1898 Los Documentos de Puerto Rico

Escena XII

Aguinaldos

Por: Manuel A. Alonso

Manuel Antonio Alonso: Hijo de padres españoles, nace en San Juan el 6 de octubre de 1822. Estudia primero en el Seminario Conciliar de San Ildefonso de la Capital y después se traslada en 1842 a Barcelona, España, donde recibe el título de Doctor especializado en desórdenes mentales. Médico, periodista, escritor y poeta, su libro El Jíbaro, publicado en 1849, (originalmente "El Gíbaro") y en el cual se describen costumbres y tradiciones de la Isla, es considerado la primera obra literaria nacional que trata de definir el carácter y la mentalidad del puertorriqueño a través de sus costumbres y tradiciones, en otras palabras su folklore. Alonso muere en San Juan el 4 de noviembre de 1889.

Se puede definir al jíbaro puertorriqueño como al campesino, de raices españolas o indio-españolas (otros incluyen también a la raza negra), depositatario de nuestras verdaderas costumbres y tradiciones. El jíbaro es pues el garante de nuestros valores como pueblo.


Te equivocas, querido lector, si piensas que voy a decirte el origen de la palabra (nota 1) que sirve de título a esta escena, el de la costumbre que ella significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrías derecho a pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mi sepas, si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensación. Me argüirás que no existe tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es; pero asi como un médico hiere en el brazo para disminuir la sangre del pulmón; asi yo te doy de menos en este artículo lo que tú deseas saber, en cambio de lo que hallaras de más en otros, y que maldito lo que te importa, si no es que te fastidia. Tengo ademas otras dos razones para portarme como ves: la primera, que asi logro hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte; y la segunda, que de este modo he escrito una introducción que puede adaptarse a todos los articulos posibles: ventaja de mucha monta, pero que no rne servirá mas, puesto que, como diria un orador parlamentario, entro de lleno en la cuestión.

Nota del E. 1: Aguinaldo es la corrupción de una frase latina que significa "en este año". En España era un obsequio que daba el padrino o la madrina a su ahijado. En Puerto Rico, aguinaldo, además de ser una canción de tema navideño o relacionado y que puede ser una décima, seis, etc., con la que los visitantes obsequian a sus anfitriones, es también la retribución que estos últimos dan a los que le han llevado o cantado aguinaldos, normamalmente dulces, licores, etc. Se dice "llevar" o "dar aguinaldos" al hecho de ir a una casa a cantar aguinaldos y "recibir aguinaldos" cuando se obtiene un regalo por ello.

Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco o nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es grato el hablar de ellos, faltarán en este articulo ciertos toques que pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse cuando no encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta la facilidad y demás dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible hacer esto por rnás que uno se empeñe: y ¿quién conservará el caracter de Dómine ante un país entero que se regala, danza y pasea sin acordarse más que de los Santos Reyes; pretexto seguro para pasar dos días en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues el carácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y a buscar una trulla de gente conocida.

Así hice yo hace algunos años la vispera de Reyes, y no bien hube andado una media hora, encontré lo que buscaba, esto es: treinta o cuarenta caballos reunidos marchando en la misma dirección que el mio, y montados por personas que yo conocía. Eran las ocho de la noche, la luna muy clara y las masas de neblina parecían a lo lejos grandes lienzos que cubrían la falda de las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en el campo, lo que hasta ahora no había tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de pedir aguinaldo en éste, como pudiera hacerlo por el de la capital y pueblos principales de la Isla.

La trulla (nota 2) a que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos sexos, con la adición indispensable de papás, mamás y tías; había entre las chicas algunas muy bonitas, pero éstas llevaban ya su caballero cada una; agreguéme a la masa común, y empecé a hablar con el buen humor que nunca falta al que tiene delante seis o siete parejas atortoladas, y otras tantas dispuestas a la broma. En un momento me dijeron a las casas que pensaban ir, y a medias palabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores que no convenía que comprendiese la parte reposada de la trulla; caminamos un poco sin que nada nuevo sucediese, hasta que llegamos a una casa de madera, construida sobre gruesos estantes, como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la conversación siguiente:

Nota del E. 2: Trulla: Grupo de personas que se reunen para un fin en común en este caso llevar aguinaldos. Se cre que viene de la palabra patrulla.

-Muchacha, ¿todavía estás así? ¿Cómo es que no estás a punto de montar?

-Tía Pepa, yo no puedo ir con usted como quedamos, porque no hay más que una bestia y es para mis hermanas, que ya van a bajar; la otra se encojó esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.

-Pero, muchacha, ¿y las otras dos?

-Se han ido en ellas mis hermanos.

-Vaya, vaya, eso sí que es buen chasco; cree que lo siento... si la yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.

La joven que hablaba desde una ventana, era uma morena que renuncio a pintar por lo graciosa; conacíala yo, y mucho más a su respetable tía, que no mencionó a humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que dirigiéndome a esta última dije:

-Señora Doña Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme, si Rosita ha de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.

Aquí hubo algunos cumplidos entre la tía y la sobrina, que deseaban mucho aceptar, y yo, que de todo corazón ansiaba tener a la segunda a las ancas de mi caballo.

-No, no, mil gracias, decía la una.

-No podemos consentir que lleve usted esa molestia, añadía la otra.

-Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan sobre mí como gotas de agua en un día de tormenta.

Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos cumplidos de la mamá, que salió a la ventana a saludarnos y darme gracias por un favor que yo recibía, nos despedimos, llevando yo por compañera para toda la noche a la más hermosa de la trulla. Si no pocos guerreros deben una parte de su gloria a la fogosidad de un caballo, que les condujo a su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer a la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién expresaría con toda su intensidad lo que siente un joven de dieciocho años durante una conversación tenida por lo bajo, y en que a cada paso choca con él un cuerpo que su imaginación le pinta con los más voluptuosos atractivos, que a cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces su rostro el hálito de una respiración agitada por el movimiento y las emociones más vivas, y aspirando al mismo tiempo el pertume que despide una hermosa cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?

