La batalla por las conveniencias

 

 

 

         Había una vez un juego al que algunos consideraban ciencia, otros arte y unos terceros insistían en que era deporte. Este juego, el ajedrez, fue muy popular y sus campeones eran admirados como héroes que luchaban por imponer sus ideas sobre un tablero. Sus batallas eran reproducidas una y otra vez en cualquier confín del mundo por los devotos de Caissa la diosa que signaba los destinos del juego soñando que ésta algún día les diera a ellos la posibilidad de comprender los secretos que encerraban los sesenta y cuatro escaques.

         La comunidad que conformaban todos los amantes del juego se decía a si misma una gran familia, y como tal tenía sus códigos, muchas veces incomprendidos por el resto de la sociedad, como aquel derecho que tenían los

jugadores de poder acordar un empate con su rival al mismo comienzo de la partida. Razones de amistad, de falta de interés deportivo o simplemente de mutua conveniencia, podían hacer que las tablas se sellaran sin que nadie alzara la voz en desacuerdo por ello.

         Pero a mediados del siglo XX, cuando el mundo estaba dividido en dos, el juego amenazó tornarse político. Un jovencito, campeón y héroe por entonces de uno de esos bloques –las cosas cambiarían para él décadas más tarde– estaba poniendo en peligro la hegemonía ajedrecística de los enemigos ideológicos. Por más que a él sólo le interesara el juego, su evolución era seguida con atención desde ambos bandos y, en determinado momento quienes veían en discusión su liderazgo diseñaron una estrategia para frenar ese avance. En un torneo de largo aliento para determinar quien sería el desafiante del Campeón del Mundo, cada participante debía disputar cuatro partidas con cada uno de sus siete rivales. Y así mientras el joven tuvo que disputar cada una de sus partidas, sus oponentes administraban energías con rápidos empates. En defensa de quienes emplearon tal estrategia hay que decir que fueron sin dudas presionados por su gobierno de tal forma que sus carreras –por no decir sus vidas– estaban en juego.

         Harto de esos manejos, el joven decidió denunciarlos y no participar más en ese tipo de eventos. Como el descrédito iba cubriendo a toda la gran familia, ésta decidió que en lo sucesivo el desafiante iba a salir de una serie de matches eliminatorios y el jovencito retornó años más tarde para pulverizar por este nuevo sistema a todos sus rivales incluido, curiosidades del destino, quien se viera favorecido en aquel torneo, hasta llegar a consagrarse Campeón Mundial.

         Por ese entonces, el ajedrez movía poco dinero, los premios eran insignificantes y quienes competían lo hacían por la gloria de alcanzar la máxima maestría, tanto deportiva como artística. Pero las cosas se fueron degenerando paulatinamente y, al mismo tiempo que crecían las retribuciones económicas, se comenzó a privilegiar lo deportivo por sobre lo artístico. Lo grave fue que de lo deportivo sólo pasó a interesar el resultado. Así la estrategia para ganar como fuese se convirtió en algo tan común que terminó siendo peligrosamente aceptada por la gran familia.

 

 

Una fábula o la visita de Ludus y Sepulvus

 

  ¿Recuerdan cuando el 30 de octubre de 1938 Orson Wells dio lectura, en una de sus más celebradas actuaciones, a La guerra de los mundos? La gente salía espantada de sus hogares por la noticia sobre una invasión de extra-terrestres de la que informaba radiofónicamente la CBS. Era ficción, fue un susto. La guerra de los mundos sólo alcanzaba a ser una novela y el relator no era otro que un talentoso actor que ante el micrófono se permitía conmocionar al público estadounidense.

