Mario Bahamón Dussán | home
El sicario
EL SICARIO
Novela
Mario
Bahamón
Dussán
A un lector, que
no será la próxima víctima.
INTRODUCCION
Colombia, la república situada en la mitad del continente americano; patria de Rivera, Córdova, Barba Jacob y García Márquez; la del café, esmeraldas, orquídeas y, desgraciadamente, de la marihuana y de la coca, padeció en los años ochenta, de la pasada centuria, el más grande flagelo que un país sufriera jamás: la existencia de un temible espécimen humano, al que todos comúnmente llamaron: el sicario.
El origen de esta rara palabra a nadie interesó. Ni a historiadores ni gramáticos. Tal vez por el miedo que su presencia despertaba; pues hasta un niño lo relacionaba con la muerte.
La televisión, los noticieros radiales y los periódicos le dedicaban extensos comentarios a sus malvadas actuaciones y lograron que el ruido de una motocicleta con parrillero a bordo causara un enorme pánico. Especialmente, si marchaba al lado suyo.
Era el producto lógico de una sociedad descompuesta y la odiaba, como el hijo deforme odia al padre de quien provienen sus taras. Olor fétido del pantano podrido.
Esta novela trata de la vida de un exponente de tal clase de asesinos.
CAPITULO PRIMERO
Los programas de televisión fueron interrumpidos, la radio también hizo un alto, para comunicar llenos de asombro que minutos antes un sicario acababa de asesinar al Cardenal Ramírez Campuzano.
Eran las seis y media de la tarde. La gente estaba regresando a sus hogares. Algunos ya se encontraban en ellos degustando los alimentos de la cena. En los taxis, los buses, los vehículos particulares; en las casas, los lugares públicos, en los colegios, universidades y cuarteles, seminarios y veredas la noticia causaba un estruendoso impacto y hacía sentir una inmensa pena. Cada ser humano, hombre o mujer, experimentaba una sensación de impotencia, de soledad, de inseguridad y de rabia.
El Cardenal se había convertido en un verdadero líder que denunciaba los grandes males nacionales y se enfrentaba con valor a los responsables: a los mafiosos que habían acabado la honra internacional del país, a los guerrilleros que sembraban la intranquilidad en bastas zonas del territorio patrio, a los comerciantes que se robaban el IVA, a los ricos que daban una mísera limosna al final de la misa, y al lado de sus casas crecía la más grande pobreza, a las autoridades corruptas, abusivas y débiles, que no obstante tener la fuerza de la ley, no eran capaces de restablecer el valioso y necesario imperio del orden; a los políticos que sólo buscaban las prebendas del poder, mientras la vida de sus seguidores se hacía más humillante, y aun hasta a los mismos curas que olvidando el mensaje de Cristo se plegaban a las exigencias de un mundo material, idólatra e impío.
Era el único que se enfrentaba a todo lo que causara desorden social o moral.
De haber sido político estaría a las puertas de una elección presidencial. Aspiración que no tenía, pues en varias oportunidades había vencido a los candidatos con facilidad. El sí podía presentar buenas propuestas y obras visibles, no como ellos, mera palabrería. Con la lucidez de su pensamiento los había derrotado en las plazas públicas, en los debates por televisión y en las entrevistas radiales; además, su pasado sí era diáfano como la nieve de las cumbres andinas.
Su voz podía escucharse por encima de los ex presidentes, inusual en un país donde notables ciudadanos se hacen elegir presidentes para tener el honor de ser ex presidentes; verdadera institución sin período definido, que prevalece por los años de los años, como el germen de la peste.
No obstante tener cincuenta y siete años, su presencia irradiaba optimismo, energía y seguridad. El año anterior había representado al país en las Naciones Unidas, como delegado al Consejo Mundial para la lucha contra los estupefacientes. Aún conformaba el equipo designado por el gobierno para mantener las conversaciones con los alzados en armas. Como a pesar de las múltiples ocupaciones conservaba su cátedra universitaria, tenía muchos admiradores que lo seguían con total devoción, especialmente entre la juventud.
