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NUEVA APROXIMACIÓN A LA NECRÓPOLIS DE LES CORTS (AMPURIAS, GIRONA, ESPAÑA)
Anna Vollmer Torrubiano y Alfonso López Borgoñoz

(Publicado en "XIII Congreso Arqueológico Nacional de Arqueología". Elche, 1995. 1997)

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En un trabajo anterior publicamos una aproximación a la distribución cronológica y espacial de las necrópolis de Ampurias (López Borgoñoz, 1987), posteriormente también estudiamos la Necrópolis de Les Corts, tratando las causas y razones del porqué de su ubicación y de su relación con la ciudad romana de Ampurias (Vollmer y López, 1995). En este tercer trabajo, trataremos de profundizar más en el estudio de los materiales hallados y en las diferentes tipologías de enterramientos que es posible encontrar en esta misma Necrópolis de Les Corts.

También volveremos a estudiar, con nuevos datos, la hipótesis acerca del origen de los enterrados en este cementerio,  con referencias a los usos de la tropa colonial romana, en general, y sobre los de los que posiblemente se establecieron en Ampurias en la época de Catón, en particular, así como sobre los habitantes tardorrepublicanos de la ciudad romana de Ampurias.

1. LA NECRÓPOLIS DE LES CORTS: CRONOLOGÍA, UBICACIÓN, ORGANIZACIÓN INTERNA Y FORMAS DE ENTERRAMIENTO.
1.1. Cronología :
Señala Almagro (1953: 255), al hablar acerca de la historia de la excavación de este cementerio, que seguramente se llegaron a excavar allí más de 500 tumbas, en diversas fases de excavación. Él tan sólo pudo publicar 158, sin ni siquiera poder situarlas ya correctamente en un mapa a la mayoría (Figura nº 1). Posteriormente, Sanmartí (1982) publicó una incineración más.

El momento de inicio de las deposiciones funerarias en esta necrópolis es dudoso, dado que parece haber abundantes materiales reusados.

En cualquier caso, y pese a haber una tumba -Inc. Les Corts nº 56- con una cerámica protocampaniense Lamboglia 40 b, como único elemento que se puede fechar (Sanmartí,1978 la data en la primera mitad del siglo III a.C.), suponemos que el momento en que se podría indicar más certeramente el inicio del uso de esta necrópolis sería el comúnmente aceptado del último cuarto del s. III a.C..

A partir de ahí, y hasta mediados del siglo siguiente, no observamos un gran número de incineraciones datables en ese período.

Por las cerámicas halladas  que se han podido identificar, y por la presencia de otros tipos de material datables (armas, etc.), se ve un momento de apogeo en el uso de esta necrópolis entre el 150-125 y el 50 a.C., siendo muy dificultoso, en la mayoría de los casos, el tratar de dar dataciones algo más concretas.

Por lo que respecta al fin del uso de esta necrópolis, se ha de indicar el caso de las Inc. Les Corts nº 30, cuya urna, sin más ajuar, se data en la segunda mitad del siglo I a.C. (Almagro, 1955: 412). También los estudios de López Mullor (1989: 48-51), sobre cerámicas de paredes finas demuestran la presencia en algunas tumbas (Inc.  Les Corts nº 12, 34 y 40) de cerámicas de este tipo datables también en época de Augusto. Estas dataciones romperían con la creencia en un fin pre-cesariano de esta necrópolis, alargándose su uso hasta casi el cambio de era.

Suponemos, pues, que tras nacer a fines del s. III a.C., y tener un máximo de ocupación a fines del s. II y primera mitad del s. I a.C., sin duda por la construcción e inicios de la vida de la nueva ciudad romana que se inaugura en algún momento a finales del s. II a.C. (Mar y Ruiz de Arbulo, 1993), decae lentamente, hasta abandonarse por completo poco antes del cambio de era, sin lugar a dudas por el inicio del funcionamiento, en época de Augusto, o algo antes, del cinturón de necrópolis que rodea la ciudad romana de Ampurias, por lo que llegó a haber simultaneidad de uso entre aquellas y en Les Corts, durante unos treinta años.