No tardamos en llegar a la primera casa; echarnos pie a tierra, y nos colocamos reunidos al princigio de la escalera: una música campestre acompañó a los que entonaban el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de uno de los cantores, y que se reducían al saludo de costumbre a los amos de la casa y a desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó a subir para tomar algún refresco lo cual hicimos de muy buen grado. La mesa estaba colocada a un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusión: en ella no faltaban el manjar blanco, almojábanas, buñuelos de muchas clases, hojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecía que sólo para nosotros se habían hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no había de desplegarse cuatro o seis voces por lo menos durante la noche.

Después de tomar con toda franqueza cada uno lo que quiso, nos pusimos a danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho media hora, cuando fue preciso que nos despidiéramos para que subiera a ocupar nuestro lugar otra trulla, que esperaba ya nuestra salida. Así pasamos toda la noche de una a otra parte, y en todas, a poca diferencia, se repitió la misma escena; cogiéndonos el día sin que la venida del sol nos alegrase, porque terminaba una noche de placer.

Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos a medio cerrar y velados por anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban paso a una respiración semejante a la del sueño, y aquella languidez de todo el cuerpo, añadían nuevos encantos a nuestras hermosas compañeras; yo sentía un peso suave sobre mi espalda, y me parecía más cercana y más ardiente la Rosa, cuyo aroma iba pronto a dejar de respirar.

Tal es una trulla a caballo; son muchas las que recorren los campos, y fuera de algún raro incidente, como el que le dejen a uno el caballo desaparejado, o el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse en ellas y de sus resultas amores, celos, pullas, chistes, riñas, amistades y cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier pretexto, se reúnen muchas personas; con todo, es forzoso consignar aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muy buenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serían como son tan humana y generosamentc hospitalarios (nota 3).

Nota del E. 3: La costumbre de llevar aguinaldos continúa hoy día, aunque ahora se les llama parrandas. Se mantiene la palabra "trulla" para referirse al grupo de personas que lleva una parranda o parrandón. Todavía en algunas zonas del campo puertorriqueño las "trullas" llevan parrandas montadas a lomo de caballo o a pie, aunque se prefieren los automóviles.

Las trullas de a pie se componen de gente pobre, que no por eso se divierten menos; maracas en mano y tiple y carracho (nota 4) bajo del brazo, caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando cerros, hasta que el sol les halla muchas veces a gran distancia de sus casas; pero esto no les importa: continúan su camino durante todo el día y la noche de Reyes, sin regresar de su peregrinación hasta el que sigue a este último; esto es, a los tres de haber abandonado sus Penatés (nota 4).

Nota del E. 4: Alonso, en El Jíbaro describe carracho como: "El carracho, güiro o calabazo, es una calabaza larga, bien madura y seca, con surcos transversales algo profundos, sobre los cuales se hace pasar con más o menos fuerza un palillo de madera muy fuerte; para que el sonido sea más intenso, tiene una abertura en la parte opuesta a la de los surcos, y se toca sosteniéndola con la mano izquierda y manejando con la derecha el palillo de que he hablado."

Nota del E. 5: Casa o habitación. Del latín "penates": dioses domésticos de los etruscos y romanos.

Dada la diferencia de educación, es sabida la que puede haber entre las escenas de estas trullas y las de a caballo: varían en los modales, las expresiones, etc., pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en otras. Los versos que cantan en aquéllas con música variada y que son a veces buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se transmiten de padres a hijos sin alteración en las palabras. Tal es el antiguo y muy sabido estribillo (nota 6):

 
Naranjas y limas
Limas y limones,
Más vale la Virgen
que todas las flores.

Nota del E. 6: Del folkore tradicional español.

Los aguinaldos en la capital están muy lejos de tener el caracter original que los del campo: hay también trullas que van a algunas casas; pero son, como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de aquellas agradables caravanas. Un determinado número de personas sale por las calles pidiendo aguinaldo; mas ¿acaso puede el eco de muchas voces reunidas producir el mismo efecto en una calle o dentro de una habitación, que en el campo? Unos cuantos amigos toman dulces, cervezas y otros licores, bailando después o antes una o dos contradanzas en una sala en que habían sido recibidos aquel mismo y otros muchos días; al salir se encuentran en la calle por donde van a la oficina algunos de ellos, el canto del sereno les recuerda la hora en que acostambran irse a la cama, y si algunos pueden hablar con libertad yendo de brazo con su cuya, otros hay que rabian porque tienen que romolcar esa necesidad de nuestras reuniones, la mamá.

No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnición a las autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que nombrarlos fuera nunca acabar, a todo el que puede darles, no dulces ni cerveza, sino, algunos realejos para celebrar los Santos Reyes, porque esto con distintos motivos y en diversos días del año pasa en muchos otros parajes, y no merece llamarse costumbre de Puerto Rico.

Vamos pues a cuentas, querido lector; ya tienes un artículo bueno o malo sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo que escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen chasco; si peor me alegro mucho desde ahora, y si ni lo uno ni lo otro, recíbelo tal cual es, sin exigir que me devane los sesos dando vueltas a un asunto acerca del que pienso lo que te dije al principio y repito ahora: los aguinaldos son de aquellas costumbres que nuy poco o nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio.

Ver también: En defensa de nuestras tradiciones: A los jóvenes colaboradores del "Aguinaldo puertorriqueño". Por Francisco Vasallo

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