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(PUBLICADO EN LAS ACTAS DEL CONGRESO ARQUEOLÓGICO NACIONAL, CARTAGENA, 1999) -VOLVER A LA PÁGINA DE ARQUEOLOGÍA FUNERARIA ROMANA (TEXTOS PROPIOS)- Desde diferentes perspectivas, y con distintos nombres (Belmonte, 1997), cada vez se va concediendo más importancia al estudio de la influencia de los conocimientos y creencias sobre el cosmos (astronomía cultural) en el desarrollo de la estructura religiosa y social (e incluso económica1) de las formaciones sociales. Aunque las suposiciones sobre las causas de lo observado en el cielo siempre han estado marcadas por la historia de cada sociedad, no es menos cierto que la mayor parte de los movimientos de los astros, y sus regularidades, han sido vistos por igual en todas las culturas, desde la china a la maya. Desde una perspectiva específicamente ritual, como indica McCluskey (1993: 100), señalaríamos el interés del conocimiento de la influencia de los conceptos astronómicos en el mundo espiritual, dado que aquello que muestra el cielo (y que se puede predeterminar en él) suele ser un elemento sagrado básico que define el tiempo y espacio correcto para llevar a cabo ciertos rituales, dentro de un complejo sistema de relaciones sociales. Por lo que respecta al mundo de la arqueología, especialmente la clásica, aún estamos en muchos casos en los albores de este tipo de estudios, dada la falta de datos y de la ausencia de estadísticas rigurosas. Sin embargo, no deja de ser cierto que empiezan a haber trabajos arqueotopográficos2 (efectuados pocas veces, eso sí, con un método adecuado) que nos permiten el tener a nuestra disposición una serie de referencias acerca de orientaciones en determinados espacios religiosos, como pueden ser los templos, los monumentos funerarios o las tumbas, con las que podamos estudiar y constatar los hábitos en determinados rituales de orientación (aunque dichos hábitos no siempre lleven aparejados forzosamente una causa astronómica, como veremos). Una de las ventajas que tiene el estudio de la costumbre en la orientación de enterramientos en el mundo funerario es que la misma es fácilmente matematizable. Los resultados de las orientaciones son números (en grados), cuanto más precisos mejor, y pueden permitir el establecer pequeñas (o grandes) diferencias (o semejanzas) entre distintos grupos de enterramientos de diversos (o de los mismos) lugares o épocas, ya que son fácilmente cuantificables. Dado que en el mundo romano, como en la mayor parte de culturas, la muerte era, en general, un acontecimiento profundamente religioso3, creemos lícito el señalar que las orientaciones concretas en sus tumbas es un factor relevante para el conocimiento de dicha religiosidad, al ser uno de los pocos testimonios que de estas prácticas funerarias nos ha llegado, sobre todo si tenemos en cuenta la casi aburrida sucesión de tumbas orientadas en la misma dirección que hallamos durante el bajo imperio y la antigüedad tardía (tal como se hallan en las numerosas necrópolis gestionadas que es como se conocen un buen número de necrópolis tardías, en los que se observa una enorme cantidad de características comunes, que afectan incluso a su ordenación4). Sobre la base de todo lo anterior en el presente trabajo trataremos de estudiar cómo en Roma todo un conjunto de creencias cósmicas místicas, basadas en una suma de tradiciones espirituales (algunas resultado de una evolución de formas propias y otras importadas) con algunos toques científicos y filosóficos (muy influidos por supersticiones astrológicas y fuertemente inmersos en proceso de sacralización), desembocó en un conjunto de creencias, a lo largo del siglo III, que llevaron a diferentes concepciones religiosas o místicas a otorgar un lugar ritual preferente (especialmente en el ámbito funerario) al simbolismo del Sol naciente, lo cual pudo motivar que las inhumaciones se realizaran mayoritariamente con el inhumado con el cuerpo extendido en posición de decúbito supino, con la cabeza situada al oeste y los pies al este, como si contemplara al Sol nacer cada día desde su tumba. Un dios Sol que, desde siempre, como representación de la máxima divinidad, ha sido un factor común en muchas religiones de culturas con un cierto grado de complejidad5,6. El mundo romano, a partir del siglo II d.C., hizo jugar a nuestro astro rey un importante papel en la mayor parte de las diferentes expresiones de religiosidad de todo tipo de sus habitantes, tanto por adaptación o evolución de antiguos mitos propios, como por influencia de las religiones orientales, sin olvidar las pervivencias de cultos astrales prerromanos -aún vigentes durante el imperio- en muchos territorios, no sólo en oriente, sino también en occidente7. La asociación, en ocasiones, de la figura del emperador a la del mismo Sol es efecto y causa (por retroalimentación) de todo este proceso. El Sol, ligado a la resurrección del alma, era un buen lugar hacia donde apuntar el cuerpo del difunto, no habiendo ninguno otro mejor. Si bien esta hipótesis quizás ya había sido sugerida antes (Philpott, 1991) de forma incompleta (Jones, 1995), en el presente trabajo trataremos de coordinar dichos estudios con el tratamiento arqueotopográfico.
El estudio de los datos sobre orientaciones en la excavación de la necrópolis de El Serral (Sales, Enrich y Serra, en prensa) 8, nos proporciona un buen modelo de partida para acercarnos a la problemática del estudio de las orientaciones (dada su mayor exactitud con respecto a la bibliografía tradicional) y de la metodología de recogida de datos de las mismas, pese a no indicar los arqueólogos la sistemática que emplearon en el momento de medir, ni proporcionarnos algunos datos relevantes sobre el contexto de la orientación9, ni de la orografía de la zona circundante10. De las doce tumbas excavadas11 se han publicado las siguientes orientaciones: Tumba 01: 90º (hombre adulto/maduro); tumba 02: 95º (no habían restos); tumba 03: este/oeste (hombre adulto); tumba 04: 65º (adulto/a, sexo indeterminado); tumba 05: 90º (hombre adulto/maduro); tumba 06: 90º (huesos mezclados); tumba 07: 65º (hombre adulto); tumba 08: 72º (hombre adulto); tumba 09: 45º (diversos individuos adultos); tumba 10: 60º (individuo infantil); tumba 11: 80º (hombre adulto) y tumba 12: 82º (mujer adulta). Todas las tumbas eran de inhumación, con el muerto en posición de decúbito supino (cuando eran tumbas individuales -o con enterramientos secundarios- y eso era determinable), como en la mayor parte del imperio occidental (necrópolis gestionadas). El tipo de tumba es relativamente uniforme y parece que no hay diferencias en las orientaciones por razones de sexo, clase, religión ni edad12. Dado que la posibilidad de que por mero azar la orientación de doce tumbas esté dirigida dentro del mismo arco de círculo (que en este caso es de la mitad de un cuadrante) es de una entre muchos millones, podemos suponer que estas orientaciones no son debidas a la suerte, sino que tienen una causa, sea la que sea (religiosa, astronómica, tradición, mítica, etc.) 13. Señalamos todas las orientaciones14 con dos cifras angulares separadas por una barra, la primera corresponderá a la de la cabeza y la segunda a la de los pies, siendo la orientación la prolongación hacia el horizonte de la recta que pasa por ambos puntos. Tal como se ve en el Gráfico nº 1, en realidad todas las tumbas (incluso la 3) están situadas en un abanico entre 240º/60º y 275º/95º es decir, en un marco de sólo 35º15. Excepto en un solo caso, nunca su posición está por debajo del este. La orientación media de las inhumaciones es de 255'81º/75'81º, lo cual señala un punto situado a 14'19º más hacia el norte del este exacto (90º) y unos 30º más al sur que el nordeste (45º). El valor más repetido en la orientación de estas inhumaciones es el de 270º/90º (cabeza al oeste justo y pies justo al este) Sugieren los autores que parece haber una asociación entre la orientación de las tumbas y los lugares de salida del Sol, a lo largo del año. Si estudiamos dichos lugares, vemos que en la latitud donde las tumbas fueron excavadas (casi a 41º norte), y en un año típico actual16: a) El 21 de junio: Sale el Sol en su punto más al norte a unos 58º. b) El 21 de marzo y de septiembre: Sale justamente en el este, a 90º. c) El 21 de diciembre: Sale el Sol en el punto más al sur, a 120º. El arco de círculo entre la posición de los solsticios es de 62º. Teniendo en cuenta que el acimut17 más hacia el norte hallado en el Serral era de 60º18 y que el acimut más al sur es de 95º, y que, curiosamente, el punto acimutal más al norte por donde sale el Sol el 21 de junio es 58º, y el punto donde el Sol sale el 21 de marzo y de septiembre, es justamente de 90º, se