Mario Bahamón Dussán | home
Trasplante Fatídico
TRASPLANTE
FATIDICO
(Novela)
Mario
Bahamón
Dussán
A mis hermanos:
Ramiro
Fanny
Augusto
Lile
Luz
Isabel
Rosana
Carmen Elisa
Juan Ernesto
José Ignacio
Carlos Alberto
Hugo
Irene y
Constanza
Con cariño.
Sacaban del alma el corazón "fuente de vida y conciencia" -decía en el misterioso libro-, y lo dejaban sobre el platillo de la izquierda; al alma la ponían en el fiel, como testigo expectante, y en el platillo de la derecha colocaban una pluma. A continuación estaba el juez y detrás de éste un escriba con una pizarra. Al otro lado, cerca al corazón, permanecía un monstruo triforme, equilibrada mezcla de halcón, chacal y cocodrilo, dispuesto a devorarlo si lo encontraba culpable de maldad. El juez miraba al horrible animal, luego al alma del difunto y volteando la cabeza hacia el corazón, preguntaba en tono solemne:
-¿Gozó de la vida? ¿No hizo mal? ¿Ayudó a sus semejantes? ¿Se apiadó del dolor ajeno? ¿Respetó la paz de sus vecinos? ¿No incursionó en otro hogar? ¿No fue sujeto de ira? ¿Amó a sus hermanos? ¿No robó? ¿No fueron dañinas sus acciones? ¿No tuvo más Dios que su Dios?, ¿ni olvidó las ofrendas de los templos? ¿No murmuró mientras vivió en la tierra? Si fue así, no se permitirá que sobre él prevalezca el devorador. Se le concederá eternamente un campo en el cielo.
Tomado de”El Libro de los Muertos”
Egipto Antiguo
1
La primera palada de tierra dio un golpe seco sobre el ataúd y retumbó en el fondo de la fosa, desgarrando otra vez su amargo llanto. Familiares y amigos, a su lado, no pudieron resistir su infinita congoja y lloraron con ella; lo que no habían hecho antes, a pesar de que también lo querían mucho. Su padre, tomándola del brazo, la estrechó sobre su corazón. Una mujer le entregó una flor, ella la besó y al arrojarla dentro de la tumba prorrumpió nuevamente en su tristísimo llanto.
El sacerdote suspendió el réquiem, y después de mirarla con ternura, dijo-: Martha, nos dice la Biblia, “No llores demasiado por un muerto, pues ha logrado el reposo" -y siguió rezando para opacar las lágrimas que algunos derramaban por piedad y otros por contagio.
En medio de su conmovedora oración, uno de los enterradores dejó a un lado la pala para depositar dentro de la fosa varias coronas, luego continuó llenando lo que aún faltaba.
El otro sepulturero, el que estaba más sucio de los dos, se arrodilló y comenzó a barrer con las manos la tierra que había quedado sobre el pasto, para que al secarse no lo marchitara.
Cuando esta torturante y humana ceremonia hubo finalizado, cada cual tomó camino y se alejó creyendo que el abogado Martín Córdova había terminado allí. Simplemente cometían un monumental error; apenas iniciaba su horrible tragedia. Su cadáver había sido enterrado sin el corazón.
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