1.2. Ubicación :
Tras el abandono como tales de las necrópolis griegas que circundaban de forma inmediata a la Neápolis en un momento previo a la llegada de los romanos a Ampurias, se puede observar en el s. II a.C. en dicha ciudad una estructura de dípolis funeraria cuando se estudia la ubicación de  sus cementerios (Figura nº 2) y  los diversos porcentajes de los enterramientos allí datados, con una zona inhumadora mayoritariamente al sur de la Neápolis y con la zona de la necrópolis de Les Corts también incineradora en su mayoría (López Borgoñoz, 1987).

Ya hemos señalado en trabajos anteriores que las inhumaciones de las necrópolis Bonjoan se puede creer que tienen un origen griego -normalmente-, dado que fue éste el rito mayoritario desde el siglo VI a.C. en las necrópolis ampuritanas, aunque con un cierto porcentaje de incineraciones, que igual podían ser de íberos indiketas, como de los mismos griegos u otros, tal como se ve en las necrópolis de las colonias griegas de Sicilia (Megara Hyblaea -Vallet, Villard, Auberson,1983:147-149- o Gela) o incluso en las de Atenas (KNIGGE, 1988).

Por lo que respecta a las incineraciones halladas en Les Corts y a su ubicación en dicho cerro frente a la ciudad romana, no podemos menos que relacionarlas con el posible praesidium (y sus estructuras defensivas extramurarias) dejado por Catón en la colina junto a la ciudad griega (Vollmer y López Borgoñoz, 1995), ni con los habitantes de la posible colonia o municipium romano que posteriormente se ubicará, tras ampliarlo, en el mismo solar.

Los restos militares en las tumbas, y el hecho de que éstas no parezcan ser el resultado de los muertos acontecidos en una única batalla o campaña militar, nos hace pensar en la hipótesis de que es el cementerio propio de una deductio, con cuyas características generales esta necrópolis comparte bastantes semejanzas.

1.3.- Organización Interna:
Sobre la organización interna de esta necrópolis, se puede significar el desorden aparente de sus estructuras, lo cual se contrapone netamente al espacio planificado y claramente urbanizado del asentamiento romano ampuritano que se edifica en forma casi coetánea. El hueco que se observa en el centro, se debe a que es el área que se excavó primero y de la que apenas pudo salvarse nada.

Particularmente creemos que dicho orden existió, de alguna manera, pero que al estar mezcladas tumbas con doscientos años de diferencia, y al no haber habido una buena sistemática de excavaciones, los datos acerca de dicho orden de las tumbas se debe haber perdido y así se observa una semi-caótica disposición de los monumentos funerarios y de las incineraciones en la Necrópolis de Les Corts.

Restos de dicho aparente orden es sin duda el hecho de la alineación de todas las bases monumentales, cuyos lados son paralelos entre sí (la variación es mínima, lo cual parece indicar que esta alineación no se debe al azar).

No es posible, tampoco, ver ahora una diferenciación espacial que denote diferencias de sexo, clase o religión. Se pueden observar, sin embargo, algunas agrupaciones de tumbas, que no sabemos si podemos relacionar con la pertenencia de los allí enterrados a una misma familia -en sentido amplio- o grupo.

En general, todas las tumbas excavadas en Ampurias son muy pobres (tal vez sea dado ello por la pertinaz violación que estas necrópolis han sufrido a lo largo del tiempo), aunque hay alguna excepción.

1.4.: Formas de Enterramiento :
Aparte de los enterramientos en los monumentos funerarios conocidos como bases, así como en los otros tipos (circulares, etc.), que a continuación trataremos, los restos de las incineraciones que se han hallado en Les Corts se guardaban, según nuestra hipótesis, posiblemente (y en general) en dos tipos de recipientes, que son urnas cinerarias de cerámica (de tipo ibérico) o bien ataúdes (cajas) pequeñas de madera, las cuales iban protegidas a su alrededor por restos anfóricos, cuyo hallazgo superficial por la necrópolis es muy frecuente.

Así se han hallado sólo 10 casos en los que en el ajuar se contabiliza una urna o un vaso semejante (6,33% del total de incineraciones halladas). Dicha urna en ningún caso se señala si contenía los restos de la incineración o simplemente la acompañaba, siendo incluso dudoso, en algún caso, si realmente se puede considerar el resto citado como tal recipiente cinerario, o bien por estar ya desaparecido o bien por ser su tamaño no muy grande.

La presencia de clavos es más frecuente, y pese a que el terreno, tal como ya decía Almagro (1953) devora todo tipo de metal, están documentados en 46 incineraciones (29,11 %).

