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El CruzadoLe vi, y enseguida supe quién era. Un día como cualquier otro en Madrid. Camino por las calles, sin fijar nunca la vista en ningún sitio en particular. Evitando mirar la podredumbre y el pecado, que crecen por todas partes. Levanto la vista y contemplo durante unos instantes el sol. Ese sol apagado por la polución, de tal modo que casi parece querer toser. La corrupción, el vicio, infectan el mismo aire. Siento el mal, acercándose a mí. Cruzo la calle. El hombre verde y luminoso del semáforo comienza a parpadear, pero yo aún no he andado ni la mitad del trayecto. Frente a mí, en el último carril, las ruedas de un automóvil comienzan a girar. Es un taxi. Me paro mientras el coche se cruza en mi camino, y observo detenidamente la cara del conductor. Sus ojos, de un marrón gastado como todo en esta ciudad de basura, me devuelven la mirada con indiferencia. Memorizo cada rasgo, cada detalle de su fisionomía, incluso su número de licencia, visible junto al cuentakilómetros para mí durante una fracción de segundo, tiempo que sin embargo fue más que suficiente para mí. Me sorprendí ligeramente ante esta recién despertada memoria fotográfica, mas esta sorpresa no duró mucho, porque sabía a qué se había debido. Siempre había sentido el mal como un concepto vago, abstracto. Nunca había pensado realmente en la existencia de un ser que acumulara toda la decadencia, todo lo que es perverso y opuesto a lo bello y bueno. Sin embargo, ahora sabía que no era así, porque en la cara de aquel taxista lo había visto. No era algo que pudiera revelarse simplemente observando aquellos gordos mofletes, aquella calva incipiente, la doble papada, las bolsas de los ojos, ni siquiera aquella sonrisa callada, sin dientes, que mostraba. Era algo que estaba más prfofundo, algo místico si se quiere llamar así, pero yo me había addo cuenta. Aquel taxista era el mal. Era la personificación del mal, el Diablo. Satán. Supe que siempre lo había sabido. Satanás conducía un taxi en Madrid, y yo era la única persona que lo sabía. Debía acabar con él, y debía hacerlo sola. Nadie me creería, y sin embargo era tan simple, tan sencillo. Tenía que matar a ese taxista para salvar a la humanidad. No soy una mujer impaciente. La paciencia es una de mis mayores virtudes. Por eso no he intentado conocer jamás a ninguna otra persona demasiado a fondo. Sabía que había nacido con una misión, que tarde o temprano se me presentaría el enemigo, y que para entonces debía estar preparada. Si caía en combate, nadie debía llorarme. Si vencía, nadie debía saber demasiado de mí para comprometerme, nadie podía conocer cosas que pudieran ayudar al Maligno en su venganza contra mí por haber destruido a su encarnación en la Tierra. Fue duro, muy duro. Mis padres se preocupaban porque nunca jugué con otros niños. Tampoco leía. El Diablo está en las letras y las palabras, y es capaz de corromper con mentiras cualquier cosa escrita. Me llevaron a un psicólogo. No pudo decirles nada a mis padres, porque no hablé con él. Sabía para quién trabajaba. Satán quería que yo le hablara a aquel hombre para descubrir mis puntos débiles. Le vencí entonces, y sólo tenía seis años. Ahora, al ver al taxista, supe que se me había impuesto una nueva prueba, y que probablemente sería la definitiva. En mis manos estaba que la humanidad tuviera una segunda oportunidad o pereciera entre horribles sufrimientos provocados por aquel taxista infernal. Para llevar a cabo mi plan necesitaba un arma. Una escopeta sería lo mejor, pues producía heridas grandes y, una vez recortados los cañones, no era preciso apuntar como con una pistola. Una nueva dificultad se me presentaba. Él ya había sabido de mis planes desde muchos años antes de que naciera, y había conspirado en la sombra para hacerme más ardua mi labor sagrada. Había conseguido que no se les permitiera a los hombres buenos y temerosos de Dios portar armas por la calle para defenderse de los ataques del Mal, pues era necesario conseguir un permiso de armas. Me puse manos a la obra para conseguirlo. Las pruebas físicas fueron sencillas, gracias al entrenamiento de