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Va - Continuación de la TERCERA EPOCA. ARTILLERIA DE ORDENANZA (Siglo XVIII y primera mitad del XIX)
Va - Continuación de la TERCERA EPOCA. ARTILLERIA DE ORDENANZA (Siglo XVIII y primera mitad del XIX)
El proyectil del cañón liso era de dos clases: - La bala rasa, o simplemente bala, era la esfera sólida de hierro fundido. Contra los buques se calentaba en un hornillo al rojo cereza, llamándose bala roja. Esta modalidad la emplearon los ingleses con notable éxito para la defensa de la roca, en el gran sitio de Gibraltar (año 1783), con ellas incendiaron y hundieron las diez baterías flotantes españolas ideadas por el ingeniero francés D´Aráon, una de las cuales, la llamada Tallapiedra, estaba mandada por D. Tomás de Morla. - Los tiros de metralla, que podían ser saquillo de metralla (Fig.9), disco ó lecho de madera con un vástago central rodeado de balas de fusil y envueltos por un saquillo de lona; y bote de metralla (Fig.10) en el que los balines iban en el interior de un cilindro de hoja de lata. Al final del siglo XVIII ya era el tipo de proyectil más empleado y de mayor eficacia contra personal al descubierto. El mortero contiúna empleando la bomba (Fig.11) y la pollada (Fig.12) que llevaba tres lechos ó platos con granadas de mano, estos lechos iban unidos por una espiga y cerrados en una bolsa. El proyectil del obús era la granada, también llamada granada real para distinguirla de la granada de mano. Era esférica, hueca y con carga interna de pólvora. Se diferenciaba de la bomba en que no lleva resalte en la boquilla y su calibre es menor.



La carga ordinaria para los cañones de sitio era, en esta época, de 1/3 en pólvora del peso de la bala. Por ejemplo, en el de a 24 era de 8 libras (3.68 Kg) de pólvora, y para el tiro de brecha se reforzaba a la mitad, o sea 12 libras (5.52 Kg). Las piezas de batalla, en cambio, rebajaban su carga a 1/4 del peso de la bala. Por ejemplo, el cañón de a 4 disparaba con una carga de 1 libra (460 gr) de pólvora, el de a 8 con 2 libras (920 gr), y el de a 12 con 3 libras (1.4 Kg). Esto lo trajo consigo, la adopción de los cañones cortos para batalla, en cuyas ánimas no podían quemarse cargas tan fuertes como en los largos de Valliére. En general, las piezas se cargaban introduciendo por la boca, primero la pólvora, luego un taco de madera y después el proyectil, pero en algunos materiales, especialmente los de campaña, se empleaba el cartucho embalado (Fig.13) que estaba formado por tres elementos: la bala (H), el salero (J) que era un taco de madera adaptado al proyectil y unido a él con unas tiras de hoja de lata y el cartucho de papel o el saquete de tela (L) con la pólvora precisa para el disparo y que iba atado al salero. Para efectuar el disparo se utilizaba el botafuego, palo con una hendidura ó bien una mordaza en un extremo que sujetaba la cuerda-mecha que se aplicaba al oído ó fogón.

El alcance eficaz del cañón, empleando bala, para los de Plaza y Sitio (de a 24 y de a 16, los mayores calibres de Ordenanza), era de unos 900 mts, aunque el máximo era de 3,000 m. Para las piezas de Campaña era de 600 mts. Con los tiros de metralla, mucho más efectivos contra personal, el alcance eficaz era menor, de 600 mts para Plaza y Sitio y de 400 mts para Campaña. El alcance de los morteros era como máximo de unos 2,400 mts, que entonces era una distancia considerable, y su efecto no disminuía con la distancia, al contrario que el cañón, razón por la que se empleaban en los bombardeos, que tomaron este nombre por llevarse a cabo con bombas. El alcance de los obuses era intermedio entre el del cañón y el mortero.
Los montajes de Gribeauval, de dos gualderas (Fig.14 cañón de a 4 en cureña de batalla; Fig.15 cureña de batalla para cañón de á 12 corto), se mantienen hasta el año 1830 en que se sustituyen por la cureña inglesa (Fig.16), llamada así porque fueron los ingleses los primeros en emplearla a principios del siglo XIX. Era una cureña de mástil mucho más ligera y con el avantrén de arrastre modificado añadiéndole un cajón de municiones (llamado armón para las baterías de campaña).



Desde muy antiguo habían servido los cohetes como fuego de artificio, fiesta o diversión y para hacer señales, pero como arma de guerra (utilizados y abandonados en la antigüedad en China), se emplearon a fines del siglo XVIII por los hindúes contra los ingleses. Fueron éstos últimos quienes los perfeccionaron y el Coronel Congrewe quien les dió su nombre. El proyectil que usaba el cohete indio era una especie de flecha, pero el sistema inglés podía emplear balas ó granadas de todos los calibres. Se disparaban desde un canal o tubo dispuesto sobre un caballete de fácil transporte. En España se adoptaron a mediados del siglo XIX, habiéndose probado en Segovia en 1821. Se emplearon en las Guerras Civiles Carlistas, y en la Campaña de Marruecos de 1859 se organizó una batería de cohetes que fue de gran efecto, sobre todo contra la caballería mora, más que por el explosivo por el silbido estridente del cohete que asustaba a los caballos. Los cohetes desaparecieron al adoptarse el rayado del ánima en las piezas y su empleo casi se olvidó. Los ingleses, sin embargo, no los abandonaron por completo y los emplearon en sus guerras coloniales.