Nuestra hipótesis, tal vez arriesgada, es la misma que la que ya existe para otras necrópolis de origen romano como la de Tournai (Bélgica) u otras, y es que estamos ante los únicos rastros que nos han llegado de pequeños ataúdes o contenedores de madera de los restos del incinerado.

Como pasa habitualmente, no hemos hallado indicios claros ni de clavos ni de urnas en la mayoría de los casos (100 incineraciones y 1 inhumación), los cuales representan el 63,92 % -casi dos tercios- del total del conjunto de la necrópolis. Es posible que esto se deba a que se depositaban las cenizas y ajuar directamente sobre el suelo (en un hoyo con las paredes hechas con restos anfóricos) o bien que el tipo de suelo y los expolios han acabado con los rastros de otros posibles tipos de enterramiento.

Hay un vivo contraste entre lo que observamos aquí y lo que se puede decir acerca de la forma de los enterramientos en las incineraciones contemporáneas de las necrópolis Bonjoan, Granada o Mateu (o incluso en el conjunto de necrópolis prerromanas) -Vollmer y López Borgoñoz, 1995-, en las cuales nunca se hallan clavos en las incineraciones, aunque si en las inhumaciones. Lo que si se han hallando es tumbas que contienen restos de urnas claramente cinerarias.

Podemos señalar además que, curiosamente, en las incineraciones ampuritanas del S. I a. y d.C. es muy frecuente también la presencia de clavos entre el ajuar (Necrópolis Ballesta, Rubert, etc.), lo cual reforzaría la idea  de continuidad de usos funerarios entre esta necrópolis de Les Corts -así como su adscripción a los usos itálicos- y las romanizadas incineraciones de época imperial en Ampurias.

Los posibles restos ibéricos o galos hallados, sin duda se tratarían de auxiliarii, convertidos en ciudadanos romanos tras su licenciamiento, tal cual es normal en el resto del imperio, y que podrían compartir cementerio con los mismos legionarios o ciudadanos romanos o itálicos. Hemos de pensar que es completamente normal el uso de cementerios conjuntos durante el imperio en una multitud de necrópolis romanas enclavadas cerca de campamentos (como se puede ver en Inglaterra -SCOTT ANDERSON, 1984-).

1.4.1. Monumentos Funerarios:
En Les Corts hay que diferenciar a la hora de estudiar el plano de la Necrópolis las bases o tumbas monumentales de las tumbas propiamente dichas. Sobre las mismas hay toda una polémica que viene de antiguo, con hipótesis sobre su origen griego, ibérico o romano. En realidad, la simplicidad de las estructuras hacen que se parezca a cualquier tipo de estructura escalonada que se pretenda.

Están numeradas, aunque no siempre de forma independiente de las tumbas que contenían. Son de cuatro tipos:

a) Bases escondidas:  Serían antiguos emplazamientos de bases las cuales ya habrían sido saqueadas antes de llegar allí Gandía y Escrivà. Su ubicación se podría deducir por los excavadores gracias a los escasos restos que aún se conservaban, hoy ya muchos de ellos desaparecidos.

b) Bases tumulares  (Bases nº 11, 18 y 19): Hoy día no hemos hallado restos de este tipo. Según Almagro, se trata de meros amontonamientos de piedras fruto de las excavaciones clandestinas, dado que no halló nada en las mismas que atestiguara su condición de tumbas.

c) Bases con muro perimetral circular (contenían las tumbas nº 54 y 56): Plantea este tipo muchos problemas al investigador, especialmente por no haberse hallado restos seguros de las mismas, sobre el terreno, en la actualidad, ordenadas tal cual se indica en el mapa publicado por Almagro. Las estructuras a las que nosotros hemos atribuido las etiquetas de antiguas contenedoras de la incineraciones nº 54 y 56, no se corresponden con la descripción que de las mismas da Almagro, ni con los dibujos que él aporta. Tampoco se parecen a las dibujadas en el Plano de Escrivà, el cual se ha mostrado muy ajustado a la realidad en la mayoría del resto de los casos en los que la verificación ha sido posible. Estucadas en rojo o blanco, sus paredes eran de barro tapial simple, excepto en su parte inferior hecho en base a piedras irregulares, sujetas también con barro. Contenían varias incineraciones, hallándose sólo ajuar en un caso en cada tumba. No tenemos ninguna hipótesis acerca de su origen, ni paralelos claros, pero su datación quizás esté, al menos en un caso, a finales del siglo III a.C..

