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A continuación presentamos a nuestros lectores el informe del bombardeo de la ciudad de San Juan, el día 12 de mayo de 1898, tal y como el Capitán General Manuel Macías se lo transmitió al Ministro de la Guerra General Correa el 26 de mayo, en primer lugar, y como fue modificado el mismo para su publicación en el Diario Oficial núm. 133 de 18 de junio de 1898.
De la comparación entre ambos documentos puede el lector deducir algunos detalles relativos al estado de defensa de la ciudad y disposiciones que para la misma se habían adoptado. Las modificaciones introducidas en Madrid, tenían por objeto no facilitar ciertas informaciones a la otra parte beligerante, así como no difundir noticias que pudiesen afectar a la moral de los defensores.
Sin duda parte de este relato está basado en el informe sobre el Bombardeo de San Juan que hiciera el Coronel José Sánchez de Castilla el 14 de mayo de 1898 . Algunas de las relaciones a las que hace referencia se encuentran en dicho informe.
Excmo. Sr.: Por mis telegramas del día 12 de Mayo tiene ya V. E. conocimiento del ataque a esta plaza por la escuadra norteamericana, en la mañana de dicho día del mes actual, así como de algunas de sus principales circunstancias y consecuencias, que ampliaré ahora en lo necesario para permitir formarse cabal idea de la importancia y desarrollo de tal hecho de armas.
Precisamente la noche anterior, con noticia de la presencia de barcos al Sur de Vieques, se había dormido esta población bajo la impresión de que al día siguiente vería aparecer la escuadra española, y esto hizo que al despuntar la aurora y señalar el vigía los primeros buques avistados entre las brumas, nada se encontrase mas lejos de todos los ánimos que la idea de una agresión del enemigo, hasta que al avanzar éste rápidamente y largar su pabellón, ya muy próximo al puerto, rompiendo a la vez el fuego sobre la plaza con toda su artillería, la sorpresa mas profunda sucedió repentinamente á la alegría y la confianza de los espectadores, entre los que se encontraba una parte de la guarnición, ocurriendo esto á las cinco y cuarto, próximamente.
No impidió, sin embargo, aquella, ni el gran número de proyectiles de pequeños calibres que los americanos lanzaban sobre las baterías, el que éstas fueran rápidamente guarnecidas por las fuerzas del 12.º Bon. de Plaza, entre las que, de antemano, se hallaban distribuidas para su servicio; contestando acto seguido al fuego enemigo, siendo la primera en romper el suyo la batería de San Antonio, y acudiendo también inmediatamente á sus puestos las tropas de la guarnición y Voluntarios, compañía auxiliar, organizada pocos días antes para el servicio de la artillería, y las de zapadores-bomberos, creadas también recientemente, en virtud de las presentes circunstancias, sobre la base de los bomberos municipales de la ciudad. Por mi parte, acudí desde los primeros momentos á las baterías del canal de entrada, como las de mayor importancia en tal ocasión, y cuando me hube cerciorado de que se hallaban bien defendidas y se sostenían con vigor, marché á recorrer las demás de la plaza, encontrándolas á todas ya en fuego y á sus defensores poseídos del mayor espíritu.
Las dos compañías del Bon. Principado de Asturias, que ocupaban el cuartel de Ballajá, y eran las únicas de dicho Cuerpo presentes en la plaza, por haberse dispuesto en dias anteriores de las restantes para prevenir los movimientos de barcos enemigos sobre las costas hubieron de desalojar presurosas aquel cuartel, no solamente para ocupar los puestos que les estaban encomendados, sino además, porque desde el primer momento penetraron en el edificio gran número de granadas de grueso y mediano calibre, arrojadas probablemente con el conocimiento del destino de el mismo, que, por otra parte, atraía naturalmente el fuego por su masa y situación.
Una de las compañías citadas se situó, según las órdenes que al efecto tenía, en el foso del Morro, para tenerla á la mano en el caso de que fuera conveniente auxiliar la defensa con fuegos de fusilería, habiendo llegado esta fuerza á dirigir algunas descargas á uno de los acorazados enemigos, en el momento en que se aproximaron más para la segunda embestida á aquella fortaleza. La otra compañía se colocó con igual objeto en el Campo del Morro, cubierta con las desigualdades del terreno y á proximidad de la batería de Santa Elena, por si los americanos llegaban á forzar la entrada del Puerto. La fuerza disponible del 3er. Bon. Provisional, fué establecida en el foso del Castillo de San Cristóbal, para acudir desde allí más facilmente, si el curso del combate exigía guarnecer la costa al Este de la plaza, á excepción de una compañía de dicho cuerpo, que quedó ocupando el frente Norte. Otra compañía del Principado de Asturias vigilaba las avenidas al barrio de Santurce; y dentro de la población formaron: el Bon. de Voluntarios nº 1, en la plaza de Armas; el de Tiradores de Pto-Rico en el barrio de la Marina; la batería de Montaña en la plaza de San Francisco, y las dos guerrillas volantes 1.ª y 6.ª, desmontadas, que se encontraban en la plaza, en distintos puntos interiores, así como los zapadores-bomberos que tenían distribuida la ciudad y sus barrios para sofocar prontamente los incendios que se produjeran.