podría establecer la hipótesis, en principio, de que los constructores de las tumbas de los inhumados en el Serral las orientaban hacia el lugar de salida del Sol, justamente, entre los meses de marzo y de septiembre. Es decir, a partir del punto este en que, tras el invierno, el día comenzaba a durar igual que la noche (equinoccio de primavera), los constructores de las tumbas iban siguiendo la ruta de las salidas del Sol hacia el norte hasta el 21 de junio, y bajando después de nuevo hacia el sur, hasta llegar de nuevo a un punto en el que el día duraba igual que la noche, a partir del cual ya no seguían al astro rey en sus enterramientos. La razón de esta costumbre no la sabemos, pero lo más probable es que el concepto genérico de lugar arquetípico de salida del Sol, estuviera asociado con el Sol del Solsticio de verano, o, al menos, del buen tiempo. Aún se pueden tratar de saber más cosas, pese a lo pequeño de la muestra. Así, el nombre de solsticio (ya sea de verano o invierno) se da porque en las cercanías del 21 de junio y del 21 de diciembre la posición de salida del Sol sobre el horizonte varía más lentamente que en primavera u otoño, en que los cambios son más rápidos (especialmente en la fecha de los equinoccios). Es decir, los fallecidos que se orienten hacia el Sol en el mes de junio, aunque sean enterrados en días diferentes, tendrán entre ellos una menor distancia angular que los de marzo o septiembre, fechas en que el Sol cambia de lugar de salida (hacia el norte o hacia el sur) de forma más rápida. Por lo tanto, es lógico suponer que la mayoría de las tumbas estarán orientadas hacia algún punto cerca del lugar donde se produce la salida del Sol durante los solsticios, y que estarán levemente más alejadas entre sí las orientadas hacia el este. Esto se comprueba algo en el Serral, las orientaciones de cuyas tumbas tienen menores distancias angulares cuando más se acercan al nordeste, es decir, al 21 de junio. En cualquier caso, dado que no podemos creer que la gente sólo se muriera a lo largo de dos estaciones determinadas del año, podemos deducir que las orientaciones no tienen que ver siempre directamente con la posición del Sol en el momento de la muerte del individuo (o de su nacimiento, si se recordaba). La razón, posiblemente, debe ser otra. En casos como el presente, con pocas pruebas, se ha de tender a pensar que lo que buscaban los vivos era dirigir la orientación de las tumbas en una dirección tradicional concreta, que era la del lugar aproximado de salida del Sol durante el buen tiempo, a pesar de que el enterramiento se realizara en invierno. No se buscaría por los constructores de las tumbas el lugar exacto de salida (o puesta) del Sol, sino uno tenido como tradicional y que era mejor entendido por la gente como lugar mítico de dicha salida. Las orientaciones en la necrópolis de Cannington (Reino Unido) Un caso interesante, y muy bien estudiado, es el análisis de 305 orientaciones de inhumaciones que Rahtz (1977: 58) efectuó en la necrópolis de Cannington (aprox. ss. II a VII). En el Gráfico núm. 2, se ve una divergencia de 55º a cada lado del punto del acimut 270º/90º19 (oeste/este) -el primer dato se corresponde con la posición de la cabeza-, pero el promedio real se sitúa en 276º/84º (casi justamente oeste/este). De todas las inhumaciones excavadas, 299 (el 98%) cayeron dentro del arco del círculo de 80º por donde el Sol aparece a lo largo del año en la latitud de esta necrópolis. Es decir, se hallan comprendidas entre una posición máxima al norte de 230º/50º y una posición sur máxima de 310º/130º, lo cual también sugiere que allí la observación de la salida del Sol fue un factor importante en la determinación de la orientación. Es más, 258 tumbas (que suponen el 84'6% del total de las mismas) cayeron dentro de un arco más estrecho de 45º, comprendido entre los 255º/75º -en su posición más al norte- y 300º/120º. Ese ángulo se corresponde, más o menos, con la posición de salida del Sol desde mediados de enero a mediados de mayo, y desde inicios de agosto a inicios de diciembre. Dado que seguramente la gente se moría a lo largo de todo el año, el orientarse hacia el Sol según la estación pudo ser un factor dado sólo por la costumbre de orientarse hacia un punto arquetípico de salida del Sol. Sin embargo, pudo haber otras razones. Rahtz sugiere un modelo según el cual hubo allí tres grupos diferentes de pobladores, uno más grande (con orientación noroeste/sudeste), que quizás es anterior a los demás; un segundo, más pequeño (con una orientación sudoeste/nordeste), y un tercer grupo que estaría alineado en la dirección este de una tumba especialmente delimitada, orientada hacia el este. Incluso, por el tipo de hallazgos, se atreve, pese a lo dificultoso de la cuestión, a apuntar la hipótesis de que el primer grupo, con ajuares romanos, quizás fue pagano (s. II a VI), y el segundo, con otros ajuares, de britanos semi-convertidos al cristianismo (s. VII-VIII). El tercer grupo sería cristiano, asociado quizás a una tumba de un "santo" (s. VI-VII). Orientaciones en las necrópolis tardías de Ampurias (España). Almagro (1955: 321), en las necrópolis ampuritanas tardorromanas20, indica, genéricamente, que las cabezas se situaban al oeste21. Sin embargo, en el caso de la necrópolis Martí, que consta de un plano dibujado, donde las tumbas y esqueletos figuran en una forma bastante adecuada (la representación de las inhumaciones en la mayoría de necrópolis es muy esquemática o difícil de medir la orientación -como en El Castellet-), parece ser que sería más exacto decir que las inhumaciones tienen una orientación de 300º/120º aproximadamente para todas ellas22. Cuadro 1º- Orientaciones de las inhumaciones bajoimperiales ampuritanas23. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
Por lo que se puede ver en los Cuadros nº 1, 2, 3 y 4, así como en los Gráficos nº 3, 4 y 5, hay una fuerte concentración de orientaciones en el cuadrante de círculo entre este y norte, con un neto predominio de las orientaciones hacia el este, que supera levemente el 40% (y que representa el 50,93%, de las tumbas de las que conocemos la orientación). Cuadro 2º- Porcentajes de las orientaciones de las inhumaciones bajoimperiales ampuritanas. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
Su peso en la representación total se debe a su abundancia en las necrópolis Castellet, Bonjoan y Martí. En todas las necrópolis hay tumbas con esta orientación, incluso ésta era la predominante en las inhumaciones de la etapa altoimperial (López Borgoñoz, 1997). El segundo grupo de orientaciones es el de las orientadas sudoeste/nordeste, con un 20'81% del total hallado (que aumenta a más de una cuarta parte, si sólo tenemos en cuenta las tumbas de las cuales se conoce la orientación). Cuadro 3º- Porcentajes de orientaciones sólo del total de inhumaciones bajoimperiales ampuritanas con orientaciones determinadas. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
El hecho de que se hallen sólo en una necrópolis (Cuadro nº 3) nos puede significar unos usos funerarios propios de este sector de las necrópolis (momento histórico concreto), o bien una problemática funeraria concreta (familia o grupo con hábitos comunes específicos por sus especiales creencias), o bien relacionada con cuestiones físicas del lugar, que obligaba a ello. Cuadro 4º- Porcentajes de orientaciones en cada necrópolis. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
Si seguimos observando, veremos que en el estrecho margen de 45º que hay entre el so/ne y el o/e, nos encontramos con un 77'02% de las tumbas cuya orientación se conoce. Más de tres cuartas partes. Si contamos ahora sencillamente las tumbas cuya orientación se conoce en las necrópolis Bonjoan, Castellet, Estruch (junto con la tumba de la necrópolis Nofre) y Martí, que suman un total de unas 123 tumbas (Cuadro nº 5), tendremos que entre el sudoeste/nordeste y el oeste/este hallamos el 97'56% de los enterramientos (¡casi el 100%!). Cuadro 5º- Porcentajes de orientaciones sólo del total de inhumaciones bajoimperiales ampuritanas con orientaciones determinadas. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
Las demás orientaciones gozan de algún peso en el resto de las necrópolis, como las Ballesta, Rubert y Pi, que podrían ser parte de una misma área funeraria en la Ampurias alto y bajoimperial. Allí, entre las 38 inhumaciones (Cuadro nº 6) cuya orientación conocemos24, vemos que las tumbas hacia el oeste/este no son muy significativas (sólo representan el 10'53%), siendo más significativas las que se orientan hacia el sur/norte (39'47%) o hacia el norte/sur (31'58%), e incluso menos que hacia el este/oeste (13'16%). En cualquier caso, en estas necrópolis hay un alto índice de dispersión en las orientaciones. Cuadro 6º- Porcentajes de orientaciones sólo del total de inhumaciones bajoimperiales ampuritanas con orientaciones determinadas. Las cifras de orientaciones son aproximadas, según datos de Almagro