  Ahora, vamos a plantear una hipótesis. La hipótesis tiene algo de esa historia y es la siguiente: El 16 de agosto pasado, una nave espacial, llegada de otro planeta, desciende sobre la Plaza de Mayo. Sus tripulantes son verdes, como ya lo sabemos merced a decenas de películas y novelas, pero a nuestros sentidos son invisibles. Van caminando distraídos por Avenida de Mayo, doblan por Callao y por azar llegan al Club Argentino de Ajedrez. Uno de ellos es un científico experto en juegos. Lo llaman Ludus, el sabio. Ludus ha estado en varias galaxias y observó que, a igual que en su planeta, el mejor a veces se enfrenta contra el resto en un gesto de superioridad, brindando un espectáculo. Ludus entra al Club Argentino seguido de otros extra-terrestres que buscan algo de diversión en su primera noche en la Tierra y por contagio van directo al primer piso, se abren paso ante una multitud de ajedrecistas y observan a un ejemplar juvenil de la especie homo sapiens –un simple niño para nosotros– disputar un raro juego, de manera consecutiva, ante especimenes adultos. Ludus ve cómo este juvenil juega partida tras partida, hasta el límite, durante más de cuatro horas, contra jugadores que cuando les toca rivalizar entre ellos sólo se sientan, se dan la mano y hacen gestos cordiales, alegres, digamos, para volver a pararse, en segundos, y detenerse para observar al mejor, al ejemplar juvenil, en su rutina de enfrentar uno tras otro a todos ellos. Ludus le comenta, por lo bajo, a su ayudante Sepulvus que ese debe ser el campeón. No quedan dudas. Si ese joven juega con ellos, con uno tras otro, es porque es el mejor, el campeón. En otros planetas, incluido el suyo, ha presenciado escenas semejantes. En la Tierra, sin duda, es igual. Sepulvus le responde que él opina lo mismo. Oyen que lo llaman Gastón. Ludus y Sepulvus están seguros: Gastón es el mejor, por eso lo aplauden, por eso juega con uno tras otro durante horas.

  Se ha hecho muy tarde, son cerca de las tres del nuevo día, es madrugada, y ven como una vez finalizada la exhibición del campeón, el juvenil sale caminando entre todos y recibe el aplauso y aprobación de los espectadores. Ludus y Sepulvus también aplauden; nadie los ve, pero ellos se confunden con la masa de espectadores que sonrientes saludan a Gastón, el campeón, quien disputó partida tras partida contra esos especimenes de homo sapiens que se retiran en fila india y en silencio del Club Argentino de Ajedrez. Nadie les dice quienes son, nadie puede confesarles la verdad. Uno es Gata Kamsky, pero no importa, el otro es el talentoso Granda Zuñiga, pero no importa, el otro es Onischuk, pero no importa, el otro es Vescovi, pero no importa, el otro es Felgaer, pero no importa, el otro –el que luce más aliviado– es Milos, pero no importa, son los candidatos al título mundial por América, pero no importa, pero no importa, pero no importa...

  Gastón es el mejor, eso lo saben Ludus y Sepulvus, tanto como los otros hombrecitos de verde, y a ellos, los del lejano planeta, la otra historia, la terrenal, no les importa, no les importa, no les importa.

 

 

16 de agosto de 2005

 

Lo que ocurrió esa noche nos debe llamar la atención como integrantes de una comunidad que, como la ajedrecística, se jacta siempre de ser una gran familia. Los hechos merecen varias lecturas:

 

·       ¿Por qué los organizadores no se movieron con rapidez para evitar que se juegue lo que todo el mundo sospechaba que no se iba a jugar? Una rápida gestión ante la FIDE, o de no prosperar eso, la inmediata puesta a disposición por parte del Presidente de la Zona Americana de la plaza que dispone para invitar a un jugador del Continente, hubiera evitado un problema. Tuvo que intervenir un político, desde fuera del ambiente del ajedrez, para que días después se hiciera lo que debió hacerse en un principio. Debemos decir también que el problema surgió por un pésimo reglamento en caso de empate. Consideramos que un torneo clasificatorio round robin, que otorgue plazas para más de la mitad de los participantes, no es apropiado y, mucho menos aún, cuando otorga plazas para todos menos uno.

·       ¿Por qué los Grandes Maestros no actuaron como tales, negándose a producir semejante bochorno? Se nos ha dicho que ello era imposible, pero es bien sabido que ante una situación similar, en una semifinal del Campeonato Argentino de principios de la década del ´90, donde también igualaron siete jugadores para seis plazas clasificatorias, los maestros se negaron a jugar y en conjunto solicitaron el pasaje de todos ellos a la final, cosa que terminó concediendo con toda lógica la FADA de entonces. 