d) Bases tetragonales (Bases nº 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 12, 13, 14, 15, 16 y 17): Es el tipo más conocido y sobre el que más se ha debatido (Almagro, 1953 y Cuadrado, 1974). Suelen ser de forma cuadrada aproximadamente (o con tendencia a la misma). Parece ser que tenían una orientación común y seguramente fueron monumentos funerarios y no tumbas en sentido estricto Se dividen en tres tipos:
d.1) Bases de arenisca: Su estructura está formada en base a grandes bloques tallados de arenisca, sin cimentación visible entre ellos.
d.2) Bases de calcáreas: La forma cuadrangular se consigue en éstas mediante rocas sin debastar, que tampoco están unidas por argamasa.
d.3) Bases de calcáreas y areniscas: Su forma se consigue mediante la unión de ambos tipos.

Esta división tipológica se corresponde con los tipos actualmente observables y no con los que en el pasado pudieran haber habido. De nuestra observación directa de las bases ampuritanas, no nos ha quedado claro si las bases que aquí denominamos como d.1 siempre lo fueron, o si bien todas fueron en un principio como las d.3. Hay indicios para creer que fue esto así dado que las tumbas de arenisca tienen una base de calcáreas. Es más, no se sabe, ni siquiera, con certeza si contenían tumbas o eran meros monumentos, o si eran sólo bases o portaban encima estelas, lápidas o columnas.

Por lo que hemos observado, tal vez algunas si contuvieron alguna tumba en su interior, aunque ello es muy dudoso en la mayoría de los casos (al menos que las tumbas estén debajo). Esto hace que no sepamos que relación tienen las mismas con su uso según clases sociales o por mujeres u hombres. Podemos sólo suponer, sin más datos que lo avalen,  que dado que parece que la cantidad de trabajo especializado invertido es mayor, las areniscas pudieron pertenecer a un rango social superior que las otras.

La asignación de estas bases a una cultura funeraria concreta (ibérica, romana, gala o griega) no está clara aún a nuestro entender. En el caso de que la columna funeraria ibérica hoy desaparecida (Almagro, 1953) estuviera relacionada con estos monumentos tal vez la adscripción fuera más sencilla.

Lo que sí sabemos (y actualmente no podemos decir otra cosa), es que dichas bases no guardan relación con ninguna de las tumbas indiketas contemporáneas halladas, ni con la tradición funeraria de la zona. De ser ibéricas, serían de pueblos venidos del sudeste peninsular.

Pero no es menos cierto que pudieron ser romanas perfectamente, dada la pervivencia de este tipo de monumento funerario en la posterior Ampurias, o en la Narbonense, en época de Augusto, cuando la romanización de dichas zonas se hizo más efectiva (Lyon, 1987; Toulouse, 1987 y VV.AA., 1985).

En cualquier caso, el hallazgo aún de restos de yeso pintado en rojo en una de estas bases (fotografía nº 1), y dado que Almagro indica que también se veía dicho estuco rojo sobre otras tumbas de cronología posterior, hechas de calcáreas -pero ya con argamasa-, halladas en las necrópolis ampuritanas imperiales, tal vez nos señale su origen romano, del cual hay paralelos en otras partes del imperio. La no unión con cal de las piedras nos las acercarían a modelos ibéricos o celtibéricos, pero esto no es forzoso.

2. SOBRE EL EJÉRCITO ROMANO. APROXIMACIÓN A SUS USOS COLONIALES:
Tal como vemos, por cronología, esta necrópolis se relaciona con la llegada a Ampurias de las tropas romanas, primero de Escipión y luego de Catón, en una forma que aún no podemos determinar. Para avanzar en nuestra investigación, estudiaremos, algo, como estaba formado el ejército romano republicano así como sus características que nos puedan servir para establecer alguna conclusión.

La composición del ejército romano, pese a tener su base en el ciudadano romano y poseer un carácter nacional, censitario y no permanente, también estaba integrado por los socii, procedentes de pueblos itálicos -o incluso de origen griego (como los de la Magna Grecia)- sometidos o aliados a Roma, los cuales, ya a inicios del s. II a.C. formaban los dos tercios de dicho ejército.