Tal como ya entrevé también Almagro (1955: 307), posiblemente esto nos esté hablando de dos comunidades inhumadoras diferentes, que incluso se nota en el tipo de ordenación espacial de las tumbas, con una estructura más desordenada en las necrópolis más cercanas a la ciudad romana. Es decir las orientaciones, la topografía y las dataciones muestran dos grupos inhumados en la Ampurias de la Antigüedad Tardía (en realidad tres, si contamos con los de la Neápolis25, estudiadas en Nolla y Sagrera, 1996: 250 y 251): a) Uno, más antiguo por lo general (aunque con mezclas de tiempo posterior), que se inhumaba en medio de las antiguas necrópolis de incineración, cerca de las murallas. b) Y un segundo grupo, formado por inhumados procedentes de diversas villae suburbanas tardías, y seguramente posteriores o coetáneos al abandono de la ciudad a finales del siglo III, que se entierran en áreas propias, siguiendo la costumbre de orientación tardía hacia el este. Las orientaciones en las necrópolis tarraconenses del Parc de la Ciutat y del área del Anfiteatro. Muy similar es la orientación de la mayoría de los enterramientos del Parc de la Ciutat (Tarragona), donde el TED'A (1987: 143) comprobó que un 75% de las inhumaciones se orientaba entre unas direcciones 310º /130º y 340º /160º26 (sólo un 11,23% de las tumbas lo hacía entre una dirección 10º/190º y una 40º/220º). Señala también dicho grupo de investigación cómo, según los Evangelios, la llegada de Cristo se esperaba por el este27. Para ellos la explicación del porqué de las orientaciones es funcional, de adecuación con respecto al espacio en que se hallaban las tumbas. Con relación al área cementerial (siglos IV al VII, probablemente) de la basílica de Tarragona (TED'A, 1990: 238), el mismo equipo de excavación indicó que las inhumaciones allí también estaban orientadas en dirección nordeste/sudoeste, como el mismo edificio de culto, y en dirección oeste/este28. En este caso el TED'A también consideró que la orientación era funcional, adecuada a la organización del conjunto. Del Amo (1979), en su trabajo sobre las necrópolis tardías tarraconenses, habla muy esporádicamente de las orientaciones de las tumbas que trata, y también atribuye a causas funcionales las mismas. Las orientaciones en las tumbas romanas en la Galia y en Britania Por lo que respecta a la Galia, si bien es cierto que al principio, tras el cambio de rito, hay un predominio de inhumaciones con la cabeza en el oeste y los pies en el este, ello no se impone del todo (absolutamente), en todas partes, hasta el siglo V, habiendo algunas excepciones de inhumaciones sur/norte en algunos yacimientos, que tal vez se deban a viejas pervivencias celtas (Pilet-Alduc Le Bagousse, 1987: 19 y 20, y Prieur, 1986). Por otro lado, en la parte romana del Reino Unido, Philpott (1991: 239) constata cómo los hallazgos de inhumaciones con una orientación oeste/este (la cabeza en el oeste) en hileras, parece ser un tipo nuevo de enterramientos que, tal vez, predominó de forma masiva a inicios o mediados del siglo VI (o quizás algo antes) en los cementerios romano-británicos, los cuales se suelen hallar a menudo en el interior de antiguos recintos agrícolas, en las márgenes de ciudades de diversos tipos o junto a fortalezas romanas. Sin embargo, no le parece claro que dicha costumbre se pueda atribuir sólo a los cristianos (especialmente en las áreas no urbanas), concluyendo que no halla ninguna distinción específica entre los enterramientos cristianos y los paganos (ni en zonas ni en tipos). La idea de la tumba como casa eterna, y la de la resurrección de los muertos quizás también contó a la hora de inhumar y proteger algo los restos mortales del difunto, tanto en el cristianismo como en el mitraísmo (Green, 1977 y Philpott, 1991: 238), u otras religiones orientales. Rahtz (1977: 54), tampoco cree que la típica orientación oeste/este (hay excepciones en la misma Inglaterra), ni el no tener casi ajuares, costumbre típica de las inhumaciones que se llevaron a cabo a lo largo de toda la antigüedad tardía, sea una costumbre inequívocamente cristiana en su origen, más bien cree que fue pagana. Sin embargo, siguiendo a Brown, indica que dicha costumbre fue posteriormente adoptada y racionalizada (para esperar la resurrección, por ejemplo) por los cristianos, por acomodarse mejor a lo que era el cuerpo de la doctrina que se iba desarrollando.
Hasta ahora habíamos hablado básicamente de orientaciones geodésicas de tumbas, tomadas con brújula, las cuales son medibles y comprobables por todos cuantos lo deseen (a menos que las tumbas sean destruidas en el proceso de excavación). A partir de ahora deberemos interpretar dichos resultados. Las motivaciones que pueden subyacer a una orientación son múltiples, desde astronómicas (orientación hacia la salida de un determinado astro en cierto momento del año, como la estrella Sirio), hasta religiosas (tal sería el orientarse hacia algún lugar con especial significado religioso, como Jerusalén, Roma o La Meca), míticas (hacia el lugar de procedencia de los antepasados), tradicionales (tal vez en un origen la causa fuera alguna de las tres antes indicada, pero con el tiempo, pese a olvidarse la razón se sigue inhumando a todo el mundo en la misma orientación), etc29. Roma y la recepción de cultos no romanos La receptividad a las religiones foráneas no fue tan grande en la Roma oficial como siempre se ha supuesto. Al contrario de lo que sucedía en la vida privada de los emperadores, no fue hasta el tiempo de Caracalla, a inicios del siglo III, cuando de forma pública se introdujeron oficialmente por primera vez como dioses del estado romano a Isis y Serapis (ningún dios nuevo lo había sido a lo largo del Imperio, desde la República -Saller y Garnsey, 1987-). Sin embargo, ya desde mediados del siglo I a.C., y por su contacto con los pueblos de oriente (comercio, desplazamiento de tropas, etc.), es posible comprobar cómo desde Babilonia hasta Hispania se propagó el culto a Mitra, dios solar, salvador, hallándose reflejo de ello en los Libros Sibilinos o en la misma IV Bucólica de Virgilio (Robert, 1996: 305). Mitra fue adorado, en mayor o menor proporción, y como deidad central o no, desde la India (Gandara) hasta el mundo romano, pasando por el imperio parto. Una breve aproximación al culto al Sol en Roma Señala McCluskey (1993: 107) que el Festival de Roma y Augusto, en la ciudad de Lugdunum, fue a veces honrado por la llegada (adventus) del mismo emperador, una ceremonia en la que su aparición se igualaba a la del Sol naciente, derramando el emperador la luz de su poder, mientras aceptaba la reverencia de su pueblo y trataba de atender sus peticiones30. Mitra, por otra parte, también era conocido como Sol Inuictus. El Sol31 en este culto es una representación del bien supremo, siendo Mitra un mediador entre él y la Tierra. Su fiesta era celebrada el 25 de diciembre, inmediatamente tras el solsticio de invierno. No sólo eso, la mayor parte de los cultos de origen oriental que hablaban de vida tras la muerte tenían en el Sol, símbolo de fuerza y de renacimiento diario por oriente, uno de sus símbolos, como son los cultos siríacos de Baal, dios solar, o de Atargatis (Dea Syria), en los que tras la muerte de sus fieles, un águila -que después veremos asociada en la iconografía a los emperadores- transporta su alma al Sol, fuente divina de toda vida terrestre. El culto al Sol Inuictus El emperador Aureliano, tras una época de fuertes luchas en el mundo romano de mediados del siglo III, volvió a restaurar una paz efímera en el imperio, tratando al mismo tiempo de imponer una cierta unidad religiosa, para lo cual se trajo de Siria el culto del Sol Inuictus, el cual podía ser aceptado por la mayor parte de los cultos religiosos y con el cual él no dudó en asociarse32 (Guillén, 1985: 402). Se creó dedicado a él un colegio de pontífices, e incluso, en el año 274, el Sol fue proclamado como la gran divinidad del Imperio, acuñándose monedas con la inscripción "el Sol señor del Imperio Romano", y construyéndosele un gran templo en el Campo de Marte. Este Sol no vencido, celebraba su fiesta el 25 de diciembre33, al igual que el culto a Mitra, dado que, como señala Macrobio (McCluskey, 1993: 110), para los paganos, el Sol de invierno era como un niño pequeño, al ser ese día el más corto del año, creciendo a lo largo del resto del año. A esta fecha después también se asociaría el cristianismo, indicando que era la fecha del nacimiento de