Los barcos enemigos, cuyo número total era once, se habían establecido, entretanto, en dos líneas imperfectamente formadas que envolvían al Morro, su objetivo principal y aun casi único durante todo el combate, constituyendo la primera sus más fuertes acorazados, de los que siempre se mantuvo el más próximo el Iowa, evolucionando á corta distancia de la embocadura del puerto, para descargar sucesivamente todas las piezas de sus torres y costados sobre las grandes escarpas de aquel fuerte, que visiblemente trataban de arruinar. La segunda línea, formada por cruceros en su mayor parte, por lo menos protegidos, se mantuvo constantemente más alejada, y prolongándose más hacia el Norte que la anterior, venía á formar á la vez el ala izquierda de su escuadra, con la que esta batía simultáneamente al castillo de San Cristóbal y baterías de Santa Teresa y la Princesa, aunque con mucha menor intensidad que al Morro.
En tal situación, el Comandante Pral. de Artillería (nota 1) quien dirigía el fuego desde la estación central, situada en el caballero de San Cristóbal, ordenó que las del Morro y batería de San Antonio se concentrasen sobre un solo barco de los de primera línea, en cuanto fuese posible, y que las piezas que no estuvieran en situación de obrar así, así como las baterías del grupo de San Cristóbal, tratasen de batir en detall a los que más ofendiesen á la plaza; modificándose después estas disposiciones, según las diversas fases del combate, pero tendiendo siempre al mismo fin de evitar con la concentración de fuegos sobre los buques mas avanzados, que estos llegasen á forzar la entrada del puerto. También recibieron orden las baterías de San Cristóbal que se encontraban á distancia conveniente, para batir en general con sus obuses de 24 c/m. á los acorazados, empleando los cañones de 15 c/m. contra los cruceros enemigos.
N.E. nº 1: El Comandante José Sánchez de Castilla
Las baterías de Santa Elena y San Agustín, que defienden la entrada del puerto y baten á la vez el sector N.O. de la Plaza, donde se hallaban concentradas las fuerzas enemigas, entraron también en acción, aunque la primera con algún retraso, contribuyendo á alejar los barcos que se habían situado frente a dicha entrada, en los dos avances sobre el Morro. La última de dichas baterías hacía sólo pocos días que había sido armada con dos cañones C.H.E de 15 c/m., resistiendo, sin embargo, perfectamente las explanadas.
Contestado así vigorosamente el enemigo, su fuego fue perdiendo en intensidad y precisión, retirándose poco después los acorazados hasta la posición de segunda línea para volver á avanzar de nuevo como á las siete de la mañana, hora en que la violencia del combate llegó á ser tal que, sin caer en la hipérbole, puede decirse que una verdadera tempestad de hierro descargaba sobre esta plaza, haciendo temer que sus principales defensas llegaran á flaquear. Hubo momento en que la batería alta del Morro, la más combatida, sólo contestaba al fuego enemigo con una de sus piezas, por atoramiento y desperfectos ocurridos en las demás; pero reparadas estas prontamente en medio del peligro, por el personal obrero, que se condujo con notable arrojo, y no consiguiendo el enemigo quebrantar ni la resistencia de las obras ni la firmeza de sus defensores, volvió á replegarse á su segunda línea para alejarse algo después con todas sus fuerzas, perseguido por los disparos de la plaza hasta que estuvo fuera del alcance de sus piezas.
En este período del combate adopté algunas disposiciones en previsión de que, no obstante el vigor de la defensa, llegara el enemigo á dominarla y á forzar la entrada del puerto, utilizando los fuegos á corta distancia de sus cofas para imposibilitar el servicio de las baterías de Santa Elena y San Agustín, principalmente de ésta última, que és la de menor cota. La infantería situada en esos puntos fué reforzada con una compañía del 3.º Provisional para batir aquellas, y las cuatro piezas de 9 c/m. arrastradas á brazo, se establecieron en batería sobre la cortina de San Juan, con el objeto de barrer las cubiertas; mas afortunadamente no fué necesario que ninguna de estas fuerzas entrasen en acción y tampoco hubo de llegarse á la evacuación total del Hospital militar, ordenada así mismo en dicho período, por haber penetrado algunas granadas en su parte alta y en vista de los estragos que el fuego enemigo hacía en el Cuartel de Ballajá, situado a su inmediación. También durante este mismo tiempo se iniciaron tres incendios dentro de la población, que pudieron ser sofocados prontamente.
