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Terminada la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico en agosto de 1898, sucedieron una serie de violentos incidentes que azotaron a Puerto Rico por un periodo de casi un año. El historiador Fernando Picó llama a este tiempo "La Guerra despues de la guerra" y es posible que entonces hubiera más destrucción de propiedad, pérdida de productos agrícolas y ganado que en la propia guerra. La historia que paso a relatar es la de uno de esos episodios y la misma se ha contado en mi famila por generaciones y aunque hay varias versiones, el contenido principal no cambia.
Según me contó mi anciana tía, Doña Blanca Torres Delgado, a mediados del siglo 19, su bisabuelo materno, Don Buenaventura Delgado y León, un canario, llegó a Puerto Rico procedente de Venezuela en donde había tenido tierras y había servido en la milicia. Al parecer, problemas políticos en Venezuela le obligaron, como a otros muchos, a emigrar a Puerto Rico estableciéndose en Lares, que en aquellos tiempos era un barrio de San Sebastián.

En Lares formó con su esposa, Doña Agustina González y Rodríguez, una familia numerosa y entre sus hijos se cuenta , abuelo de mi tía, Doña Blanca, conocido por todos como "Don Pepe", nacido en 1861. En 1885 el joven José Bonifacio ingresó en el Cuerpo de Voluntarios de Puerto Rico y ya para el 1892 había ascendido al rango de Segundo Teniente del Batallón Nº 14, "Tiradores de la Altura." Todo marchaba bien en su vida y contrajo matrimonio con una prima, Doña Antonia Delgado y Perdomo, con quien tuvo varios hijos. Don Pepe, como su padre, era un hombre emprendedor y había adquirido terrenos en el barrio de Buenos Aires y en Barrio Cibao en Camuy donde producía "Ron Moscaba". En junio del 1894 a causa de un disparo, en un desgraciado accidente mientras cazaba, perdió el brazo derecho, lo que no fue impedimento para pemanecer en el listado de oficiales de su batallón como supernumerario.

Temprano en la mañana de un día cualquiera de septiembre de 1898, Don Pepe salió a caballo de su casa en Buenos Aires rumbo a otra finca que tenía en Cibao. Me imagino que se detuvo en la población de Lares donde se entretuvo algún tiempo hablando con amistades sobre los acontecimientos de la guerra, ya concluida, y de la situación en general. Al mediodía partió a Cibao por el camino de Piletas en donde se encontró con Don José Torres y Alicea, hacendado de este barrio y su futuro yerno quien sería padre de mi tía Doña Blanca.
Cuentan mi tía y otros ancianos familiares que hubo una conversación entre ambos en la cual su padre, le dijo al jinete, "Mire Don Pepe, quédese en mi casa esta noche, porque las cosas no están buenas en Cibao. Hay bandoleros que están robando el café y atropellando a los dueños." "No te procupes", respondió Don Pepe, "yo tengo arma y además lo que quieren yo se los doy". "Esos hombres sólo tienen hambre y en casa hay comida suficiente". Con eso Don Pepe dio espuelas a su caballo y siguió bajando la cuesta que lo conducía a su finca ubicada donde hoy colindan los pueblos de Camuy, Lares, San Sebastián y Quebradillas. La ruinas de las estructuras de lo que era su propiedad están detrás de la hoy abondonada Central Soller, en las orillas del Lago Gujataca.

Relata mi primo, Rafael Delgado Simonet, que antes de retirarse por la noche Don Pepe le ordenó a su mayordomo, Don Juan Estades y Alberti, que cerrara el portón a la entrada de la finca. Este le informó que todo estaba seguro y se despidió. Serían como las diez de esa misma noche que Don Pepe sintió que tocaban a la puerta de la casa y fue a investigar. Probablemente vio que eran unos hombres que él conocía por que en ocasiones trabajaban en la finca. Al Don Pepe abrirles la puerta cayeron sobre él y en la conmoción fue herido de un machetazo. Lo amarraron y lo tiraron por el escalerón de la casa y allí al fondo falleció por la mucha sangre perdida. Acto seguido los bandidos robaron su dinero, armas y otras cosas y para completar el horrible crimen, uno de los hombres le cortó el dedo donde llevaba la sortija de matrimonio. Esta sortija apareció unos meses después en manos de un peón que trabajaba en la finca. El hombre fue arrestado por las autoridades, pero nunca lograron probar que él era culpable del asesinato o que había participado en los hechos. Se le condenó sólo de tener en su poder una prenda robada.
Hasta hoy día no se saben más detalles del incidente pues todos los acontencimientos de esa triste noche se conocen sólo por tradición oral. A la fecha de hoy no se ha encontrado record oficial del caso ni el acta de defunción. La muerte de Don Pepe no está registrada en el libro de defunciones de la parroquia de Lares ni en el Registro Demográfico. Hemos buscado confirmación oficial de su muerte en otros pueblos, en libros de historia y en el Archivo de Puerto Rico sin éxito. Tampoco hemos podido confirmar donde están sus restos. Mi primo Rafael y yo presentimos que, aunque muchas veces contada, los ancianos de la familia no han dicho todo lo que saben sobre esta historia. De todas maneras no perdemos la esperanza de que algún día el misterio sobre muerte de Don José Delgado y González se resolverá y sólo entonces creemos que podrá descansar en paz.