Jesucristo. Este Sol hegemónico, ya honrado por Platón o los pitagóricos, así como durante el helenismo, que lo conoce con el sobrenombre de Kosmocrator (dominador del mundo) (Bayet, 1976: 251 y ss.), se asimiló, a partir del siglo II, no sólo a Júpiter, Osiris, Mitra, Amón, sino también a Serapis, Atis, Adonis, Dis, etc. Por absorción, fue un dios universal para todos. El mismo Plutarco señala en sus escritos cómo el cuerpo va a la Tierra, el alma a la Luna y el espíritu al Sol. Tuvo, además, otra faceta positiva, tras dos siglos en que habían ido ganando terreno en el mundo funerario romano los planteamientos acerca de una inmortalidad astral. Este culto tenía en sí una serie de razonamientos sacados del paradigma astronómico aristotélico/ptolemaico y de la filosofía de su tiempo, que lo apoyaban y en los que se apoyaba (Bayet, 1969: 188). Reviviendo el antiguo paganismo. Juliano II y el culto al Sol Mucho más tarde, otro emperador, Juliano II (361-363) llevó a cabo un intento formal de recuperar las viejas tradiciones romanas. Sin embargo, el mundo ya estaba muy cambiado, incluso para él mismo, cuya idea del princeps no tiene nada que ver con la de Augusto. Así vemos que para Juliano el emperador es sagrado, siendo un descendiente del Sol de quien recibe los consejos, ya que éste posee el alma de Alejandro. En su intento de reavivar el paganismo frente al cristianismo, defendió la idea de que el mismo Zeus había sacado de su propia sustancia al Sol, el cual le era semejante. El Sol, para él, era un mediador entre la idea del bien y la creación. En su sincretismo incluyó también conceptos cristianos, como ya en su tiempo no podía ser de otro modo (Rémondon, 1967: 88 y 89). Como recuerda Nock (1932: 351), Juliano llegó a escribir que el alma inmortal del hombre descendía del Sol, y que gracias al seguimiento del culto solar, el hombre podía llegar a ser un dios tras la muerte. Salustio, que quizás era amigo de Juliano, acabó un tratado suyo indicando que las almas que han escogido vivir de acuerdo con la virtud, disfrutan ahora de la felicidad, y tras la muerte se liberan del cuerpo y de todos los vicios, y se unen a los dioses, y con ellos gobiernan el Universo en su conjunto. Su intento, como se sabe, no tuvo mucho éxito, pereciendo su restauración con él, quizás debido a que su fuerte orientación filosófica hacía de esta restauración del peculiar culto monoteísta algo reservado a minorías muy conocedoras del mundo pagano. Este proceso sincrético es similar al que en el mundo sasánida, aglutinador también de imperios, trató de llevar a cabo el parto Manes, fundador del maniqueísmo, con hondas raíces cosmológicas (al igual que lo tenía el culto de Zoroastro y del fuego persa) cuyos seguidores serán perseguidos por los mismos cristianos bajo el mandato de Teodosio (Rémondon, 1967: 113). Monoteísmo solar y monarquía política Sin duda, este proceso de universalización del culto solar no debe verse ajeno al proceso de divinización de los mismos emperadores, hallándose ejemplos de su adscripción al culto solar ya en los inicios del siglo II, con un emperador como Adriano (117-138), o incluso antes, con el mismo Nerón (37-68), con un intento de instaurar un fuerte culto a un Apolo Solar, teñido con elementos mazdeistas iranios. Sin embargo, su sueño de monarquía cósmica no sobrevivió tras su muerte y la destrucción de la Domus Aurea (Bayet, 1969: 187). Fue bajo el mandato de Adriano que se desarrolló de una manera especialmente intensa el culto a Serapis-Helios34, que ya se había iniciado bajo Domiciano (81-96) y Trajano (98-117), llegando a un momento de clara expansión con Cómodo, el cual en una emisión monetaria muestra a esta divinidad proclamándola Conservator Augusti, es decir, protector del emperador, por delante del propio Júpiter (Tran tam Tinh, 1996: 223, 224 y 229). Un caso que demuestra cómo era ejercido el poder por los emperadores romanos, según lo que ellos preveían eran los intereses de los diversos pueblos sometidos a ellos, fue la relación de los emperadores con los cultos locales egipcios, ambivalente al principio, ya que mientras que allí se presentaban como descendientes de Ra (una divinidad solar, con lo cual se podía inferir que ellos mismos eran dioses), ello era ocultado en Roma. El poder romano, su monarquía, deviene cosmológica con el tiempo, tal cual eran la parta, la sasánida o la egipcia. La armonía de los planetas, el imperturbable orden de las esferas, se convierte en el paradigma del orden terrestre, con un Sol no corruptible, que nace y muere cada día, del que emana la luz y la vida. Roma, central en el mar Mediterráneo, pero algo periférica en lo que respecta al sistema mundial en su tiempo y al gran comercio que tiene lugar en el mundo greco-oriental, y entre éste y el resto de Asia, no puede menos que seguir los pasos, en su estructuración de su poder político y de sus rituales, de lo que la experiencia de control de grandes territorios con muchas culturas y religiones en su seno había marcado el mundo oriental. El mismo emperador Geta (211-212), ya antes de Aureliano, en las monedas, porta la corona radiante del dios solar y otro emperador, Marco Aurelio Antonino, más conocido como Heliogábalo (218-222), por ser gran sacerdote del dios Sol Baal de Emesa, organizó a los dioses en un sistema jerárquico, con la supremacía de uno de ellos, dicho dios Sol Baal, al que casó con la Dea Caelestia de Cartago (Rémondon, 1967: 24). Sin embargo, no pudo imponerlo como oficial, pese a sus intentos, quizá por ser un culto excesivamente sirio para los paladares religiosos romanos de la época y por el poco tiempo que se le dejó a este emperador para intentarlo, cosa que sí consiguió Aureliano, cuya madre era sacerdotisa del mismo dios (Bayet, 1969: 188). A la solidaridad política que se ve en el otorgamiento de la ciudadanía romana universal por Caracalla (211-217) en el 212, siguió un proceso de sincretismo de los dispares intereses espirituales de los sometidos al poder romano (Rémondon, 1967: 23), por diversas vías, a lo largo de los siguientes cien años, en un intento de unificar y dar cohesión social a un revuelto Imperio. Esta especie de monoteísmo solar oficial duró, más o menos, hasta que el cristianismo, medio siglo después de Aureliano, se convirtió en la religión oficial. Pese a ello, la lucha entre el Dios cristiano y el Sol continuó, como señala McCluskey (1993: 110-111), empleando el mismo Constatino (312-327), al que podemos dar el título de primer emperador cristiano, el simbolismo solar en sus monedas e inscripciones, y perdurando en las representaciones de los emperadores bizantinos en algunos casos hasta casi mil años después35, aunque con un carácter diferente (Cameron, 1987:121) 36. La vida tras la muerte. El Sol y los cultos mistéricos. Como se ve en la epigrafía, y señala Bayet (1976: 209 y ss.), la idea de una supervivencia astral, y de una diferenciación mística del cuerpo y el alma, siendo la segunda inmortal y destinada a una vida entre los astros celestes (basándose en pensamientos supersticiosos de perfección e incorruptibilidad de las esferas translunares frente a la corrupción aristotélica que se vive en el mundo), comienza a ganar peso, por influencia de oriente, a partir del primer siglo de nuestra era, triunfando en el siglo III. La cercanía de los dioses republicanos, propios de una ciudad relativamente pequeña, se torna lejanía y misterio en los ritos imperiales. Ya no se es miembro de una pequeña comunidad sagrada (la romana), sino que se es uno más entre una inmensa nube de gentes de aspecto físico, idiomas y culturas diferentes. Frente a unos cultos mistéricos orientales, basados en los ciclos de renovación de las plantas, como los de Deméter o Dionisos, de la frigia Cibeles y, parcialmente, de Isis, surgen los nuevos cultos cósmicos de las religiones místicas astrales, del Sol y los planetas, como son los cultos de Mitra (Hinnells -Ed.