No creo, Excmo. Sor., exponerme á cometer ningún error al afirmar que jamás se ha reñido con éxito tal un combate empeñado con tanta desigualdad de elementos. A la enorme diferencia entre el número de las piezas y la magnitud de los calibres, que resulta de la comparación entre el artillado de la plaza, que es de V. E. conocido, y los detalles aproximados de la escuadra enemiga figurados en la relación que acompaño con el número 1, ha de agregarse que la batería de San Carlos no pudo coadyuvar á la defensa por no haberse hallado nunca el enemigo dentro de su campo de tiro; la de obuses de 24 c/m. del Escambrón tampoco llegó á disparar por deficiencia del alcance de sus piezas, con la única pólvora de que para ellas se dispone en esta plaza, y las baterías de Santa Elena y San Agustin, tuvieron cada una reducidos al silencio uno de sus cañones, aparte de los obuses de la última, por razón de la situación de sus emplazamientos relativamente á la del enemigo. Además, al cargar para el primer disparo uno de los Obuses de 24 c/m. de la plaza de armas de San Cristóbal, una granada enemiga le inutilizó el cierre, matando al artillero que lo maniobraba; de manera que, en definitiva 18 C.H.E de 15 c/m., 4 obuses de 21 c/m. y 6 Obuses de 24 c/m. emplazados en baterías antiguas en su mayor parte y mal protegidas han sostenido la lucha con ventaja, contra más de 100 piezas de grandes y medianos calibres, auxiliadas por otro número todavía mayor de cañones de tiro rápido, aparte de las ametralladoras, y montados en su gran mayoría sobre barcos acorazados o protegidos.
Si á lo anterior se agrega el que, por no haber terminado de armar alguna batería hasta pocos dias antes, por no tener dispuesto el servicio telemétrico, habiendo sido necesario improvisar uno con aparatos topográficos ante la inminencia del peligro, y por la multitud de atenciones de última hora para poner al corriente la artillería de la plaza, no había sido posible ensayar el material , ni adiestrar el personal con las necesarias escuelas prácticas y, por tanto, no solo habia de someterse éste por primera vez á la dura prueba de sufrir el fuego enemigo sino también á la de emplear el propio, comprenderá V. E. que ha sido necesario para salir airosos en tal empeño un desarrollo de energía, de celo y de buena voluntad en todas las clases, que por fortuna ha rayado en esta ocasión á tanta altura como en muchas se había elevado ya en el Ejército español; pudiendo asegurarse que, pasados los primeros momentos de sorpresa, si la superioridad material pertenecía forzosamente al enemigo, la moral fué nuestra constantemente.
Aunque estoy satisfecho por igual del comportamiento de todos los cuerpos y clases, el mérito principal recae, naturalmente, por la índole del combate, en el 12º Bon de Artillería de Plaza. Tanto los jefes y oficiales, cuanto la tropa de dicho cuerpo, se han excedido constantemente y de una manera general en el cumplimiento de sus deberes, dentro del puesto que á cada uno le estaba confiado; mas como el peligro era distinto según la situación de éste y, en consecuencia, distintas las pruebas á que tuvieron que someterse la energía y serenidad de los Comandantes, Oficiales y sirvientes de las baterías, me creo en el deber de mencionar especialmente al capitán D. Ramón Acha, con destino en el Parque, quien á pesar de que su misión en el Morro se reducía á la apreciación de distancias, al ver duramente combatida la batería del Macho, en la que sólo se encontraba un oficial, tomó el mando de ella, permaneciendo todo el combate en aquél puesto preferente; al ya aludido oficial de dicha batería, 2º Teniente, D. Fernando Morales Hanega, que cooperó con el Capitán Acha, á la firmeza con que aquella se sostuvo; al 1er. Teniente D. Faustino González Iglesias, que mandaba la batería de obuses del mismo Macho, y que ha sido muy recomendado por sus jefes; al 2º Teniente D. José Barba, Comandante de la batería del Carmen, la más comprometida de todas por su situación adosada al caballero del Morro, en la cual estuvo sosteniendo el fuego con gran arrojo hasta caer herido; al capitán don José Iriarte, que estuvo al frente de la batería de San Antonio, la primera en romper el fuego y la última en suspenderlo, así como una de las más batidas y de las que mas eficazmente ofendieron a la escuadra americana, y al 2º Teniente D. Nicanor Criado, que dirigía la batería de obuses de San Fernando, otra de las que también jugaron más en la acción. Debo hacer mención también del Teniente Coronel de Artillería D. Benigno Aznar, quien a pesar de haber sufrido pocos dias antes la fractura de una clavícula, por una caída de caballo, se puso al frente del grupo de baterías de San Cristóbal que le estaba encomendado, y del Comandante Jefe del Detall del Parque don Luis Alvarado, que despues de dejar asegurado el servicio de municionamiento y reparaciones del material que tenía á su cargo, se presentó voluntariamente en el Morro en los momentos de mayor peligro, poniéndose al frente de su batería de Obuses.