·       ¿Por qué nadie pensó en los posibles sponsors? El GM Bent Larsen afirmó que ”para que un torneo de ajedrez le interese a la gente la actitud de los maestros no debe ser demasiado apacible”. En el ambiente del ajedrez es habitual la queja sobre la falta de sponsors. Nuestro juego es poco atractivo como espectáculo para aquellos que no entienden más que su abc, esto hace que difícilmente se pueda llamar la atención, por ejemplo, de la  televisión y sabemos que –dada la publicidad– ésta es uno de los principales medios para generar dinero extra en cualquier deporte. Todos los que practican el ajedrez de alguna manera sufren esta realidad y, sin dudas, los maestros, los profesionales, de alguna manera, son los más afectados. Así como podemos pensar la fábula de Ludus y Sepulvus en su visita a la tierra, es coherente concebir la visita de distintos empresarios y hasta de nuestra ausente amiga: la televisión, los medios televisivos, en una definición como la que fue el torneo desempate que se realizó en el Club Argentino la noche del 16 de agosto. Interrogamos a todo el ambiente ajedrecístico: ¿cuántos sponsors creen que se ganarían esa noche? ¿cuántos creen que se perderían de los que no sobran? ¿quiénes serían los principales responsables?

·      Los Grandes Maestros adujeron que el único incentivo era la clasificación. Pues bien, todo vale entonces. Incluso se llegó al caso ridículo que uno de ellos, el GM Gilberto Milos jugó una sola partida... y la perdió. Un score magnífico para clasificar a una Copa del Mundo. No es de extrañar que alguno de estos maestros se haya quejado debido a que no es invitado a los torneos de super elite. Lamentamos decirle que los organizadores se fijan justamente en este tipo de actitudes, perdón: quisimos decir actuaciones.

·    Los programas de ajedrez siempre juegan a ganar. Si regresamos a la historia del jovencito –que no es otro, ya sabemos, que Bobby Fischer– vemos que mucho ha cambiado en estos años. Por aquellos días un GM podía derrotar a un engendro mecánico con la misma facilidad con que lo hacía ante un aprendiz, pero con el transcurso del tiempo los programas de ajedrez fueron perfeccionándose hasta llegar a derrotar al Campeón del Mundo. Los GM tienen en jaque su primacía. Las computadoras siempre juegan a ganar. Con ellas no existen tablas en cuatro o cinco jugadas, ellas no se cansan ni tienen tensiones de ninguna clase. Ante esta realidad, creemos que lo mejor que pueden hacer nuestros GM es exigirse lo máximo siempre que puedan y no dejarse llevar por arreglos ni cantos de sirena propios de novatos y no de hombres de talento y de campeones.

 

          Hemos pensado en ajedrecistas como Bent Larsen, Jan Timman, el mencionado Bobby Fischer, hemos pensado en Capablanca, en Polugaievsky, y no nos imaginamos a ninguno de estos comportándose como los seis GM que se sentaron a las simultáneas invertidas que brindó Gastón Needleman en nuestro Club Argentino de Ajedrez. Anthony Saidy dedica a la memoria de Reti su obra "La batalla de las ideas en ajedrez" y cita del maestro checo una frase profunda y a la vez ambiciosa: "Porque en la idea del ajedrez y en el desarrollo de la mente ajedrecística tenemos un cuadro de la lucha intelectual de la humanidad." Y más adelante, en el prefacio, declara él mismo: "Realmente no sabía el significado del ajedrez ni comprendía su herencia. Por eso procedí a hacer de esa herencia una parte de mí mismo. (...) Aprendí que en el ajedrez hay más de lo que yo había sospechado. Hay belleza y pasión oculta. Y heroísmo. La asociación con los jugadores que hoy marcan la pauta y el estudio de su arte revelaban que también ellos aspiran a la inmortalidad, como esas figuras de ayer que viven en sus partidas reproducidas y en las leyendas."

 

 

MN Héctor Alvarez Castillo                                     MF Fernando Pedró

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alvarezcastilloh@yahoo.com.ar                           metajedrez@yahoo.com.ar

 

 

Buenos Aires, septiembre de 2005