-, 1994 o Blomart, 1996: 431 y ss) o de la Diosa Siria. Las adoraciones y las escatologías celestes se impondrán finalmente en el mundo romano, asimilando en su culto los antiguos ritos mistéricos relacionados con la tierra o el resurgimiento anual de la vida (Bayet, 1976: 211, 220, 240 y ss.), en un proceso sincrético hacia el monoteísmo que culmina con el triunfo del cristianismo, en el cual el peso de oriente es, evidentemente, importante. En cualquier caso, parece que va íntimamente ligado el hecho de las variaciones en las costumbres funerarias romanas (entre las cuales destaca el cambio de la incineración por la inhumación), que tienen lugar a lo largo del imperio, pero especialmente a partir del siglo II. Para Bayet (1969: 220), los mitos de renovación, agrarios, todos los cuales no dejan de ser versiones del mismo mito primordial, en el que la renovación de la naturaleza se asocia a una esperanza del ser humano en una nueva vida en el más allá, no podrán evitar contaminaciones, cada vez más amplias, de la ideología astral37. El estoicismo, otras corrientes filosóficas y el culto solar: La religión desarrollada por los estoicos en Roma también tuvo un importante peso en toda esta cuestión sincrética referida al culto solar. Desde una supuesta racionalidad, se trató de unificar diversos planteamientos científicos sobre el cosmos (considerando a los astros celestes como seres divinos), con la existencia de un único dios (Zeus), vivo, inmortal, perfecto, dispensador de la luz y armonizador del cosmos, que es la misma materia del universo, y al que también llaman fuego consciente (pur noeron, Turcan, 1958: 339), por su naturaleza racional y porque el fuego es la substancia del dios universal (Grimal, 1985: 37). Este fuego también se asocia a su hijo Dyonisos, a veces invocado como purisporos, y a los mitos órficos, a los que se asocian en ocasiones los estoicos (Turcan, 1958: 339). A este dios se le llega sólo por el pensamiento, pero no por la observación de la naturaleza. El estoicismo, que influye de manera innegable desde la época de Séneca hasta la de Marco Aurelio, fue un tipo de filosofía que daba algunas claves para el ejercicio del poder romano, que después en el siglo siguiente serían multiplicadas. En cuanto a la ciencia, el estoicismo creyó en una simpatía universal, con la cual trató de explicar las mareas y los fenómenos astrológicos, la interacción del cosmos con los hechos humanos, a distancia. El platonismo (Platón, República, VI) señala al Sol como símbolo de la divinidad, afirmando que así como la idea de dios es lo más elevado que hay en el mundo espiritual, también lo es el Sol en el mundo sensible. Estas ideas se juntaron con las herméticas, dando pie a toda una corriente de pensamiento hermético, con alguna influencia platónica. El simbolismo del fuego. El culto al fuego estoico, también lo vemos a través del mundo de Zoroastro (algún autor elaboró algún texto sincrético de ambos cultos, Turcan, 1958: 340), en el culto mistérico de Eleusis (Turcan, 1958: 338), e incluso se podía ver en la antigua Roma republicana. Sin embargo, algo diferencia este culto al fuego republicano del que posteriormente se practicaría durante la antigüedad tardía. Para los segundos, este fuego tenía unas connotaciones astrales muy diferentes a las de sus antepasados. En toda esta serie de transmutaciones de símbolos y de sincretismo (en que se olvida lo latino tradicional) se cambió el culto al fuego terrestre, típico romano, de origen etrusco (López Borgoñoz, 1995), por el de un Sol sacralizado, hasta el punto que bajo el mandato de Séptimo Severo, a finales del siglo II, el autor griego Apolonio de Atenas, hace decir a su personaje Callias38, para disuadir a los atenienses de su costumbre de incinerar a los muertos, que no han de hacer violencia a la llama de la antorcha, ni rebajarla, ya que ella pertenece al cielo, y no se hizo para descender hasta los muertos sino para subir hacia los dioses. Es decir, hay una repulsa curiosa de la incineración por contaminar con un muerto un elemento divino (Turcan, 1958: 337). Orientaciones en los templos paganos y orientación del rezo. Vitruvio (1987: 4, 5, 30 y 31) tiene un corto capítulo de su obra, que tal como recordamos fue escrita en el siglo I a.C., dedicado a la situación de los templos con respecto a las regiones celestes. Según él, de no haber impedimento, la figura de la divinidad, situada en el fondo de la naos, debía mirar hacia occidente, para que así, los que hicieran rezos o sacrificios al dios miraran hacia oriente. Es decir, la fachada principal del templo, que es donde se halla la puerta, debía estar situada hacia el La razón de todo ello estriba en que Vitruvio cree que es más correcto el que los que oran invoquen hacia oriente, que era el lugar por donde parecía que surgían las deidades. Por tal razón las aras de los dioses39 también debían mirar hacia oriente40. Según Étienne (1996: 158), esta costumbre parece ser que se sigue, por ejemplo, en el templo augusteo de Barcelona. Según hemos comprobado, también tienen dicha orientación otros pocos templos, como el del santuario de Asclepios en Pérgamo, sin que sepamos, en la mayoría de los casos, si la posición del templo se debe al cumplimiento del precepto o a una necesidad urbanística. Sin embargo, tenemos nuestras dudas, tras el estudio de las orientaciones de templos publicadas en diversas monografías, que tal costumbre fuera muy seguida durante el imperio41, más bien al contrario. Sin haber hecho ningún tipo de estadísticas, simplemente mirando láminas y orientaciones, uno creería que puertas del templo hacia el oeste son las menos numerosas, siendo bastante superadas por las situadas hacia el sur o hacia oriente (ello se puede observar en Leptis Magna, Thuburbo Maius, Augst, Conimbriga, e incluso la misma Roma), es decir, por aquellas que tal vez sí que hacen que el Sol entrando por su puerta directamente sea un hecho importante. Probablemente, lo indicado por Vitruvio no era un precepto religioso coactivo, sino tan sólo una mera directiva de conveniencia. Sus consejos, basados en una tradición anterior, quizás de origen etrusco, ya no debían ser muy seguidos en su propio tiempo42. En cualquier caso, por lo que este arquitecto nos indica y por lo que hemos visto de las aras, el rezo tradicional (canónico, quizás) lo hacían los romanos hacia oriente -lugar de salida del Sol- y hacia allí dirigían las ofrendas en la religión romana, según la costumbre republicana. Orientaciones en los templos cristianos. La orientación del rezo. La dirección del rezo en los templos cristianos, al menos en los primeros momentos, siglos IV al VII, parece ser que también se orientó preferentemente hacia el este43 (entendido en un sentido amplio), al menos en la Galia y en el norte de Italia (McCluskey, 1993: 111), aunque ello es posible seguirlo también en Hispania (por ejemplo, en el martyrium-basílica paleocristiana de Ampurias44 o en la basílica visigótica de Tarragona) 45. Nolla y Sagrera (1996: 250), al defender el carácter de cementerio cristiano de la necrópolis tardía asentada sobre la Neápolis de Ampurias, recuerdan la importancia del oriente en la liturgia cristiana, ya que la llegada del Salvador -la segunda venida de Cristo y el establecimiento de su reino- vendría desde dicho punto cardinal (Mateo 24,27; Lucas 1,78-79), donde se hallaría el Jerusalén celestial (Apiano 21,9-27). El altar se situaba de manera que el oficiante quedara de espaldas al este, y los que rezaban de cara al mismo46. Ello no se ve sólo en la arqueología, sino que se puede leer en diferentes autores, como Agustín o Isidoro. También, posteriormente, se puede comprobar esta costumbre en la orientación hacia oriente en una gran cantidad de iglesias prerrománicas y románicas españolas, así como europeas en general. En esa labor sincrética que se vivió en la Roma del siglo IV, creemos que es especialmente relevante cómo la fiesta pagana del solsticio de invierno (fiesta del Sol Inuictus y de Mitra) fue finalmente cristianizada al hacerla coincidir con la fecha del nacimiento de Jesucristo. Este volver a asociar el día más pequeño con un recién nacido, no deja de ser indicativo, así como también la coincidencia de las fechas de la pascua con las del equinoccio de primavera, o salida del Sol justamente por el este (McCluskey, 1993: 113), lo cual nos puede reforzar la idea de la importancia que tenía para los cristianos la salida del Sol. No sólo eso, la llegada de Jesucristo por el este, y el hecho de que desde la perspectiva occidental la mayor parte de los lugares sagrados de la cristiandad quedaran hacia oriente, también tuvo que ayudar en el proceso de hacer cada vez más significativo el porcentaje de gentes que se inhumaban de cara a oriente. Los cristianos, seguramente, no iniciaron la costumbre de orientarse hacia el este, seguramente ello fue un hábito adquirido en el mundo romano del culto solar que estaba en la base de diversas religiones de amplio calado en el siglo III a.C., aunque quizás también en el II. Pero, sin duda, dentro de esa labor sincrética que caracterizó a todos los cultos mayoritarios (que tal vez lo fueron precisamente por su labor sincrética), el cristianismo no sólo no tuvo ninguna objeción seria a las inhumaciones hacia oriente, sino que al contrario, se encontraron con muchas razones de diversa índole para hacer de ellas el hábito generalizado en toda la Europa cristiana, cuando el recuerdo del culto solar ya había sido barrido, en teoría, de la memoria de todos sus habitantes.