De individuos de tropa se han hecho dignos de mención especial, el Sargento Arturo Fontbona, que estando licenciado, había solicitado pocos días antes volver á ingresar como supernumerario mientras durasen las presentes circunstancias, y herido en el combate no consintió en retirarse de su puesto hasta terminar aquél; el cabo Rafael Aller, que obró del mismo modo que el anterior durante el fuego; el de igual clase Manuel Estrada García, que demostró constantemente el deseo de ocupar los puestos de mayor peligro; Sargento Blas Rodríguez Navarrete y artillero Lázaro Gallardo, de la Batería del Macho de San Cristóbal, que se distinguieron: el 1º como jefe de un Obús situado al descubierto, y el 2º conduciendo á mano las granadas de 24 c/m. cuando se inutilizó el montacargas del mismo; y, por último, el armero de la Guardia Civil, José Simón Díaz, y Obrero aventajado del Parque, José Fernández Díaz, que prestaron importantes servicios en la reparación del material bajo el fuego enemigo. Además, es merecedora de todo encomio la conducta de los individuos de la Compañía auxiliar de Obreros de Artillería, formada de obreros civiles y faeneros del muelle (nota 2), la cual estaba destinada al servicio de municionamiento, que estuvo perfectamente atendido á a pesar de tener que hacerlo completamente al descubierto en algunos espacios, y los de la Sección de ciclistas del 1er. Bon. de Voluntarios, que haciéndose superiores al peligro y á la fatiga, comunicaron constantemente mis órdenes á todos los puntos, así como las del Gral. Gobernador de la Plaza, quien desde los primeros momentos se situó en San Cristóbal, punto céntrico del frente N., donde se mantuvo todo el combate.
N.E. nº 2: Entre los auxiliares de artillería cabe destacar a los morenos Julio Lizardi y Martín Cepeda. Cepeda, quien perdiera un brazo en el combate, fue distinguido con la Cruz Roja, Pensionada.
El número de disparos hechos por la plaza vá detallado en la relación que se incluye con el nº.2. El del enemigo, por el número de sus piezas, por el de los impactos conocidos en las fortificaciones y edificios y por la comparación de su intensidad con el de nuestras baterías, puede apreciarse en mas de 2000 de grandes y medianos calibres, sin contar con la gran cantidad de proyectiles pequeños lanzados sobre las obras de defensa. Si á pesar de la violencia de su fuego solo consiguió causar efectos relativamente escasos en aquellas y en el caserío, debese en primer término á la solidez del Morro y demás obras de fortificación, aunque antiguas en general, y después al empeño en demolerlo, que haciendo aproximar á los barcos principales, daba por resultado que los mayores proyectiles fueran á caer á grandes distancias, al no chocar contra las elevadas escarpas de la plaza; siendo muchos los que se sumergieron en la bahia, de ellos bastantes en en las inmediaciones del polvorin de Miraflores, y alcanzando algunos hasta Pueblo Viejo y San Patricio, sobre el ferrocarril del litoral entre Rio-Piedras y Bayamon.
El enemigo demostró verdadero conocimiento de la disposición de la plaza y situación de sus baterías, al tomarlas de enfilada por el N.O.; siendo muy de lamentar que para contrarrestarlo no se contase con algunos de los cañones pedidos y ya construidos de 24 c/m., los que emplazados en las baterías de Santo Domingo y San Fernando á que se hallan destinados cuatro de ellos, le hubieran hecho perder gran parte de las ventajas de aquella situación. Si bien se aproximaron bastante al Morro en dos ocasiones, nunca se detuvieron largo tiempo á corta distancia, retirandose cuando las baterías de la plaza empezaban á rectificar su tiro, y ha de tenerse también en cuenta que los barcos que así obraban se hallaban protegidos por corazas de 40 ó mas centímetros. Además, la dirección de sus fuegos, la clase de proyectiles lanzados, en su mayor parte perforantes, y la naturaleza muy variada de su carga, así como la circunstancia de venir muchos descargados ó sin espoletas indican claramente que á bordo de la escuadra americana no debía de reinar el mayor orden, ni existir solida instrucción en sus dotaciones.
En relación número 3, acompaño á V. E. la de bajas de todas clases sufridas por la guon (nota 3) y Cuerpos auxiliares, que se elevan á 2 muertos y 34 heridos. Las desgracias conocidas en el vecindario ascienden á 3 muertos y 16 heridos. Del enemigo, aunque no sea posible conocerlas con certeza, algunas noticias traídas de Santo Domingo por pasajeros de vapores extranjeros, las hacen subir á un número considerable, y si bien no sería cuerdo darles completo crédito, parece tener ciertos visos de certeza la de que al llegar á puerto, en dicha isla, fueron enterrados dos días después del bombardeo, cuatro oficiales y 13 marineros, debiendo ser uno de los primeros de elevada categoría, á juzgar por los honores que se le tributaron. Tambien parece comprobado que al día siguiente del combate se oyeron hacia alta mar disparos que se supone fueran de honor á los muertos durante aquél.