Era alto, de un metro con ochenta centímetros, y fornido como su abuelo materno. Poseía una agradable sonrisa, franca, sonora y contagiante, imposible de olvidar. No obstante su recia personalidad y gran carácter, jamás se dejaba dominar por el mal genio, y por consiguiente nunca perdía la compostura.
Cuando el Santo Padre, Juan Pablo Segundo, visitó a Popayán y un indígena páez fue interrumpido por un sacerdote en su recuento de eternos agravios, fue él quien recomendó al Sumo Pontífice escuchar los brutales atropellos con toda una raza cometidos.
Cuando la Corte Suprema de Justicia se lavó las manos frente a la extradición y también el Consejo de Estado dejó solo al gobierno en tan serio compromiso, se levantó con valentía y los denunció ante la nación como unos cobardes. Ese fue uno de los momentos culminantes de una ardua lucha para despertar la conciencia de una nación dormida por 45 años de relajamiento moral.
Era tanta su aversión hacia los mafiosos, que negó el permiso de enterrar en suelo cristiano el cadáver de Pepe González, el capo más grande de todos los capos. Simplemente estaba dando aplicación a lo dispuesto meses antes por la Iglesia: la excomunión para los narcotraficantes, cuyo negocio estaba corrompiendo el país y envenenando a la humanidad.
La opinión pública estuvo dudando ante la justificación de esta condena y algunos pensaban que tal vez se hubieran excedido, pero su voz y su firmeza, convencieron al pueblo de que la batalla era campal contra esta sórdida plaga.
Tampoco estuvo de acuerdo con la forma brutal como se efectuó la operación de rescate del Palacio de Justicia, ni mucho menos con la demencial pretensión de los alzados en armas, de hacerle un juicio popular al Presidente de la República.
Denunció la irresponsabilidad del gobierno frente al desastre de Armero, donde quedaron sepultados en vida veintiocho mil personas por la incapacidad y desidia del Estado, y meses atrás venía fustigando sin descanso la inoperancia de la entidad encargada de mitigar los efectos de la enorme avalancha.
Mientras él viviera era difícil gobernar mal, ser corrupto o no tener sensibilidad social.
Pero ahora el Cardenal Ramírez Campuzano había sido silenciado para siempre y su muerte llenaba de frustración, rabia y tristeza a todas las personas que habían tenido la ilusión de confiarle, en silencio, sus íntimas esperanzas.
CAPITULO 2
En una casita de campo, de bahareque y teja de barro, adornada por mil flores y acariciada por la brisa, vivía José Domingo Artunduaga con su esposa y sus tres hijos; dos niños y una niña, de 7, 5 y 3 años de edad.
Solamente cuando un fuerte aguacero quitaba las flores a los cafetos y dañaba la cosecha, o la acequia al desbordarse inundaba la labranza, sus problemas eran pocos. Vivía en medio de una agradable calma.
Se había casado ocho años antes con Ana María. Una atractiva muchacha que viera en la feria del pueblo, que ese preciso día cuando él la vio por primera vez llevaba unas largas trenzas adornadas con dos bonitos lazos rojos.
Después de haber sido arrendatario y laborar por varios años en la hacienda de su patrón, consiguió que le vendiera un lote de tres fanegadas, en las cuales había cultivado un hermoso cafetal y una labranza de plátano y yuca.
Como en la casa no había luz eléctrica, tenía que irse a la cama muy temprano; y de no ser por las charlas y consejos recibidos por su mujer, de una trabajadora social enviada por el Ministerio de Salud a recorrer las veredas, se habría llenado de hijos. Una comadrona la asistió en el momento de tenerlos y los estaba criando sanos, fuertes y bonitos. Su alegría era inmensa viéndolos crecer; especialmente al mayor de ellos, Manuel Antonio, que estaba matriculado en la escuela..
El niño todos los días después de recibir el desayuno, echaba a andar por el camino abajo, luego arriba y finalmente otra vez abajo, hasta la escuela, en pos de los conocimientos que según sus padres le serían muy útiles en el mañana, cuando le tocara abrirse paso en el duro camino de la vida.
Sus hermanos aún no estaban estudiando; menos mal, pues esas largas caminatas lo desesperaban, sobre todo al regresar los viernes por la tarde, luego de haber hecho el mismo recorrido durante los cinco días anteriores.