cuarenta años que había seguido, esperando el momento de mi Misión. Una vez superadas, me presentaron unas hojas llenas de preguntas aparentemente sin sentido. me sentí ofendida ante lo que consideraba una broma, pero me informaron. Me dijeron que tenía que marcar las respuestas que creyera correctas, y supe que se trataba de otra argucia de mi enemigo para retrasar el momento de su derrota. No pudo engañarme. Rellené aquellas hojas rápidamente, marcando las respuestas que sabía que los psicólogos querían. Estaba satisfecha ante mi maravillosa inteligencia, que me había librado una vez más de la derrota definitiva. Volví a casa, visiblemente orgullosa, y encendí el televisor. No busqué entre los canales, porque sólo tengo sintonizado uno, Tele Cadena Hijos del Señor, que se emitía localmente por un grupo de iluminados. De vez en cuando sorprendía a mi hijo sintonizando otras cadenas, en las que bellas mujeres, incitadas por mi Enemigo, esxhibían impúdicamente sus cuerpos. Entonces le golpeaba y lo encerraba en su cuarto, a veces durante unas horas, otras durante días, según lo grave y pecaminosa que fuera la secuencia que estuviera observando en el momento en que lo sorprendía. No me casé por amor, o tal vez sería mejor decir que no me casé amando a mi marido, sino tan sólo a Dios. Sabía que, aparte de la misión para la que había sido concebida, la de acabar con el mal en la Tierra, tenía otra. Una misión como hembra. Debía concebir un hijo, y para ello tenía que casarme primero, pues así lo había escrito Él. No fue difícil encontrar a un varón adecuado en un bar de mala muerte. Por el olor de su aliento supe que sería sencillo manejarlo, y una semana después contraje sagrado matrimonio con él, por la Iglesia, como debía ser. Él estaba demasiado borracho entonces como para protestar, y al día siguiente ya fue demasiado tarde. Me habría pegado, sí, pero yo siempre he sido más fuerte que él. Por eso, simplemente huye de mí. Llega a casa de madrugada, cae dormido, muchas veces sin desnudarse siquiera, y en cuanto despierta a la mañana siguiente abandona el hogar. Ni siquiera me toca. Mejor así. El sexo es pecaminoso. Sólo lo hizo una vez, y fue por una misión divina, una más. Debía concebir un hijo, y así lo hice. Eduqué al retoño lo mejor que pude, pero me temo que no fue suficiente. Soy una guerrera del Señor, no una educadora. Sin embargo, estoy orgullosa, pues una vez más cumplí a la perfección las órdenes de mi Dios. Unos días después, por carta, llegó la noticia. No me sorprendió. El Enemigo es poderoso y, por alguna razón, ha conseguido que no me concedan el permiso de armas, por "desequilibrios emocionales". Qué tontería. Soy la persona más cuerda que existe sobre la faz de la Tierra. Soy la única persona cuerda del mundo. Y, sin embargo, "desequilibrios emocionales". Sabía que, si no encontraban una buena excusa, tendrían que inventarla, y lo han hecho. Mira que llamarme loca a mí. No estoy loca. Sé muy bien lo que hago. Tengo que matar a ese taxista, y voy a hacerlo como sea. No puedo comprar un arma, y robar una sería pecado, así que sólo me quedaba una solución. Compré un soplete, un martillo y no sé cuántas herramientas más. Lentamente, haciendo una vez más gala de mi extraordinaria paciencia que sé me será recompensada en el Reino de los Cielos, me construí mi arma. La forjé como hacían los Cruzados siglos atrás, pero ésta no era una espada corriente. Era una espada al servicio de Dios. Una escopeta de cañones recortados forjada por un alma pura para combatir al Maligno. Tardé seis meses en hacerlo, mas al fin la terminé. Un cargador de diez balas, doble cañón, y dos gatillos, uno para disparar cada cañón, así que podía meterle a ese taxista dos balas a la vez en su demoníaca cabeza. Era lo que debía hacerse. Marqué con la señal de la Santa Cruz el arma y la punta de cada una de las balas. Al día siguiente, bañé estas últimas en agua bendita, en la iglesia del barrio, y las bauticé. Unas balas cristianas eran las que debían acabar con ese ser. Ya tan sólo quedaba una cosa: volver a encontrar a aquella aborrecible criatura. Me aposté en varias esquinas durante horas seguidas, y anotaba