De la inmortalidad terrestre, en un infierno terrestre, se pasa a creer en una inmortalidad de un alma que se eleva a los cielos, a través de las esferas celestes48, pasando, según los ritos o a formar parte del mismo Sol o a ocupar un espacio entre los astros (o, incluso, a transformarse en uno de ellos). Esta idea se ve apoyada por representaciones de mitos celestes en sarcófagos49 (Prieur, 1986: 126 y 134-138). Para entender el triunfo de las nuevas creencias, en el seno de una sociedad en cambio rápido, es básico ver el hundimiento de los conceptos funerarios tradicionales romanos. La adopción, en occidente, de fórmulas religiosas similares a las del mundo del este, sería una estrategia similar (a veces consciente y a veces no) a la de recoger de la experiencia oriental otra serie de estructuras políticas, sociales y económicas. Pretendemos demostrar que las evidencias de la costumbre en la orientación de los cadáveres y el apogeo del culto solar (o del concederle al mismo un simbolismo funerario importante) coinciden en el mundo romano, y que es seguramente por dicho culto por lo que dichas inhumaciones se llevaron a cabo de una forma concreta, es decir, con su cabeza hacia el este, sus pies hacia el oeste, y con el cuerpo extendido y boca arriba, no habiendo habido ningún otro impulso religioso (ni de ningún otro tipo) dominante lo suficientemente intenso ni lo suficientemente poderoso como para plantear otras orientaciones alternativas significativas desde una perspectiva estadística50. Es decir, no hubo objeciones serias a este tipo de enterramientos por ninguna otra religión de ningún tipo, por lo que esta costumbre se halló sin trabas para su desarrollo51. Vemos cómo en los textos se pasó, en un siglo, de un Tácito (55-120) que indicó cómo la incineración era la costumbre romana, a un Herodiano (s. III), para el que la ley humana general era la de enterrar el cadáver (López Borgoñoz, 1993), pasando, a mediados del siglo II, por un Sexto Empírico que constataba como en su época sólo algunos quemaban aún los cadáveres (Turcan, 1958: 336). No es que creamos que todos los romanos se enterraron en esa posición como sistema de adoración a un dios solar, y en la esperanza de un tipo de resurrección de la cual el Sol era el mejor modelo (tanto para representar a la divinidad como a la resurrección de las tinieblas), sino que se creó un hábito en la orientación en este tipo de enterramientos, al no haber otros modelos contrapuestos que les hicieran frente52, y al haber, así mismo, razones rituales internas en cada una de las prácticas religiosas que hacía que esta costumbre en la orientación les pareciera muy satisfactoria. El misticismo astral, los cultos solares, las concepciones astrológicas, bajo una capa de cierto cientifismo sacralizado, escondían una concepción del mundo tremendamente supersticiosa y mágica. Las inhumaciones, que hasta ese momento habían tenido diversas tradiciones locales en cuanto a su orientación53, a partir del siglo II y, muy especialmente a finales del III, se orientan, en una mayor parte de los casos y en unas proporciones muy significativas, hacia el este. Estas orientaciones, sin embargo, por los datos que tenemos hoy en día, no se dirigirán hacia la situación del Sol en el momento de la muerte de cada inhumado, sino, genéricamente y de forma no siempre precisa, hacia el lugar de su salida a lo largo del año, es decir, hacia oriente, entendiéndose éste como el lugar de salida de nuestra estrella entre los dos solsticios, y, a menudo, hacia el este situado entre marzo y septiembre.
2. Término introducido por Michael Hoskin, que hace referencia a la posibilidad de efectuar mediciones topográficas en las orientaciones de estructuras arqueológicas. 3. La fuerza del ateísmo sólo estuvo, probablemente, en círculos muy reducidos. 4. Según Jones, 1987 y Stevens, 1995: 265, el modelo normal estuvo bastante estandarizado, con los enterrados en decúbito supino, e inhumados en filas ordenadas -casi sin intersecciones-, con orientaciones oeste (cabeza) a este (pies), sin ajuar -o casi sin él-, y con las necrópolis asociadas a ciudades que perviven o son nuevas en el período de la antigüedad tardía. No está claro si las tumbas estaban marcadas, aunque es posible que hubiera algún sistema de identificación, dado que muchas fueron reutilizadas. La ausencia de monumentos o lápidas, en la mayoría de las tumbas, indica que las mismas no estaban concebidas para ser expuestas a los visitantes, sino para proveer un espacio digno al muerto "it provided a decent, if temporary resting-place, satisfying the basic needs that Augustine called officium humanitatis" (Stevens, 1995: 265). Al principio se habló de tumbas gestionadas sólo en el Reino Unido, pero en la actualidad ya se utiliza para hablar de la mayor parte de los cementerios tardíos del Mediterráneo. El nombre de cementerio gestionado procede de que parece que hay un ordenamiento en las inhumaciones fruto de una ordenación rigurosa, a través del tiempo, del espacio disponible. Serían ejemplos de ello las necrópolis de Tarragona, Tours (Bélgica), Nijmegen (Holanda), Xanten (Alemania) o Lankshills, Colchester, Dolchester o Linch Farm, en el Reino Unido. 5. Para una definición de complejidad, ver López Borgoñoz, en prensa. 6. Según señala Mircea Eliade [1990: 167], parece observarse una cierta concordancia entre las hierofanías solares y lo que él denomina "destinos históricos" de algunas culturas, es decir, de pueblos con una cierto grado de complejidad social, de "civilización". También [1990: 171] señala la concordancia entre el Sol y los soberanos, como dadores de "vida". 7. Hatt (1968: 387-388) señala que entre los símbolos más frecuentes que se hallan en los monumentos funerarios y estelas indígenas de época romana en la Galia se hallan los de tipo astral, y, entre ellos, los signos solares y el de la Luna en cuarto creciente, señalando que los primeros se suelen hallar en tumbas indígenas y en las regiones en que los nombres célticos predominan, mientras que los de la Luna salen en zonas más romanizadas. Hatt, incluso, se atreve a plantear en la zona un sincretismo celto-greco-oriental. En Hispania, este mismo culto solar (e incluso el de la Luna en cuarto creciente) se puede hallar en diversos cultos prerromanos del área céltica o celtíbera, como así parecen atestiguar estelas como las de los zoelas, en las que se observa dicho símbolo, o las de los vadinienses (García Martínez, en prensa). 8. Todos los datos sobre tumbas que a partir de ahora se indiquen, así como de los resultados de las excavaciones efectuadas en este yacimiento, proceden de este trabajo. 9. Como suele pasar en la mayoría de documentación sobre orientaciones en tumbas o monumentos, los arqueólogos en este caso no indican si la latitud que se expresa es con relación al norte magnético o al geográfico -coordenadas acimutales-, ni la metodología que se hizo servir. 10. Como indica Hoskin (1995): "[...]Deberemos medir también la altitud angular de la línea del horizonte en la dirección de la orientación, es decir, a cuántos grados sobre el horizonte se encuentra la cima de la colina o montaña hacia la que la tumba se orienta. Esto es porque el Sol, la Luna y las estrellas no salen o se ponen de manera vertical, sino que lo hacen siguiendo una trayectoria inclinada". 11. Había cuatro más destruidas por las máquinas encargadas de aplanar la colina donde éstas se hallaban. 12. En el caso hipotético de que hubieran habido diferencias, teniendo en cuenta el escaso número de tumbas que hay en la muestra, así como las evidencias de que las mismas fueron reutilizadas varias veces en muchos casos -a lo largo de un espacio de tiempo indeterminado-, sería difícil, en ningún caso establecer hipótesis válidas, dado que una misma tumba construida en principio para niños, pudo ser usada después por adultos, de cualquiera de los dos sexos. 13. Según Hoskin (1995): "Las orientaciones podían haber estado condicionadas por el clima -las tumbas se encaran hacia el calor del Sol, o para evitar determinados vientos-. Las tumbas podrían haber estado orientadas hacia una legendaria tierra de procedencia, o bien hacia una montaña sagrada, o quizás a una tumba de prestigio de especial significado. Todas estas posibilidades deben ser tomadas en consideración, y sólo si hay razones para rechazarlas, nos sería permitido concluir que la motivación al construirlas fue astronómica". 