Tenían que cumplir estas tropas con una serie de funciones fijadas de antemano en los convenios de Roma con sus pueblos de origen. Según parece, el peso de las guerras exteriores previas a los Graco fueron soportadas por los socii latinos, sobre los cuales recaían las levas -dilectus- como la de Escipión cuando partía para Numancia en el 134 a.C. (Nicolet, 1976: 58). También, al mismo tiempo, se usaron tropas de auxiliarii, procedentes muchos de la misma zona (en sentido amplio) en la que se efectuaba la guerra (Le Bohec, 1989; Nicolet, 1982: 232). Éstas solían portar consigo el armamento propio de su cultura, por su mayor eficacia con él, pero dado lo prolongado del servicio que hacían para Roma, a veces lejos de los lugares de origen, a la larga solían acabar adoptando el armamento romano convencional, dada las dificultades de abastecerse del propio específico. En época imperial, tras servir 25 años, se les concedía la ciudadanía.

Al finalizar el servicio, además, desde antiguo, se les entregaban tierras (deductio) a veteranos desmovilizados para acrecentar el control de las provincias o territorios recién adquiridos, lo cual contribuía a una más eficaz romanización. Así, Escipión asignó dos yugueras (algo menos de una hectárea) en España o África por cada año de servicio a cada uno de los legionarios que sirvieron con él tras las campañas de España y Cerdeña (Nicolet, 1976: 46 y 153).

Esta práctica de asentar militares licenciados como colonos  fue bastante común tanto durante la República, como durante el Imperio, así, para Wheeler (1964: 31-43), el primer ejemplo indubitable de planificación urbanística geométrica romana fue precisamente en Ostia, donde un campamento/ciudad se estableció en la segunda mitad del siglo IV a.C. con una guarnición compuesta por unos trescientos colonos que habían servido en el ejército.

Esta costumbre continuó en la misma península itálica, así como también en la península ibérica desde un primer momento, como se puede ver con Escipión y la fundación de Itálica, y aún en África, donde, por ejemplo, un campamento es también el núcleo de la fundación de Timgad. Muchos emeriti -veteranos-, sin embargo, preferían establecerse como negotiatores cerca del lugar de destino en el que habían acampado (Nicolet, 1976: 166), dado que negocio y pillaje, en tropas coloniales, siempre han sido dos caras difíciles de distinguir.

No está claro (Nicolet, 1976: 156) si durante la República el estado facilitaba gratis el armamento de base, cobrando sólo, mediante una retención del sueldo, el coste de las armas suplementarias facilitadas -tal cual pasará tras las reformas de Mario (Schaaf, 1986 o Pena, 1988: 23)-, o bien, era todo el armamento el que se costeaba por parte de cada soldado (a cargo del propio sueldo). Este punto es importante para saber si la propiedad del armamento base del soldado romano era privada o pública a lo largo del siglo II a.C.. En el primer caso, los soldados se podían enterrar con él si lo deseaban, en el segundo, deberían devolverlo -probablemente- al licenciarse, tal cual pasará después.

Como vemos, la composición del ejército romano era muy variada en su origen ya en el siglo II a.C., con tipologías de armamento muy amplias y con tropas procedentes incluso de las mismas zonas que conquistaban, aunque de pueblos rivales a los atacados.

Los sistemas de custodia de los emplazamientos sometidos o aliados, se podían efectuar tanto por grupos pequeños (o más grandes)  de legionarios, como por socii o por auxiliarii sólo, tal cual se halla muy documentado en las fuentes.

Este es el caso de algunas ciudades griegas de Sicilia y la Magna Grecia, tras las guerras púnicas, como Morgantina, que cae en manos de mercenarios ibéricos, pero también podríamos hablar de Locri (o de la misma Tarento), que tras cambiar de alianzas varias veces, y hasta su buen comportamiento final a ojos del senado romano, estuvo bajo la ley marcial con el gobierno de Pleminius, seguramente para apoyar al nuevo régimen prorromano tras aliarse con Roma en el 208. El convenio final posterior, al acabar esta fase, entre Roma y Locri incluyó la afirmación de libertad y autonomía de esta última, así como algunas reparaciones pagadas por Roma por los daños causados a la ciudad bajo la ley marcial, lo cual incluyó la retirada de la guarnición romana (Lomas, 1993: 73).

3. ESTUDIO DE LOS AJUARES:
Trataremos tan sólo aquí los materiales hallados en ajuares, que no hallan sido objeto, en los últimos años -que nosotros conozcamos-, de estudios especializados sobre los mismos (ver nota nº 4).

