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PenitenciaBilly Joe McEnzie estaba compungido y apenado: había matado a su padre al encontrarle en la cama con su novia. Era una decepción que, a sus trece años, no estaba preparado para afrontar, así que tomó el lápiz que había aprendido a afilar aquel día en el colegio para niños "especiales" al que asistía, y lo clavó varias veces en el cuerpo de su padre, contando las puñaladas. Una, dos... cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta. No le siguió apuñalando, pues no sabía contar más allá de cincuenta. Acabó muy cansado, pero aún tenía fuerzas para hacer el amor con Mary Joe, que aplaudía ante el valor de Billy Joe. Se sintió muy bien después de hacerlo, pero al rato comenzaron a acosarle los remordimientos. ¿Le habría visto el Niño Jesús? Ojalá no. Papá siempre decía -ya no dice nada, el pobre- que el Niño Jesús llora cuando otro niño comete un pecado. Decidió esconder el cuerpo de papá para que no lo viera el Niño Jesús, pero como era tan gordo, lo único que pudo hacer fue cortarlo en cachitos y echarlo al fuego. Allí vio Billy Joe lo bien que arden la grasa y el pelo, mientras de la chimenea de la cabaña salía un humo negro como... Como algo muy negro. Después, salió a dar una vuelta. -¿Dónde vas? -le preguntó Mary Joe. -Voy a salir a dar una vuelta porque he matado a mi papá y me siento mal. No quiero que el Niño Jesús llore. Haz la comida. -Vale. Billy Joe encendió el gas, para que Mary Joe cocinara mientras él iba a rezar y a confesarse. Tras caminar durante media hora, oyó un rugido sordo a su espalda. Miró hacia atrás, y vio cómo su casa volaba por los aires. Le dijo adiós con la mano a Mary Joe, que se iba al cielo, y continuó su camino. -¿Dónde vas, hijo? Billy Joe se sorprendió al oir aquella voz, pues no había nadie a su alrededor, y ahora que su casa había explotado, lo más cercano más allá de los campos de maíz recién segado era la Ciudad, a unas cuatro horas de caminata. Sin embargo, y como no veía ninguna razón para no hacerlo, contestó. -Voy a la iglesia a confesarme porque he matado a Pa y he fornicado y todo eso es pecado y no quiero que el Niño Jesús llore. -Demasiado tarde -contestó la voz-. El Niño Jesús ya está llorando. ¿Pero no ves que lo que has hecho está mal, Billy Joe? Sin embargo, aún puedes confesarte conmigo. -Pero tú no eres el padre Brian. -No. Soy Dios. -Ah. Vale, me confesaré entonces. -Comienza -dijo Dios. -Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa... -Sí. Tu grandísima culpa. Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa, el crío está llorando y me has levantado un enorme dolor de cabeza. ¿Estás preparado a recibir tu penitencia? -Sí. -Está bien. Agacha la cabeza, hijo mío. Será tan sólo un momento. Billy Joe agachó la cabeza, con los ojos cerrados, y juntando las manos como para rezar. Entonces Dios elevó su martillo pilón y lo descargó sobre el cráneo de Billy Joe. El Bibliotecario
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