N. E. nº 3: guon=guarnición.
Por último, incluyo á a V. E. otra relación con el número 4, expresiva de los desperfectos sufridos por las fortificaciones y edificios militares de la plaza. A esta conviene agregar que los barcos de guerra y mercantes surtos en la bahía tuvieron también algunas averías, habiéndolas sufrido asimismo en las chimeneas y en un palo del vapor de guerra francés Amiral Rigault de Genouilly, que poco después del bombardeo se hizo a la mar. Del enemigo, aunque la deficiencia del calibre de nuestras piezas, no permite suponer que sufriera muchas de gran entidad, puede asegurarse que debió tenerlas de gravedad uno de los mayores cruceros, que se retiró remolcado, y noticias posteriores afirman que un monitor sacó la proa destrozada por una granada, circunstancia que se comprueba en cierto modo por haberse encontrado en la costa una caja de herramientas con el nombre del "Amphitrite".
Finalmente, para terminar ya la reseña de todos los particulares de alguna importancia en el suceso que motiva esta comunicación, he de manifestar á V. E. que la escuadra enemiga se retiró después del fuego hasta frente al puerto de Manatí, destacando uno de sus barcos á San Thomas, sin duda, para comunicar con el Gobierno de Washington, y evolucionando de nuevo por la tarde frente á la plaza, pero á gran distancia, no volvió ya á ser vista en el siguiente día, teniendo noticia más tarde de su llegada a Samaná(nota 4).
N.E. nº 4: República Dominicana.
He procurado, Excmo. Sor, dar á esta narración la mayor exactitud posible, para que V. E. pueda juzgar por sí mismo de los hechos, huyendo de propósito de todo encomio exajerado que pudiera obscurecerlos o alterarlos y que, me complazco en creerlo así, no es necesario en este caso para que resalte la conducta observada por los defensores de esta plaza, cuya mejor recompensa consiste en la conciencia del deber cumplido y en el servicio que puedan haber prestado á su Patria en las dificiles circunstancias por que atraviesa, siendoles de suma satisfacción el aprecio de tal conducta hecho por aquella, y en su representación por el Congreso de los diputados, así como por S. M. la Reina y por su Gobierno, al dirigirles los mensajes de felicitación, que todos y cada uno agradece conmigo profundamente.
Excmo. Sr.: Por mis telegramas del día 12 de Mayo tiene ya V. E. conocimiento del ataque a esta plaza por la escuadra norteamericana, en la mañana de dicho día del mes actual, así como de algunas de sus principales circunstancias y consecuencias, que ampliaré ahora en lo necesario para permitir formarse cabal idea de la importancia y desarrollo de tal hecho de armas.
Precisamente la noche anterior, con noticia de la presencia de barcos al Sur de Vieques, se tenía la impresión de que al día siguiente aparecería la escuadra española, y esto hizo que al despuntar la aurora y señalar el vigía los primeros buques avistados entre las brumas, se creyera así, hasta que al avanzar el enemigo rápidamente y largar su pabellón, ya muy próximo al puerto, rompiendo a la vez el fuego sobre la plaza con toda su artillería, desapareció la confianza de los espectadores, entre los que se encontraba una parte de la guarnición, ocurriendo esto a las cinco y cuarto, próximamente.
Ni esta circunstancia, ni el gran número de proyectiles de pequeños calibres que los americanos lanzaban sobre las baterías, impidió que éstas fueran rápidamente guarnecidas por las fuerzas del 12.º batallón de plaza, entre las que, de antemano, se hallaban distribuidas para su servicio; contestando acto seguido al fuego enemigo, siendo la primera en romper el suyo la batería de San Antonio, y acudiendo también inmediatamente a sus puestos las tropas de la guarnición y Voluntarios, compañía auxiliar, organizada pocos días antes para el servicio de la artillería, y las de zapadores-bomberos, creadas también recientemente, en virtud de las presentes circunstancias, sobre la base de los bomberos municipales de la ciudad. Por mi parte, acudí desde los primeros momentos a las baterías del canal de entrada, como las de mayor importancia en tal ocasión, y cuando me hube cerciorado de que se hallaban bien defendidas y se sostenían con vigor, marché a recorrer las demás de la plaza, encontrándolas a todas ya en fuego y a sus defensores poseídos del mayor espíritu.
Las compañías del batallón del Principado de Asturias, que ocupaban el cuartel de Ballajá, hubieron de desalojarlo presurosas, no solamente para ocupar los puntos que les estaban encomendados, sino además, porque desde el primer momento penetraron en el edificio gran número de granadas de grueso y mediano calibre, arrojadas probablemente con el conocimiento del destino del mismo, que, por otra parte, atraía naturalmente el fuego por su masa y situación.
