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Ángeles y demonios en Riazor
PROCOPIO
EN algún
lugar dice Cunqueiro que, así como el crimen era el teatro de
los reyes en las aldeas gallegas, hacer el amor era el único
teatro al que tenían acceso los pobres. Pues bien, en el tránsito
del milenio que ahora vivimos todo parece indicar que el fútbol
se está configurando en todo el mundo como el gran teatro de las
masas. Un teatro del que ha huido la palabra -en realidad la
palabra ha huido ya de casi todos lados- pero en el que se cumple
de modo absolutamente típico lo que la preceptiva literaria
aristotélica exigía para toda obra teatral: el cambio de
fortuna que designaba como peripecia y la incertidumbre del
desenlace.
El fútbol-espectáculo consiste en la puesta en escena de una
pelea. Pero se trata de una pelea con una estética peculiar. El
secreto de esa estética es el ritmo. Un equipo en estado de
gracia -situación que ocurre en pocas ocasiones- es un conjunto
capaz no sólo de generar y expresar su propio ritmo, sino también
de nutrirse de él. Sucede aquí algo similar a lo que ocurre
cuando una persona o un colectivo entra en trance: en ese momento
descubre energías y cualidades de las que antes carecía.
Y esa especie de trance, ¿de dónde provendrá? No
ciertamente de la pizarra de los entrenadores. El ritmo tiene
poco que ver con el trabajo. Es algo relacionado con el arte y,
por lo tanto, con la inspiración. Una cosa es que un equipo
trabaje y otra bien distinta que esté inspirado. Pero para
entrar en trance, para ser habitado por los espíritus, hace
falta un intermediario: un médium.
Por eso
el Súper Dépor será siempre un equipo vulgar cuando su capitán
está ausente o ha decidido por su cuenta tomarse vacaciones.
Porque sólo él es capaz de crear y de contagiar un ritmo. Podría
pensarse que esa fúnción fúese también desempeñada por el
genio de Djalminha. Pero la inspiración de Djalma nace de otras
fúentes. Es mucho menos solidaria. Lo más propio de Fran es el
pase. Y pasar es un servicio que se hace a los demás, a un compañero.
Es, como ahora se dice con acierto, una entrega.
Pero lo más propio del genio de Djalminha no es la entrega sino
la burla. El brasileiro intenta, claro está, ser eficaz para su
equipo pero sólo se divierte si la jugada, además, deja en
ridiculo al contrario. Por eso lo suyo es el uno a uno: porque la
burla es siempre una afrenta personal. El ego de Fran se
afirma y se complace en la perfección de la geometría. El de
Djalma se nutre del escarnio y de la sonrisa que produce ver al
contrario burlado y confundido.
Tengo para mí que si los ángeles jugasen al fútbol lo harían
como lo hace Fran. Y también creo que si el demonio calzase
borceguíes y se vistiese de calzón corto intentaría las fintas
y los endiablados desplantes de Djalminha.
Pero quizás los dos genios del Súper Dépor no pertenezcan a
estirpes tan distantes como este esquema podría sugerir. No
debemos olvidar que Lucifer no es otra cosa que un ángel que se
atrevió a decir no al Supremo Entrenador; alguien que no aceptó
la disciplina y el probable aburrimiento del Paraíso. Cuspidiño
a Djalminha. Qui zás sea por eso que Fran y Djalma se reconozcan
como amigos. Y quizás también sea por eso que cada domingo
Djalminha deba ser expulsado ritualmente por su entrenador del
paraíso en el que rueda el balón, brillan las estrellas y ruge
la tribu, y los Riazor Blues hacen ondear en el aire sus banderas
al tiempo que con su canto ahuyentan el miedo y organizan la
emoción.
Este articulo de opinion fue publicado en la sección de deportes de La Voz de Galicia y firmado por su autor como PROCOPIO
© Sacha Paredes Rodríguez.
Última revisión: 22 agosto, 1999