14. Hay que comentar, al respecto, una pequeña indefinición. Los excavadores dicen que la cabeza de los fallecidos miraba hacia levante. ¿Quiere decir eso que la cabeza estaba al este y los pies hacia el oeste? ¿O viceversa?. Ambas lecturas son posibles. Dado que señala la orientación sólo con una cifra, ésta puede corresponder tanto a la posición de los pies como a la de la cabeza a la cual parecen referirse. En el dibujo no constan esqueletos, con lo que no nos sirve para adelantar mucho en este campo. Sin embargo, por referencias indirectas en otros textos, como el uso común en el medio arqueológico actual de la expresión "inhumados mirando al este" (una excepción sería Almagro -1955, para el que la orientación al este, quiere decir cabeza al este, y no al revés) para indicar que los pies estaban al este y la cabeza al oeste, así como por el hecho de que cuando se comenta en este mismo texto que una tumba (como la nº 2 o la nº 3) tiene una losa vertical en la cabecera, dicha losa sale dibujada al oeste en el plano, podemos admitir razonablemente que cuando se indica que la orientación es mirando al este, la cabeza se halla a poniente y los pies, a oriente. 15. La orientación de la tumba 9 -45o- se puede tener algo al margen (pese a que su ausencia o presencia no es muy significativa en las conclusiones) dado que su orientación parece que ha estado algo obligada por su cercanía a un fondo de cabaña. Este resto, es, quizás, de un antiguo templete mortuorio hecho en materia perecedera, lo cual además, podría explicar porqué en esta tumba es donde más restos humanos se encuentran, fruto de las creencias en la bondad de la inhumatio ad sanctos, lo cual haría que esta tumba, relativamente compleja, fuera vista como lugar privilegiado y especialmente deseable como depósito de los restos de los difuntos. 16. Estas posiciones de salida de nuestro astro rey eran tan sólo ligeramente más amplias en la antigüedad tardía. 17. El acimut es un punto geográfico cualquiera de nuestro horizonte (el cual para todo observador es circular). En dicho círculo, el punto acimutal 0o, es el norte, y el 180o, el sur. 18. Excepto en el caso señalado, que era de 45o, que tampoco nos aleja mucho. 19. Rahtz indica sólo la posición de la cabeza. 20. En Ampurias parece que las orientaciones de sus sepulturas están medidas a grandes rasgos. Ignoramos cómo se determinó el norte, y si éste es el magnético o el geográfico. Tampoco sabemos si en cada necrópolis se determinó el norte con respecto a las tumbas, o bien se determinó posteriormente, sobre el plano. Creemos que hubo una primera valoración de los puntos cardinales por los excavadores concretos, en sus notas, a simple vista, y que luego, en el plano, se dio a cada necrópolis la orientación que figuraba en los mapas de la zona. Es por ello que entre ambos datos hay algunas ligeras discrepancias. Por otra parte, las diferencias que existen entre la disposición de los cuerpos en los mapas y lo que se indica en el texto son, a veces, grandes, como se ve en la necrópolis Martí y en alguno de los inhumados en la necrópolis Estruch. Además sobre los esqueletos de esta última necrópolis Almagro (1955: 305) indica "los cadáveres están orientados con la cabeza hacia el SO matemático, o sea, el O visual", que ignoramos lo que quiere decir. Todos los datos se deben dar con medidas concretas, indicando el acimut geodésico concreto y preciso de cada orientación. Ello hace el trabajo sumamente más farragoso, pero sin duda más científico, dándole una mayor precisión. 21. Lo cual se contrapone a las inhumaciones griegas, en los cuales las cabezas se sitúan al oeste, generalmente, según el mismo Almagro. 22. Al no especificar exactamente los grados, la indicación de la orientación es subjetiva y se ve hecha un poco a grosso modo. 23. Las orientaciones que se indican son las siguientes: inh. Ballesta nº 3 y 7 (norte); 2 y 4 (este); 6, 9 y 11 (sur), y 5 (oeste);- ihn. Rubert nº 9, 10, 11, 12, 13, 14 (norte); 1 y 8 (este); 27 (sudeste); 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25 y 28 (sur); 15 (oeste), y 26 (noroeste);- inh. Nofre nº 1 (oeste);- inh. Pi nº 3, 4, 7 y 10 (norte); 2 (este); 5, 6 y 8 (sur), y 1 y 9 (oeste);- inh. Bonjoan nº VI, IX, Xa, Xb, Xc, Xd, Xe, Xf, Xg, Xh, Xi y Xj (oeste);- inh. Castellet nº 6 (este); 1 (sudeste); 2, 3, 4a, 4b, 5, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27 y 28 (oeste);- inh. Estruch nº 21 (sur); 1, 2, 3, 4, 5,16, 17, 18, 19, 20, 23, 24, 25, 26, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 51, 52, 53, 54, 55, 56, 57 y 59 (sudoeste); 58 (oeste/sudoeste), y 50 (oeste);- y inh. Martí nº I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XII, XIII, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI y XLII (oeste). Se ignora la orientación de las inhumaciones catalogadas como Ballesta nº 1, 8 y 10; Estruch nº 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 22, 27, 28, 29 y 30; Rubert nº 2, 3, 4, 5, 6, 7, 16 y 17; Bonjoan nº II, III, IV, V y VIII, y Martí nº XI, XIV, XXIII, XXIV y XXV. 24. Se han publicado un total de 49 inhumaciones, de las cuales once no tienen una orientación determinada. 25. Por los planos que nos han llegado de tumbas halladas en la Neápolis, los allí enterrados o bien figura claramente su orientación con la cabeza hacia el oeste, aproximadamente, o bien la dirección de la sepultura es claramente oeste-este (aunque ignoramos en qué sentido estaba enterrado el fallecido). El trabajo de Nolla y Sagrera (1996: 250) sobre estas tumbas indica que de 493 tumbas documentadas (100%), 467 (94'7%) se orientaban con la cabeza en el oeste y los pies en el este, no teniendo la mayor parte de las restantes (18, 3'7%) una orientación determinada (el 1'6 % aún no contado -es decir, 8 tumbas- tendría otras orientaciones). Señalan, así mismo, cómo esta costumbre es común en toda la zona ampuritana en esa época (1996: 250 y 251). Para los autores, la razón de ello estriba en razones rituales cristianas (que además parecen avalar los escasísimos restos hallados de ajuar) que después examinaremos. 26. Aunque ésa es la orientación que ellos indican en los cuadros 10 y 11, no es eso lo que parece deducirse de la figura 94 (TED'A, 197: 127-129), ni tampoco de los dibujos y orientación de cada tumba, ya que allí parece que la escala de variación ronda entre 300o/120o y 320o/140o, no creyendo que casi nunca se llegue a esa orientación última. 27. Green, 1977, para profundizar en el conocimiento de los rituales cristianos y su posible relación con las prácticas arqueológicas halladas en los cementerios romanos tardíos. 28. En este segundo caso, se indica que los pies quedaban al este, pero no se indica en el primer caso, por lo que no nos queda muy claro si la orientación que indicamos es la correcta. 29. Otro problema es que la misma orientación hacia oriente, es defendible hacia occidente, es decir, hacia el lugar de la puesta del Sol en determinadas épocas del año. Particularmente, y dada nuestra hipótesis general sobre la importancia del nacimiento del Sol, suponemos que el deseo de los inhumantes era encarar al fallecido con el Sol naciente, más que con el Sol poniente. 30. Este ritual, que se celebraba en el mismo día de una antigua fiesta céltica, se continuó celebrando durante el cristianismo, cambiando el adventus por la translatio de las reliquias de un santo, con la misma finalidad social de demostración de poder espiritual y temporal sobre los fieles. 31. Según Blomart (1996: 432), Ulansey (1994) indica que en el mitraísmo habrían dos soles, uno astronómico, visible por los humanos, y otro supraceleste, que encarnaría el mismo Mitra, concepción que se relaciona con la platónica y que en su tiempo estuvo muy extendida por otros movimientos contemporáneos como son los neoplatónicos, gnósticos, órficos, etc. 32. Especialmente significativo es que su misma madre fuera sacerdotisa de ese dios en Emesa (Bayet, 1969: 188). 33. La celebración de los solsticios y equinoccios, que en la actualidad se dice tienen lugar los días 21 de los meses de junio y de diciembre (en el caso de los solsticios), así como de marzo y de septiembre (en el caso de los equinoccios), se conmemoraban el día 24 en el mundo romano (McCluskey, 1993: 110). No es casualidad que Jesucristo nazca, por ello, el día del solsticio de invierno y que el día de San Juan Bautista, el precursor, sea el del solsticio de verano. 34. Ver sobre el tema Bayet, 1969: 219. 35. El uso de la imagen del Sol perduró asociada a los emperadores bizantinos hasta la Baja Edad Media. En las mismas, se asimila al emperador con la misma figura de Cristo, al que se nombraba como Sol de la Justicia (Cameron, 1987:121) 36. Otros temas relacionados con el culto a los emperadores y el solar, así como con la apotheosis es posible verlos en Bayet, 1969: 188 y 189, así como en Prieur, 1986. 