Una de las compañías citadas se situó, según las órdenes que al efecto tenía, en punto conveniente para estar a la mano en el caso de que fuera necesario auxiliar la defensa con fuego de fusilería, habiendo llegado esta fuerza a dirigir algunas descargas a uno de los acorazados enemigos, en el momento en que se aproximaron más para darle una embestida a la fortaleza del Morro. Otra compañía se colocó, con igual objeto, en el campo del Morro, cubierta con las desigualdades del terreno y en la proximidad de la batería de Santa Elena, por si los americanos llegaban a forzar la entrada del puerto. La fuerza disponible del tercer batallón Provisional fue establecida también convenientemente para acudir con más facilidad, si el curso del combate exigía guarnecer la costa al Este de la plaza, a excepción de una compañía de dicho cuerpo, que quedó ocupando el frente Norte. Otra compañía del Principado de Asturias vigilaba las avenidas al barrio de Santurce; y dentro de la población formaron el batallón de Voluntarios número 1, en la plaza de Armas; el de Tiradores de Puerto Rico, en el barrio de la Marina; la batería de Montaña, en la plaza de San Francisco, y las dos guerrillas volantes (1.ª y 6.ª), desmontadas, que se encontraban en la plaza, en distintos puntos interiores, así como los zapadores-bomberos que tenían distribuida la ciudad y sus barrios para sofocar prontamente los incendios que se produjeran.
Los barcos enemigos, cuyo número total era 11, se habían establecido, entretanto, en dos líneas imperfectamente formadas que envolvían al Morro, su objetivo principal y aun casi único durante todo el combate, constituyendo la primera sus más fuertes acorazados, de los que siempre se mantuvo el más próximo el Iowa, evolucionando a corta distancia de la embocadura del puerto, para descargar sucesivamente todas las piezas de sus torres y costados sobre las grandes escarpas de aquel fuerte, que visiblemente trataban de arruinar. La segunda línea, formada por cruceros en su mayor parte, por lo menos protegidos, se mantuvo constantemente más alejada, y prolon- gándose más hacia el Norte que la anterior, venía a formar a la vez el ala izquierda de su escuadra, con la que ésta batía, simultáneamente, al castillo de San Cristóbal y baterías de Santa Teresa y la Princesa, aunque con mucha menor intensidad que al Morro.
En tal situación, el comandante principal de artillería (nota 1) que dirigía el fuego desde la estación central, situada en el caballero de San Cristóbal, ordenó que las del Morro y batería de San Antonio se concentrasen sobre un solo barco de los de primera línea, en cuanto fuese posible, y que las piezas que no estuvieran en situación de hacerlo, así como las baterías del grupo de San Cristóbal, tratasen de batir en detall a los que más ofendieran a la plaza; modificándose después estas disposiciones, según las diversas fases del combate, pero tendiendo siempre al mismo fin de evitar con la concentración de fuegos sobre los buques más avanzados, que éstos llegasen a forzar la entrada del puerto. También recibieron la orden las baterías de San Cristóbal, que se encontraban a distancia conveniente, para batir en general, con sus obuses, a los acorazados, empleando los cañones contra los cruceros enemigos.
N.E. nº 1: El Comandante José Sánchez de Castilla
Las baterías de Santa Elena y San Agustín, que defienden la entrada del puerto y baten a la vez el sector Noroeste de la plaza, donde se hallaban concentradas las fuerzas enemigas, entraron también en acción, contribuyendo a alejar los barcos que se habían situado frente a dicha entrada en los dos avances sobre el Morro. La última de dichas baterías hacía sólo pocos días que había sido armada, resistiendo, sin embargo, perfectamente las explanadas.
Contestando así vigorosamente el enemigo, su fuego fue perdiendo en intensidad y precisión, retirándose poco después los acorazados hasta la posición de segunda línea para volver avanzar de nuevo como a las siete de la mañana, hora en que la violencia del combate llegó a ser tal que, sin caer en la hipérbole, puede decirse que una verdadera tempestad de hierro descargaba sobre esta plaza. Hubo un momento en que la batería alta del Morro, la más combatida, sólo contestaba al fuego enemigo con una de sus piezas, por atoramiento y desperfectos ocurridos en las demás; pero reparadas estas prontamente en medio del peligro, por el personal obrero, que se condujo con notable arrojo, y no consiguiendo el enemigo quebrantar ni la resistencia de las obras ni la firmeza de sus defensores, volvió a replegarse a su segunda línea para alejarse algo después con todas sus fuerzas, perseguido por los disparos de la plaza hasta que estuvo fuera del alcance de sus piezas.