Cansado y sin ganas de nada llegaba a su casa, con el talego de los cuadernos mojado por el sudor, el estómago vacío, las alpargatas gastadas y sucias, y a veces también con un inmenso miedo; pues desde el día que una "rabo de ají" mordió a su amigo Pedrito Cardona y luego de mandarlo a la cama durante ocho horas lo comenzó a podrir hasta matarlo, ya ni disfrutaba de lo poco bueno que hubiera en los cinco kilómetros que debía caminar desde su casa hasta la escuela o desde la escuela a su casa: alcanzar una guayaba, lanzarle un guijarro a un pajarito, espantar un muleto...
Pero no podía protestar; era afortunado, muchos niños de su edad no tenían cómo estudiar; al menos él podía ir a la escuela, así quedara tan lejos. Ya era mucha gracia que supiera leer, lo que no podían hacer ni su padre, ni su madre, sólo su padrino y un tío paterno que vivía allá en el pueblo.
En un día de abril, José Domingo Artunduaga bajó al pueblo. Siempre lo hacía una vez cada mes, a comprar la remesa. Casi todo lo adquiría fiado y con sobreprecio en la tienda de Pedro Ayerve, quien además le facilitaba unos pesos, a cuenta de la futura cosecha de café, para comprar la carne y también pudiera tomarse unas cervezas en la cantina, situada como a tres kilómetros de dónde él vivía, arriba en la montaña.
Una o dos horas después de que la noche hubiera iniciado, se montó en su caballo y emprendió la marcha para su casa; pero, como eventualmente lo hacía, se detuvo en la cantina a tomarse unas cervezas.
Y estando allí, en la cantina, lo sorprendió la noche con una intensa lluvia. Esperaba que el aguacero terminara, en medio de unas cervezas que tomaba con otros campesinos. La música era buena y la charla interesante. Hablaban de política. De pronto surgió una acalorada discusión y él terminó dándose planazos con otro borracho.
Así comenzaban las peleas, a planazo limpio. El motor eléctrico golpeaba la noche con su monótono ruido y las peinillas al ser rastrilladas en el piso de cemento de la cantina sacaban chispas fugaces que no alumbraban mucho.
Sin que hasta ahora nadie haya podido saber la causa, el motor se apagó y dejó todo a oscuras.
Cuando lo volvieron a prender fue en medio de los gritos, de que había un muerto tendido en el piso. El cuerpo de José Domingo Artunduaga aún se movía levemente y de su costado emanaba un alarmante chorro de sangre.
El otro hombre que peleaba con él ya había montado en su caballo y huido por el sendero que se internaba en la noche hasta quién sabe donde.
-Lo mató el arriero Carlos Ramírez -dijo uno de los presentes, y pronto alguien le aconsejó:
-Mejor no digás nada, que a vos no te consta.
Y así fue. Semanas más tarde, cuando el inspector de policía al fin inició la investigación, casi nadie lo conocía, a pesar de que algunos domingos allí se detenía a tomarse unas cervezas. Nadie dijo ni cómo lo mataron, ni por qué, ni mucho menos quién lo había matado. Que ellos sí estaban en la cantina, aceptaban quienes no podían sacarle el cuerpo a la pregunta del investigador, pues ya otro los había denunciado como presentes; pero no se habían dado cuenta, al no estar pendientes de lo que sucedía, contestaban; y el hecho de haberse ido la luz, lo dificultaba; según ellos, sólo los gatos podían ver en la oscuridad.
Cuando a Ana María, su mujer, le llevaron la noticia, aunque desdibujada para ocultarle la tragedia, ella la comprendió en su exacta magnitud y se desmayó; y de no haber sido porque quienes se la comunicaron tuvieron la precaución de hacerse acompañar de varias mujeres, no hubiera vuelto en sí; una le preparó agua de yerbabuena y con este y otros cuidados pudo recuperar el conocimiento.
A ella le disgustaba que él se quedara en la cantina tomando cerveza y escuchando rancheras y corridos; pero nunca imaginó que se lo entregaran muerto, como en efecto le tocó ir a recibirlo esa noche en medio de una oscuridad aterradora.