37. "Mais les complexités cultuelles, l'election aux mystères, et leur raffinements symboliques ouvraient aux plus doués des voies secrètes et riches de réflexion vers de systèmes mystiques; nous y devinons, à côté d'une fidelité de base aux instincts les plus archaïques, les aspirations à ce qu'il y avait de plus actuel en fait de connaissances et d'experience religieuse; de là maint aspects syncrétiques: nulle de ces religions d'origine terrienne n'échappa, de fait, aux contaminations de l'ideologie astrale" (Bayet, 1969: 220). 38. Filostrato, Vita Sophistae, II, 20. 39. Según indica McCluskey (1993: 107), que sigue en parte un trabajo anterior de Audin (el cual escribió acerca de la importancia de la celebración en Roma de diversas fiestas relacionadas con el Sol, como son los equinoccios, los solsticios, etc.), el gran altar de Lugdunum (Lyon), construido hacia el 12 a.C., por ejemplo, estaba dedicado al Sol naciente, siguiendo en parte tradiciones célticas romanizadas. 40. Según las circunstancias, los templos se deberán abrir de manera que vean (y sean vistos por) la mayor parte de la ciudad, así como, si se construyen cerca de vías (terrestres o fluviales), deberán encarar su fachada hacia las mismas. 41. En Ampurias (Mar y Ruiz de Arbulo, 1993: 176, 177, 286), los templos de época romana tienen dos grandes orientaciones, la que siguen los situados en la llamada ciudad romana, aproximadamente sur/norte, con la puerta abierta hacia el mediodía, y la que siguen los templos de la ciudad helenística, los cuales tienen todos su puerta abierta, en cambio, hacia oriente, siguiendo la orientación tradicional del Asklepeion (templos M y P, primera mitad siglo II a.C.; templo C, S. I a.C.; Serapeion, s. II a.C). 42. Palladio, el arquitecto renacentista, al inicio de su cuarto libro, y siguiendo los planteamientos de Vitruvio, indica dónde se debían situar los templos antiguos según la deidad a que se dedicaban. No sólo eso, también repite la tesis de Vitruvio que debían encararse hacia una zona desde la que fueran visibles por la mayor parte de la ciudad, y si no se hallaban en ciudades, hacia los cursos de agua. En ningún momento, pese a seguir a Vitruvio, habla de la orientación este u oeste como mejor para la orientación de los recintos sagrados, lo cual nos muestra que, posiblemente, este argumento teórico era de poco valor. 43. La costumbre del rezo hacia oriente está muy extendida entre los cristianos también a lo largo de toda la alta Edad Media e incluso posteriormente. Amin Maalouf (1996: 191) escribe como el emir cronista Usama, con motivo de una visita al Jerusalén en manos cruzadas del año 1140, tuvo problemas con un templario al ponerse a rezar en dirección a La Meca, al querer obligarle este último a rezar en dirección al este. Sujetado por sus compañeros, éstos pidieron excusas a Usama, indicándole que "Es un forastero. Acaba de llegar del país de los frany [francos] y no ha visto nunca a nadie rezar sin volverse hacia oriente" 44. Nolla (1996: 111) cita, al hablar de la orientación perfecta de este edificio, a Isidoro de Sevilla, el cual en sus Etimologías (XV, 4, 7 y 11) define el término templum con las siguientes palabras "unde et quando templum construebant, orientem spectabant aequinoctialem, ita ut linea ab ortu ad occidenetm missa fierent partes caeli dextra sinistra aequales; ut qui consuleret atque precaretur rectum aspiceret orientem". 45. Lo importante era oriente. Según San Paulino, en su carta nº 12 a Severo "Prospectus basilicae non ut usitatior mos est, orientem spectat". Quizás ello podía explicar templos con orientaciones completamente al contrario de lo usual, es decir, con su fachada al este y la orientación del rezo hacia el oeste. 46. Este concepto del este, como ya hemos indicado, era amplio y probablemente más relacionado con la salida del Sol que con un punto determinado geográficamente (lo cual es lógico dada la época), así la basílica visigótica del anfiteatro de Tarragona, está orientada hacia el Sol naciente en el solsticio de verano (N-E/S-W, según indica el TED'A -1990: 206-), y no hacia el este geográfico. 47. De manera muy resumida, podríamos indicar aquí que creemos que todos los cambios que se dan en las costumbres funerarias romanas altoimperiales, entre cuyas variaciones más llamativas (entre muchas otras) está la de la incineración por la inhumación (López Borgoñoz, 1991 y 1995), se deben a la quiebra total de un modelo religioso romano republicano (a partir quizás de las guerras púnicas) basado en las necesidades espirituales de una pequeña comunidad (sagrada), sustentada en antiguas tradiciones, al ser dicho modelo incapaz de adaptarse a las necesidades de una sociedad romana imperial en su conjunto (y en especial a su poder económico y político) que pasa a dominar el Mediterráneo y a millones de personas de diferentes culturas. 48. Es clara la influencia del pensamiento astronómico/astrológico helenístico en las doctrinas religiosas, como las mitraicas, en las que el alma, tras la muerte del creyente, ascendía a través de las esferas planetarias (Nock, 1932: 351 y Prieur, 1986). 49. Incluso en ese sentido hablan las numerosas representaciones de las águilas o de carros. En el caso de las águilas, especialmente en las representaciones de los procesos de divinización post-mortem de los emperadores (apotheosis) -y ya desde el principio-, dado que la misma es la que eleva el alma del difunto al cielo. Costumbre de origen sirio, allí el águila es el ave solar, que, incluso, roba el fuego a los dioses para traerlo a la Tierra. En Roma, el águila es el ave de Júpiter. En el caso de los carros, tras un significado especial en el mundo de los infiernos de Virgilio, pasa a ser una representación del carro solar, en el que los difuntos acompañan al Sol (Prieur, 1986: 145 y 154). 50. Los casos que se apartan de la norma suelen ser explicables normalmente por las características específicas (tanto topográficas como rituales) de lugares concretos. 51. En este terreno de la carencia de objeciones, en un mundo con un fuerte componente de religiosidad sincrética de origen greco-oriental y de creencia en una inmortalidad astral, podríamos añadir que en el caso de que hubiera costumbres en la orientación motivadas por el señalar el lugar de salida (orto) de otros astros celestes, las mismas también hubieran tenido una orientación parecida. La Luna sale aproximadamente por los mismos lugares por los que sale el Sol (aunque con una leve mayor distancia angular entre su punto de salida más al norte y el que se sitúa más al sur). Es por ello que si los cadáveres se orientaran hacia el lugar de salida de la Luna, serían indistinguibles de los del Sol. La existencia de símbolos lunares en muchas tumbas, asociados a algunos cultos orientales y también a la inmortalidad astral (como el ascia), y en particular al culto a la diosa Cibeles (Hatt, 1968: 387) o el de Endymion, casado con Selene (Bayet, 1969: 220), quizás hicieron que algunos fieles se enterraran con esa orientación, sin que ello sea determinable con las evidencias con las que nos solemos hallar los arqueólogos. Así mismo, la salida de determinadas estrellas y astros por el cielo, siempre son también por el este. La salida por oriente, antes que el Sol, u orto helíaco de muchas estrellas, siempre es por un lugar fijo, año tras año (las variaciones, por motivos de precesión, u otros, son muy pequeñas y sólo perceptibles cada varias generaciones, si se dispone de buenos instrumentos de precisión para efectuar las medidas). La salida de los planetas depende de la situación de la eclíptica, y ésta del Sol a lo largo del año, por lo que sus lugares de salida y los del Sol son prácticamente indistinguibles. 52. En este mundo tardío, lleno de procesos de sincretismo religioso, Hatt (1986: 382) señala su sorpresa ante el hecho de que la idea de inmortalidad astral, tal como la misma había sido concebida por los místicos paganos, se encuentre más a menudo en las inscripciones cristianas de la Narbonense o de la Aquitania, que no en las propiamente cristianas referidas a la resurrección o juicio final. Para Hatt, el sincretismo pagano había logrado sobrevivir, en una cierta medida, en el seno del cristianismo. 53. Como por ejemplo se observa en la comunidad de origen griego en Ampurias (Almagro, 1953) o en otras comunidades en la Galia romana (Pilet-Alduc Le Bagousse, 1987: 19 y 20).
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