No creo, Excelentísimo Señor, exponerme a cometer ningún error al afirmar que jamás se ha reñido con éxito tal un combate empeñado con tanta desigualdad de elementos, debido a no haber podido utilizarse todos los de que dispone la plaza por la situación de algunas baterías: la de San Carlos no pudo coadyuvar a la defensa por no haberse hallado nunca el enemigo dentro de su campo de tiro; la del Escambrón tampoco llegó a disparar, y la de Santa Elena y San Agustín tuvieron reducidos al silencio algunos de sus cañones, aparte de los obuses de la última, por razón de la situación de sus emplazamientos relativamente a la del enemigo. Además, al cargar para el primer disparo uno de los obuses de la plaza de armas de San Cristóbal, una granada enemiga le inutilizó el cierre, matando al artillero que lo maniobraba; de manera que, en definitiva, se ha sostenido la lucha con ventaja contra más de cien piezas de grandes y medianos calibres, auxiliadas por otro número todavía mayor de cañones de tiro rápido, aparte de las ametralladoras, y montados en su gran mayoría sobre barcos acorazados o protegidos; siendo necesario, para salir airosos en tal empeño, un desarrollo de energía, de celo y de buena voluntad en todas las clases, que, por fortuna, han rayado en esta ocasión a tanta altura como en otras muchas se había elevado ya en el ejército español; pudiendo asegurarse que si la superioridad material pertenecía forzosamente al enemigo, la moral fue nuestra constante, a pesar de que el personal se sometía por primera vez a la dura prueba de sufrir el fuego de la escuadra enemiga.
Aunque estoy satisfecho por igual del comportamiento de todos los Cuerpos y clases, el mérito principal recae, naturalmente, por la índole del combate, en el 12º Batallón de artillería de plaza. Tanto los jefes y oficiales, cuanto la tropa de dicho Cuerpo, se han excedido constantemente y de una manera general en el cumplimiento de sus deberes, dentro del puesto que a cada uno le estaba confiado; mas como el peligro era distinto según la situación de las baterías y, en consecuencia, distintas las pruebas a que tuvieron que someterse la energía y serenidad de los comandantes, oficiales y sirvientes de las mismas, me creo en el deber de mencionar especialmente al capitán D. Ramón Acha, con destino en el Parque, quien a pesar de que su misión en el Morro se reducía a la apreciación de distancias, al ver duramente combatida la batería del Macho, en la que sólo se encontraba un oficial, tomó el mando de ella, permaneciendo todo el combate en aquel puesto preferente; al ya aludido oficial de dicha batería, segundo teniente, don Fernando Morales Hanega, que cooperó con el Capitán Acha a la firmeza con que aquélla se sostuvo; al primer teniente don Faustino González Iglesias, que mandaba la batería de obuses del mismo Macho, y que ha sido muy recomendado por sus jefes; al segundo teniente don José Barba, comandante de la batería del Carmen, la más comprometida de todas por su situación adosada al caballero del Morro, en la cual estuvo sosteniendo el fuego con gran arrojo hasta caer herido; al capitán don José Iriarte, que estuvo al frente de la batería de San Antonio, la primera en romper el fuego y la última en suspenderlo, así como una de las más batidas y de las que más eficazmente ofendieron a la escuadra americana, y al segundo teniente don Nicanor Criado, que dirigía la batería de obuses de San Fernando, otra de las que también jugaron más en la acción. Debo hacer mención también del teniente coronel de artillería don Benigno Aznar, quien a pesar de haber sufrido pocos días antes la fractura de una clavícula, por una caída de caballo, se puso al frente del grupo de baterías de San Cristóbal que le estaba encomendado, y del comandante jefe del detall del Parque, don Luis Alvarado, que después de dejar asegurado el servicio de municionamiento y reparaciones del material que tenía a su cargo, se presentó voluntariamente en el Morro en los momentos de mayor peligro, poniéndose al frente de su batería de obuses.
De individuos de tropa se han hecho dignos de mención especial: el sargento Arturo Fontbona, que, estando licenciado, había solicitado pocos días antes volver a ingresar como supernumerario mientras durasen las presentes circunstancias, y herido en el combate, no consintió en retirarse de su puesto hasta terminar aquél; el cabo Rafael Aller, que obró del mismo modo que el anterior durante el fuego; el de igual clase, Manuel Estrada García, que demostró constantemente el deseo de ocupar los puestos de mayor peligro; sargento Blas Rodríguez Navarrete y artillero Lázaro Gallardo, de la batería del Macho de San Cristóbal, que se distinguieron, el primero como jefe de un obús situado al descubierto, y el segundo conduciendo a mano las granadas de 24 centímetros, y, por último, el armero de la Guardia civil, José Simón Díaz, y obrero aventajado del Parque, José Fernández Díaz, que prestaron importantes servicios en la reparación del material bajo el fuego enemigo. Además, es merecedora de todo encomio la conducta de los individuos de la Compañía auxiliar de obreros de artillería, formada de obreros civiles y faeneros del muelle (nota 2), la cual estaba destinada al servicio de municionamiento, que estuvo perfectamente atendido, a pesar de tener que hacerlo completamente al descubierto en algunos espacios, y los de la Sección de ciclistas del primer batallón de Voluntarios que, haciéndose superiores al peligro y a la fatiga, comunicaron constantemente mis órdenes a todos los puntos, así como las del general gobernador de la plaza, quien desde los primeros momentos se situó en San Cristóbal, punto céntrico del frente Norte, donde se mantuvo durante todo el combate.