Las diferencias entre los distintos ajuares no son excesivas, lo cual, seguramente, es más fruto de los miles de saqueos de estas tumbas que de su realidad de origen (para Jones -1984- era casi un trabajo inútil tratar de estudiarlo).

3.1. El Armamento:
El armamento con cascos montefortinos, y armamento de tipo La Tène (lanzas, escudos o espadas), que usaban habitualmente tanto los legionarios romanos como los auxilarii, tampoco aporta más luz al origen sobre la procedencia de los allí enterrados, dado que el mismo fue usado por ambos tipos de militares.

Tampoco arroja mucha luz el hecho de la  amortización post-mortem en algunos casos de dichas armas, dadas las variadas interpretaciones que, aún hoy en día, tiene esta costumbre.

Los cascos de tipo montefortino (o de gorra de jockey), como los hallados en Les Corts, son de procedencia itálica (Coarelli, 1976 y Quesada, 1978: 75), y eran los normales que usaba la legión romana, desde la IIª Guerra Púnica hasta la aparición de los cascos (parecidos) tipo Cooles-Weiseneau (Feugère, 1993).

3.2. Otros materiales metálicos:
Aparte del armamento, la presencia conjunta de diversos objetos de bronce hallados en los ajuares, como apliques, material quirúrgico, bullae, tintinabulae, etc., en esta necrópolis, tan sólo halla paralelos claros en el mundo romano que dominará la península a partir del desembarco en Ampurias (AA.VV., 1990).

Un elemento curioso hallado en esta necrópolis es la cabeza de una sirena de bronce, la cual, según indica Kukhan (1974: 123-124) es una importación jónica oriental, datable en el siglo VI a.C.. Esta pieza seguramente era ya entonces una antigüedad,
y debe proceder o bien del saqueo de otra tumba o bien de su adquisición en vida por el propio incinerado.

Un elemento que se halla representado asimismo entre los ajuares hallados en las necrópolis ampuritanas del siglo II a.C. son las bullae. Estas eran unos adornos que los adolescentes romanos libres  llevaban colgado del cuello hasta que cumplían la edad de 17 años. Entonces se la quitaban, juntamente con la toga praetexta, y la situaban, al tomar la toga viril, en el altar de los lares. Dentro de estas bullae, huecas por dentro, se llevaban ciertos amuletos que protegían a los adolescentes contra la magia y maleficios (Guillén, 1985: 58 y 121). Solían ser de bronce, aunque en ocasiones se hacían de oro o plata.

En las legiones romanas este elemento era propio de la edad y rango del camillus, niño noble que ayudaba en los sacrificios. También era la insignia de los triunfadores, los cuales, durante la ceremonia del triunfo, se la colgaban del cuello.

Su uso, por otra parte, se halla atestiguado entre la población ibérica, dado que se han hallado representaciones de la misma en numerosas figuras de terracota del sur peninsular. Pese a ello, en el área de Cataluña nunca se ha hallado en contextos funerarios ibéricos previos, por lo que suponemos que su origen debe ser foráneo e introducido por las tropas que Roma deja en Ampurias.

El no hallarse nunca en las necrópolis ampuritanas previas pero si en los ajuares de las incineraciones altoimperiales de las necrópolis Ballesta y Torres, con una tipología similar, así como en las necrópolis de la ciudad romana de Baelo (Rodríguez, 1990) nos reafirmaría en nuestra creencia en su origen itálico.

También se hallan campanillas (tintinabula). Este tipo de piezas se solía usar en el adorno de las caballerías, pero también parece estar acreditado su uso para alguna finalidad apotropaica en el cortejo fúnebre (Oliver,198?: 237).

Se hallan numerosos apliques, que creemos relacionados con adornos de los pequeños ataúdes en los que se recogían las cenizas de los difuntos. De dichos ataúdes se han conservado los clavos, como hemos visto, pero no la madera.

También hallamos numeroso material quirúrgico, cuyos paralelos se encuentran en el área romana (aunque ello no excluye otros orígenes). Su presencia en un contexto funerario es normal, así como el hecho que estén relacionados con material militar. No sólo eso, tal vez dicho instrumental no esté tan sólo relacionado con el ejército romano, sino con la presencia de los cultos relacionados con Asclepios y la salud en Ampurias, que parecen reflorecer en esta época (Mar y Ruiz de Arbulo, 1993: 340).