las matrículas de los taxis que cruzaban por ellas. Así pude hacerme clara idea de los lugares más frecuentados por mi presa, y había una calle que recorría con especial asiduidad. Ahora sabía dónde encontrarlo. Tan sólo restaba esperar al invierno, pues en aquella época la gente llevaba más ropa, y era más sencillo camuflar el arma. Así lo hice, y por fin llegó el día señalado. Veinticinco de diciembre. Era lo más apropiado, acabar con el Anticristo el día del nacimiento del verdadero Dios. Tomé un abrigo especialmente grueso que había comprado y oculté la escopeta, tras cargarla, en él. Después salí a la calle. Lentamente, sin prisa, pacientemente, me dirigí a la calle donde debía producirse mi encuentro con la Bestia. Esperé de pie, soportando la nieve que caía sobre mí, durante varias horas, maravillándome de mi paciencia. Y me llamaron loca. ¡Bah! Necios. Eso es lo que eran. Iba a salvar sus vidas y sus almas, y ellos me habían llamado loca. Al fin llegó. Levanté la mano para llamar su atención, y lo conseguí. Paró pocos metros después de pasar frente a mí, y pude observar su cara de aparente bondad. Tuve que reprimir las náuseas. Me subí al taxi, y el Maligno me preguntó dónde quería que me llevara. No me había reconocido. Ahora tenía que acercarlo a mí. Susurré en voz muy baja, llevándome la mano a la garganta, para que creyera que estaba afónica. Preguntó una vez más, y yo repetí mi charada. Al final, se volvió para volver a preguntarme, y se encontró cara a cara con mi escopeta. Apoyé los cañones contra su cara y apreté los dos gatillos. Su cabeza reventó, y sus corruptos sesos salieron despedidos por el cristal delantero, que también había estallado por efecto del disparo. No me detuve allí. Volví a disparar contra el resto de su gordo cuerpo una, dos, hasta siete balas más, que transformaron al taxista en una masa informe de color rojo oscuro. Sin embargo, aún no había terminado. Le cogí las llaves, y salí del vehículo. La multitiud huía. La violencia de mi acto había superado el morbo natural de la gente, y ello me convenía, pues aún no me había asegurado completamente de que estaba muerto. Aún tenía que convertir aquel cuerpo en cenizas, como se hiciera con las brujas y endemoniados en tiempos en que se creía más en Dios. Usé las llaves para abrir el depórito de gasolina del coche. Tomé algunas ropas viejas que había traído conmigo y las desgarré y anudé, formando una cuerda. Oí, a lo lejos, las sirenas de la policía, indicándome que debía darme prisa. Introduje la improvisada cuerda por el depósito, dejando un cabo fuera; después aspiré por el conducto hasta que percibí el sabor de la gasolina en mi boca. Escupí, y apliqué la llama de un mechero al cabo suelto. Me alejé del coche y esperé. Poco después pude ver dos coches patrulla que se acercaban demasiado deprisa, lo que me convenció de que no podía perder ni un segundo más. Apunté al depósito y disparé mi última bala. La explosión tuvo tal fuerza que me arrojó al suelo, con los brazos y la cara quemados y cortados por los cristales que habían salido despedidos. Sin embargo, estaba contenta, y lo seguía estando hasta que perdí el conocimiento. Había vencido. Había matado al Maligno. Después vino el hospital, el juicio, la prisión, los exámenes de esos malditos psicólogos. Ni mi hijo ni mi marido me visitaron en todo el tiempo; no me sorprendió. Aunque había vencido, debía sufrir la humillación y el castigo reservado a los peores criminales, como hizo hace dos mil años nuestro Señor. Dijeron que estaba loca, una vez más, y me encerraron aquí. Las paredes son blancas, limpias, virginales. Su tacto blando, acolchado, me hace sentir bien, más en contacto con Dios. Por eso me golpeo contínuamente contra ellas. Tres veces al día un hombre viene a traerme comida. Tiene el pelo largo y rubio, y ojos azules, gastados como el cielo de la ciudad. Su sonrisa es afable y sus facciones, suaves. Me estoy dejando largas las uñas, y las afilo contra las paredes para conseguir una nueva arma. Lo he vuelto a ver. El Mal ha tomado una nueva forma, y es la del enfermero. El Bibliotecario
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