliotecario

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