3.2. Materiales de barro:
Un elemento importante que analizar es el de la coroplastia, muy abundante como ajuar en las tumbas.
Las figuras que aparecen en la excavación se podrían dividir en tres tipos, pebeteros (o tymatheria) -que representan el busto de la diosa Deméter-, cabezas de mujer con stephanos y otras (variadas).

Todas ellas guardan un enorme parecido con figurillas semejantes halladas en general en la Magna Grecia y Sicilia, siendo su ascendencia griega innegable, no sólo en el caso de los pebeteros (Martín, 1980: 160), sino también en el de las cabecitas de mujer y en las otras, todas las cuales tienen los paralelos más cercanos, precisamente, en la ciudad de Morgantina en el s. II a.C. (Bell, 1981).

4. CONCLUSIONES:
Ya Lomas (1993:6,7 y 8) señala los peligros de hablar acerca de los procesos de aculturación en la antigüedad al hablar de las relaciones sistemáticas entre romanos, griegos y otros pueblos itálicos del sur (como oscos o mesapios).

Nosotros pensamos en forma semejante para Ampurias. Términos tales como romanización, helenización o iberización suelen ser muy vagos, generales e insatisfactorios para describir la realidad del período tardorrepublicano, dado que parecen señalar que las influencias son sólo en una dirección.

Los procesos de intercambio cultural suelen ser muy complejos, nunca en un sólo sentido, y pocas veces se imponen por la fuerza. En realidad, a nivel arqueológico, por "romanización" o "iberización", sólo podemos entender el uso de un conjunto de bienes o técnicas por parte de una cultura, procedente de otra, sin por ello poder ir mucho más lejos.

En cualquier caso, parece clara la vinculación de la necrópolis a la edificación de la Ampurias romana, dada su situación frente a una puerta -tal vez abierta por tal motivo- y al hecho de que la misma cesa de funcionar al iniciar su funcionamiento las necrópolis de la ciudad romana imperial, las cuales empiezan a circundar las murallas de la ciudad romana, hechas en el último cuarto del siglo II a.C., tal vez al eliminarse sistemas defensivos situados en torno a las mismas.

Si no romanos, los incinerados en Les Corts estaban romanizados, pese a lo cual el uso de cabezas de Deméter, tal cual hacían los iberos abundantemente, refleja la presencia de ese cuerpo expedicionario, seguramente mixto en origen, tal cual se atestigua en otros lugares, o bien la adquisición de tradiciones indígenas por parte de los romanos aquí instalados (no debemos olvidar el sincretismo religioso que se solía vivir en el mundo de las legiones).

Acercarnos más al origen exacto de las gentes allí enterradas es muy difícil, dada las mismas peculiaridades del ejercito romano republicano. Ciudadanos romanos al final de sus vidas, probablemente, su origen podía ser variado, ya fuera romano, latino, griego o ibérico.

La organización del área del Empordà, en torno a la ciudad de Ampurias a lo largo del siglo II a.C., con la presencia de Villae, nos indican la existencia fuerte y clara de un proceso de romanización de todo este territorio ya desde casi el primer momento tras la llegada de Roma (NOYA, 1987; RUIZ DE ARBULO, 1987; CASAS, 1990, y AQUILUé, 1992), a lo que no debe ser ajena la romanidad de Les Corts.

NOTAS:
1. Todas de incineración, excepto la inhumación nº 45. Hay otras dos incineraciones que tal vez fueran también inhumaciones (Almagro, 1953: 256, 309 y 310). Según Almagro, tal vez el origen de estos inhumados fuera galo.

2. Este mapa se basa en uno que realizó Escrivà, el cual fue la persona que llevó a cabo la excavación de la zona en los años '20. La expresión gráfica de las tumbas no parece seguir un criterio que podamos identificar hoy en día. Círculos, cuadrados y rectángulos, de diferentes tamaños y con diversas formas de encabalgarse, se suceden en el mapa sin conexión aparente y sin que nada nos permita saber a que hacen referencia. Por otra parte, dadas las dificultades para identificar las tumbas con las señaladas por Escrivà, Almagro sólo indico sobre el mapa 125 de las 158 que publica. Sólo están señaladas las del principio y final, y algunas salteadas por el medio.