N.E. nº 2: Entre los auxiliares de artillería cabe destacar a los morenos Julio Lizardi y Martín Cepeda. Cepeda, quien perdiera un brazo en el combate, fue distinguido con la Cruz Roja, Pensionada.
El número de disparos hechos por la plaza fue de 441, de todos calibres. El de los del enemigo, por el número de sus piezas, por el de los impactos conocidos en las fortificaciones y edificios y por la comparación de su intensidad con el de nuestras baterías, puede apreciarse en más de dos mil de grandes y medianos calibres, sin contar con la gran cantidad de proyectiles pequeños lanzados sobre las obras de defensa. Si a pesar de la violencia de su fuego sólo consiguió causar efectos relativamente escasos en aquéllas y en el caserío, débese, en primer término, a la solidez del Morro y demás obras de fortificación, aunque antiguas en general y si bien se aproximaron bastante a aquél en dos ocasiones, nunca se sostuvieron largo tiempo a corta distancia, retirándose cuando las baterías de la plaza empezaban a rectificar su tiro, y ha de tenerse en cuenta que los barcos que así obraban se hallan protegidos por corazas de 40 ó más centímetros. Además, la dirección de sus fuegos, la clase de proyectiles lanzados, en su mayor parte perforantes, la naturaleza muy variada de sus cargas, así como la circunstancia de venir muchos descargados o sin espoleta, indican claramente que a bordo de la escuadra americana no debió reinar el mayor orden ni existir sólida instrucción en sus dotaciones.
El número de bajas de todas clases sufridas por la guarnición y Cuerpos auxiliares se eleva a dos muertos y 34 heridos. Las desgracias conocidas en el vecindario ascienden a tres muertos y 16 heridos. Del enemigo, aunque no sea posible conocerlas con certeza, algunas noticias traídas de Santo Domingo por pasajeros de vapores extranjeros, las hacen subir a un número considerable, y si bien no sería cuerdo darles completo crédito, parece tener ciertos visos de certeza la de que al llegar a puerto en dicha isla fueron enterrados, dos días después del bombardeo, cuatro oficiales y 13 marineros, debiendo ser uno de los primeros de elevada categoría, a juzgar por los honores que se le tributaron. También parece comprobado que al día siguiente del combate se oyeron, hacia alta mar, disparos, que se supone fueran de honor a los muertos durante aquél.
Por último, manifestaré a V. E. que fueron de poca entidad los desperfectos sufridos por las fortificaciones y edificios militares de la plaza. Conviene agregar que los barcos de guerra y mercantes surtos en la bahía tuvieron también algunas averías, habiéndolas sufrido asimismo en las chimeneas y en un palo del vapor de guerra francés Amiral Rigault de Genouilly, que poco después del bombardeo se hizo a la mar. Del enemigo puede asegurarse que debió tenerlas de gravedad uno de los mayores cruceros, que se retiró remolcado, y noticias posteriores afirman que un monitor sacó la proa destrozada por una granada, circunstancia que se comprueba, en cierto modo, por haberse encontrado en la costa una caja de herramientas con el nombre Amphitrite.
Finalmente, para terminar ya la reseña de todos los particulares de alguna impor- tancia en el suceso que motiva esta comunicación, he de manifestar a V. E. que la escuadra enemiga se retiró después del fuego hasta frente al puerto Manatí, destacando uno de sus barcos, a Saint Thomas, sin duda, para comunicar con el Gobierno de Washington, y evolucionando de nuevo por la tarde frente a la plaza, pero a gran distancia, no volvió ya a ser vista en el siguiente día, teniendo noticia más tarde de su llegada a Samaná (nota 3).
N.E. nº 3: República Dominicana.
He procurado, excelentísimo señor, dar a esta narración la mayor exactitud posible, para que V. E. pueda juzgar por sí mismo de los hechos, huyendo de propósito de todo encomio exagerado que pudiera obscurecerlos o alterarlos, y que, me complazco en creerlo así, no es necesario en este caso para que resalte la conducta observada por los defensores de esta plaza, cuya mejor recompensa consiste en la conciencia del deber cumplido y en el servicio que puedan haber prestado a su patria en las difíciles circunstancias por que atraviesa, siéndoles de suma satisfacción el aprecio de tal conducta hecho por aquélla, y en su representación por el Congreso de los Diputados, así como por S. M. la Reina y por su Gobierno, al dirigirles los mensajes de felicitación, que todos y cada uno agradece conmigo profundamente.
Dios guarde a V. E. muchos años.-Puerto Rico, a 27 de mayo de 1898.-Excelentísimo señor.-Manuel Macías.-Excelentísimo señor Ministro de la Guerra.