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1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico
Colección Martínez
Pitos, Palos y Pedradas
Por Julio Tomás
Martínez (nota
1)
Tomado de "Crónicas íntimas". Arecibo.
1946.
Agradecemos a la pintora Carmen Mercedes Vázquez el habernos facilitado el texto.
Nota del editor nº 1: Natural de Utuado, el escritor, maestro y pintor, Julio Tomás Martínez, estaba preso por insurrecto en Ponce cuando desembarcaron las tropas americanas. Liberado por éstos, les sirvió de guía en la toma de Adjuntas y Utuado.
Los primeros efectos de la invasión
ya habían desaparecido en el interior de la isla y comenzaba
la obra de ocupación y reconstrucción del país,
iniciándose con una reorganización de los cuerpos
administradores de la "cosa pública" y nuevas
prácticas en los campos comerciales, industriales y agrícolas
que se abrían paso aunque muy lentamente.
A la zozobra e incertidumbre que reinaban durante los movimientos
de tropas, pequeñas batallas y ligeras escaramuzas, siguió
un periodo de seguridad y animación increíbles.
Utuado gozaba realmente de esa alegría y confianza que
le da a las comunidades la paz y prosperidad en los negocios y
el trabajo cotizado a un alto precio donde no sobraba nada y todo
se vendía fácilmente y bien.

Los miles de hombres del ejército
americano acampados allí bajo las órdenes del General
Henry constituían un gran contingente
consumidor y con sus periódicos ejercicios y simulacros
en plazas y calles y las ceremonias religionsas celebradas a veces
en el corazón de la ciudad (dirigidas por nuestro particular
amigo Reverendo Dwight Liesly Rogers) eran motivo de satisfación
y contento para nuestro pueblo.
El día que el Campamento Henry levantó sus tiendas, la ciudad toda sintió
una conmoción inusitada al ver alejarse sus hombres, como
si presintiera los días amargos de languidecimiento e infortunios
que le esperaban.
Quedó a cargo de un regular destacamento de tropas el Capitán
McDowell, hombre atento, culto, quien por todos los medios a su
alcance trató de conservar la confianza y simpatías
que el pueblo le había demostrado. Al hacerse cargo de
las responsabilidades del momento, precisamente cuando elementos
malsanos (nota 2) merodeaban
en los campos jurisdiccionales de los pueblos del interior tuvo
que establecer un servicio de vigilancia urbano para cuya organización
el autor de éstas crónicas preparó un plano
de la ciudad y sus suburbios. Esta vigilancia estuvo a cargo de
policías militares y policías especiales, puertorriqueños.
N. del E. nº
2: Partidas sediciosas.
No tardó mucho sin que surgiera un incidente que pudo traer
graves consecuencias. Un grupo de los nuevos soldados del destacamento,
desconocedores del hecho de que en casi todos los suburbios de
nuestras poblaciones viven familias honradas al igual que mujeres
de vida airada en próxima vecindad, cometieron la falta
de frecuentar los cafetines del barrio de Cuba y en estado anormal
algunos, ir en busca de estas últimas, yendo a parar a
veces a casas de buenas familias equivocadamente; como esto se
repitió por tres o cuatro noches surgió la protesta
a las Autoridades, expresada por un Sr. Jusino, dueño de
un taller de zapatería.
Al otro día de esta queja, un grupo de mujeres de "Cuba"
comenzó a apilar piedras y palos a ambos lados de los extremos
más altos de sus cuatro cuestas, en sitios poco visibles.
Mientras esto pasaba, el Capitán McDowell giró varias
visitas acompañado del Sr. Levis, santomeño que
hablaba inglés, yo que hablaba un poco y dos soldados y
un cabo, de la policía militar.
Hizo varios arrestos y uno de las arrestados trató de matarlo
con una piedra enorme, lo que fue evitado por el cabo dándole
con el "blackjack" por la sién dejándolo
casi muerto.
No obstante esto, el arsenal de piedras y palos crecía
y un día ya convenido, al oscurecer, cuando los soldados
caminaban cuesta arriba hacia aquel barrio, sus hombres y mujeres
comenzaron a recibirlos con una lluvia de pedradas y palos que
les hizo retroceder, yendo algunos en busca de sus armas al cuartel
donde los que estaban de guardia procedieron a su arresto impidiéndoles
salir. La confusión, aumentada por los gritos de la gente
y los pitos de la policía local vino a cesar cuando los
soldados fueron llamados al cuartel con un sonoro toque de clarín.
Incidentes de tal carácter no volvieron a suceder, pues
tanto soldados como paisanos pusieron gran empeño en ilustrarse
mutuamente acerca de todo aquello que atañía a cada
sitio de la ciudad y varios meses después, cuando el Alto
Mando militar juzgó innecesaria la permanencia de aquel
destacamento, los habitantes de Utuado sintieron nuevamente la
pérdida total de una de las fuentes de negocios que había
hecho prosperar a la pequeña urbe.
Crónicas - Notas de la Guerra del 1898 en Puerto Rico