3. Como la cabeza de sirena que después veremos.

4. Como las de barniz negro (Sanmartí, 1978), las lucernas (Arxé, 1982), jarritos bicónicos de gris ampuritana (Aranegui, 1982), las cerámicas de paredes finas (López Mullor, 1989),   etc..

5. Aunque la mayoría de autores que tratan este tema tienden a señalar que, seguramente, cuando los mismos se hallan en contextos no romanos, se debe a su uso por mercenarios, es decir, por gentes que han servido en la milicia romana.

6. La única inhumación de Les Corts (nº 45) y las otras dos posibles (nº 7 y 31), contenían restos de armas ya amortizadas ( e incluso quemadas), lo cual también pasa en la Inh. Bonjoan nº 20 y en la Inc. Granada nº 1 (Almagro, 1953: 162 y 230).

7. En el Cigarralejo (Cuadrado, 1981), se aprecia que los ajuares de las tumbas de los siglos V, IV y III a.C. fueron intencionadamente destruidos en el momento en que se depositaron junto a los restos del difunto, mientras que los de los siglos II y I a.C. se colocaron intactos, es decir, sin un claro rito de inutilización de las piezas que los componían ni de su cremación en la pira funeraria. Podríamos indicar haber leído muchas razonables hipótesis al respecto, desde usos rituales ahora desconocidos, miedo al robo, purificación de las armas con el fuego (Ramos, 1988: 374), abundancia de metales (que no hace que importe que se amorticen los metales enterrándolos), etc..

8. Inc. Les Corts nº 67 piezas nº 5 y 6 (Almagro, 1953: 325). Almagro creyó que la cabecita era la de un negro nubio que sujetaba una lámpara.

9. Relacionado con esto es la opinión de Ramos (1988:381) según el cual la representación de la esfinge en la cerámica de Elche volvió a producirse en la época iberohelenística ( del s. III al 50 a.C.), la fecha sugiere "la idea de un retorno orientalizante en cuanto a la iconografía y revitalización de la religiosidad íbera se refiere. Tal vez esto pueda relacionarse con los movimientos de mercenarios íberos"

10. Se encuentran en la inc. Les Corts nº 44 y en tres casos fuera de contexto (Almagro, 1953: 309 y 381). Se halla también un ejemplar en la inh. Bonjoan nº 53 (Almagro, 1953: 192), datable en el mismo período.

11. Cápsula de metal, de 10 a 65 mm. de diámetro, compuesta de dos placas cóncavas adheridas entre sí por los bordes. Tenía un anillo para colgarla con un hilo alrededor del cuello sobre el pecho, no bajando de la altura de éste y se llevaba por encima del vestido. Soía ser redonda o lenticular, aunque hay otras forma. El interior se solía rellenar con almácigas, con finalidad mágica. Los hijos de familias pobres o de libertos, las usaban de cuero, y los muy pobres, se contentaban con portar un mero nudo sobre el pecho ("Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana" Tomo 9, pág. 1353. Espasa Editores. Barcelona, 1953).

12. De origen tal vez etrusco, también las usaron los griegos. Hasta la segunda guerra púnica, sólo fue llevada, de oro, por los jovenes patricios (hijos de personas que hubieran desempeñado magistraturas curiales), después fue llevada por todos los niños de condición ingenua o que hubieran nacido libres. También la llevaban las jovenes, las cuales, al casarse, la ofrendaban a Juno. Fue usada, posteriormente, por los cristianos.

13. Inc. Les Corts nº 9, y dos fuera de contexto (Almagro, 1953: 381). Asociada a una bulla, la hallamos en la inh. Bonjoan nº 53 (Almagro, 1953: 192).

14. Este tipo de cultos tuvo una larga tradición entre los griegos occidentales, tal cual se sabe en Crotona, Metaponto, Nápoles o Velia, donde probablemente los mismos, dedicados a Asclepios, Hygieia o Apolo Oulios continuaron incluso en época romana (Lomas, 1993: 135-136), perviviendo junto a escuelas de medicina, sanatorios u hospitales.

15. Incineraciones nº 102, 104 y 158 (Almagro, 1953), datables a finales del s. III e inicios del II a.C. Su tipología se  corresponde con el tipo Muñoz A, datado entre los siglos IV y III (aunque esta cronología, quizás, debería alargarse un poco más). Martín (1980:161), que halló unas semejantes en un silo cercano a Ampurias en estratos con ungüentarios a bandas, está de acuerdo con la cronología de Muñoz.

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