Bajando por el camino de su casa a la cantina, alumbrada por la incipiente luz de las luciérnagas, y acompañada por Manuel Antonio, renegaba de su suerte, y su pena no la dejaba pensar qué iba a ser de su destino, pues jamás lo imaginó sin él.
Ahora, contemplándolo tendido sobre el inmenso charco de sangre acumulada bajo su espalda, inmóvil y frío, no podía contener el llanto. Un llanto amargo y conmovedor, que desgarraba pedazos de su alma.
El dueño de la cantina, finalmente accedió a prender la planta eléctrica, para facilitar las cosas, con la condición de que también aprovecharan la luz para lavar la sangre regada en el piso y que los perros ya estaban lamiendo.
Pero Ana María era valiente, y aunque toda la vida había estado atenida a su esposo, asumió con entereza el papel de viuda nueva. Se enjugó las lágrimas y levantando la cabeza lanzó dos acusadoras preguntas, que hoy día, después de tantos años, siguen repercutiendo en la mente de quienes la escucharon, como resuena la campana cuando el badajo le ha dado un sólido golpe en las entrañas:
-¿Por qué lo mataron? ¿Por qué me lo quitaron?
Pues no había razón para que ella estuviera esa noche, sola y triste, destrozada por la pena, recogiendo los despojos del hombre que Dios le asignó por compañía, como padre de sus hijos, la hiciera feliz y la llevara por el camino de la vida hasta su vejez y hasta su muerte.
La puñalada fue certera. El arma asesina había entrado con precisión buscando el corazón; y con sólo abrirle un pequeño hueco le metió la muerte.
La herida era muy simple. No más grande que una pulgada de larga, medio centímetro de ancha y cinco de profundidad. Los bordes de la piel, levantados un poco, dejaban ver los tejidos cortados.
Auxiliada por algunas mujeres, que al verla consumida en su tragedia se acomedían a ayudarle, iba amortajando el cadáver de su esposo.
Como no tenía objeto subirlo hasta la casa, pidió que lo dejaran velar allí mismo, el resto de esa pérfida noche, mientras amanecía para bajarlo al pueblo a darle sepultura.
El dueño de la cantina, ante los ruegos de su mujer, concedió el permiso. Pensaba que el haberlo matado en su cantina no lo comprometía tanto, como velarlo dentro de ella.
Aceptó que lo velaran ahí, porque nadie, absolutamente nadie hubiera olvidado que no quiso prestar un sitio en la cantina para velar el cadáver del campesino ese que alegaba que las elecciones presidenciales habían sido un vulgar robo al pueblo, y que liberales y conservadores eran todos la misma mierda; aclarando, también, que su madre si no era ninguna puta.
Ana María recordaría por mucho tiempo la cara angustiada de su esposo, como tratando de retener el aliento, y la inaceptable sencillez de la herida que había sido capaz de derrotarlo.
Ella había gritado y llorado por el camino abajo hasta la cantina, acompañada de su hijo Manuel Antonio, quien lloraba también con mucho sentimiento.
El niño no quiso acercársele al cuerpo de su padre derribado por la muerte, quieto, botado en el piso de la cantina. Sólo se atrevió a mirarlo cuando ya estuvo encima de un mesón de rústica madera, alumbrado por cuatro velas, que a veces titilaban movidas por el viento. No podía verle la cara, pues estaba cubierta por una sábana blanca.
Allí estuvo con ella tratando de comprender lo que pasaba, hasta cuando una vecina lo llevó para su casa, aduciendo que el hielo de la muerte no era bueno para un niño.
Al llegar les contó a sus hermanitos que sí era cierto que habían matado a su padre; que allá abajo estaba totalmente muerto y su mamá se había quedado acompañándolo.
No le importó mucho hallarse empapado por la lluvia, que había continuado cayendo, que sus pantalones estuvieran llenos de barro, ni que de vez en cuando un relámpago anunciara con su destello que pronto, lejos o encima de su casa, iba a estallar un espantoso trueno. Reburujado bajo las cobijas esperaba que el día amaneciera para despejar la inmensa duda de si lo visto y padecido no era más que una pesadilla o en realidad su padre no había podido llegar hasta la casa, pues había quedado muerto, allá abajo en la cantina.
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