Ya la tarde había caído sobre Smallville. Bajo los últimos rayos del sol, podía verse a Martha Kent sentada en una mecedora, junto a la ventana, con una gran caja a sus pies, repleta de recuerdos. Cartas con sellos extranjeros, flores marchitas, dibujos hechos por manos infantiles, conchillas de mar, pequeños trofeos, y sobre todo muchas fotografías.
Entre sus manos sostenía una, que reflejaba a un muchacho brillante y alegre, de sonrisa amable y ojos oscuros. Sintió que los propios se le llenaban de lágrimas, al recordar cuando ése mismo joven se presentó unos días antes para anunciar su partida. El rostro no era dulce y alegre; una sombra de infinita tristeza lo opacaba, y las palabras difícilmente podían salir de la garganta reseca. Ni ella ni Jonathan habían terminado de entender de qué se trataba toda aquella retahila de palabras que salían átonas de los labios lívidos de Clark, como si repitiera un discurso cuidadosamente memorizado y repetido automáticamente, tratando de justificar su proceder. Su voz no dejaba reflejar ninguna emoción, pero al ver que su padre palidecía y ella trataba de contener el temblor involuntario que la sacudía, sus ojos se anegaron de llanto y los abrazó débil y fugazmente, suplicando que lo perdonaran y huyendo casi enseguida, elevándose velozmente hasta perderse en el firmamento. Jonathan trató de retenerlo, pero se fue como había llegado a sus vidas: sin avisos, sin explicaciones concretas, sorprendente y misteriosamente, como todo en su corta vida en su planeta adoptivo.
Martha pasó los días que siguieron a aquella mañana terrible tratando de comprender el cambio operado en su hijo, y no podía de dejar de sentirse culpable, repitiéndose constantemente que la última conversación de Clark no había sido como las anteriores, en las que el joven había quedado satisfecho. Aquella conversación era en realidad una súplica desesperada por ayuda, y ella había desatendido las señales que el joven enviaba inconscientemente. Jonathan le pedía que dejara de culparse, alegando que Clark era ya un hombre que podía asumir sus responsabilidades y las consecuencias que de sus actos se derivaran. Pero ella simplemente lo seguiría viendo como su muchachito, que necesitaría siempre de ella para apoyarse, con quien contaría para resolver sus problemas. Repentinamente se sintió miserable al recordar que todos los años de amor incondicional y apoyo constante no bastaron para retenerlo a su lado, ni para ayudarlo cuando más lo necesitó. ¿En qué había fallado con Clark?
Un viento helado penetró por la ventana, anunciando la caída de otra noche de otoño. Martha se estremeció de frío y se levantó a cerrarla. Pero al mirar hacia afuera ( tal vez deseando ver llegar a Clark volando y entrando por esa misma ventana, como lo había hecho por años; esperando sin esperanza) vio el débil resplandor de las farolas de un auto acercarse por el camino. "- ¿Quién podrá llegar de visita a esta hora?"- se preguntó, fastidiada. Una camioneta se estacionó en la misma entrada, y una figura femenina apareció iluminada brevemente por la lamparilla encendida del pórtico. Al acercarse más, pudo reconocer un rostro visto en ocasiones en las páginas de los periódicos citadinos y descrito mil veces por su hijo: era Lois Lane. Un inconsciente instinto protector, muy de madre, le hizo odiar a aquella mujer, aún sin conocerla realmente, recordando las expresiones de admiración, seguidas de ansiedad, frustración y finalmente desprecio de Clark hacia ella.
Lois siguió el sendero que conducía hasta la entrada, y tocó la puerta con suavidad. No hubo respuesta. Iba a llamar de nuevo cuando el pomo de la puerta giró y la abrió bruscamente una mujer ya entrada en años, de mirada penetrante.
- ¿Qué deseas, miss Lane?- preguntó Martha con voz dura.
- ¿Me conoce?- balbuceó Lois, confundida.
- No tuve necesidad de conocerte antes personalmente para saber que eras tú, Lois. Sé mucho más de tí de lo que puedas imaginar.
Trató de ver en ella a la mujer "altiva y orgullosa, de corazón de piedra" que su hijo había descrito dando rienda suelta a sus emociones reprimidas, pero lo que encontró fue una joven de rostro cansado, desfigurado por la preocupación. Quizá un poco más tranquila al ver la expresión de humildad en sus ojos claros, Martha bajó las defensas y la invitó a pasar, pero Lois ya había decidido pasar el trago amargo lo antes posible, así que habló sin rodeos:
- Ms. Kent, yo sé que tiene motivos sobrados para odiarme. Imagino que Clark le habrá contado cómo me he portado con él desde que lo conozco, y eso es bueno, porque así no tiene que esperar de mí una mejor persona de la que soy. Sólo he venido para preguntarle si tiene noticias suyas, porque hace más de una semana que presentó su renuncia y desapareció de Metropolis. Traté de localizarlo, pero no pude, y por ello me atreví a venir hasta aquí, porque supongo que ustedes saben qué es lo que está pasando.
Su voz había menguado el tono, y se calló de pronto, bajando la mirada. Al alzarla otra vez, Martha vió lágrimas derramándose, y la voz quebrada de la muchacha murmuró:
- Sólo necesito saber si está bien, Martha. Comprendo que no quiera volver a verme, hasta que me desprecie profundamente, pero en estos últimos días lo he extrañado demasiado, y he reconocido mis errores, y mis sentimientos verdaderos hacia él. He aprendido a ver cosas que antes mi egoísmo mantenía veladas, y ahora que no las tengo, veo las demostraciones de cariño de Clark y su constancia hacia mí como algo precioso, algo que no merezco. Si no quiere verme, no importa. Dígaselo así. Sólo necesito saber que nada malo le ha pasado, y me marcharé por siempre de su vida.
Ahora Lois sollozaba abiertamente, y Martha sintió compasión hacia ella. Hasta pudo perdonarla por haber herido a su hijo, porque se notaba que sus palabras eran sinceras y que salían de su alma, que sangraba. Por ello dejó que su corazón noble hablara cuando le dijo cariñosamente:
- Pasa, querida. La noche es muy fría, y tenemos muchas cosas de qué hablar.
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